Posteado por: M | 21 septiembre 2015

La crisis migratoria socava los cimientos de la Unión Europea

Los datos de los refugiados e inmigrantes que se trasladan desde el Mediterráneo hacia el centro de Europa y el Báltico son provisionales, porque las migraciones serán una constante en el futuro previsible; pero las agencias de noticias y las organizaciones no gubernamentales aseguran sin precisión que el continente está viviendo el mayor movimiento de personas desde la Segunda Guerra Mundial, lo que no es cierto si nos atenemos a la terrible contabilidad de que disponemos en estos momentos (septiembre de 2015). Fue más numeroso y mucho más luctuoso el éxodo causado por las guerras yugoslavas en el último decenio del siglo pasado. No obstante, las imágenes estremecedoras, aunque selectivas en exceso, reiteradas mil veces en las pantallas, de manera irreflexiva, mueven la compasión de la exitosa ciudadela europea pero también alimentan las exageraciones, la rutina del horror, cuando no el sensacionalismo.

Desde principios de 2014, más de un millón de personas han solicitado asilo en la Unión Europea (UE). El gobierno alemán declaró que tenía previsto conceder asilo este año a unas 800.000 personas, una cifra sin precedentes en Europa. Según Frontex, agencia europea encargada de las fronteras exteriores del espacio de Schengen, en el que prevalece la libertad de circulación, unas 500.000 personas en busca de asilo o trabajo fueron contabilizadas dentro de la UE en los primeros ocho meses de 2015 (280.000 en 2014). La Organización Internacional para las Migraciones (OIM), agencia de la ONU con sede en Ginebra, estima que en los ocho primeros meses de 2015 más de 2.700 emigrantes perecieron en el Mediterráneo.

En cualquier caso, los movimientos migratorios van a continuar por mucho tiempo y Europa, en principio, como se demuestra en el Mediterráneo y los Balcanes, no está preparada para hacerles frente de una manera ordenada y beneficiosa para todos, los instalados y los que llegarán de manera imparable, empujados no sólo por las guerras, sino por las disparidades económicas norte-sur y, sobre todo, por el poder invisible y determinante de la demografía. El desorden cruento del Oriente Próximo es sólo un factor del fenómeno migratorio y quizá no el más relevante a largo plazo. La ONU pronostica que la población mundial llegará a los 10.000 millones hacia 2050, de los que al menos 2.500 millones serán africanos. Europa, cuya población blanca y cristiana está en aparatoso retroceso, se ofrece como un oasis de paz y prosperidad y se presenta como el destino inexorable de muchos desesperados y/o emprendedores.

Recuerdo de la tragedia yugoslava

La tragedia yugoslava fue mucho más cruel y mortífera, pero, una vez más, los medios de información tienen muy corta o selectiva la memoria, de manera que sepultaron en el olvido los terribles efectos de las guerras nacionalistas que acompañaron la devastación y muerte de la República Federal de Yugoslavia (1991-1999), no lejos de los territorios por los que deambulan los refugiados de Siria y otros países del Oriente Próximo. En la guerra de Bosnia-Herzegovina (1992-1995) murieron más de 250.000 personas y un millón fueron desplazadas, según los datos recopilados por el periodista e historiador norteamericano David Rieff en un libro-requisitoria tan terrible como aleccionador: Slaughterhouse. Bosnia and the Failure of de West(1995), cuya traducción literal es: El matadero. Bosnia y el fracaso de Occidente.

Según las estadísticas de la Alta Comisaría de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), recogidos por María Ángeles Siemens, directora del comité español de esa organización, en el artículo “Balcanes: dificultades en el retorno de los refugiados” (Med. 2003), las guerras de Serbia contra Eslovenia y Croacia (1991-1992) y la interétnica de Bosnia-Herzegovina produjeron tres millones y medio de víctimas entre refugiados, desplazados y otras personas que necesitaron ayuda humanitaria. Según ACNUR (Population Statistics 2002), en los territorios de la ex Yugoslavia, 816.969 personas quedaron desplazadas, de las que unas 300.00 encontraron asilo en EE UU, Suecia, Reino Unido, Canadá y Alemania. Unos 2.500 se establecieron en España.

Durante los conflictos yugoslavos, la mayor tragedia en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial, la ACNUR estableció campos de refugiados en Eslovenia, Croacia y Serbia, desde donde aquéllos partieron hacia América y el norte de Europa, de manera bastante ordenada. Las dos guerras de Kosovo, primero de la guerrilla albano-kosovar y luego de la OTAN contra Serbia (1996-1999), siempre según ACNUR, provocaron el desplazamiento de casi un millón de personas. Entre ellas, la Cruz Roja yugoslava estableció que unos 250.000 serbios (el 75 % de toda la población serbo-kosovar) huyeron de Kosovo y se refugiaron en Serbia, donde sigue la mayoría. El retorno de los refugiados siempre resulta problemático cuando no imposible.

Inoperancia de la ONU e indecencia de los árabes del petróleo

Los muertos del Mare Nostrum y los sirios errantes en Macedonia, Hungría, Eslovenia o Croacia no sólo suscitan el dolor y la compasión personal, sino que plantean un grave problema de moral internacional que incide sobre las causas de la tragedia y los remedios para superarla o mitigarla. En Siria, el país del que proceden muchos de los refugiados, en cinco años de guerra civil y religiosa, han muerto 250.000 personas, según datos de la Cruz Roja. La comunidad internacional, representada por la ONU, mantiene un silencio tan embarazoso como culpable ante la carnicería continuada en aquel país, con olvido de su “responsabilidad de proteger” a las poblaciones amenazadas de genocidio, de crímenes de guerra, de limpieza étnica o religiosa y de crímenes de lesa humanidad, según fue proclamado solemnemente en la cumbre de las Naciones Unidas de septiembre de 2005.

El problema es que la intervención internacional “oportuna y decisiva” para cumplir con la obligación de proteger debe ser promovida por el Consejo de Seguridad de la ONU, el organismo ejecutivo pero paralizado, entre otras causas, por el derecho de veto de que gozan las cinco grandes potencias, al que se añaden, en el caso de Siria, la descomposición de varios Estados árabes, el dinero del petróleo y la feroz guerra de religión entre las dos principales ramas del islam. Y en un mundo sin ley, con los principios morales sacrificados en el altar de los equilibrios de poder, los intereses económicos y las esferas de influencia, las guerras, la violencia terrorista y los desastres se multiplican por doquier. El mundo observa la tragedia con todos sus detalles en las pantallas de TV, pero las imágenes más turbadoras se repiten hasta convertirse en una trivial manifestación de los males del mundo.

El flujo migratorio se trasladó recientemente desde la costa de Libia, un Estado fallido, a las islas griegas del mar Egeo cercanas a Turquía. Según los cálculos de la OIM, dentro del medio millón de solicitantes de asilo en Europa, los sirios son los más numerosos (39 %), pertenecían a la clase media y llevan encima algo de dinero, muchos son profesionales calificados y se expresan en un inglés precario. Les siguen en número los afganos (11 %) y los eritreos (7 %). Los dos primeros grupos huyen de la guerra y el tercero de la represión política y los trabajos forzados que impone la siniestra dictadura de Isayas Afeworki. También hay contingentes menores procedentes de Iraq, Nigeria, Pakistán, Somalia y Sudán, que escapan tanto de la inseguridad como del fanatismo religioso y la pobreza.

Mientras las grandes cadenas de televisión del mundo ofrecen imágenes de crueldad o desprecio de lo que ocurre en las playas del Egeo o las fronteras de Hungría, colocando en la picota a las autoridades húngaras, un espeso silencio encubre el comportamiento indecente de las monarquías árabes y petroleras del golfo Arábigo que no han acogido ni a un solo refugiado sirio. Uno de los predicadores islamistas de esas cadenas árabes por satélite, que pueden verse en todo el mundo, al dar cuenta de la llegada de los refugiados a Alemania, se regodeó en subrayar que la cancillera Merkel, en cuanto dirigente de un partido cristiano-demócrata, se proponía nada más y nada menos que “cristianizar” a los recién llegados.

Un comentarista que informa de la infame actitud de los países árabes ricos, Abdel Bari Atwan, que escribe en un periódico arábigo editado en Londres, Rai al-Youm, lanzaba hace algunos días una contundente requisitoria contra Arabia Saudí, Qatar y otras monarquías petroleras: “El Occidente infiel frece ayuda, escuela y cuidados médicos a esos terroristas musulmanes, mientras que los ricos países del Golfo no sólo se niegan a acogerlos, sino que incluso los excluyen de las escuelas y hospitales pese a que llevan muchos años trabajando allí. Pero aún hay algo peor. Bajo el pretexto de ayudar al pueblo sirio, esos países del Golfo contribuyen a alimentar la guerra y a mantener la discordia confesional con armas y dinero. Nosotros, árabes, ofrecemos los peores ejemplos de racismo.”

Las monarquías petroleras suníes construyen mezquitas en Europa, contratan a charlatanes incendiarios que llaman a la guerra santa (yihad) y propalan el fanatismo a través de costosas televisiones por satélite, proscriben la práctica de otras religiones en su territorio y libran una guerra a muerte contra los herejes chiíes encabezados y armados por Irán; incluso lanzan apelaciones demagógicas para apoyar al pueblo sirio, al mismo tiempo que mantienen cerradas herméticamente sus fronteras para impedir la llegada de refugiados que pudieran alterar el orden inmutable de sus sociedades retrógradas, la tranquilidad de  sus familias multimillonarias y el rigor de sus dictaduras implacables. También imponen castigos crueles o infamantes y aplica la pena de muerte sin el menor reparo. Loa refugiados, mientras tanto, se reparten por Turquía (dos millones) y los países árabes pobres: Líbano (un millón), Jordania (660.000) o Egipto.

Mientras tanto, “la Europa bella, postcristiana y sentimental se inflama de amor”, como ha escrito con sorna el profesor Jon Juaristi en un artículo sobre el “euronarcisismo”. Hemos visto en España cómo la derecha desarmada ideológicamente se rendía y trataba de competir, en esta cuestión como en tantas otras, con la izquierda buenista y oficialmente socialdemócrata, pacifista y exhibidora de buenos sentimientos, que no conoce límites para la generosidad de los contribuyentes ni siquiera cuando aquélla pone en peligro el rigor presupuestario y las bases mismas del Estado del bienestar. Todo el espectáculo unánime de los ayuntamientos y las regiones en pie de solidaridad con los refugiados, sin importar su número o su procedencia, aderezado con los cantos de sirena y la irresponsabilidad del populismo.

En la cuestión de los refugiados, como en tantas otras, la Europa de los 28 funciona como un ente de geometría variable, más cerca de la asociación de Estados, de la cooperación intergubernamental, que del proceso hacia una federación. Baste recordar que Reino Unido (incluyendo Gibraltar), Irlanda, Croacia, Chipre, Rumanía y Bulgaria, por motivos distintos, no están dentro del acuerdo de Schengen que suprimió el control de las fronteras y estableció la libre circulación de personas. Firmado en 1985, entró en vigor en 1995. Cuatro países extracomunitarios se integran en ese espacio: Noruega, Islandia, Suiza y Liechtenstein. La cooperación para la vigilancia de las fronteras está teóricamente asegurada por Frontex, un organismo paneuropeo que dispone de una base de datos común bautizada SIS (Sistema de Información de Schengen). Ante la oleada migratoria, los países con frontera exterior (España, Italia, Malta, Grecia) asumen una mayor responsabilidad y soportan mayores gastos.

Una vez más, como ya lo había hecho en la crisis de Ucrania o en las arduas negociaciones para aprobar el tercer rescate de Grecia, Alemania, el país más poblado y rico de la UE, que tiene la economía más poderosa, se puso al frente de la política comunitaria, de manera generosa, anunciando su intención de acoger a 800.000 refugiados este año, como si la opinión pública alemana fuera inmune al populismo xenófobo que levanta barreras en otros países. Al mismo tiempo, Berlín presionó, aunque sin mucho éxito, en favor de “una cooperación reforzada” entre todos los países del espacio de Schengen y una política común en materias de asilo e inmigración, arguyendo que sin ésta no será posible mantener a largo plazo la libre circulación de personas. La cancillera Merkel, no satisfecha con su hegemonía económica, impartió entre sus socios una lección moral, una rigorosa cartilla para el comportamiento público.

Alemania hegemónica y cambiante

 La verdad es que los alemanes, al parecer, han cambiado mucho en pocos años. Así lo dictamina en el semanario Der Spiegel un periodista de origen español, Juan Moreno, de padres andaluces llegados a Alemania en 1970, en un análisis emotivo y punzante, en el que afirma que no está seguro de asistir “al nacimiento de una nueva Alemania, un país que no sólo despliegue sus alas de colores, sino que abra igualmente su corazón”. Acepta que la situación está mudando aceleradamente, pero añade: “Hasta ahora había tenido el sentimiento de que la mayoría de los alemanes no deseaba realmente tener a los extranjeros aquí”, y deposita su esperanza en el hecho de que “el 30 % de los habitantes de Alemania de menos de 15 años tienen raíces inmigrantes”. Una conclusión que podría fácilmente ser tildada de racista al revés.

Alemania tiene una necesidad apremiante de mano de obra, pues se halla en una situación práctica de pleno empleo y fuerte expansión exportadora, pese a los nubarrones que sobrevuelan las economías emergentes. Coincidiendo con la oleada migratoria, la patronal alemana hizo un llamamiento para reformar las leyes laborales a fin de que los refugiados puedan ponerse a trabajar inmediatamente. Según la prensa alemana, las ofertas sin cubrir ascienden a 597.000 puestos de trabajo, especialmente en los servicios y la automoción. La demografía regresiva y la penuria de mano de obra persisten aunque muchos jóvenes griegos, españoles o italianos llegaron en el último sexenio a Alemania como consecuencia de la crisis económica que estalló en 2008.

El viraje de la opinión pública alemana y de sus dirigentes resulta comparativamente espectacular. El canciller Helmut Kohl, el gran artífice de la reunificación, europeísta convencido, declaró en 1991, cuando el país se enfrentaba al problema de integrar a los compatriotas que habían vivido bajo el comunismo, que “Alemania no es un país de inmigración”. Su discípula y heredera, Angela Merkel, también presidenta de la Unión Cristiano Demócrata (CDU), el partido gobernante, dio por fracasado el multiculturalismo, en octubre de 2010, en medio de un encendido debate sobre el origen islámico de los inmigrantes, a pesar de que en Alemania viven cuatro millones de musulmanes, la mayoría de ellos de origen turco, de difícil integración cultural, y cuya segregación de facto resulta evidente.

No todo el mundo, sin embargo, comparte el optimismo y los apremios de la cancillera y la patronal. El semanario Die Zeit informa de que los actos racistas siguen produciéndose, aunque de manera geográficamente limitada. La extrema derecha concentra su influencia en los Länder que formaron parte de la Alemania comunista (RDA), donde el nivel de vida y los salarios son más bajos. El movimiento antiislámico Pegida surgió precisamente en una de sus ciudades, Dresde, capital de Sajonia, y Merkel fue increpada como “traidora” al visitar un centro para refugiados en Heidenau después de que anunciara la aprobación de un crédito extraordinario de nada menos que 6.000 millones de euros para acomodar a los 800.000 demandantes de asilo que se esperan este año. Según datos oficiales, en este año se han producido unos 200 ataques contra los inmigrantes, vituperados por Merkel como “una vergüenza para nuestro país”.

El semanario Stern, al abordar el tema de los refugiados, planteó abiertamente “el desafío de la integración”, y el Süddeutsche Zeitung, diario progresista de Múnich, instó al gobierno a integrar lo más rápidamente posible a los refugiados en el mercado de trabajo. El gran reportaje de Stern expuso la visión políticamente más correcta: “Los refugiados aportan a la sociedad su juventud, sus ideas, su dinamismo, pero, paralelamente, enconan la batalla por la redistribución de las rentas y los servicios: el alojamiento para los trabajadores con salarios bajos, las oportunidades de formación profesional en un sistema escolar que adolece de una escasa financiación y las prestaciones sociales del Estado.” Y pronosticó que Merkel pasará a la historia como “la cancillera de los refugiados”. También advirtió de que en las grandes conurbaciones industriales, la oferta de viviendas de alquiler barato no cubrirá la demanda.

Muy distinta es la situación en Francia, con el desempleo por encima del 10 % y una economía menos liberalizada y mucho menos dinámica, claramente perturbada por los controles burocráticos y la hipertrofia del sector público. El temple moral de los franceses es menos vistoso que el germano, desde luego, y no sabemos si más sincero o menos compasivo. Todos los partidos sin excepción se muestran reticentes ante la nueva oleada migratoria. Los Republicano (LR) de Nicolas Sarkozy volvieron a exigir “la refundación” del acuerdo de Schengen, es decir, “una nueva política de inmigración europea” que respete las condiciones económicas de cada país. Mientras el presidente Hollande seguía los pasos de Merkel, el Partido Socialista se limitó a pedir un reforzamiento de los controles del Parlamento europeo sobre las normas que rigen en el espacio de libre circulación, es decir, la preservación del statu quo.

El Frente Nacional (FN), el partido más favorecido en las encuestas, aunque tildado de xenófobo, reclamó no sólo la abolición del acuerdo de Schengen y el retorno de las fronteras nacionales, sino que denunció “el laxismo de la Unión Europea cuya única respuesta ante la inmigración clandestina consiste en estimular la acogida en masa y las regularizaciones casi sistemáticas”. Su presidenta, Marine Le Pen, la primera en las encuestas para las elecciones presidenciales, llegó a acusar a la cancillera Merkel de estar impulsando la inmigración “para reclutar esclavos”. Los recelos antialemanes son un  recurso tradicional del populismo francés.

La confusión se hizo evidente cuando los gobiernos de Berlín y Viena, ante la llegada masiva de refugiados procedentes de Hungría, se vieron forzados a restablecer los controles fronterizos, violando el espíritu del acuerdo de Schengen, y cargaron de manera directa o indirecta contra el primer ministro húngaro, Víctor Orban, reiteradamente calificado de xenófobo por haber levantado una valla fronteriza, incómodo defensor de “una Europa cristiana” y crítico persistente del pretendido diktat alemán e incluso de los apremios humanitarios del papa Francisco. De manera tan superficial como injusta, simbolizados por una reportera imprudente, inmediatamente estigmatizada como racista, que zancadilleó a un refugiado, los húngaros fueron presentados por los medios como los enemigos de la Europa compasiva, pacífica, próspera y con vocación multicultural.

Hungría no está sola en esta batalla que probablemente resultará estéril, habida cuenta el desequilibrio de las fuerzas a ambos lados de la frontera ideal de los buenos sentimientos trazada por Berlín. El Grupo de Visegrado, que agrupa a Hungría, Polonia, República Checa y Eslovaquia, países que pertenecieron al bloque soviético y entraron en la UE en 2004, encabezaron la oposición a la propuesta de cuotas obligatorias para el reparto de refugiados, como deseaban Alemania, Francia y la Comisión Europea. Esos países reclaman una estabilización de la vecindad europea, una distribución más equitativa de la ayuda financiera y una firme actuación sobre “las causas profundas de los problemas migratorios”, incluyendo una intervención en Libia para acabar con las mafias y los contrabandistas, o algo más que palabras para detener la carnicería de Siria.

Los socios de Visegrado son países de mayorías católicas muy consolidadas, con clases medias ilustradas pero menos laicas y acomodaticias que las de Europa occidental, también menos emotivas o menos políticamente correctas, y en el trasfondo de su posición ante el fenómeno migratorio laten las reticencias, inconfesadas en otros lugares, ante “la invasión musulmana”, el terrorismo islamista o la hegemonía alemana. Algunos de sus dirigentes, cuando la polémica arreciaba, aludieron sin complejos a “las raíces cristianas” de Europa y compartieron la visión pesimista del politólogo italiano Giovanni Sartori sobre la guerra de religión en marcha y los riesgos que se ciernen sobre los valores occidentales en retroceso, expuesta en su libro La carrera hacia ninguna parte. Diez lecciones sobre nuestra sociedad en peligro.

Los países del Grupo de Visegrado, aún convalecientes de la reconstrucción que debieron emprender tras el ocaso del comunismo (1989), tienen una historia reciente que explica muchas de sus precauciones, vacilaciones y temores: padecieron sucesivamente el expansionismo nazi y el imperialismo soviético, ambos demonios coligados en 1939 para el reparto y el martirio de Polonia. En ese pasado residen algunos de los motivos que llevan al primer ministro húngaro a proclamar que la oleada de inmigrantes es “un problema alemán” originado por la apremiante falta der mano de obra.

El partido conservador, católico y nacionalista polaco Ley y Justicia, favorito para las elecciones legislativas del próximo octubre, al que pertenece el presidente de la República, Andrzej Duda, abiertamente euroescéptico, emplea sin reparos el arma de la xenofobia en su campaña y asegura que sólo acogerá a “los refugiados cristianos”, entre ellos, los ucranianos que huyen de la guerra en la frontera oriental con Rusia. Una opinión parecida ha expresado reiteradamente el gobierno de la muy católica Eslovaquia dirigido por Robert Fico, un socialdemócrata estrechamente emparentado con el populismo y el euroescepticismo, reacio a reconocer los derechos culturales de la importante minoría magiar.

Causas inmediatas y dilemas morales

Los últimos acontecimientos en el Mediterráneo oriental y central, en Grecia, Italia, Macedonia, Hungría, Serbia, Croacia, Austria y Alemania, países de llegada, tránsito y/o destino, sugieren que la persistencia de las causas inmediatas de la oleada migratoria (las guerras, las dictaduras, la miseria) y el efecto llamada de algunas declaraciones compasivas y unilaterales darán al traste con todas las previsiones, desbordarán los medios de acogida, como tuvo que reconocer el gobierno de Berlín, y acentuarán las divergencias dentro de la UE, de manera que en todo el continente se abre paso la opinión de que la crisis migratoria es un reto para el proceso de la integración comunitaria. Las tensiones son especialmente agudas entre Alemania y su patio trasero de la Mitteleuropa.

La oleada inmigratoria se produce en momentos difíciles para muchos países europeos y plantea, por lo tanto, unos intrincados y dolorosos dilemas morales. La recesión económica, el elevado desempleo, la amenaza terrorista islámica y el avance de los partidos populistas de derecha e izquierda inquietan y acosan a muchos gobiernos. Las opiniones públicas, más allá del movimiento de solidaridad desencadenado por las tragedias del Mediterráneo o de la frontera serbo-húngara, se preguntan por el sentido de una convención internacional de 1951, adoptada en unas circunstancias muy diferentes, que teóricamente obliga a admitir a todos los que traten de entrar en Europa huyendo de todos las calamidades del mundo. ¿Cuáles son los límites de la acogida y quién los establece?

La Unión Europea no ha hecho nada por aclarar la situación ni por dotarse de los medios materiales necesarios para hacer frente a la oleada inmigratoria en el momento y los lugares pertinentes. Como otras veces, los gobiernos europeos actuaron en orden disperso, con retraso, de manera que agravaron la situación en vez de encauzarla. Los gobiernos de Alemania y Suecia, heraldos de las causas humanitarias, y sin consultar con sus socios y vecinos europeos, hicieron saber que estaban dispuestos a considerar favorablemente las demandas de asilo que pudieran presentar todos los ciudadanos sirios. El efecto llamada tuvo un efecto inmediato en los campos de refugiados en la frontera de Turquía con Siria, donde se hacinan casi dos millones de personas. Y como no podían llegar por tierra, puesto que la frontera turco-griega está cerrada con una valla fuertemente vigilada, miles de sirios optaron por las lanchas neumáticas que les ofrecían los traficantes para trasladarse a las islas griegas del Egeo.

Paradójicamente, el humanitarismo más o menos interesado de Alemania y Suecia, combinado con las deficiencias del sistema legal europeo –la convención de Schengen y la Regulación de Dublín (2014)– acabaron por originar una crisis política y hondas fisuras en el edificio de la construcción europea que descansa, junto con los tratados de Roma, Maastricht, Ámsterdam  y Lisboa, en la buena fe y la confianza recíproca. Las disquisiciones jurídicas sobre la condición de los desplazados –refugiados, solicitantes de asilo o emigrantes económicos–, y su aumento incesante, en un espacio de libre circulación de personas, originan múltiples tensiones entre los 28 Estados de la UE porque desbordan todas las previsiones de éstos sobre el registro, la acogida o la integración de todos los que llegan.

El número de gentes desesperadas aumentan de manera imparable, un fenómeno mundial en el que confluyen los factores demográficos, la globalización económica, las fuertes discrepancias en los niveles de desarrollo y renta disponible, las guerras locales y regionales, la persecución religiosa, el terrorismo y el despotismo. A finales de 2014, la Alta Comisaría de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) tenía censados como “refugiados” a algo más de 20 millones de personas, mientras que las meramente “desplazadas” sumaban unos 60 millones. ¿Acaso todos ellos pueden ser acogidos en Europa?  La Comisión Europea, que en julio de 2015 propuso el reparto de 120.000 demandantes de asilo entre los 28 países de la UE, apenas un mes después elevó esa cifra a 160.000.

La suspensión  temporal de la libre circulación de personas, como hicieron Hungría, Alemania y Austria, y como amenazan con hacer otros países, confirma que uno de los cimientos de la Unión Europea está en grave riesgo por causa de la oleada migratoria. Hasta el punto de que la revista alemana Der Spiegel advierte, espantada, sobre “el retorno de los Estados-nación” y, por ende, del nacionalismo, lo que siempre resulta inquietante en Alemania. Los cimientos del edificio de la construcción europea, debilitados por la ausencia británica y la parálisis franco-germana, están sometidos a fuertes tensiones centrífugas más allá de las emociones que suscita la tragedia del Mediterráneo. Y Europa, además, al desentenderse de sus intereses en el Oriente Próximo, renuncia a resolver los problemas en su origen.

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