Posteado por: M | 22 septiembre 2015

Grecia se encomienda al converso Tsipras

Con su retorno al poder, el primer ministro de Grecia, Alexis Tsipras, confirma que es un gran superviviente de la política, un converso y un consumado funámbulo capaz de atraer y retener la atención del público, descamisado y sonriente. En nueve meses, el líder de Syriza, coalición de izquierdas que fue populista, ahora en la indefinición, ha pasado por el entusiasmo antiausteridad de la primera victoria en enero, el orgulloso desafío de los poderes europeos, el referéndum demagógico, la capitulación sin condiciones, la quiebra de su partido y la firma de un memorándum con la UE que, a cambio de un tercer rescate financiero del país, impone un draconiano plan de austeridad cuyo cumplimiento augura una repetido escenario de sangre, sudor y lágrimas, o lo que es lo mismo, reducción de salarios y pensiones, recorte de servicios sociales y aumento de los impuestos.

No es cierto, como sugiere el optimismo intangible de Tsipras, que los griegos hayan recuperado la esperanza ni mucho menos el entusiasmo. Los mismos que eligieron a Tsipras en enero, cuando se presentó como abanderado de la resistencia contra las políticas de austeridad, el 20 de septiembre lo reeligieron como el más firme aliado de Bruselas, la cancillera Merkel, el Banco Central Europeo (BCE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI). La conversión fue tan rápida como radical. Por lo tanto, hay que reconocer al primer ministro griego una extraordinaria capacidad para el revisionismo ideológico y la penitencia pragmática. Esperemos que actúe con la energía y la convicción que se supone a los conversos.

Los resultados de las quintas elecciones generales en los últimos seis años sólo admiten una lectura sobre el cansancio, la apatía y la desilusión de los electores, pues casi la mitad de éstos desertaron de las urnas. La participación fue del 53,40, a pesar de que el sufragio es obligatorio. Syriza obtuvo una mayoría discreta: el 35,5 % de los votos, pero el sistema electoral, que premia con 50 escaños al partido vencedor, distorsiona por completo la composición del Parlamento, lo que se traduce en 145 de los 300 escaños. La derechista Nueva Democracia, con el 28 %, sólo logró 75 escaños, es decir, con una diferencia de sólo 7 puntos porcentuales, el primer partido dobla al segundo en escaños.

Como Syriza no llega a la mayoría absoluta de 151 escaños, el nuevo gobierno de Tsipras contará con la colaboración gubernamental y parlamentaria de los Griegos Independientes (Anel), una formación nacionalista y populista de derechas, además de euroescéptica, que obtuvo el 3,67 % de los votos y 10 escaños, y cuya presencia irrita a los negociadores de Bruselas. En todo caso, un gobierno de estrambótica y frágil coalición que, sometido a las presiones y los apremios de los acreedores, bajo el protectorado de la Unión Europea (UE), quizá no garantice la deseable estabilidad en medio de la tormenta que se avecina.

Descartado cualquier retorno al antiguo régimen caciquil, como demuestran los pobres resultados de Nueva Democracia, del socialista Pasok (17 escaños) y de los comunistas ortodoxos (KKE, 15 escaños)), la coalición izquierdista Syriza, una vez desembarazada de su ala más radical, era la que ofrecía mayores garantías a todo tipo de electores, en la creencia, probablemente ilusoria, de que aún tendrá fuerzas para lograr que la troika apriete pero no ahogue. Esperan los griegos, pues, que el esforzado y sonriente Tsipras, luego de haberse rendido sin condiciones en Bruselas, obtenga la piedad, la comprensión y la ayuda de Alemania y los otros acreedores para que el país no se asome al precipicio y cumpla con las previsiones del tercer rescate y la esperanza de un aligeramiento de la deuda que no acaba de concretarse. Los más optimistas esperar una “humanización” de las condiciones del rescate, que fue la única promesa proferida por Tsipras durante la campaña electoral.

La otra razón del éxito de Syriza radica en la habilidosa maniobra de la dimisión de Tsipras en agosto para celebrar las elecciones antes que de se votaran en el Parlamento las drásticas medidas de austeridad, antes de que empiecen los truenos de la nueva borrasca y sus repetidas y anunciadas calamidades. La derrota sin paliativos del sector más izquierdista de Syriza, escindido para crear un nuevo partido, Unidad Popular, que no llegó al 3 % exigido para entrar en el Parlamento, confirma la inmensa fatiga de los griegos y su escaso interés por un nuevo ciclo de agitación estéril, protestas callejeras e inestabilidad.

Desde que la madrugada del 13 de julio, tras una noche humillante dentro del Consejo Europeo, firmó el memorándum del rescate (86.000 millones de euros) que había jurado que jamás firmaría, Tsipras ha perdido a parte de su partido, el sector más paleocomunista, pero ha ganado en respetabilidad internacional y se ha convertido en socialdemócrata, aunque muchos observadores en Bruselas lo colocan en la desagradable tesitura de la libertad condicional. Hacen apuestas los griegos para saber el día en que primer ministro estrenará una corbata, es decir, se cortará definitivamente la coleta, para presentarse como la nueva referencia socialdemócrata de un sistema político en construcción. La apuesta consiste en suceder al Pasok a beneficio de inventario.

La extrema derecha se mostró más fuerte que la extrema izquierda en las urnas. El partido neonazi Amanecer Dorado, de un extremismo sin parangón en Europa, fue la tercera fuerza en votos (6.95 %) y escaños (18), dos diputados más que en el Parlamento anterior. Su único programa es el de la xenofobia, el de hacerles la vida aún más difícil a los refugiados e inmigrantes que llegan desde las islas del Egeo. Amanecer Dorado y el Partido Comunista (KKE) fueron los únicos que votaron en agosto contra el plan de austeridad firmado por Tsipras en Bruselas en la madrugada del 13 de julio.

Vista la situación desde Bruselas, resulta que un político izquierdista como Tsipras, pero que ha dado pruebas fehacientes de flexibilidad y adaptación, constituye la mejor garantía para aplicar un plan de austeridad susceptible de satisfacer a los mercados y mantener en calma el frente interior de los sindicatos y los grupos antisistema. Por el contrario, el triunfo de la derecha tradicional (Nueva Democracia) hubiera implicado muy probablemente nuevas movilizaciones en la calle contra la austeridad y los recortes, el abandono del euro y quizá la aproximación desesperada a Rusia, en nombre de la solidaridad ortodoxa.

Tsipras ganó las elecciones, pero la batalla de la recuperación económica será mucho más difícil de ganar. Las expectativas no son optimistas, hasta el punto de que la revista británica The Economist, muy bien relacionada con los medios económicos, advierte: “Muchos observadores no están convencidos de que el nuevo gobierno vaya a durar más que su predecesor”. Sólo un rápido y espectacular crecimiento, harto improbable, y quizá una rebaja de la deuda podrían sentar las bases para el éxito del tercer rescate. La economía griega se encuentra en recesión, el sistema bancario está prácticamente en bancarrota después del corralito y la ciudadanía está exhausta por el esfuerzo consentido para permanecer en la UE. Ni siquiera sabemos cuál es el futuro que diseñan o esperan los protectores de Bruselas.

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