Posteado por: M | 18 julio 2015

El acuerdo nuclear con Irán en una región en guerra

El acuerdo final entre Irán y las seis grandes potencias mundiales (las cinco grandes del Consejo de Seguridad más Alemania) sobre la cuestión nuclear, el 14 de julio, llega con mucho retraso, tras un decenio de cabildeos y duras negociaciones, y suscita bastante escepticismo en cuanto a su aplicación en todos los países directa o indirectamente concernidos. A cambio del levantamiento de las sanciones internacionales, Teherán se compromete a reducir drásticamente su programa nuclear y a no fabricar la bomba atómica en los próximos 15 años. La batalla de la aprobación, aunque por procedimientos muy distintos, se barrunta muy enconada, así en Washington como en Teherán, donde los adversarios del convenio son numerosos e influyentes.

Al congratularse por el acuerdo de Viena, el presidente Obama aseguró que constituye un paso importante hacia “un mundo más esperanzado” y que ofrece “una oportunidad para avanzar en una nueva dirección”. Pero los dos principales aliados de EE UU en la región, Israel y Arabia Saudí, mostraron su rechazo y su incomodidad. El primer ministro israelí, Benyamin Netanyahu, insistió en que la absolución de Teherán y su incorporación a la comunidad internacional es “una rendición histórica”, al mismo tiempo que deploró la lluvia de miles de millones de dólares que recibirá Irán, al descongelarse sus cuentas en el extranjero, y que “podría utilizar para proseguir su agresión y terror en la región y en todo el mundo”.

Arabia Saudí no vituperó públicamente el acuerdo, pero sus diplomáticos expresaron en privado su disgusto y sus temores. “La celebración puede enviar una señal equivocada al enemigo”, clamó un diputado en el parlamento saudí. Luego de entrevistarse con el secretario de Estado, John Kerry, en Washington, el ministro saudí de Exteriores, Adel al-Jubeir, fue recibido por Obama en la Casa Blanca, el 16 de julio, y nada trascendió de lo tratado. Prevalecen el apaciguamiento y la discreción. Ante los periodistas, el jefe de la diplomacia saudí conminó a los dirigentes de Irán a emplear los beneficios económicos del acuerdo internacional para ayudar a su pueblo y no para emprender nuevas “aventuras en la región”. Lo de la aventura es un eufemismo para referirse a las varias guerras en curso.

Aunque por fuerzas interpuestas, Arabia Saudí e Irán, que se consideran depositarias de la fe verdadera y protectoras de las dos ramas enfrentadas del islam, el sunismo mayoritario y el chiísmo, respectivamente, se hacen la guerra en Yemen, Iraq y Siria, además de que encarnan dos visiones contrapuestas del orbe musulmán, de sus relaciones con Occidente, y abrigan aspiraciones de lograr la hegemonía regional. En todas las monarquías petroleras gobiernan los suníes, pero Irán protege a los regímenes de Iraq (chií) y Siria (alauí, una escisión del chiísmo). Una de las secuelas inmediatas del acuerdo puede ser el desencadenamiento de una carrera armamentista en todo el golfo Pérsico o Arábigo por el que surcan los mayores petroleros y patrulla sin descanso la Quinta Flota norteamericana con base principal en Bahréin.

El acuerdo nuclear y su eventual aplicación encierran una gran complejidad técnica, pero sus objetivos son bastante simples: impedir que el régimen de los ayatolás se dote del arma nuclear en los próximos 15 años y, a cambio, acabar con el aislamiento y levantar las sanciones que agarrotan la economía de Irán, un país petrolero en vías de desarrollo, orgulloso de su historia imperial y sus tradiciones, con 80 millones de habitantes, para favorecer su crecimiento con la llegada de inversiones y tecnología internacionales, siempre que sean compatibles con los principios de la teocracia dominante, la rígida policía de costumbres, según la ley coránica, y los intereses de la pequeña burguesía del bazar. Al comentar la situación, el secretario del Foreign Office, Philip Hammond, hizo hincapié en “las oportunidades que se abren para las empresas occidentales que podrán invertir y comerciar con Irán”.

Irán se compromete reducir el uranio enriquecido que tiene almacenado y mantenerlo por debajo del nivel imprescindible para la fabricación de una bomba. Paralelamente, reducirá drásticamente el número de las centrifugadoras que ya tiene instaladas y que se utilizan para el enriquecimiento del mineral, al menos, durante un decenio. El reactor de Arak, que funciona con agua pesada, sólo será utilizado para la producción de energía e investigación civil. Además de limitar su capacidad nuclear, el acuerdo impone una estricta vigilancia sobre su cumplimiento, a través del organismo especializado de la ONU con sede en Viena, la Organización Internacional de la Energía Atómica (OIEA) para el cumplimiento del Tratado de No proliferación Nuclear de 1968, ratificado por Irán.

Como contrapartida, EE UU, la Unión Europea y la ONU levantarán las sanciones económicas impuestas a Irán. Lo más importante es que sus fondos en el extranjero y que pronto serán liberados suman unos 150.000 millones de dólares, a buen recaudo en China, Corea del Sur, India, Japón y varios países de Europa, una cantidad que procede en gran parte de las ventas de petróleo durante los últimos diez años. Una suma fabulosa para un país cuyo producto interior bruto (PIB) no supera los 500.000 millones de dólares, la mitad aproximadamente que el de España. Al mismo tiempo, Teherán recuperará su capacidad de exportación y de acceso a los mercados de capitales. Las inversiones pueden ser gigantescas, una bendición para las multinacionales de la industria y las petroleras. Las autoridades iraníes aseguran que se proponen adquirir 400 aviones civiles (por 20.000 millones de dólares), construir nueve aeropuertos y mejorar su red ferroviaria y de carreteras.

Oposición de la mayoría republicana en el Congreso

En Washington se prevé una impetuosa batalla parlamentaria, pues la oposición de Israel y los problemas de seguridad y terrorismo pesan aparentemente mucho más que las expectativas de buenos negocios. Los senadores y representantes republicanos, que tienen la mayoría en las dos cámaras del Congreso, salieron en tromba y cerraron filas para denunciar “un terrible acuerdo” que empeora la situación. En el semanario Weekly Standard, el neoconservador William Kristol publicó un vitriólico artículo contra “el acuerdo deshonroso”, comparándolo con el de Múnich de 1938. El senador Marco Rubio, aspirante para la candidatura a la presidencia, sugirió que reintroduciría las sanciones contra Irán en caso de ser elegido. La aspirante demócrata, Hillary Clinton, sin mucho entusiasmo, recalcó que el acuerdo es “una importante paso que dirige los focos hacia el programa nuclear de Irán”.

Como no se trata de un tratado internacional, el acuerdo multinacional no tiene que ser ratificado por el Senado, pero sí analizado y debatido. El Congreso dispone ahora de 60 días para revisarlo, pero, en el caso de que aprobara una resolución en contra, Obama ya anunció que la vetará, y el veto presidencial sólo puede ser anulado por una mayoría inalcanzable de dos tercios en ambas cámaras. Teóricamente, y puesto que la mayoría republicana está muy lejos de los dos tercios, el acuerdo podrá seguir adelante con los votos demócratas, por más que un veto presidencial siempre es una decisión comprometida que tensaría el clima político en vísperas de un año electoral y enturbiaría aún más el legado de Obama. El debate está en marcha, pero no se espera una decisión final hasta septiembre.

La discusión se extiende por los círculos académicos y todos los medios norteamericanos sobre los méritos y deméritos del acuerdo, pese a su enrevesada complejidad. En su defensa, Obama subrayó que no se basa en la confianza, sino en la verificación, y el secretario de Estado, John Kerry, que llevó el peso de las negociaciones, afirmó que la solución diplomática es la única realista: “La idea de sancionar a Irán hasta que capitule –añadió Kerry– puede servir para hacer un buen discurso político, pero es un objetivo inalcanzable fuera del mundo de la fantasía.” Los más optimistas suponen que el acuerdo contribuirá decisivamente a la evolución política de Irán hacia la moderación y el compromiso.

Los especialistas en la materia, aunque reconociendo “importantes e innovadores elementos” en el acuerdo, se muestran menos entusiastas y arguyen que Irán no estará obligado a desmantelar la infraestructura para el enriquecimiento del uranio, de manera que podrá proseguir con sus investigaciones y esperar los 15 años de moratoria y luego alcanzar rápidamente la maestría necesaria para la fabricación de la bomba. Ninguna previsión sobre lo que Irán puede o no puede hacer con las centrifugadoras al cabo de diez años. Como señala el veterano diplomático Dennis Ross, enviado especial en el Oriente Próximo con el presidente Clinton, “el mayor problema es que, dentro de 15 años, Irán estará en el umbral de convertirse en un Estado nuclear”.

Richard N. Haass, presidente del Council of Foreign Relations, el principal laboratorio de ideas de la política exterior norteamericana, considera que el acuerdo “es imperfecto y no resuelve el problema de las ambiciones nucleares de Irán”, pero “puede exacerbar las tensiones en la región” y complicar las relaciones de EE UU con los vecinos de Irán, sobre todo, con sus principales aliados, Israel y Arabia Saudí. “El acuerdo me sugiere –concluye Haass—que vamos a vivir con la realidad de un Irán como poder regional durante muchos años.”

El fracaso de la no proliferación

La experiencia de lo ocurrido con India y Pakistán, que desde 1998, cuando realizaron sus ensayos nucleares, cuentan con la bomba atómica, incita a la cautela y fortalece la hipótesis de que, a la postre, el destino nuclear de un país con voluntad y recursos no puede ser torcido por una estrategia de vigilancia y contención. Algunos de los científicos y técnicos que contribuyeron a fabricar la bomba de Pakistán han colaborado activamente con el programa nuclear iraní, aunque esté oficialmente volcado en el desarrollo de la energía atómica con fines no militares.

Ambas potencias asiáticas, enfrentadas en Cachemira desde hace más de medio siglo, encabezaron la rebelión del llamado Tercer Mundo contra el principio de la no proliferación nuclear, tutelado por los cinco grandes, cimiento del orden internacional desde la firma del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP, 1968), patrocinado por la ONU. Las pruebas nucleares indias y pakistaníes ni siquiera fueron detectadas por los satélites de la CIA, “un fracaso colosal” que provocó un gran escándalo en Washington. La eficacia de la inspección internacional e incluso del espionaje, aunque sea por medio de satélites o de otros medios sofisticados, para saber lo que ocurre en instalaciones por principio secretas, resulta altamente problemática.

El TNT y el tratado que prohíbe las pruebas nucleares (CTBT, en su sigla inglesa) consideraron la no proliferación como un principio irrenunciable y limitaron a cinco (EE UU, Rusia, Gran Bretaña, Francia y China) los Estados con derecho a poseer armas atómicas. Una ley norteamericana de 1994, aplicada muy selectivamente, prevé la suspensión de la ayuda financiera a aquellos países que no han firmado el TNP. Fu el carácter apocalíptico del arma nuclear el que confirió una neta legitimidad política a la ardua empresa de la no proliferación, pese a la división radical que entrañaba en el seno de la comunidad internacional entre los poseedores de la bomba y los demás.

Al llegar a un acuerdo con Irán, EE UU modifica esencialmente su estrategia, como acaba de explicar el profesor de origen iraní Ray Takeyh, de la universidad de Yale, en su comparecencia testimonial ante el Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes. En su opinión, la estrategia norteamericana pasa de los principios al acomodo, del propósito de impedir las actividades nucleares de Irán al objetivo de regular su desarrollo mediante un acuerdo que pone fin a medio siglo de política de no proliferación. Un cambio estratégico que sin duda tendrás efectos relevantes en el Oriente Próximo.

En cuanto a las esperanzas depositadas en la evolución del régimen de los ayatolás, las conjeturas son innumerables y a veces contradictorias. La supuesta existencia de dos sectores dentro del régimen, uno moderado, dirigido por el presidente Hasan Rouhani, con fama de pragmático, y otro radical, que se parapeta detrás del Líder Supremo, el ayatolá Ali Jamenei, resulta ser una construcción ideológica occidental que con frecuencia choca con la realidad. Quizá no se trata de que sean dos dirigentes enfrentados, ni mucho menos antagónicos, sino de dos personalidades que desempeñan papeles diferentes en la compleja estructura bicéfala de la teocracia instaurada por el ayatolá Jomeini en 1980.

El 14 de julio, al anunciarse la firma del acuerdo, el presidente Rouhani se apresuró a cantar sus excelencias en una aparición televisiva. Poco después, cuando el equipo negociador se presentó en la residencia del ayatolá Jamenei, para recibir la bendición del Líder Supremo, éste se mostró bastante circunspecto y escribió: “El texto necesita ser estudiado cuidadosamente y seguir el proceso legal establecido. Después, si fuera aprobado, deberá ser protegido contra las, potenciales violaciones por la otra parte.” Las discrepancias son manifiestas en cuanto al órgano que debe aprobar finalmente el acuerdo: los radicales promueven que sea el Majlis o parlamento, mientras que Rouhani y los suyos preconizan el nihil obstat del Consejo Supremo de Seguridad Nacional. Como en Washington, las espadas están en alto en Teherán.

No cabe duda de que las negociaciones y el acuerdo de Viena han reducido considerablemente la hostilidad entre EE UU e Irán, entre el Gran Satán que denunció Jomeini y el miembro del “eje del mal” a que se refirió George W. Bush. Una nueva situación diplomática y estratégica que será puesta a prueba no sólo por el cumplimiento del acuerdo, sino igualmente por las guerras que agitan la región.

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