Posteado por: M | 13 septiembre 2015

Retrolaborismo en Gran Bretaña

La elección del excéntrico Jeremy Corbyn como líder del Labour Party, por una mayoría abrumadora, vuelve a poner de actualidad el problema del futuro de la socialdemocracia en Gran Bretaña, de sus conflictivas relaciones con el populismo izquierdista y del hundimiento de la estrategia de centro o tercera vía que llevó al poder al neolaborista Tony Blair en 1997 después de una penosa travesía del desierto que se prolongó durante 17 años. Cuando Gran Bretaña se dirige hacia un referéndum sobre su permanencia en la Unión Europea (UE), la elección de un jefe laborista que pasa por ser un izquierdista radical, militante antinuclear y claramente euroescéptico, añade nuevos motivos de preocupación e incertidumbre a ambos lados del canal de la Mancha.

La victoria de Corbyn (59,5 % de los votos), de 66 años, republicano, austero y pacifista, pese a la diatriba lanzada contra él por Tony Blair, ha sido posible gracias a un cambio sustancial en las normas de elección partidista, tras otorgar el derecho de voto tanto a los nuevos sindicalistas, amenazados por las medidas del gobierno conservador, como a “los simpatizantes registrados”, lo que ha debilitado la posición electoral de los diputados del grupo parlamentario laborista en la Cámara de los Comunes, el establishment del partido barrido por los recién llegados. El aire supuestamente fresco, la apertura del partido al hombre de calle, tuvo el efecto de radicalizar las posiciones y otorgó una definitiva ventaja al hombre que durante 32 años fue un genuino outsider entre los diputados laboristas, al que nadie hacía mucho caso.

El fenómeno de Corbyn no es estrictamente una novedad, sino el último episodio del ascenso de los partidos populistas en toda Europa tras la violenta crisis económica que se inició en 2008. “Voto por un nuevo tipo de política”, podía leerse en los carteles y las octavillas que repartieron los partidarios del vencedor entre los afiliados y simpatizantes, los novísimos camaradas. Si su predecesor en el cargo, Ed Miliband, supuso un giro a la izquierda, derrotado sin paliativos en las elecciones de mayo, con el peor resultado en 30 años, ahora estamos en el viraje más extremo, el que va desde la socialdemocracia al socialismo, desde la realidad a la ensoñación de un hombre nuevo en “un mundo feliz”, una estrategia que amenaza con enterrar las expectativas del Labour para las elecciones de 2020.

Pese al triunfo tan amplio como sorprendente del Partido Conservador en las últimas elecciones del pasado 7 de mayo, debido en parte a los dictados de un modo de escrutinio mayoritario por distritos que deja sin voz a muchos electores, la política británica parece atravesar por un período de fuertes turbulencias, de radicalización e inestabilidad, tanto en la derecha, tironeada por el xenófobo y antieuropeo Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP, en su sigla inglesa), como en la izquierda, según confirma la elección de Corbyn tras presentar un programa que rechaza con virulencia la austeridad del primer ministro, el conservador David Cameron, pero que igualmente rompe abiertamente con el centrismo de sus predecesores laboristas. El mismo sesgo populista se aprecia en el Partido Nacional Escocés (SNP) y en republicano Sinn Féin de Irlanda del Norte, brazo político del IRA, ambos empeñados en la disolución del Reino Unido.

Ante la candidatura de Corbyn, el grito de alarma lanzado por Blair no surtió ningún efecto, salvo quizá el de movilizar a los más izquierdistas, esas jóvenes bases del partido que no ocultan su aversión por el que fue primer ministro durante 11 años (1997-2007). “Aunque me detestéis –escribió Blair – os pido por favor que no despeñéis al Partido Laborista desde lo alto del acantilado” con la elección de Corbyn. Tan sonada advertencia sí hizo mella, por el contrario, en las filas del grupo parlamentario, hasta tal punto de que algunos de sus notables hicieron saber inmediatamente que no formarán parte del Gabinete en la sombra que debe formar el titular de la leal oposición al gobierno de su majestad.

El canciller del Exchequer o ministro de Hacienda, George Osborne, probable sucesor de Cameron, sin poder ocultar su satisfacción por la elección de un contrincante tan escorado a la izquierda, declaró al New Statesman, un semanario izquierdista: “El trabajo de toda una generación [la de Blair] ha sido reducido a la nada.” Steven Fielding, profesor de historia política en la universidad de Nottingham, se mostró especialmente sombrío en sus vaticinios: “Si Corbyn es elegido, estallará una guerra civil en el seno del partido y asistiremos a la victoria del populismo sobre los diputados. El Partido Laborista quedará descartado del poder durante años y Cameron podrá dormir a pierna suelta.”

Jeremy-Corbyn

Jeremy Corbyn

Como todos los populistas, el nuevo líder laborista presenta una alternativa radical al establishment político, no sólo del Partido Conservador en el poder, sino igualmente del Partido Laborista claramente socialdemócrata. Corbyn propone lisa y llanamente el retorno al socialismo, a los ideales de 1945, a la nacionalización de los ferrocarriles, la prohibición de la energía nuclear y el desarme, y para combatir la austeridad, no se le ocurren otras medidas que terminar con la independencia del Banco de Inglaterra y poner a funcionar la plancha de imprimir billetes “para el pueblo” que serían utilizados en la mejora de los servicios sociales, la educación y las infraestructuras, sin miedo a la inflación, desafiándola.

Algunas de las actitudes y opiniones de Corbyn, especialista en la ruptura de la disciplina de voto en el grupo parlamentario, resultaron muy polémicas dentro y fuera del partido, no sólo porque se opuso a la guerra de Iraq, como tantos otros, sino porque tuvo amistades peligrosas en los entornos del IRA, lamentó “la tragedia” de la liquidación de Osama bin Laden y sigue pensando que “la OTAN debería haber desaparecido con la guerra fría”. Al celebrar su victoria, volvieron a sonar los acentos populistas: “La pobreza no es inevitable”, “no hay razón para que seamos desiguales”, los niveles de desigualdad son “grotescos”, “las cosas pueden cambiar y van a cambiar”.

El futuro de la socialdemocracia

Aunque en general la prensa británica se muestra poco entusiasmada con el nuevo líder, éste recluta sus fervientes seguidores entre los adversarios de las políticas de austeridad de Cameron. Así, Polly Toynbee, en The Guardian, echa las campanas al vuelo: “Ha nacido un nuevo partido de una volcánica erupción dentro del tejido del viejo. El antiguo régimen ha muerto. Pase lo que pase de ahora en adelante, no hay vuelta atrás.” En el mismo periódico, Rafael Behr prosigue con la metáfora sísmica y afirma que “la victoria de Corbyn es un acontecimiento que debe medirse políticamente por la escala de Richter”, pero advierte de que “ahora hay dos partidos laboristas” cuyo choque podría ser desastroso.

El futuro del Labour, en cualquier caso, se considera problemático por la mayoría de los analistas de la política británica, no sólo por las acusadas divergencias en el seno del partido, sino por el temor de que éste se transforme en un movimiento de protesta, populista, que cercene gravemente sus opciones como alternativa de gobierno. Conviene recordar que el radicalismo laborista, lejos de debilitar a los conservadores, contribuye decisivamente a sus triunfos electorales. Si la virtud está en el centro, si las elecciones se ganan en el centro, el triunfo de Corbyn no augura grandes éxitos en las urnas. El discurso izquierdista de los dirigentes del laborismo, tras la retirada de Harold Wilson (1976), y la demagogia de los sindicatos extendieron la alfombra para la llegada de Margaret Thatcher al poder en 1979 con un programa liberal y antisindical.

El laborismo tardó más de 15 años en recuperarse, y lo hizo con Tony Blair, elegido líder en 1994 con una propuesta para acabar con los viejos resabios marxistas, modificar los estatutos, aceptar el legado de Thatcher y obtener una brillante victoria en 1997. Ahora, con la elección de Corbyn, un utópico izquierdista, al que la gran prensa norteamericana pone el epíteto de “socialista”, vuelve a los focos una especie de retrolaborismo o laborismo-populismo, ideológicamente vetusto, del que se sabe muy bien, como apunta Le Monde, si será “el salvador o el sepulturero del Labour”, aunque lo más probable es que no alcance la gloria de aquél ni descienda a las miserias de éste.

El admirado Tony Judt, que fue muy elogiado al morir en 2010 como “el último socialdemócrata”, en la conclusión de su ensayo Algo va mal, escribió: “El socialismo –bajo sus numerosas guisas y avatares con guiones— ha fracasado. La socialdemocracia no sólo ha llegado al poder en muchos países, sino que su éxito ha superado los sueños más ambiciosos de sus fundadores.” Con la elección de Corbyn, los militantes populares y populistas del retrolaborismo parece que están dispuestos a adentrarse por el camino de la incertidumbre que probablemente conducirá a la decepción. En política, como es notorio, las utopías, las ilusiones y las falsas promesas se pagan muy caras.

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