Posteado por: M | 3 agosto 2015

Turquía entra en guerra cuando Siria agoniza

Cuando se encuentra en su quinto año y acumula más de 230.000 muertos, la guerra civil y religiosa de Siria se complica y se encarniza con la entrada en liza de Turquía, que en la última semana de julio inició una doble ofensiva área contra los yihadistas del denominado Estado Islámico (EI) y los milicianos kurdos. Esa operación militar coincidió con el reconocimiento por el presidente sirio, Bachar el Asad, de “una falta de recursos humanos”, lo que equivale a admitir que su régimen dictatorial, que sólo controla un tercio del territorio nacional, tropieza con enormes dificultades para el reclutamiento y para combatir en varios frentes y contra varios adversarios simultáneamente. Pero la fatiga de los contendientes no incita a la tregua sino a la desesperación y una mayor crueldad.

Prosiguen, pues, la sangría y el espanto. Desde que comenzó la guerra en 2011, unos 80.000 soldados y milicianos del ejército regular sirio han perecido en los campos de batalla. Los refugiados en los campamentos de Turquía, Jordania y el Líbano superan los cuatro millones. Las bombas de racimo y otros artefactos con componentes químicos siguen cayendo de manera implacable sobre la población civil indefensa. El impacto de la guerra ha generado una catástrofe sin precedentes en la región. “La comunidad internacional ha concentrado sus esfuerzos en unas conversaciones de paz que no conducen a ningún sitio pero se ha olvidado de detener la matanza de los civiles”, denuncia Kenneth Roth, director de Human Right Watch, la organización norteamericana dedicada a la defensa de los derechos humanos.

Luego de varios meses de intensas presiones de Washington, el gobierno de Ankara al fin lanzó a sus bombarderos contra las posiciones del EI (también conocido como ISIS o Daech), pero atacó al mismo tiempo las de las milicias del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), aliadas coyunturales de EE UU y enemigas acérrimas del Estado turco. Como advirtió preventivamente la prensa otomana de oposición, según leo en el diario Radikal, de Estambul, “la intervención militar sólo podrá ser interpretada como la apertura de un frente contra los kurdos”. El presidente turco, el islamista Recep Tayyip Erdogan, dejó bien sentado que “no toleraré jamás el establecimiento de un Estado [kurdo] en el norte de Siria y nuestro sur”, pretensión ancestral del nacionalismo kurdo irredento.

Siria está definitivamente troceada y desgarrada entre la dictadura de Asad, las milicias rebeldes de heterogéneas inspiraciones y obediencias, la franquicia de Al Qaeda, el Estado Islámico y los kurdos. Sendas coaliciones de carácter religioso, encabezadas por Arabia Saudí e Irán, que se combaten por fuerzas interpuestas en Siria, Iraq y Yemen, agudizan el sectarismo de la contienda. Una división inextricable, una devastación general, un conflicto religioso y territorial enconado y agotador en el que participan todas los Estados de la región más explosiva del mundo. Los países de la Unión Europea forman parte de la coalición forjada por EE UU para los bombardeos contra el EI pero sólo en Iraq. Francia, por el contrario, sigue voceando como prioridad el derrocamiento de Asad.

La confusión estratégica, militar y política alcanza sus niveles máximos desde que comenzó la guerra. Demasiados frentes y demasiados actores de la inacabable pesadilla. Los gobiernos de Turquía, Arabia Saudí y Qatar, en nombre de la fraternidad suní, mantienen como prioridad la caída del régimen de Asad, mientras que EE UU prefiere concentrar sus esfuerzos en Iraq y en la reconquista del terreno y los pozos de petróleo perdidos, hasta llegar a Mosul, plaza fuerte del EI. Los predicadores de la guerra santa o yihad, inasequibles a cualquier desaliento, encandilan ahora a sus huestes no sólo con la promesa del paraíso sino también con el sueño de volver a instalar el califato en Estambul, la última sede del que fue abolido por Ataturk en 1924.

El acuerdo entre Ankara y Washington, concluido el 23 de julio, que permite a los norteamericanos utilizar la base área de Incirlik, en el sureste del país, precedió a una reunión de emergencia de la OTAN sin otro resultado que la expresión retórica de la solidaridad de los aliados en la lucha contra el terrorismo. Como contrapartida, el presidente Obama no se detuvo ante las críticas por su “abandono de los kurdos” y aceptó la propuesta de Erdogan de crear “una zona de seguridad” en el corredor fronterizo al noroeste de Alepo, que sería defendida por  “las fuerzas de la oposición moderada” siria, protegidas de Washington, con el apoyo logístico y aéreo turco-norteamericano. Un plan estratégico cuya consecución no parece ni fácil ni inmediata, habida cuenta la proliferación de grupos armados con objetivos dispares, disparatados o contradictorios.

En Washington causó una evidente satisfacción la decisión turca de atacar a los yihadistas del Estado Islámico, aunque haya sido con un año de demora, un año después de que el yihadista Abu Bakr al Bagdadi proclamara el nacimiento del nuevo califato desde una mezquita de Mosul (Iraq), el 29 de junio de 2014, y tras muchos meses de vacilación y ambigüedad. La explicación la ofreció el mismo presidente Erdogan al subrayar que la operación aérea se dirigía contra “todas las organizaciones terroristas”, es decir, no sólo el Estado Islámico sino igualmente las milicias del PKK, organización separatista que lleva más de veinte años luchando por la independencia del Kurdistán, practicando el terrorismo y sufriendo una represión implacable. La tregua y el proceso de paz entre el ejército turco y los milicianos del PKK saltaron por los aires. Dos gendarmes turcos murieron el 2 de agosto, en el este del país, en un atentado suicida con un tractor que el gobierno atribuyó a los terroristas kurdos.

Unos 15 millones de kurdos

Unos 15 millones de kurdos, el 20 % de la población total, viven concentrados en el sureste del país (Anatolia oriental) y la zona metropolitana de Estambul. Constituyen la segunda componente étnica del país y ahora están representados en el parlamento por el Partido Democrático del Pueblo (HDP), que obtuvo unos excelentes resultados en las elecciones generales del 7 de junio: el 13,12 % de los votos y 80 escaños en la Gran Asamblea Nacional. El gran perdedor fue el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), islamista y conservador, que, aunque fue el más votado, por primera vez perdió la mayoría absoluta de que disfrutaba desde 2003, al obtener sólo el 40,7 % de los sufragios y 258 escaños, con una pérdida de casi 10 puntos porcentuales y 53 diputados. El corolario de esa victoria pírrica del AKP fue que su fundador y jefe, el presidente Erdogan, deberá renunciar por ahora a su proyecto de modificar la constitución para establecer un régimen presidencialista.

El gobierno de Ankara siempre estuvo más interesado en reprimir el nacionalismo kurdo, una amenaza para la integridad territorial del país desde la proclamación de la república (1923), que en combatir al Estado Islámico, de confesión suní, la misma fe que profesan la inmensa mayoría de los turcos, al que consideró desde su nacimiento como un grupo más de los muchos que se oponen entre sí y luchan contra el régimen de Asad. La idea de crear una “zona de seguridad” en el norte de Siria está probablemente dictada por la voluntad de impedir que las milicias kurdas (peshmergas) consoliden sus posiciones militares en el llamado Rojova, es decir, el Kurdistán occidental, a caballo de Turquía y Siria, territorio mítico del nacionalismo kurdo. Su brazo político es el Partido de la Unión Democrática (PYD), rama siria del PKK, cuyo líder es Salih Muslim. Unos dos millones de kurdos vivían en Siria antes de que estallara el conflicto.

La causa inmediata o el pretexto para el cambio de posición de Turquía y la consiguiente escalada militar fue el atentado suicida con una potente bomba perpetrado por un turco enrolado en el Estado Islámico en el puesto fronterizo de la localidad fronteriza de Suruc, el 20 de julio, que costó la vida a un soldado, mató a más de 30 civiles y causó una considerable alarma en la opinión pública, muy sensible con todo lo relacionado con el problema kurdo que se arrastra desde la caída del Imperio otomano (1918). La entrada en guerra se produce en un clima político enrarecido por las negociaciones para la formación del nuevo gobierno tras las elecciones del 7 de junio. Por eso la prensa turca insiste en subrayar los motivos de política interna para explicar o interpretar el viraje belicista de Erdogan y su primer ministro, Ahmet Davutoglu, que insisten al alimón en que Asad “debe dimitir”.

Uno de los objetivos del presidente turco es impedir que se forme una alianza de gobierno entre el pro kurdo HDP y el Partido Republicano del Pueblo (CHP, kemalista), el más numeroso de la oposición, que implicaría la pérdida del poder para los islamistas y eventualmente un brusco retroceso en el proceso de islamización rampante del último decenio. La prensa turca viene subrayando también las reticencias que se observan en la cúpula de las fuerzas armadas, de tradición kemalista, que además esgrime argumentos geopolíticos para oponerse a una intervención militar en Siria que parece concebida y ejecutada primordialmente no para derrotar al terrorismo, sino para servir los intereses políticos personales de Erdogan y su partido.

No obstante, pese al ruido de los tambores de la guerra, persiste la ambigüedad del gobierno turco con relación al EI. Hasta ahora, las autoridades turcas civiles y militares hicieron la vista gorda ante los avances de los yihadistas de la guerra santa y éstos utilizan el territorio turco como santuario, como hospital para sus heridos y plataforma comercial para su petróleo. El islamista Erdogan está ideológicamente más cerca de los soldados del califato que de los milicianos del PKK, marxistas o nacionalistas, que presuntamente amenazan la integridad territorial de Turquía. En último extremo, al atacar a los kurdos, el ejército otomano aparece como el aliado objetivo del Estado Islámico.

La decisión de Erdogan de abrir un doble frente –contra el EI y contra el PKK—colocó a Obama en una posición incómoda puesto que los estrategas norteamericanos consideran que la cooperación de las milicias kurdas, tanto en Siria como en Iraq, resulta esencial para frenar el avance del EI, atacar sus bastiones, disminuir sus recursos económicos y finalmente conseguir su derrota. Paralelamente, una mera coincidencia táctica entre el PKK y el EI podría producir una escalada de los actos terroristas, crear graves problemas a Turquía y perjudicar gravemente su estabilidad política y, por ende, su progreso económico.

La ofensiva turca se inició después de que las milicias kurdas, apoyadas y pertrechadas por los norteamericanos, derrotaran a los yihadistas del EI y conquistaran las localidades de Kobane, en enero de este año, tras encarnizados combates, y Tel Abyad, el 16 de junio, en el norte de Siria y la frontera con Turquía, de manera que los tres cantones autónomos de población kurda se aseguraron su continuidad geográfica y quedaron bajo la autoridad política y militar del PYD, la rama siria del PKK. El fantasma de una entidad autónoma como embrión del Estado kurdo comenzó a adquirir consistencia y sembró la inquietud en los medios políticos de Ankara, tanto del poder como de la oposición.

Una de las prioridades de Erdogan es impedir que la alianza táctica y militar de los norteamericanos con los milicianos del PKK desemboque en un consenso internacional, promovido por Washington, para crear un Estado kurdo que emergería como una zona relativamente estable desgajada del caos sirio. La cuestión kurda y la eventual desintegración de lo que queda de Estado sirio alimentan también la hipótesis de una intervención paralela más directa de Rusia e Irán, en favor de la dictadura siria, laica o multiconfesional en sus orígenes, que se presenta como protectora de todas las minorías frente al sectarismo recalcitrante de la mayoría suní. Esa probable internacionalización del conflicto causa un considerable revuelo en la OTAN, de la que Turquía es miembro.

La dislocación religiosa y militar

El factor religioso o sectario –la guerra de religión– contribuye a explicar el encarnizamiento y la destrucción sistemática del país. El cisma de los chiíes y otras minorías como la alauí, a la que pertenece el presidente Asad, establece una división insalvable con los suníes. El régimen de Asad sobrevive, ante todo, por el temor de otras minorías y la solidaridad de los chiíes, es decir, la ayuda de Irán, que ha enviado al combate a sus Guardianes de la Revolución, y el espíritu combativo del Hizbolá libanés, insuficientes para contrarrestar la superioridad humana y logística de los suníes, pese a las divergencias entre sus facciones: el Estado Islámico, los diversos grupos rebeldes sirios (radicales o moderados) y sus patrocinadores con Turquía, Arabia Saudí y Qatar a la cabeza.

Entre los grupos rebeldes suníes destaca últimamente el llamado Ejército de la Conquista (Jaish al-Fateh), creada en marzo y dominada por los radicales del Frente al-Nusra, la rama siria de Al Qaeda, muy bien financiada y pertrechada. El Frente del Sur es una alianza compuesta de los rebeldes moderados y laicos del Ejército Sirio Libre y otras milicias islamistas. La llamada División 30 es un grupo internacional creado y armado por EE UU para frenar al Estado Islámico, pero que está considerado incluso por los grupos rebeldes como una tapadera de la CIA, blanco preferido de los islamistas radicales. Un portavoz del Frente al-Nusra declaró como objetivo prioritario el hostigamiento sin tregua de esa unidad norteamericana.

Desde el frustrado acuerdo de Ginebra (junio de 2012), el conflicto se encuentra en un callejón diplomático sin salida, hasta el punto de que nadie se atreve a proponer una fórmula para la paz. Ni siquiera la renuncia o la destitución de Asad, en la que insisten los occidentales, sería suficiente para restablecer la cordura, detener la sangría y apaciguar a los combatientes. Rusia estaría dispuesta a aceptar la marcha de Asad, pero en ningún caso desea el triunfo de los islamistas o que EE UU establezca un nuevo protectorado en Damasco. Las potencias regionales, Arabia Saudí e Irán, no detendrán la dinámica bélica si no es bajo una fuerte y coordinada presión exterior que se reputa muy improbable. Y Asad, a la desesperada, podría llegar a una tregua con el Estado Islámico para defenderse de la acometida de Turquía y EE UU.

Todos los datos sobre el terreno apuntan en la dirección de que la lucha sin cuartel proseguirá hasta la extenuación de los combatientes y la completa devastación del país. La extrema fragmentación de las fuerzas en lucha, el radicalismo de los yihadistas y la pérdida de control político, tanto dentro del régimen de Asad como de la oposición, hacen cada día más difícil un acuerdo diplomático para detener los combates o la concertación de una tregua para mitigar la catástrofe final de los 8 millones de sirios que aún están desplazados dentro del país. Tras cinco años de guerra y un rosario de calamidades, la llamada comunidad internacional no ha sido capaz de crear una alternativa creíble para la dictadura de Damasco ni de evitar por la fuerza, mediante una justificada intervención humanitaria, los continuados crímenes de guerra que componen el primer genocidio de este siglo.

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