Posteado por: M | 25 agosto 2015

Seísmo bursátil y crisis política en China

Como era inevitable en China, teniendo en cuenta que está regida por la dictadura del partido comunista (PCCh), no se sabe muy bien si el seísmo que azota los mercados bursátiles y de divisas tiene su origen en la crisis política o si ésta fue meramente exacerbada por la morosidad en el crecimiento, el fenómeno en curso que vaticina el agotamiento del modelo económico que produjo el milagro y convirtió al país subdesarrollado del maoísmo en la segunda economía del mundo. La campaña anticorrupción del presidente Xi Jinping y los proyectos de reforma económica han puesto a aprueba la cohesión de la gigantesca burocracia comunista. La gran e inquietante certeza es que la desaceleración económica de China influirá muy negativamente en el proceso global de recuperación y progreso.

Las malas noticias de China fueron constantes este verano. Comenzaron en junio y julio con las tormentas bursátiles en las bolsas de Shanghai y Shenzhen (-30 %), que arruinaron a miles de modestos inversores; prosiguieron con la devaluación del renminbi o yuan (moneda del pueblo) y se tiñeron de sangre y contaminación con la  cadena de explosiones en un almacén de productos químicos que el 12 de agosto sacudió la ciudad costera de Tianjin, causó más de 100 muertos y devastó el área circundante, provocando la ruina y el desplazamiento de miles de residentes que aún se quejan amargamente de la lentitud y la inoperancia de las autoridades en la gestión del desastre. Mientras tanto, la dirección del partido comunista (PCCh), bajo la presidencia de Xi Jinping, prosiguió implacable la purga de los funcionarios corruptos en todos los niveles, pero estaba perdiendo credibilidad y respaldo a la misma velocidad con que el miedo y la incertidumbre se expandían por los parqués.

Las turbulencias siguieron azotando los mercados. El lunes 24 de agosto, la bolsa de Shanghai cerró en caída libre, retrocediendo el 8,4 %  y entrando en pérdidas en el año. Una vez más, los inversores comprobaron, alarmados, que las medidas gubernamentales urgentes no habían servido para revertir la situación, pese al anuncio del día antes de que los fondos de pensiones, por primera vez, habían sido autorizados a invertir en bolsa por el Consejo de Estado, el organismo equivalente al consejo de ministros. La agencia oficial de noticias, Xinhua, empleó un titular alarmista: “Lunes negro”, de manera que el pánico acabó por apoderarse de los inversores tanto en el parqué de Shanghai como en el de Shenzhen, éste dominado por los valores tecnológicos y las compañías de pequeña capitalización.

Según cálculos procedentes de los medios bursátiles de Hong Kong, la capitalización  de las bolsas de China había perdido 4 billones de dólares desde que estalló la burbuja el 12 de junio, y sólo los recortes del 24 de agosto sumaron otro billón de dólares de contracción. Cifras estratosféricas que confirman la fuerza del vendaval y sus repercusiones exteriores. Las intervenciones de las autoridades de Beijing en los mercados, ora ordenando compras masivas de activos, ora devaluando la divisa, no lograron detener la sangría, sino que presionaron a la baja y provocaron la huida de muchos de los inversores extranjeros. La última medida fue rebajar los tipos de interés que el Banco Popular de China dejó en el 4,6 %, a partir del 26 de agosto.

El ambiente fue igualmente sombrío en el parqué de Hong Kong, pese a su condición de refugio de los inversores globales que apuestan por Asia, y su índice Hang Seng retrocedió casi el 5 % el mismo lunes, de manera que el diario en inglés South China Morning Post, que se edita en la ex colonia británica, empleó toda la artillería tipográfica para informar del fuerte correctivo: “El lunes negro devasta el mercado chino y el índice de Shanghai sufre su peor retroceso desde 2007.” Nada menos que ocho años. Las acciones de las empresas chinas (serie H), a las que puede acceder cualquier inversor, sólo se negocian en el mercado de Hong Kong. Los mercados de Shanghai y Shenzhen están prácticamente reservados a los inversores nacionales.

Los mercados europeos siguieron la misma tendencia y se despertaron el 24 de agosto con una fuerte resaca, vivieron momentos de pánico ante la apertura negativa de Wall Street y acabaron con unas pérdidas en torno al 5 %, las más abultadas en los últimos tres años. Todos los mercados de los países democráticos y económicamente avanzados se vieron afectados por la tormenta china, pero también por el descenso continuado del precio del petróleo, el abaratamiento de las materias primas y la perspectiva de una subida inminente de los tipos de interés en EE UU. Para comprender la reacción bursátil, siempre exagerada, hay que tener en cuenta que la economía china representa el 70 % del crecimiento mundial, de manera que éste depende de aquélla.

Los efectos fueron fulminantes más allá de China: todos los mercados orientales cayeron con fuerza, incluidos los de Japón y Australia, lo mismo que las divisas con respecto del dólar. La triple devaluación del renminbi (algo más del 5 %), decretada a partir del 11 de agosto, produjo un efecto dominó en otras divisas asiáticas, sin precedentes en los últimos 20 años. Los retrocesos se vieron influidos por el cierre negativo de Wall Street el viernes anterior, 21 de agosto, y la aparatosa caída de los precios de las materias primas, en su nivel más bajo desde 2002, un castigó implacable para algunas economías exportadoras. Inmediatamente se dispararon los recelos de una desaceleración global de las economías de los llamados países emergentes que actúan como motor y estímulo de las más avanzadas. Los analistas de la agencia Bloomberg asustaron a sus clientes con diversas cábalas sobre una crisis global.

La situación general de China resulta mucho menos prometedora de lo que se creía hace sólo unos meses. Muchos especialistas aseguran que la crisis es estructural. Tanto las fuertes correcciones de las bolsas como la devaluación del renminbi y el brusco retroceso de las exportaciones confirman el frenazo o, cuando menos, un recorte en el ritmo de crecimiento que en estos momentos no superaría el 6 % en el primer semestre del año. Con esa desaceleración o retroceso, según se mire, China se aleja de los espectaculares incrementos del producto interior bruto (PIB), por encima del 10 % anual, que asombraron al mundo en los mejores años del despegue, la consolidación y el enriquecimiento, animados por las reformas de 1978-1980 que impulsaron la revolución económica, hasta convertirla en la segunda economía del mundo, desbancando claramente a Japón y Alemania y amenazando la hegemonía de EE UU.

Rosario de calamidades industriales

El desarrollo del capitalismo de Estado en China, calificado de salvaje por algunos de sus críticos, plantea muy graves cuestiones que se exacerban en este aciago estío. La tragedia de Tianjin, una ciudad portuaria a unos 100 kilómetros de Beijing –ambas urbes están conectadas en 30 minutos por un tren de alta velocidad–, refleja tanto la desidia burocrática, inseparable de la corrupción, como la actuación de fuerzas oscuras (¿capitalismo salvaje?) que en la práctica burlan el puntilloso control del PCCh. Las explosiones del almacén de productos químicos de Tianjin son las más graves de toda una serie de calamidades que afectaron en los últimos meses a la industria petroquímica, la construcción y el poderoso sector manufacturero, los tres pilares del desarrollo.

Sin contar el accidente de Tianjin, y según los cálculos de Xiao Shu, un analista chino que escribe en el New York Times, en el primer semestre de 2015 se produjeron 13 explosiones relacionadas con la industria química, en las que al menos 10 personas resultaron muertas y 92 heridas u hospitalizadas. Las estadísticas oficiales contabilizan 300 accidentes industriales y mineros en los últimos siete meses, con al menos 750 muertos. Un rosario de catástrofes que denotan tanto una regulación insuficiente de la seguridad, como la avaricia de los nuevos ricos, el poder exorbitante de las grandes empresas estatales, la corrupción endémica y la escasa sensibilidad por los daños causados en el medio ambiente. La censura del gobierno, incluso en las redes sociales, y férreo control del PCCh dejan a los ciudadanos indefensos ante unas empresas sin escrúpulos y unos funcionarios venales.

Ante una situación tan fluida y una economía declinante, las preguntas son inevitables. ¿Qué ocurre con el partido comunista?  ¿Acaso los mercados ya no obedecen los decretos del hermético comité permanente del politburó? ¿Qué dimensión alcanzarán las repercusiones globales? ¿Acaso estamos en vísperas de unas nuevas reformas económicas para cambiar un modelo hasta ahora fundado en las exportaciones y que ofrece síntomas inequívocos de agotamiento? Como hay más preguntas que respuestas y los periodistas no debemos preguntar a nuestros lectores, sino satisfacer lógicamente su curiosidad, voy a recoger algunas de las interpretaciones que me parecen más plausibles de las que circulan por los medios académicos y periodísticos.

La hipótesis más optimista, expuesta, entre otros, por el estratega norteamericano Jeff Sommer, en el New York Times, defiende que la modesta devaluación del renminbi “es un pequeño paso en el prolongado avance de China” hacia una economía eficiente e internacionalizada, la continuación del lento proceso de crecimiento y modernización iniciado hace 35 años. Recuerda que, en 1994, China devaluó su divisa en el 33 % sin provocar un efecto catastrófico. El euro ha perdido casi el 20% en lo que va de año. El Fondo Monetario Internacional (FMI) reaccionó con cautela ante las decisiones del gobierno de Beijing, pero advirtiendo de que éstas no serían suficientes para que el renminbi adquiera el rango de moneda global de reserva como el dólar, el euro y el yen. Hay mucho camino por andar en esa dirección.

Los problemas estructurales de la economía

La evolución negativa del PIB y las turbulencias bursátiles reflejan el deterioro del modelo basado en la mano de obra barata, las trepidantes exportaciones, una elevada tasa de ahorro y, por ende, una inversión pública y privada desmedida. Después de 35 años de frenético desarrollismo, los chinos ahorran todavía más del 60 % de sus ingresos porque tienen que pagarse los servios públicos o prestaciones que el Estado no proporciona o lo hace de manera insuficiente –sanidad, educación, pensiones–, pese a su huera retórica socialista. El resto del ahorro de la ascendente clase media (unos 250 millones de personas) fue a parar al ladrillo. Por eso las reiteradas cavilaciones sobre las premisas de un nuevo modelo económico que privilegie el consumo interno frente a las exportaciones y la construcción desenfrenada. El pinchazo de la burbuja inmobiliaria tendría efectos muchos más desastrosos que el hundimiento bursátil.

Los problemas estructurales de la economía son tan variados como agudos. Las empresas públicas, que mantienen un oligopolio en algunos sectores relevantes, consumen gran parte del crédito y son el reino incontrolado de la mastodóntica oligarquía del PCCh. El sector bancario sigue en manos del Estado, es decir, del partido, como exige la consigna del “socialismo con los colores chinos”, y el crédito se dirige en gran medida al sector inmobiliario. El desarrollo acelerado de los últimos 30 años, con el carbón como primera fuente de energía, produjo muy severos e irreversibles daños medioambientales. El envejecimiento de la población, corolario de la drástica política de solo un hijo, aunque ahora mitigada, constituye una amenaza para el equilibrio económico-financiero del futuro inmediato. La reserva de mano de obra procedente del campo, uno de los motores del desarrollo, diminuyó drásticamente.

Las reformas anunciadas por el equipo dirigente en torno de Xi Jinping afectan también a la burocracia del partido en la medida en que prevén el progresivo desmantelamiento de los monopolios de que gozan las empresas estatales, cuya ineficiencia es proverbial, y la liberalización de los mercados financieros. El objetivo es un modelo productivo que se aleje de la industrialización manufacturera masiva para centrarse en los bienes de consumo y de alto valor añadido. Un programa que choca con los intereses creados de las empresas estatales y los sectores productivos menos eficientes y subvencionados que consumen gran parte de la inversión pública.

La campaña anticorrupción

El declive de la actividad económica tiene una de sus causas y gran parte de sus secuelas en la crisis por la que atraviesa el PCCh, así en su dirección central como en sus élites provinciales. La campaña anticorrupción lanzada por el presidente Xi Jinping y su primer ministro, Li Keqiang, aunque goza de una considerable popularidad, escaló varios escalones hacia la cúspide y suscita tanto resquemor como desconfianza en amplios sectores del partido que hasta ahora se creían intocables. La purga de Zhou Yongkan, que fue miembro del comité permanente del politburó y que controlaba las fuerzas de seguridad, culminó el 10 de junio cuando se anunció que había sido condenado a cadena perpetua, tras ser expulsado del PCCh y perder a perpetuidad sus derechos políticos. Todos sus bienes fueron confiscados.

Zhou Yongkan, aunque se jubiló en 2012, coincidiendo con la llegada al poder supremo de Xi Jinping, es el personaje más importante del régimen sometido a un proceso político, acusado de filtrar secretos de Estado, desde la condena y encarcelamiento de la famosa banda de los cuatro, los dirigentes del sector ultraizquierdista patrocinado por la esposa de Mao Zedong, Jiang Qing, en 1981, bajo el mandato reformista de Deng Xiaoping. Los maoístas mejor o peor enmascarados conforman una corriente minoritaria dentro de las rígidas estructuras del PCCh, pero los clientes y paniaguados de los dos predecesores del presidente Xi, los expresidentes Jiang Zemin y Hu Jintao, son más numerosos y probablemente están mejor organizados.

El 30 de julio, en plena tormenta económico-financiera, se anunció oficialmente que el general Guo Boxiong, vicepresidente de la comisión militar central, el órgano del PCCh que controla las Fuerzas Armadas, había sido expulsado del partido. Otro destacado general, Xu Caihou, que también formaba parte de la cúpula castrense, murió en marzo de este año mientras esperaba ser juzgado por un tribunal militar, acusado de cohecho y malversación. Ambos generales habían sido promocionados durante el mandato como secretario general y presidente de Jiang Zemin (1989-2003). Unos 15 generales más fueron acusados de corrupción y expulsados del partido en 2014.

La agitación dentro del partido fue tan intensa que llegó a los periódicos, quizá porque el aura de infalibilidad que rodea al presidente Xi y sus próximos empezó a palidecer en la misma medida en que fracasaban las medidas para frenar la desaceleración económica, incluyendo el tan cacareado programa de infraestructuras. El 10 de agosto, el Diario del Pueblo, órgano oficial del comité central del PCCh, profirió una advertencia directa contra los elementos que estaban “deteriorando la cohesión del partido y su fortaleza”. Un artículo en la web de Televisión Nacional China, ampliamente distribuido, empleó un lenguaje inusualmente crispado para flagelar “la terquedad, la ferocidad, la complejidad y la osadía de los que no se han adaptado a las reformas o se oponen a ellas mucho más de lo que la gente puede imaginar.”

Las purgas dentro del PCCh no se escenifican con el tétrico exhibicionismo, la crueldad y el cinismo de las que fueron desencadenadas por Stalin en Moscú, en los años 30 del pasado siglo. No obstante, resulta prácticamente imposible dilucidar con precisión donde termina el flagelo contra la corrupción y empiezan la venganza o la sorda batalla hasta ahora incruenta por el poder. Si la dirección de Xi Jinping sigue adelante con su campaña anticorrupción y sus proyectos de reformas, como parece más que probable, la cuestión radica en saber si el nuevo modelo en gestación será lo suficientemente ambiciosos y eficaz para mantener a China como uno de los motores del crecimiento global.

Desde hace treinta años, la legitimidad del gobierno chino, a pesar de la dictadura y la corrupción, se basa en el progreso económico y en la consolidación de una nueva clase media letrada y enriquecida. ¿Qué ocurrirá si la economía retrocede y se ven amenazados los intereses de esa clase emergente? El economista Mao Yushi advierte: “El pueblo chino acepta renunciar a la libertad, pero jamás aceptará la pérdida de sus ahorros.” Una opinión muy parecida sostiene Chen Jieren, un comentarista residente en Beijing y muy relacionado con los periodistas occidentales: “Si la economía se tambalea, el poder político del partido comunista se verá confrontado a verdaderos retos.” No será la primera vez que, en nombre de la estabilidad, se reprime con violencia cualquier amago de subversión del orden inmutable del PCCh.

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