Posteado por: M | 10 agosto 2015

Crónica luctuosa de las migraciones en el Mediterráneo

Ante la tragedia migratoria que se desarrolla en el Mediterráneo, agravada en esta época de buen tiempo, la Unión Europea está dividida y como paralizada diplomáticamente, más preocupada por la seguridad y el control de sus fronteras que por la protección de los derechos de los que buscan trabajo y refugio. Aumenta el flujo de refugiados en algunas islas griegas del mar Egeo, las más cercanas a la costa turca, y se suceden los naufragios y las desgracias en el estrecho de Sicilia por el que transitan las embarcaciones que proceden de la caótica Libia. Los llamamientos apremiantes del papa Francisco, de los países más afectados y de las organizaciones internacionales no han conseguido arrancar una respuesta unitaria de los dirigentes europeos.

Náufragos en el Mediterráneo

Náufragos en el Mediterráneo

Las cifras oficiosas ratifican el dolor y el desconcierto que reflejan las imágenes conmovedoras de los noticiarios televisivos. En el primer semestre de 2015 un número récord de 137.000 emigrantes atravesaron el Mediterráneo para buscar refugio o trabajo en Europa, según informe de la Alta Comisaría de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Otras 1.867 personas murieron en el empeño de alcanzar las costas de algún país europeo, cifra fatídica que otras organizaciones elevan hasta 2.000. En el mismo período de 2014, la Organización Internacional de las Migraciones (OIM) contabilizó 1.607 emigrantes muertos cerca de las costas europeas, lo que supone para 2015 un aumento del 20 %. Desde 2000, y según cálculos oficiosos, unos 20.000 emigrantes encontraron la muerte en el Mediterráneo.

Otro informe de la OIM dictamina que la Europa del sur es en estos momentos el destino más azaroso del mundo para las emigraciones irregulares, y el Mediterráneo, la más arriesgada frontera, con 2.279 muertos en 2014, muy por delante del golfo de Bengala, la segunda región más conflictiva, con 540 muertos en el mismo año, y de América del Norte (307 muertos). Según la oficina de estadísticas de la Comisión Europea (Euroestat), los 28 países miembros de la Unión Europea recibieron en 2014 unas 626.000 peticiones de asilo o protección internacional, el mayor número desde 1992.

Italia, el país que figura en primer lugar por el número de recién llegados, fue el destino de 170.000 emigrantes en el primer semestre de 2015, casi el 75 % de todos los arribados por vía marítima a Europa. Le sigue Grecia, adonde llegaron 68.000 emigrantes en el mismo período, la mayor parte procedentes de los campos para refugiados de Turquía, Jordania y el Líbano. La ONU apremia, y tras auscultar las intenciones de los que se hacinan en Libia y en los campos de refugiados, vaticina que 500.000 emigrantes tratarán de atravesar el Mediterráneo en 2015, doblando la cifra de 2014 (219.000). Según la OIM, 188.000 personas llegaron ilegalmente a Europa en el primer semestre de 2015, con un aumento de casi el 70 %.

Todas las previsiones sugieren que la situación empeorará durante lo que queda del verano, porque las mafias del transporte clandestino redoblan su actividad aprovechando el buen tiempo y explotando sin escrúpulos la desolación y la desesperanza de los fugitivos. Europa se enfrenta, pues, a un flujo inmigratorio sin precedentes, precisamente coincidiendo con la crisis económica aún no superada y cuando los partidos nacionalistas en varios países tratan de exacerbar tanto el rechazo xenófobo de los inmigrantes como el temor del terrorismo de los grupos islamistas. En las actuales circunstancias, las demandas en favor de una política de emigración común y de una mejor protección humanitaria resultan bastante ilusorias.

“Europa se enfrenta a una crisis de los refugiados por vía marítima que alcanza proporciones históricas”, subrayó en un comunicado el jefe de la ACNUR, el portugués António Guterres, precisando, además, que la inmensa mayoría huyen de las guerras, los conflictos y las persecuciones. Los inmigrantes desesperados nos recuerdan de manera punzante el fracaso de todos los vaticinios optimistas: flaquea la democracia, envejece la población europea, avanzan el despotismo y la violencia; la historia ya no puede ser el relato parcial del triunfo de la libertad y el progreso, como creyeron tantos europeos durante tanto tiempo, sino la crónica luctuosa del Mediterráneo convertido en un cementerio sin nombres.

Turquía y Libia, los dos polos del desastre

Aunque resulta prácticamente imposible el establecer una distinción entre refugiados (políticos o bélicos) e inmigrantes económicos, se considera probado que la mayoría de los que cruzan el Mediterráneo huyen de la guerra, la tiranía o el caos, y proceden del Oriente Próximo o África. Iraq y Siria son dos países en guerra, de los que salen despavoridos todos los que pueden, primero para instalarse en los campos de refugiados del Líbano, Jordania y Turquía, desde donde luego emprenden el éxodo hacia Europa, generalmente entregando todos sus ahorros a los desalmados traficantes. Afganistán, otro país en guerra, también aporta un número importante de refugiados. En cualquier caso, los factores económicos no son los únicos ni quizá los más relevantes de los que provocan la oleada emigratoria.

Los africanos huyen tanto o más de la guerra y la violencia que de la miseria. Somalia es un país en guerra civil desde hace casi 30 años, en el que un grupo islamista terrorista, Al Shabab, practica una violencia absoluta. Eritrea, bajo una dictadura sangrienta de partido único, dirigida por Issayas Afeworki y emuladora de Corea del Norte, se ha convertido en una prisión a cielo abierto de la que se fugan los mejor entrenados. En el norte de Nigeria, el país más poblado del continente, tres provincias permanecen en estado de emergencia y padecen las incursiones mortíferas del grupo terrorista e islamista Boko Haram. La inestabilidad, la violencia y las guerras locales se extienden por Sudán, Sudán del Sur, Camerún, Chad, República Centroafricana, Senegal y Mali. La República Democrática del Congo padece una crónica inestabilidad y Suráfrica experimenta graves problemas de convivencia ante la llegada masiva de emigrantes de los países vecinos.

El caos más absoluto reina en Libia desde la caída de Gadafi (2011), con dos gobiernos irreconciliables y varios grupos armados que rivalizan en el terror, un país convertido en la principal plataforma de las mafias del transporte. La zona más problemática se encuentra en la costa del Mediterráneo central, pues los barcos de fortuna, siempre con sobrecarga, parten de Libia para llegar a Lampedusa y Sicilia, las dos islas italianas más expuestas a la oleada de refugiados. En esa ruta ocurrieron el mayor número de naufragios y muertes, a pesar de que en Italia sigue vigente la muy severa y controvertida ley Bossi-Fini, de 2002, del gobierno de Silvio Berlusconi, que prevé multas y deportación para los inmigrantes que hayan llegado sin procurarse antes un contrato de trabajo. Como en casi toda Europa, las leyes pretenden ponerle puertas al campo y suelen ser papel mojado ante la avasalladora realidad y la férrea voluntad de los fugitivos.

Pese a la grave crisis económica que padece, ya en su quinto año de austeridad draconiana, Grecia es el segundo país con más número de recién llegados, ya sea por mar o por tierra, en ambos casos con emigrantes asiáticos procedentes de Turquía o el Líbano que huyen de las guerras en la región y de las malas condiciones de vida en los campos de refugiados. La situación ha puesto alas a las ambiciones electorales de los grupos xenófobos como Amanecer Dorado y las medidas excepcionales en la vigilancia de fronteras, como la llamada Operación Aspida (escudo), que incluye la colocación de alambradas en la frontera turca, no han dado resultados tangibles. Nada ha cambiado con la llegada al poder de los populistas de Syriza. Basta con leer una novela del escritor heleno Petros Márkaris (Hasta aquí hemos llegado) para darse cuenta de hasta qué punto la xenofobia está calando en amplios sectores sociales.

En el Mediterráneo occidental, y según los cálculos del ministerio español del Interior, el número de inmigrantes que trataron de entrar ilegalmente en España fue de 12.549 en 2014, casi el 70 % superior al del año anterior. No obstante, las patrullas en las aguas del África occidental, mediante algunos acuerdos de España con los países ribereños, parece que han contribuido a disminuir el número de pateras y mitigar algo las presiones en las verjas fronterizas de Ceuta y Melilla.

Para frenar la inmigración procedente de Grecia, y que llega a través de Albania y Serbia, el gobierno nacionalista de Hungría está dispuesto a construir un muro de contención en la frontera. Las organizaciones humanitarias que se escandalizan por el empeño del gobierno húngaro de Víctor Orban también se han rasgado las vestiduras ante el lamentable espectáculo con tintes de tragedia que se desarrolla en los alrededores de Calais, en la boca sur del túnel del canal de la Mancha, y que afecta a dos de las grandes potencias del continente. Ni el gobierno socialista francés está dispuesto a mejorar la situación en el campo donde malviven unos 4.000 emigrantes, junto a un vertedero, ni el primer ministro británico, el conservador David Cameron, va a enfrentarse a una fronda de sus diputados si abre la puerta a los desesperados.

Las diferencias ideológicas se volatilizan cuando se trata del problema de la inmigración que afecta muy directamente a la soberanía de los Estados. Los campos de refugiados de Calais, los llamados centros de acogida, las alambradas fronterizas, las expulsiones gubernativas inmediatas y las deportaciones de algunos grupos a los que se supone especialmente conflictivos violan claramente el artículo tercero de la Convención Europea de los Derechos Humanos que prohíbe el trato inhumano o degradante, pero la Unión Europea, aun reconociendo el carácter supranacional del problema inmigratorio, está profundamente dividida, prolongando las disquisiciones jurídicas y preocupada, ante todo, por las cuestiones de seguridad y las repercusiones presupuestarias. Como tantas otras veces, el escándalo moral no ofrece retornos electorales.

Inmigrantes y recesión demográfica europea

Las más bellas palabras chocan de frente con la cruda realidad. El 23 de abril de 2015, actuando bajo el impacto de la tragedia cerca de Lampedusa –el naufragio que costó la vida a unas 800 personas–, la Unión Europa adoptó un plan de diez puntos destinado, sobre todo, a luchar contra las mafias que trafican con seres humanos, pero cerró los ojos a las otras realidades que tanto contribuyen a originar el problema: la violencia, las guerras, los Estados fallidos, la recesión demográfica en Europa, y se olvidó de la imperiosa necesidad de ofrecer algún tipo de esperanza a esa juventud africana que abandona sus países de origen para embarcarse en una aventura peligrosa y con frecuencia mortal en busca de un eldorado ilusorio.

Tampoco Europa reflexiona sobre el terrible problema de su acelerado envejecimiento y, por ende, de la necesidad vital de una mano de obra joven procedente de otros continentes. Además de compadecerse y socorrer a los emigrantes, quizá para alimentar la propensión del arrepentimiento por los males del colonialismo, los europeos deberían considerar al emigrante sopesando su contribución al crecimiento económico que debe asegurar sus pensiones y el bienestar futuros. En el semanario francés Le Point, Pierre-Antoine Delhommais lo subraya con clarividencia: “En lugar de conciliar los imperativos humanitarios y la necesidad de rejuvenecer a una población europea encanecida, los dirigentes europeos han elegido la vergüenza moral y la estupidez económica.”

La Unión Europea proclama a los cuatro vientos el principio de la “solidaridad interna” y la cooperación entre los Estados miembros “para prevenir el flujo de la inmigración ilegal”, pero la fractura es aparatosa entre los países que demandan mayor apoyo y recursos para controlar las fronteras, terrestres o marítimas –Italia, Grecia, Malta, España—y los que hacen valer sus esfuerzos para acoger a los demandantes de asilo –Alemania, países escandinavos–. La propuesta de la Comisión Europea de establecer cuotas de inmigrantes resultó un fiasco, de manera que la política migratoria sigue siendo una competencia estatal celosamente protegida, en flagrante contradicción con las normas de libre circulación de personas en el llamado espacio Schengen que desborda las fronteras comunitarias.

La socialdemocracia restringida pero ideológicamente dominante no parece que esté preparada para ofrecer una solución, ni siquiera teórica. Se debate entre el rechazo matizado de la inmigración irregular y la complacencia; entre la fórmula del que fue primer ministro francés, Michel Rocard –“Europa no puede albergar toda la miseria del mundo”–, adoptada también por el actual, Manuel Valls, y la extravagante aspiración del “papeles para todos” que impulsó de manera demagógica el gobierno español de Rodríguez Zapatero, provocando el efecto llamada. Los epígonos de la tercera vía siguen anclados en la utópica visión de la que se hacía eco el diario Le Monde al solicitar “la construcción de un futuro posible en África”, que no se sabe en qué consiste ni cuáles son los medios para lograrlo.

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