Posteado por: M | 25 julio 2015

Fukuyama, Gray y otros sobre el futuro de la democracia

Los que nos dedicamos por profesión o afición al análisis de las cuestiones internacionales y hasta de la situación del mundo –si se me permite la hipérbole–, inevitablemente estamos obligados a volver sobre las obras de Francis Fukuyama, politólogo e historiador estadounidense, profesor en la universidad de Stanford, tan prolífico como agudo, al que se conoce y se pondera, sobre todo, por su profecía de 1989, la que siguió al hundimiento del comunismo –“el fin de la historia”–, con la que ganó una merecida fama, pero que con frecuencia fue mal entendida e incluso maliciosamente interpretada, pese a que el artículo original llevaba un signo de interrogación que reflejaba las precauciones del autor: “The End of History?”, publicado en la revista National Interest en la primavera de 1989, unos meses antes de la caída del muro de Berlín. El éxito fue grande y el ensayo se convirtió en libro: The End of History and the Last Man (1992), en plena digestión del triunfo de la democracia liberal y el capitalismo sobre el imperio soviético y el socialismo real.

La tesis de Fukuyama era, como se recordará, que tras el colapso del comunismo, la democracia liberal, la idea política más fructífera del siglo XX, era la única forma de gobierno con suficientes legitimidad y compatible con la modernidad social y económica. La democracia liberal se había quedado sin adversario en el espacio geopolítico, de manera aparentemente irreversible. Un cuarto de siglo después, el optimismo ha dado paso a la cautela e incluso a la denuncia de “ese régimen autoritario electoral, alimentado por los petrodólares, que actúa como gendarme entre sus vecinos y trata de recuperar los territorios perdidos cuando se produjo la disolución de la Unión Soviética en 1991”, palabras escritas por Fukuyama luego del comienzo de la guerra civil en Ucrania y la anexión de Crimea por Rusia.

El profesor Fukuyama sigue en el candelero global por numerosos artículos y dos gruesos volúmenes sobre el orden político, su desarrollo y hasta su decadencia. El primero de ellos – The Origins of Political Order: from Prehuman Times to the French Revolution (2011) – contiene una prolija historia del desarrollo político de alcance universal, con especial énfasis en la acción del Estado, o de los imperios, las instituciones y su eficiencia, la ley y el orden, aunque con olvidos aparentemente incomprensibles como los de Grecia, donde nació la democracia, y Roma, el imperio más poderoso, extenso y duradero de la Antigüedad en Europa –“la única trayectoria completa de organismo nacional que conocemos”, según Ortega–, al que debemos la genial invención y compilación del derecho privado que aún rige nuestra convivencia.

El segundo volumen —Political Order and Political Decay: from the Industrial Revolution to the Globalization of Democracy (2014)— es un relato concienzudo más que una explicación de la evolución política de los últimos tres siglos. Quiero decir que se explican muy bien los hechos pero no tanto sus causas. Las dos primeras partes están dedicadas al estudio del Estado y las instituciones, a la narración pormenorizada de lo que ocurrió en varios países y diferentes lugares, desde Francia, Prusia e Italia a Nigeria, otros Estados africanos y, sobre todo, China, el imperio del Medio milenario y su prolongación comunista desde 1949. Pocas referencias a España, salvo como país integrante de la Europa del sur en la crisis del euro.

Un Estado fuerte y centralizado

La tercera parte, y quizá la más interesante y novedosa, es un estudio penetrante de la democracia, de sus condiciones, sus resultados, sus fracasos o retrocesos y su futuro, un modelo político que no es una panacea, sino el menos malo de todos los ensayados, según el famoso apotegma de Churchill; el fruto de un proceso complejo, problemático, estrictamente controlado por las élites, y que con demasiada frecuencia desembocó en la oligarquía y el caciquismo o clientelismo que vituperó nuestro Joaquín Costa. Ahora se manifiesta con algunas perversiones notorias, como la corrupción endémica, y se ve periódicamente sacudido por las crisis económicas y financieras.

Según Fukuyama, el sistema democrático descansa sobre tres pilares o factores en delicado equilibrio: un Estado fuerte y efectivo que trata a todos los ciudadanos por igual, el imperio de la ley y una rendición permanente de cuentas por los gobernantes (political accountability) cuyo corolario es la celebración periódica de elecciones limpias y multipartidistas. Nada es posible sin un Estado fuerte y centralizado dotado de una burocracia competente y que tiende a ser políticamente neutral. “Antes de que el Estado puede ser frenado o limitado por la ley o la democracia –escribe— es preciso que exista.”

Ya en el primer volumen, Fukuyama planteó una atractiva hipótesis: el reto para los países en vías de desarrollo consiste en “llegar a Dinamarca”, no al país escandinavo, sino al lugar ideal y hasta idílico de la democracia liberal consolidada y definitiva, símbolo de una sociedad “próspera, democrática, segura, bien gobernada y con bajos índices de corrupción”. Las dificultades para llegar a esa especie de paraíso son enormes, y los fracasos en el empeño fueron numerosos, en todos los continentes. Nadie dispone de un método adecuado para llegar a esa estación de Finlandia e iniciar la revolución de la democracia liberal, pues, como reconoce Fukuyama, “no sabemos cómo la misma Dinamarca pueda llegar a ser Dinamarca y, por ende, no podemos comprender la complejidad y dificultad del desarrollo político”.

En efecto, el llamado sistema escandinavo, bajo la hegemonía de los partidos socialdemócratas, ya no es lo que era, sino que pierde fuelle y se alterna en el poder con unas coaliciones derechistas que endurecen la política de inmigración, recortan las prestaciones sociales y rebajan la voracidad fiscal. En las últimas elecciones de Dinamarca (18 de junio de 2015), lo más significativo no fue el retorno de la derecha liberal al poder sino el avance espectacular del Partido Popular Danés (PPD), una fuerza populista, antieuropea y antiinmigración, tildada frecuentemente de xenófoba, que fue la segunda más votada (21 % de los sufragios). Una fuerza que pone en tela de juicio el tríptico socialdemócrata: una democracia estable, eficiente y honrada.

El análisis de la realidad política confirma que los regímenes autoritarios siguen en pie, en China, en Rusia, en Egipto e Irán, en numerosos países asiáticos y africanos, pero la democracia liberal, según Fukuyama, no tiene competidores. Ni el capitalismo autoritario chino ni la teocracia islamista son modelos de legitimidad incontestada y, por supuesto, de muy difícil exportación a otros ámbitos, y ni siquiera viables en el largo plazo. El porvenir de la democracia liberal no está exento de nubarrones, pero fundamentalmente por causa de sus problemas internos, de sus disfunciones, no porque otro modelo diferente o antagónico le plantee un desafío existencial. Se diría que las democracias están sometidas a crisis periódicas, de las que no siempre ni en todos los países salen fortalecidas.

La parte cuarta del libro está dedicada precisamente a un análisis pormenorizado de la historia y el presente del sistema norteamericano, desde finales del siglo XIX y hasta la mitad de la centuria siguiente, época en la que se produjo “una revolución social impulsada por una potente industrialización que movilizó a nuevos actores políticos que estaban poco interesados en mantener el viejo sistema clientelar”. El ejemplo norteamericano confirma, en efecto, que las democracias pueden decaer y que la democracia liberal no lleva implícita el poder de perpetuarse. Según Fukuyama, en las últimas dos o tres décadas, el sistema estadounidense se ha hecho más débil, menos eficiente y más corrupto. Y enumera algunas de las principales causas del inquietante retroceso: creciente desigualdad económica; concentración de la riqueza, que permite a las élites comprar un inmenso poder político y manipular el sistema para ponerlo al servicio de sus intereses; la influencia exorbitante de los grupos de presión sobre las instituciones, cada vez menos representativas. Severa advertencia sin pronóstico.

Su opinión sobre Europa y su proceso de integración resulta harto pesimista, con la crisis del euro en el horizonte. Fukuyama teme que las disfunciones y los problemas de EE UU se extiendan a otras democracias, y Europa está muy expuesta al contagio precisamente porque carece de un poder fuerte y centralizado. Sostiene que “la ampliación de la Unión Europea y el traslado del proceso de decisión política desde las capitales de los Estados a Bruselas” inevitablemente hacen que “todo el sistema europeo se parezca cada día más al norteamericano”, pero más débil en su estructura.

Reflexión sobre “el modelo chino”

No obstante, “el único sistema que parece que aparentemente puede competir con la democracia liberal es el llamado modelo chino, que mezcla el gobierno autoritario con una economía parcial de mercado y un alto nivel de competencia tecnocrática y tecnológica”. Fukuyama no se detiene, en todo caso, a abordar el tema de la moral confuciana –jerarquía y comunidad – que impregna la sociedad china. Ni reflexiona en la voluntad manifiesta de los dirigentes de Beijing de hacer de su éxito económico una palanca para la influencia geopolítica. Pasa de puntillas sobre el sentimiento muy generalizado entre los chinos de que su país es una gran potencia que debe reclamar internacionalmente el estatuto correspondiente.

En lo tocante a China, Fukuyama aventura otra profecía que me resulta excesivamente optimista: dentro de 50 años, no tiene dudas de que China se parecerá más a Europa que ésta a aquélla. La democracia, aunque sea retóricamente socialista o se disfrace con los colores chinos, forma parte de las aspiraciones del mismo partido comunista (PCCh), como señala la campaña anticorrupción que afecta a los miembros del gigantesco aparato partidista. No está nada claro que la actual dirección del PCCh vaya a proseguir con las reformas y puede vaticinarse, por el contrario, que de ningún modo se propone cambiar de sistema.

En cuanto al islam político o islamismo, Fukuyama se muestra ambivalente, pues reconoce que es “el único competidor genuino de la democracia en el reino de las ideas”, pero le niega el atractivo y la proyección global que persiguen los terroristas y guerrilleros de la guerra santa: “Algunos radicales en el Oriente Medio pueden soñar con restaurar un califato islamista, pero ésa no es la elección de la vasta mayoría de la gente que vive en los países musulmanes”. La previsión quizá no hubiera sido tan optimista de haberse detenido a estudiar la creciente presencia e influencia del islam en Europa, los atentados en varias capitales europeas o el caos sangriento en que desembocaron las revueltas árabes iniciadas en 2011.

Si la democracia liberal es el destino prácticamente inexorable de la humanidad, según la tesis balsámica de Fukuyama, las dificultades para crearla y consolidarla son numerosas y con frecuencia desalentadoras. En ese sentido, y siguiendo a su maestro Samuel Huntington, Fukuyama lanza una admonición sombría que dirige, en primer lugar, hacia la clase dirigente de Estados Unidos, cuyo sistema le parece bloqueado y en el que aprecia diversas disfunciones institucionales y peligrosos desajustes de orden económico y social. “Todos los sistemas políticos –concluye–, los del pasado y los del presente, estuvieron o están expuestos a la decadencia.” Quizá porque las viejas estructuras con frecuencia no pueden hacer frente a los desafíos de un mundo en constante mutación.

La conclusión un poco paradójica es que las democracias liberales, aunque siguen siendo el sistema más satisfactorio de todos los conocidos, deben reformarse para evitar la decadencia de la que ofrecen algunos síntomas alarmantes. En este sentido, la crítica más consistente la formuló el filósofo John Gray, en un penetrante articulo publicado en la británica Literary Review: “Fukuyama da por hecho que el punto final del desarrollo político es el sistema de gobierno que él prefiere.” Y enumera con sarcasmo los fracasos de Occidente en su intento de crear nuevas “Dinamarcas” en Iraq, Afganistán, Somalia, Libia. Por lo tanto, la globalización de la democracia en que insiste Fukuyama parece muy poco realista. Una vez más, el pesimismo de la razón rechaza o matiza el optimismo de la voluntad.

El argumento de Fukuyama es muy poco novedoso: el desarrollo económico y la prosperidad crearán una potente clase media que reclamará libertad política. Así pensaron los desarrollistas españoles del pasado siglo, cuyo jefe de filas fue Laureano López Rodó, comisario del plan de desarrollo y varias veces ministro con Franco, que especularon con una supuesta relación mecánica de la libertad con el nivel de rentas. También a este punto llega Gray con su escalpelo: “En Europa, durante gran parte del siglo XX, muchas gentes de la clase media, ante las crisis económicas y políticas, reaccionaron abrazando a los enemigos de la democracia liberal: fascismo, comunismo y nacionalismo étnico.” También podría haber añadido los populismos de derecha e izquierda que cabalgan actualmente por Europa, sin duda propulsados por la crisis financiera y los efectos de la globalización.

El mito del progreso continuado

John Gray permanece fiel a las ideas expuestas en su último libro traducido al español: El silencio de los animales. Sobre el progreso y otros mitos modernos (2013), un análisis luminoso de cómo la idea del progreso ininterrumpido se ha desintegrado ante los sucesivos retornos de la barbarie. Frente al optimismo de Fukuyama, el filósofo británico describe con claridad “los pasos atrás en la historia” y caracteriza la evolución como un proceso a la deriva que muchas veces tiene poco que ver con las elevadas cumbres de la racionalidad, la paz y el orden. Frente a un mito “extremadamente potente” como el del progreso, tan enraizado en la tradición judeo-cristiana, concluye Gray de manera un poco lúgubre: “La humanidad, por supuesto, no marcha hacia ninguna parte.” Porque como ya habían intuido Joseph Conrad, Stefan Zweig y Arthur Koestler, entre otros, “la barbarie no es una forma de vida primitiva, sino un desarrollo patológico de la civilización”.

No obstante, en un artículo publicado en 2004 y titulado “Una ilusión con futuro”, tras subrayar que “las esperanza a que se aferran los creyentes en el progreso son únicamente los valores de la circunstancia espaciotemporal”, Gray llegaba a esta conclusión prudente: “Sin embargo, renunciar a la idea de progreso resuelta demasiado drástico. Aunque pueda ser una ilusión, a veces tiene su lado bueno. Sin la esperanza de un futuro mejor, ¿habríamos presenciado la abolición de la esclavitud, o la prohibición de la tortura? En lugar de renunciar a la idea de progreso, ¿por qué no revisarla a conciencia?”

En una dirección más pesimista se mueve la reflexión del periodista Joshua Kurlantzick, especialista de las cuestiones asiáticas, abiertamente crítico en cuanto a las proclividades de las clases medias (Democracy in Retreat. The Revolt of de Middle Class and the Worlwide Decline of the Representative Government, 2013), que empiezan a mostrar un escaso entusiasmo por la democracia y con frecuencia quedan seducidas por “autócratas elegidos”, abiertamente antiliberales, como en el caso de la Rusia de Putin, o populistas desenfrenados como Hugo Chávez. En su libro, Kurlantzick explica la resistencia del llamado “modelo chino”, pese a la represión que le acompaña, y explora los motivos por los que el “consenso de Beijing” tiene tantos admiradores.

En oposición frontal con la tesis de Fukuyama sobre la legitimidad superior y universal de la democracia liberal, Kurlantzick sostiene que las clases medias en los países emergentes, sobre todo, en los asiáticos, están encantadas con el proceso acelerado de modernización y movilidad social, pero no están movidas necesariamente por un impulso democrático. No sólo en China, sino también en Singapur, Taiwán, Tailandia, Malasia, Indonesia, México, Kenia o Nigeria. En su opinión, la democracia como sistema de gobierno atraviesa por un período de recesión, cuyas causas son muy complejas, pero identificables: disminución del crecimiento económico, desigualdades en aumento, débiles o insuficientes sistema de protección social, urbanización galopante, degradación del medio ambiente, migraciones incontroladas.

El libro de Kurlantzick es convincente en su presentación del retroceso de la democracia, en su esencia como en sus procedimientos, en algunos países emergentes o en vías de desarrollo, allí donde el liberalismo político fracasó, a veces con estrépito, en establecer un sistema de prosperidad compartida, seguridad y ascenso social. Pero como han señalado algunos de sus críticos, ese modelo asiático, confuciano, autoritario, no podrá imponerse como un modelo de atracción universal.

El debate sobre la situación y el futuro de la democracia liberal está en los grandes periódicos, en las revistas especializadas y en los círculos académicos, hasta el punto de que la prestigiosa publicación Journal of Democracy publicó en enero de 2015 un número extraordinario con el siguiente título: “Is Democracy in Decline?”, el mismo que llevaba el ensayo liminar de su fundador y director Marc F. Plattner, en el que pasaba revista a los artículos recopilados sobre “el sombrío escenario”. La conclusión es que el autoritarismo tiene “muchas debilidades” y que la democracia dispone de “una gran fortaleza”, pero que los partidarios de ésta deberían permanecer vigilantes y activos para reconocer y contrarrestar “su actual declive”.

En uno de los artículos del Journal of Democracy, Larry Diamond, profesor de la universidad de Stanford, resumía la situación: “Alrededor de 2006, la expansión de la libertad y la democracia en el mundo llegó a una prolongada detención. Desde 2006 no se ha producido una expansión neta del número de democracias electorales, que ha oscilado entre 114 y 119, aproximadamente el 60 % de los Estados del mundo (…) El número de democracia electorales y liberales comenzó a declinar a partir de 2006 y desde entonces está estancado. Desde 2006, el nivel medio de la libertad en el mundo se ha deteriorado ligeramente.” Ante este panorama, un columnista destacado del New York Times, Thomas L. Friedman, publicó un artículo alarmista (18 de febrero de 2015) que otorgó resonancia mundial al fenómenos con un título sin ninguna precaución académica: “Democracy Is in Recession”, la democracia está en recesión. ¿Qué debemos hacer? El citado Diamond y el mismo Friedman incitan a no perder la fe. Me perece un exceso de voluntarismo.

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