Posteado por: M | 16 julio 2015

Grecia bajo la tutela del tercer rescate de una Europa averiada

El acuerdo para sacar por tercera vez a Grecia del atolladero suscita opiniones encontradas dentro y fuera de Europa. Luego de haber establecido una especie de protectorado financiero, que somete al país a una cura de austeridad y de reformas, bajo la tutela y vigilancia de las instituciones europeas, existen dudas razonables sobre el cumplimiento de las condiciones que teóricamente deben promover la responsabilidad fiscal, el saneamiento económico y un crecimiento sostenible. En nombre del proyecto europeo y de la solidaridad dentro de la eurozona, los jefes de Estado y de gobierno, después de muchas vacilaciones y cabildeos, asumieron un tercer plan de rescate de Grecia por 86.000 millones de euros que reincide en las mismas premisas de los dos anteriores y que, por ende, corre un riesgo semejante de encallar entre las recriminaciones políticas, la agitación social y el caos económico.

Según el acuerdo alcanzado el 13 de julio por la mañana, en Bruselas, tras una maratoniana noche de negociación, el primer ministro griego, el izquierdista Alexis Tsipras, deberá imponer a sus huestes y a todo el país un programa de reformas mucho más duro y exigente que el que fue rechazado en el referéndum del 5 de julio. Vino a confirmarse, por tanto, que el sedicente triunfo de Tsipras en el plebiscito, convocado para eludir su directa responsabilidad en la decisión, fue, en verdad, una victoria pírrica, el anticipo de una capitulación o rendición sin condiciones, las dos expresiones más utilizadas por los analistas para describir dramáticamente el desenlace de una negociación enconada, desigual y lastrada por los efectos de la propaganda populista y la logomaquia de los eurócratas.

El luxemburgués Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, el más veterano de cuantos se mueven por los pasillos de Bruselas, trató de edulcorar la píldora y la situación: “No hay ganadores ni perdedores. No creo que el pueblo griego haya sido humillado. Es un acuerdo típicamente europeo”, es decir, una transacción arrancada en el último momento, con fórceps, cuando los cuerpos estaban fatigados y los espíritus buscaban el apaciguamiento.

El acuerdo o compromiso alumbrado por los 19 jefes de Estado y de gobierno del Eurogrupo en Bruselas sienta las bases para un tercer rescate de Grecia –los anteriores fueron en 2010 y 2012– por valor de 86.000 millones de euros en tres años, que serán aportados por los Estados que integran la eurozona. El acuerdo deberá ser ratificado por los parlamentos de algunos de esos países como Alemania y Francia. También, por iniciativa de Mariano Rajoy, será ratificado por el Congreso de los Diputados en España. Los dos anteriores rescates costaron a los Estados de la eurozona la friolera de 220.000 millones de euros. El fondo sin fondo y sin esperanza del que hablan algunos economistas conocedores de la situación griega.

Las condiciones para la entrega de esos fondos son draconianas, mucho más duras que las del plan que decayó después de que Tsipras se levantara inopinadamente de la mesa de negociación para convocar el referéndum: subida del IVA, del 13 % al 23 %; recorte de las pensiones, supresión de las jubilaciones anticipadas y aumento de la edad de retiro hasta los 67 años; reducción automática del gasto público en caso de desviación presupuestaria; una reforma de la justicia civil y una aplicación inmediata de las normas europeas sobre la quiebra de los bancos; un amplio programa de privatizaciones, despido de empleados públicos, liberalización de las profesiones protegidas y fuertes garantías para responder de la financiación recibida. Nueva vuelta de tuerca de la austeridad, pero también de la modernización.

El aspecto más novedoso del rescate es el que coloca a Grecia en una especie de protectorado económico mediante la creación de un fondo de privatizaciones por valor de 50.000 millones de euros, compuesto por activos del Estado heleno, como garantía del nuevo préstamo. Nadie sabe, en las presentes circunstancias, cuál puede ser el valor de mercado de los bienes de Grecia. Según la propuesta alemana inicial, estaba previsto que ese fondo se domiciliara en Luxemburgo, pero, ante las protestas de Tsipras por la aparatosa pérdida de soberanía, el Eurogrupo accedió a que se establezca y gestione en Atenas, aunque bajo la supervisión de las instituciones europeas en representación de los Estados acreedores, la tan famosa como denostada troika.

No fue la rendición de Grecia, como insidiosamente sostienen Syriza y sus amigos, recurriendo a la manida sinécdoque que confunde el todo con una parte, el efecto por la causa, sino la capitulación infamante de su gobierno, de unos dirigentes incompetentes e irresponsables, que actuaron persuadidos aparentemente de que, al presentarse descorbatados o descamisados, exhibían una ilusoria cercanía con el tan traído y llevado “pueblo heleno”, supuestamente maltratado, al que pretendían redimir. La realidad nos indica que son simplemente unos jóvenes belicosos, ideológicamente trasnochados, que utilizaban un lenguaje agresivo o falaz para dirigirse de manera arrogante a los que tenían que poner el dinero para salvarlos de la quiebra y la dimisión. “La historia de un atracador loco que amenaza con hacer saltar la banca si no se le da todo lo que quiere. La caja o la muerte”, según la metáfora del periodista francés Franz-Olivier Giesbert en el semanario Le Point.

Varoufakis y Tsipras se repartieron los papeles de la negociación y jugaron la carta trucada de que Alemania en particular y el Eurogrupo en general no avanzarían por el camino abrupto que conducía al Grexit. La devastación del corralito y las colas en los bancos les indicaron que su farol tenía las horas contadas. Cuando la Comisión Europea anunció que existían planes alternativos para afrontar el temible escenario del abandono temporal de la eurozona, los griegos comprendieron su error y abandonaron cualquier esperanza. El texto de la Comisión rezaba de esta manera: “Si no se pudiera alcanzar un acuerdo, debe ofrecerse a Grecia la posibilidad de una negociación rápida sobre una posible retirada temporal del euro, con posible reestructuración de deuda.” El castillo de naipes de Tsipras se derrumbó con estrépito.

Los amigos europeos de Syriza, tanto de extrema derecha como de extrema izquierda, coincidieron en la diatriba y el insulto contra las que denominan las fuerzas oscuras y crueles del capitalismo internacional capitaneadas por Alemania, la nueva cabeza del imperio, encargada de la tutela. Como es habitual en España, el líder de Podemos, Pablo Iglesias, uno de los más charlatanes y exhibicionistas, escribió en las redes sociales: “Todo nuestro apoyo al pueblo griego y su gobierno frente a los mafiosos.” ¿Qué pueblo griego? ¿Quiénes son los mafiosos? Entre sus compañeros de viaje se cuentan la francesa Marine Le Pen, presidenta del ultraderechista Frente Nacional; el británico Nigel Farage, líder del xenófobo Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP); y los neonazis del Amanecer Dorado, el partido griego de extrema derecha. Todos dicen defender al pueblo.

Los líderes populistas, por definición, escurren fácilmente el bulto, huyen de su responsabilidad, creen que pueden modificar la historia, prometen porvenires radiantes y suelen acabar en una grotesca soledad, como le ocurrió al ministro Varoufakis, degradado en medio de la negociación, que no esperó mucho tiempo para vengarse de su patrón, Alexis Tsipras, al denigrar “el tratado de capitulación”, “un documento sobre los términos de la capitulación”, y proclamar en su blog que el acuerdo firmado en Bruselas “convierte a Grecia en un vasallo del Eurogrupo”. Tras fracasar estrepitosamente como negociador, Varoufakis se comportó como un farsante y hasta como un traidor para sus compañeros de partido, a los que injurió en los momentos de mayor tribulación. ¡Ocurrencias del oportunismo excéntrico!

En realidad, Tsipras, Varoufakis y sus corifeos actuaron como unos políticos tan orgullosos como ignorantes, aprendices de brujo que acabaron por coligar en su contra a casi todos los líderes del Eurogrupo. Sigo sin entender por qué el admirado Vargas Llosa describió a Tsipras como “apuesto y carismático”, en su habitual artículo dominical, cuando me parece un saltataulells (saltamostradores u hortera) endomingado, comunista de salón. Porque Grecia no es víctima sino de sus políticos de todos los colores, de su oligarquía financiera, de su administración hipertrofiada, de la corrupción galopante y de las malas prácticas de todos los ciudadanos en sus relaciones con el fisco. Ahora también de la demagogia, la práctica que Aristóteles consideraba como la partera de la tiranía.

La estrategia de la confrontación de Syriza, las amenazas de organizar “una Corea del Norte en el sureste de Europa”, o de abrir los puertos griegos a la flota rusa –el sueño histórico de Rusia por las aguas templadas del Mediterráneo–, sólo sirvieron para impresionar a un Obama un poco despistado, pero que no está dispuesto a financiar un nuevo Plan Marshall con destino a Grecia, aliado de la OTAN, que la opinión pública norteamericana juzgaría estrambótico e inaceptable. Las tácticas de Tsipras y sus enviados hundieron la confianza entre los socios europeos y aumentaron el número de países reacios a depositar más dinero de sus contribuyentes en el pozo sin fondo de un Estado fallido o al borde del abismo. Deslumbrados por el mesianismo alicorto de salvar al pueblo, con desprecio suicida de la relación de fuerzas, los populistas griegos se labraron una derrota sin paliativos.

“Se ha perdido la moneda más importante, es decir, la de la confianza”, declaró la cancillera Angela Merkel en medio de la borrasca negociadora, resumiendo el mayor reproche posible entre socios de una misma empresa. No obstante, entre la salida de Grecia de la eurozona, como propugnaban muchos políticos y economistas alemanes y de otros países de la Europa septentrional, de resultados imprevisibles, los 19 líderes de los países de la eurozona se inclinaron por un nuevo salvamento del náufrago griego, una decisión políticamente más aceptable, pero económicamente harto problemática, que coloca al Estado griego bajo el protectorado de las instituciones europeas y el Fondo Monetario Internacional (FMI), la famosa troika.

Con una clarividencia envidiable, el escritor griego Petros Markaris, en una entrevista con El Mundo, publicada el 8 de julio de 2015, además de exculpar a Merkel, de atacar el confuso referéndum del 5 de julio y de subrayar la responsabilidad de Tsipras por su inoperancia, puso los puntos sobre las íes:

“El gran error que ha cometido la Unión Europea es que desde el principio tenía que haber dicho a los griegos: ‘Mirad: o hacéis las reformas que decimos o no os damos dinero. Punto.´ Bruselas tenía que haber actuado con contundencia desde el principio, dejando absolutamente claro que si no se tomaban las medidas necesarias no soltaría un céntimo. Su error ha sido que ha aceptado por parte de Grecia medidas alternativas a las que ellos proponían. En Grecia ha habido sobre todo subidas de impuestos, tanto directos como indirectos, y en cambio no se han llevado a cabo las reformas que eran necesarias. El resultado es que se ha bloqueado el crecimiento del país.”

La fisura cultural del Atlántico

En aparente descargo de las estúpidas maniobras del primer ministro griego, que primero ofreció la cabeza Varoufakis, por haber irritado a todos sus colegas, y finalmente aceptó una rendición sin condiciones, los anglosajones euroescépticos o adversarios declarados del euro, con  el Financial Times y el New York Times como plataformas más notables, siguieron denunciando la mala concepción de la unión monetaria, la eurozona, un proyecto político al que describen con inadecuados cimientos económico-financieros, como si ese defecto congénito o el supuesto déficit democrático que afecta a la Unión Europa en su conjunto pudieran justificar el desastre de Grecia y el comportamiento arrogante y falaz de un primer ministro neomarxista y populista, admirador de Hugo Chávez y visitante o tonto útil del Kremlin, que alardea de una mentalidad no liberada de los clichés de la guerra fría.

Que los órganos más granados y representativos del capitalismo anglosajón, otrora capitanes anticomunistas de la guerra fría, salgan ahora en defensa del primer ministro griego, un populista de catecismo, discípulo de Hugo Chávez y marxista de ocasión, o que otros medios norteamericanos influyentes en internet, como Stratfor, ataquen sin rebozo a Alemania como el nuevo “imperio vengativo”, constituyó un espectáculo poco edificante que confirmó, de forma indubitable, la fisura cultural del Atlántico y la escasa preocupación por los asuntos europeos introducida por Obama en las altas esferas políticas y académicas de Estados Unidos.

La fractura cultural ofrece ejemplos más o menos insignes en ambas orillas del Atlántico. Después de asistir a una conferencia en Múnich sobre el problema de Grecia, Jacob Soll, un historiador de la economía de la universidad del Sur de California, en un artículo del New York Times, atacó airado “la cólera destructiva de Alemania”, y concluyó: “Si los alemanes van a dirigir Europa, no pueden hacerlo como víctimas.” El simposio fue presidido por Hans-Werner Sinn, del prestigioso Instituto IFO (Instituto para la Investigación Económica), que desde hace tiempo viene proponiendo el Grexit, la salida de Grecia de la eurozona.

Tras conocerse el acuerdo alcanzado en Bruselas, Hans-Werner Sinn, personalidad muy representativa de la opinión que prevalece en los círculos dirigentes germanos, volvió a la carga para criticarlo acerbamente: “Mucha gente cree que ese papel [el acuerdo de Bruselas] es bueno para Grecia, pero no lo es. El rescate costará mucho dinero al resto de Europa, pero no será suficiente para hacer felices a los griegos.” Reiterando que Grecia es un país demasiado caro y poco competitivo, Sinn añadió: “No tiene sentido que queramos inyectar dinero para intentar resolver los problemas del país. No servirá para crear puestos de trabajo.” Un error de diagnóstico y, por ende, un remedio equivocado.

La discrepancia transatlántica está muy bien asentada en Londres, con portavoces muy autorizados. El británico Timothy Garton Ash subrayó “las debilidades estructurales del proyecto europeo, que se arrastran desde hace decenios”, y criticó los fallos en el liderazgo de la UE, en un artículo titulado “Lo que está en juego” (El País, 9 de julio de 2015), que me pareció, desde luego, un intento fallido de exculpar a Tsipras y reconocer –algo notorio desde hace mucho tiempo– que Grecia es “un Estado profundamente no modernizado y clientelar”. La culpa es del pasado, según Ash, de los gobiernos griegos de derecha e izquierda, pero también de los abuelos fundadores y los padres de esa eurozona que nunca contó con el beneplácito de los anglosajones, de los británicos nacionalistas y euroescépticos que amenazan con otro referéndum.

Sin reconocer en ningún momento que los veteromarxistas y populistas de Syriza transformaron en menos de seis meses el incipiente crecimiento en recesión, quebraron los bancos y llevaron a cabo la terrible empresa de situar a los griegos al borde del precipicio, mientras montaban una descarada campaña de propaganda, muy en el estilo comunista, para presentar a Grecia como víctima propiciatoria de la codicia europea y la perfidia de Alemania, de los pobres griegos aplastados por los plutócratas germanos. Engañaron a muchos europeos de buena fe pero mal o poco informados, seducidos por el nacional-populismo, y engañaron, sobre todo, a los griegos, a muchos de los cuales hicieron creer que la desgracia les venía impuesta desde el exterior, pero que Syriza obraría el milagro de los panes y los peces, de permanecer en el euro y reestructuras la deuda sin llevar a cabo los cambios imprescindibles para terminar con un Estado deficiente y clientelar.

Más lejos aún fue el norteamericano David Paul, que escribió en el Huffington Post un artículo muy parcial, generosamente reproducido, en el que aseguró apodícticamente que “el problema no es Grecia, sino la eurozona”, para terminar acusando a Alemania de beneficiarse de la creación del euro en perjuicio de otras economías más débiles, “que pagaron un precio muy elevado para ser miembros del club de la eurozona”. La agencia norteamericana Bloomberg, citando fuentes innominadas, presentó a Tsipras, a la salida de la negociación en Bruselas, como “un perro apaleado”, digno de compasión, y al fondo de las privatizaciones como una “confiscación” de bienes del Estado heleno. El Financial Times también se apoyó en fuentes anónimas para hablar de “la crucifixión” del primer ministro griego, signo inequívoco de los estragos que causa el populismo en los medios de comunicación.

El economista y premio Nobel Paul Krugman, censor furibundo de las políticas de austeridad y gran adalid de la salida de Grecia del euro, quedó desconcertado e irritado  por el acuerdo de Bruselas, hasta el punto de que se unió en las redes sociales a los papagayos que propagaban la tesis del complot o “el golpe” contra la democracia. Al día siguiente, en su habitual columna en el New York Times, Krugman hizo un apremiante llamamiento “para acabar con la sangría” de Grecia. Las comprensibles simpatías por los griegos acaban por confundirse con la adhesión a Tsipras en el fragor del combate ideológico y la desinformación deliberada. Y ya se sabe que la compasión no es un argumento, sino un sentimiento del alma.

Las discrepancias franco-alemanas

Lo que esos populistas han conseguido, sin embargo, son más sufrimiento y nuevas calamidades entre los griegos, además de inducir mayores discrepancias entre los países de la eurozona, incluyendo una disputa amigable, no exenta de reproches históricos, entre la cancillera Merkel y el presidente Hollande, convertido éste, por motivos de política interna, en un defensor esforzado de la permanencia de Grecia en el euro frente a la propuesta alemana de un abandono temporal (cinco años) y controlado. El liderazgo de Merkel queda herido por la indecisión y las vacilaciones, pero la actitud del presidente francés es el corolario de los problemas estructurales de su país, refractario de cualquier tipo de reformas.

Según el economista e historiador Nicolas Baverez, figura relevante de la intelectualidad francesa, el problema del presidente Hollande es que “la France est une grosse Grèce”, una Grecia en grande, el país más expuesto y temeroso de la quiebra de Atenas. En su opinión, Francia tendrá que hacer frente “a la misma elección decisiva: reformar o salir del euro”, por varias veces aplazada, pero con el añadido inquietante de que ahora representa un riesgo sistémico para la eurozona, un riesgo que, de llegar a concretarse, entrañaría el fin de la moneda única y del definitivo regreso a una Europa de múltiples velocidades.

La cancillera Merkel tampoco sale bien parada del último episodio de las debilidades y los rifirrafes de la eurozona. Mantiene el liderazgo en Europa, porque nadie puede emularla; pero lo hace a regañadientes, vacilante, como si no estuviera segura, alejada del europeísmo sin fisuras de su correligionario y mentor, el canciller Helmut Kohl, que sacrificó el marco en el altar de la reunificación, y sin un proyecto alternativo. No hay un vencedor claro entre “la Merkel de los números”, de los tecnócratas, y la del ideal europeísta en el universo posnacional que debería consagrar el bautizo de una nueva historia alemana. Antes del acuerdo de Bruselas, el semanario Der Spiegel publicó un largo y crítico informe sobre lo que ocurre en la cancillería titulado “Cómo Merkel fracasó en Grecia y en Europa”, en el que aseguró que “la falta de habilidad de la cancillera para adoptar decisiones impopulares exacerbó peligrosamente la crisis griega” (cito por la edición inglesa).

Las dudas y los rodeos de la cancillera, según Der Spiegel, pese al respaldo incombustible de los socialdemócratas, se explican no sólo por su temperamento proclive al acomodo, su falta de entusiasmo, sino también por las contradicciones notorias entre sus principales consejeros. El jefe de la cancillería, Peter Altmaier, es un europeísta convencido. “Su respuesta para la crisis es: más Europa”, escribe Der Spiegel. El jefe de la sección de Europa de la cancillería, Nikolaus Meyer-Landrut, por el contrario, es un burócrata empeñado en la cuantificación de todas las decisiones, que piensa y actúa como si hubiera llegado la hora de que “los Estados-nación tomen de nuevo el control”.

El Eurogrupo alumbró un acuerdo tópicamente europeo, un pacto o convenio de mínimos, de convergencia de los contrarios, que elude las soluciones milagrosas, pero conflictivas. Resulta chocante que la salud de la eurozona dependa de la regeneración del Estado heleno, cuyo producto interior bruto sólo alcanza el 2 % del total; pero es la condición indispensable para que el euro se presente en el mundo como una divisa irrevocable. Y Grecia, pese a sus limitaciones, tiene una de las llaves del futuro de la empresa europea. Pero está en el aire la voluntad de los griegos de construir un Estado moderno y eficiente sobre las ruinas de un pasado de oligarquía, caciquismo y populismo.

De todas maneras, lo más inquietante visto desde el rompeolas del europeísmo es el desoladora panorama de la locomotora franco-alemana detenida y sin suministro energético en medio de la tormenta. François Heisbourg, presidente del International Institute of Strategies Studies (IISS), cree que la avería se remonta a 2005, cuando los electores franceses rechazaron en un referéndum el proyecto de Constitución europea. Desde entonces, añade, “la relación se ha convertido en utilitaria y, en consecuencia, los días de una unión cada día más estrecha dentro de la Unión Europea pueden haber llegado a su final”. Ni Merkel ni Hollande parecen estar en condiciones de insuflar un nuevo soplo vital a una empresa desfalleciente, según el diagnóstico de sus numerosos adversarios. L´Europe en panne, que dicen en Francia. ¿Europa a oscuras, bajo los efectos de un gran apagón?

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Responses

  1. Análisis exhaustivo.
    Un trabajo que parecería asombroso de ignorar tu curriculum; además no dejas resquicios para llenar lagunas de información. Otra cosa es el criterio, por demás legítimo, que te merecen los mandatarios griegos que han intentado subvertir ‘el orden’ o ‘la orden’ emanada de la directora suprema de los designios de esta incógnita llamada Europa. Como legítimo habrá de parecerte, sin duda, que no comprenda ‘que no consigas entender, como dices, a tu admirado Vargas Llosa’, un buen diseccionador del fenómeno humano, que parece disentir de ti respecto a la consideración que le merece uno de estos mandatarios.
    “La causa de la causa es causa del mal causado”.
    Me ha venido a la memoria este viejo principio -o mejor axioma- porque en el apartado de tu artículo relativo a ‘La fisura cultural del Atlántico’ comentas el criterio de los anglosajones euroescépticos, cuyos más notables periódicos ‘siguen denunciando la mala concepción de la unión monetaria, un proyecto político con inadecuados cimientos económico-financieros’; y continuas: ‘como si ese defecto congénito o el supuesto déficit democrático que afecta a la EU en su conjunto pudiera justificar el desastre de Grecia’.
    Alemania. Lo que sigue habrás de permitírmelo porque quienes ‘ostentamos’ la condición de lectores tenemos esta ‘alegria’ propia -a mi que me registren- de ‘los irresponsables’ de la era digital. Se trata de algo que si bien para mí es simple, -aunque difícil- reflexión escrita, para ti, en líneas generales, es historia conocida.
    Alemania pues; y ya empiezo a intuir que este país está resultando ser la causa de la causa. Un país bastante deprimido, al parecer con más de 10 millones de trabajadores precarios con el mileurismo en plena danza. Inseguridad, desigualdad, injusticia. Moral de trabajo, línea recta descendente. También trabajadores precarios en las cadenas de montaje de Mercedes. (Duro ejemplo). El Mercedes se compra por la calidad que ofrece gracias a unas buenas relaciones laborales que no parecen ser precisamente las óptimas en los momentos actuales.
    La película de esta transformación, si mis fuentes son válidas, empieza con la ‘reunificación’ que costó, dicen, dos billones de euros. ¿Explican estos elefantiásicos gastos la obsesión alemana por la austeridad? La Alemania del Este fue el banco de pruebas. Salarios bajos y precariedad. Misma política en Alemania Occidental. Ante eventuales protestas, producción al Este. Todo el mundo aprendió. Quiero decir el mundo de las grandes empresas.
    ¡Falta mano de obra cualificada! ¿Ah sí? Por cada oferta laboral hay ocho demandas de trabajo. Consigna: Mantener los salarios a la baja. Lo tomas o lo dejas. Se llama a un ingeniero español, o a un conductor de autobuses español que se conforman con sueldecitos.
    Ésa es la reflexión. Que limito a Alemania, la feliz Arcadia del trabajo. Sucinta pero suficiente para hacerme una composición del pensamiento del ciudadano alemán que además de pasarlo mal, debe pagar a propios (los lander ‘pobres’) y a extraños (griegos y no griegos).¿Se hartarán?
    Apostilla: Leo en La Vanguardia de hoy, en el artículo de Rafael Poch ‘Sentencia a favor del aeropuerto de Nantes, un caso de alta tensión’-,:”… el ministro del ramo, Stéphan Le Foll, reconocía las tres crisis del sector: lechera, porcina i bovina. La competencia alemana, basada en una producción intensiva más industrial y de más mala calidad, está arruinando a muchos agricultores.. Detrás de estos problemas aparece frecuentemente la palabra Europa, “esta Europa que ahora vive la crisis más seria desde la fundación del mercado común. Substancia inflamable no sólo en las banlieues”.


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