Posteado por: M | 4 octubre 2015

La guerra de Putin en Siria golpea en Washington

Tras un intento fallido de lograr un consenso con Estados Unidos y las potencias europeas para abordar conjuntamente la guerra de Siria, Vladimir Putin decidió intervenir directamente y el 30 de septiembre ordenó a sus militares que desencadenaran una ofensiva aérea sobre las posiciones de los terroristas y de las fuerzas insurgentes que luchan contra la dictadura de Bachar al Asad. Bombardeos selectivos y apoyo aéreo para las menguadas tropas gubernamentales. Dado el carácter sectario e internacional del conflicto, la diversidad de las fuerzas sobre el terreno y la debilidad congénita del ejército regular sirio, que apenas si controla el 25 % del territorio, la iniciativa diplomática y militar del jefe del Kremlin plantea numerosos riesgos y algunas ventajas. Rusia entra en la escena convulsa del Oriente Próximo, en supuesta alianza con Irán, aunque no está claro si para salvar a Asad o sacrificarlo a la postre en aras de una solución política que se presenta tan incierta como problemática.

La guerra en su quinto año, por lo tanto, continúa en Siria y, por ende, proseguirá imparable el éxodo hacia Europa de todos los que huyen de los combates. Moscú afirmó que los ataques aéreos pueden durar entre tres y cuatro meses, pero no reveló los motivos de ese cálculo tan impreciso. Los aviones rusos no sólo atacaron las posiciones del llamado Estado Islámico (Daesh), en los alrededores de Raqqa, sino también las de los otros insurgentes: la oposición armada por los occidentales y el Frente al Nusra, tributario de Al Qaeda, también llamado Ejército de la Conquista; las milicias suníes entrenadas y armadas por la CIA y los servicios secretos turcos y saudíes, que dominan desde hace meses el territorio próximo a la frontera de Turquía. El Kremlin considera que el gobierno de Asad es el único legítimo o, por lo menos, legal, por lo que propende a identificar como “terroristas” a todos sus adversarios.

La intervención rusa no es una panacea, pero en un primer momento, sin duda, reforzará y galvanizará a la coalición que sostiene a Asad y sus pretorianos y que incluye a Iraq, Irán, los milicianos iraníes y su principal aliado, el Hizbolá libanés, todos ellos de obediencia shií. Las informaciones sobre la llegada de importantes contingentes de tropas iraníes no estaban confirmadas al redactar este post. La coalición antagónica está integrada por las milicias suníes, algunas de ellas armadas por la CIA, y los restos del Ejército Libre de Siria, brazo militar de la llamada oposición “moderada” que cuenta con el respaldo de la coalición internacional integrada por EE UU, Turquía Arabia Saudí, Qatar, Francia, Gran Bretaña y Alemania, improvisada en julio de 2014 para combatir al proclamado Estado Islámico. Las milicias kurdas hacen la guerra por su cuenta, especialmente contra el Daesh, y lo hacen con determinación y eficacia.

La situación es endiabladamente compleja sobre el terreno, entre los combatientes y sus protectores, y entre las potencias regionales o extranjeras que se disputan la hegemonía o la influencia en un espacio en el que se superponen los conflictos desde hace medio siglo. La novedad inquietante es que los Estados árabes surgidos de las cenizas del imperio otomano –Iraq, Siria, Líbano, Jordania— están en plena delicuescencia o atraviesan por dificultades sin precedentes. Ante el colapso de los poderes estatales, el éxodo de las poblaciones y la implantación del Daesh, que amenaza con la radicalización, la teocracia rigurosa y el terrorismo, resultaría sensato un entendimiento entre Washington y Moscú para acabar con el caos que prevalece en la región. Pero la conjunción parece inviable por la absoluta animadversión que se profesan Obama y Putin.

La escalada militar rusa tiene también  claras connotaciones de política interna. Como recordó el primer ministro, Dmitri Medvedev, miles de yihadistas procedentes del Cáucaso (las repúblicas autónomas de Chechenia y Dagestán) y de las repúblicas ex soviéticas de Asia Central, de abrumadoras mayorías musulmanas, combaten en Siria junto a muchos jóvenes europeos en las filas del Estado Islámico o del Frente al-Nusra, afiliado de Al Qaeda. Putin prefiere bombardear a los terroristas en Siria, lejos de Rusia, pero parece obvio que la intervención militar acrecentará los riesgos de atentados contra los ciudadanos y los intereses rusos en cualquier lugar.

Discursos y entrevista en la ONU

Los presidentes ruso y norteamericano pronunciaron sendos discursos ante la Asamblea General de la ONU, el 28 de septiembre, y luego se reunieron durante 90 minutos para tratar de la guerra de Siria, pero sin ningún resultado inmediato. Fue un diálogo de sordos. El líder ruso propuso organizar una amplia coalición internacional para combatir al terrorismo islamista, pero su interlocutor condicionó cualquier acuerdo a la dimisión inmediata o diferida del dictador sirio, viejo aliado, cliente y protegido del Kremlin. Las vacilaciones de varios dirigentes occidentales, ante la mano tendida de Putin, se estrellaron contra la firme posición de Obama exigiendo la caída del dictador de Damasco, exigencia en la que le acompañó con notable empeño el presidente francés, François Hollande.

La mayoría de los países emergentes, encabezados por China y la India, pero también algunos aliados europeos como Alemania, España e Italia creen, por el contrario, que Asad tiene que formar parte de la solución y que deben preservarse las instituciones estatales aún en pie, incluido el ejército, para no propiciar una situación de caos generalizado como ocurrió en Iraq después de la invasión anglo-norteamericana de 2003. La delegación española en la ONU, que preside este mes el Consejo de Seguridad, se mostró favorable a contar con el presidente sirio, aunque sólo sea temporalmente, para combatir mancomunadamente al Daesh. El jefe de la diplomacia china pidió la convocatoria de una conferencia internacional con representación de todos los combatientes.

Como pudo verse en las pantallas, Putin y Obama no hicieron ningún esfuerzo por ocultar o disimular la profunda antipatía recíproca. Fríos saludos, miradas a ningún sitio, incomodidad a flor de piel, mientras los intérpretes y los guardaespaldas no sabían muy bien dónde colocarse. El gran comunicador que es Obama torció el gesto cuando Putin le estrechó la mano y le dirigió una gélida sonrisa. Ambiente de “guerra fresca”, destellos cibernéticos del KGB y la CIA. Como un recordatorio de los novelescos misterios, arcanos y enigmas del Kremlin que vislumbró Churchill en ocasión memorable, después de haber visto varias veces a Stalin. Ahora no se trataba del reparto de Europa acordado en Yalta (febrero de 1945), sino de terminar con la catastrófica guerra de Siria en la que se concitan todos los desastres de la política occidental en el Oriente Próximo desde la invasión de Iraq en 2003.

En su discurso ante la Asamblea General, Putin afirmó que la gran coalición internacional contra el terrorismo, basada “en ambiciones y valores comunes”, debería ser similar a la que se creó para luchar contra Hitler (1941), con el respaldo de una resolución del Consejo de Seguridad. Le faltó rememorar a Churchill que, ante la Cámara de los Comunes, abogó cínicamente por “el pacto con el diablo”, Stalin en la ocasión, para derrotar al Tercer Reich. Putin defendió al presidente Asad y aseguró que es “un grave error” el negarse a cooperar con el gobierno sirio, cuyas tropas “están luchando con coraje contra el terrorismo”.

El presidente ruso criticó acerbamente la política de los occidentales desde 2010: “Quiero dirigirme a todos aquellos que ayudaron desde fuera a avivar los conflictos en Oriente Medio y África. ¿Se dan cuenta de lo que han hecho?” En una clara alusión a las revueltas árabes, vistas con simpatía en Occidente, e incluso azuzadas por algunos servicios secretos, el presidente ruso sentenció: “En lugar del triunfo de la democracia y el progreso, hemos conseguido instalar la violencia, la pobreza y el desastre social, y nadie se preocupa por los derechos humanos, incluyendo el derecho de la vida.” Con la única y parcial excepción de Túnez, el escenario de las revueltas árabes resultó ser un campo de minas ahora devastado.

Cogido a contrapié, Obama manifestó su disgusto y pretendió mantener la ambigüedad, la puerta entornada, quizá porque carece de otra opción tras comprobar que los bombardeos de su coalición con los suníes (Arabia Saudí, Qatar, Turquía), sin tropas sobre el terreno (boots on the ground), está condenados a la inoperancia. Admitió el presidente que EE UU “está preparado para trabajar con cualquier nación, incluidas Rusia e Irán, para resolver el conflicto” de Siria, pero insistió en que la resolución necesita de otro líder que no sea Asad, al que volvió a describir como “un tirano que arroja bombas de barril para masacrar a niños inocentes”. No rechazó por completo la iniciativa rusa, pero puso una condición –la renuncia del presidente sirio– que resulta inaceptable para Moscú y Teherán en medio de la actual confusión.

Pese a contar con los estímulos de Francia, fiel a sus resabios coloniales; de la Turquía cada día más islamizada de Recep Tayyip Erdogan, adversario político y religioso del dictados sirio; y de Arabia Saudí, el aliado tradicional de Washington, protector y banquero de las milicias suníes, el Obama pacifista y escaldado de otras guerras rechazó enérgicamente cualquier intervención que hubiera podido acelerar la caída de Asad pero también la llegada de nuevos ataúdes a EE UU. No debe olvidarse que Obama llegó al poder en 2009 con el objetivo explícito de liquidar “un decenio de guerra” que comenzó en Afganistán en 2001 y acabó en Iraq en 2012 con un repliegue precipitado y desastroso.

La opinión pública está fatigada del intervencionismo sin victorias claras y productivas, atraviesa por graves dificultades económicas y se muestra escéptica en cuanto a la necesidad de una nueva aventura militar en tierras muy lejanas. Los norteamericanos viven rodeados por una atmósfera política, periodística y académica que lucubra constantemente con las ideas del declive relativo, las urgencias del frente interior, el aislacionismo y el repliegue estratégico que se atribuye a Obama. Ha llegado “el fin de la pax americana”, y se aproxima por ende el retorno de la guerra fría, el genuino “logro” que el pensamiento neoconservador atribuye a la decepcionante presidencia de Obama, según se desprende del título del artículo que Lee Smith publicó la semana pasada en la revista The Weekly Standard.

Libia y la frustración del Kremlin

Rusia y China impidieron con un veto conjunto que el Consejo de Seguridad aprobara una resolución contra Asad, y ejercieron esa prerrogativa para evitar una nueva operación como la de Libia, según dijeron. En septiembre de 2013, cuando la oposición siria apoyada por Occidente (Ejército Libre) comenzó a dar señales tardías pero inequívocas de su impotencia, Rusia y EE UU lograron un acuerdo para eliminar las armas químicas de sueño sirio, lo que relajó durante algún tiempo las presiones sobre Asad. La resolución del Consejo de Seguridad sobre Libia, la 1.973, del 17 de marzo de 2011, fue aprobada “para proteger a la población civil”, gracias a la abstención de Rusia, China, y excluyó cualquier tipo de intervención terrestre, pero degeneró rápidamente en una operación de la OTAN contra el régimen del coronel Gadafi, que fue asesinado por la soldadesca insurgente el 20 de octubre.

La abstención del delegado ruso en el Consejo de Seguridad, siguiendo las instrucciones del entonces presidente Dmitri Medvedev, previo entendimiento con Washington, tuvo fuertes repercusiones en la política interna del Kremlin porque todo indica que fue una decisión adoptada contra el parecer del entonces primer ministro, precisamente Putin, quien advirtió de que las revueltas en Libia, Siria, Egipto y otros países árabes sólo servirían para fortalecer las posiciones del extremismo, a la sazón representado por Al Qaeda y sus franquicias. También es obvio que la caída de Gadafi, cliente manirroto del Kremlin, antioccidental notorio, perjudicó los intereses económicos y geopolíticos rusos. El caos ahora reinante en Libia, un Estado fallido, plataforma de la emigración incontrolada y de las bandas de mercaderes sin entrañas, añade razones suplementarias a las quejas y la frustración de Putin.

La intervención de la OTAN en Libia, con incalculable perjuicio para los intereses rusos, sigue gravitando sobre la estrategia del Kremlin. El embajador ruso en Trípoli en aquellos momentos, Vladimir Chamov, envió un cable al presidente Medvedev en el que presentaba a Gadafi como un importante aliado al que había que defender. El embajador fue destituido, pero al regresar a Moscú declaró públicamente que el presidente había actuado en contra de los intereses de Rusia al permitir la resolución del Consejo de Seguridad. La opinión de Chamov está muy extendida entre las élites de la diplomacia, la milicia y la inteligencia que rodean al presidente Putin, titular de un poder restaurador que, según sus adversarios, oscila entre la nostalgia del imperio y el nacionalismo embaucador. Una confirmación de que la siembra liberal emprendida por Medvedev cayó sobre un pedregal y está completamente agostada.

Tras regresar a la presidencia en 2012, Putin trató de proteger al dictador sirio del doble acoso a que estaba sometido por los islamistas radicales y los rebeldes calificados de “moderados”, en realidad las milicias de los Hermanos Musulmanes y las otras tribus suníes pertrechada por Arabia Saudí y Turquía con el apoyo diplomático, logístico y de propaganda de las potencias occidentales. El objetivo no era sólo el de salvar al régimen sirio, el principal cliente en la región, sino el de acrecentar la influencia geopolítica de Moscú, mantener el negocio de la venta masiva de armas y preservar la única base rusa en el Mediterráneo, la de Tartus, a la que ahora se añade un poco más al norte el complejo aéreo de Lataquia, epicentro del territorio fiel de los alauíes, la minoría religiosa de raíces chiíes a la que pertenecen Asad, su familia y los principales mandos militares.

No obstante, la intervención rusa tropieza con un obstáculo psicológico infranqueable: el recuerdo de la tragedia nacional que produjo la guerra de Afganistán, territorio infernal. Fue el gran error de la URSS anquilosada y mediocre de Leonid Brezhnev que pretendió enmascarar con las intervenciones exteriores los graves problemas internos que acabarían con el régimen cuando éste fue sometido a los vientos huracanados de la perestroika que descorrieron el velo de la penuria, el atraso económico y la intolerancia ideológica. El amargo recuerdo afgano rebrotó en varios periódicos moscovitas, hasta el punto de que el semanario Profil preguntó sarcásticamente: ¿”Cuántos soldados rusos serán necesarios para salvar al nuevo amigo del Kremlin?” La lectura de la prensa rusa permita sostener la hipótesis de que Putin no utilizará tropas de tierra en la aventura siria.

Dudas en Washington y París

 Las dudas, las preguntas y las especulaciones aumentaron en Washington cuando los aviones rusos comenzaron sus bombardeos contra las posiciones del Estado Islámico (30 de septiembre), luego de que Putin cumpliera con la formalidad de obtener la autorización parlamentaria. En nuestra ausencia, la de EE UU, “quizá deberíamos permitir que el presidente Vladimir Putin jugara sus cartas”, escribió David Ignatius en el Washington Post al comentar la fallida entrevista de la ONU. Después de todo, el comentarista conjeturaba que la intervención rusa, que no será como la pionera de Afganistán que comenzó en 1979, sino la sucesora de los fracasos de EE UU tanto en Iraq como en Siria, se hará sin tropas de tierra y difícilmente podrá dar un vuelco a la situación en favor de Asad, cuyo ejército sólo controla apenas el 25 % del territorio nacional.

¿Qué hacer con esa propuesta rusa que ofrece, al mismo tiempo, la erradicación de la amenaza terrorista y el fin del éxodo masivo hacia Europa de varios millones de sirios que huyen de la guerra? Cuando Putin sale a escena, por prudentes o constructivas que resulten sus propuestas, tiene que escuchar la rechifla y las admoniciones de los principales dirigentes occidentales, con Obama y Hollande a la cabeza, que no han olvidado la anexión de Crimea ni la guerra de desgaste en el este de Ucrania, así como la insistencia en que mantendrán las sanciones que tanto perjudican a la economía rusa y están retrasando la modernización del ejército ahora empeñado en dos frentes.

Coincidiendo con los primeros bombardeos rusos contra las posiciones islamistas en Siria, el fiscal de París anunció que va a abrir una investigación sobre el presidente Asad por diversas acusaciones de crímenes contra la humanidad, “con base en las informaciones recibidas desde el ministerio de Exteriores”. Pero no todo el mundo en el establishment francés está de acuerdo con la osada estrategia de Hollande. Dominique de Villepin, que fue ministro de Exteriores con el presidente Chirac y punta de lanza de la oposición en la ONU contra la intervención anglo-norteamericana en Iraq, declaró ante las cámaras de televisión: “El mensaje de Vladimir Putin en la tribuna de las Naciones Unidas era claro, pragmático, relativamente coherente, mientras que el mensaje de Francia y de EE UU fue confuso.”

Según Villepin, tanto Hollande como Obama se hallan a la defensiva en el conflicto, atrapados por la ambigüedad, divididos entre su deseo de liquidar a los yihadistas y su voluntad de acabar con Asad y su régimen, cuando parece evidente que sólo las tropas de aquél y las milicias kurdas luchan con un mínimo de eficacia contra los milicianos del califato. Para el prestigioso analista Guy Hermet, que escribe en Le Monde, la alianza “escandalosa” de Rusia con los occidentales equivaldría a una especie de “pacto con el diablo para servir una buena causa”, un dilema muy antiguo pero que se plantea de nuevo en las tierras sirias sembradas de cadáveres y abandonadas por sus pobladores. ¿Serviría en realidad para acabar con la pesadilla del Estado islámico? Nada es seguro en el caótico Oriente Próximo.

Vista desde Washington la evolución del conflicto, la mayoría de los análisis periodísticos o del mundo académico son pesimistas, como el de la Rand Corporation, especializada en el estudio de los conflictos, y llegan a la conclusión de que la estrategia de Obama debe cambiar antes de que sea demasiado tarde, bien sea añadiendo nuevos aliados o comprometiendo más fuerzas norteamericanas. Un cronista del New York Times, defensor a ultranza de Obama, señaló precavidamente: “La posición de la administración sobre Siria parece que está en ruinas”. Stewart M. Patrick, analista del Council of Foreign Relations, escribió que, dado el fracaso norteamericano con el rearme y entrenamiento de la oposición moderada y sus catastróficas consecuencias, “la administración de Obama tiene pocas opciones que no sean la de buscar un acuerdo con Rusia para que el gobierno de Asad pueda desempeñar su papel en la coalición contra el Estado Islámico”.

La discordia estalló incluso en la cúspide cuando Hillary Clinton, ex secretaria de Estado, hizo algunos comentarios poco amables para que el fuera su jefe y abogó por “una zona de exclusión aérea y unos corredores humanitarios para tratar de detener la carnicería en tierra y desde el aire”, una idea rechazada reiteradamente por la Casa Blanca. El rifirrafe asomó en los periódicos y Obama replicó irónicamente recordando que “existen serias diferencia entre ser presidente y ser candidata a la presidencia. Desde la Situation Room [en la Casa Blanca], las cosas se ven de manera un poco diferente”. Según leo en la prensa norteamericana, las divergencias entre el presidente y su secretaria de Estado, a propósito de Siria, ya se manifestaron cuando ambos compartían las responsabilidades.

Y en cuanto a la intervención rusa en solitario, en favor de las minorías que aún apoyan a Asad o que viven en una situación infernal, entre dos o más fuegos, los norteamericanos consideran que podría añadir más leña al fuego, radicalizando la insurgencia de las tribus suníes, mayoritarias en el país, y sus proveedores de armas y dinero: Arabia Saudí, Qatar, Turquía e incluso Egipto. Cincuenta y cinco miembros de la Cámara de Representantes dirigieron una carta al presidente solicitando la apertura de conversaciones de paz sobre Siria, pero Obama insistió en su negativa: “Creo que la derrota del Estado Islámico requiere un nuevo líder” (en Siria). Lo cual no quiere decir, desde luego, que la caída de Asad sea en estos momentos la prioridad absoluta de la Casa Blanca.

Dos visiones del mundo

 Obama no parece dispuesto a cambiar su visión del mundo, ni sus principios, ni su convicción de que los retos y peligros del siglo XX –la competición nacionalista entre los Estados, la lucha por el poder y las riquezas, las rivalidades continentales y regionales– han dado paso a una situación de paz globalizada, de orden jurídico previsible y unos desafíos nuevos: los Estados fallidos y el caos consiguiente, el cambio climático, el subdesarrollo, la educación y la cultura, las migraciones descontroladas, que deben ser resueltos por el soft power, el poder blando o inteligente (smart), no militar, que suscita comparaciones irónicas con el bálsamo de Fierabrás, en el marco de un sistema internacional estable. ¿Qué pasa entonces con la amenaza claramente global del terrorismo, y cómo se combate? o ¿qué acontece con la proliferación nuclear que se divisa tras el acuerdo ejecutivo con Irán sustraído a la ratificación senatorial que requieren los tratados? Desgraciadamente, las guerras no son sólo un legado mortificante, sino también una realidad insoslayable.

La tesis de que la ofensiva militar de Putin es más una demostración de debilidad que de fuerza, repetida desde los terminales conectados con la Casa Blanca, choca frontalmente con el nerviosismo que se observa en el Congreso y las alarmas entre los aspirantes del Partido Republicano sobre la pretensión de Rusia de sustituir a Estados Unidos como potencia dominante en el Oriente Próximo. El llamado eje Moscú-Damasco-Bagdad-Teherán se ha convertido en una preocupación de los medios norteamericanos que señalan, al mismo tiempo, la inoperancia total de la OTAN, como ya ocurrió cuando Putin decretó la anexión de Crimea.

La reflexión del ya citado Lee Smith resulta especialmente crítica con Obama: “La Casa Blanca cree en una equilibrio de poder sin vencedores y vencidos, un abstracto sistema internacional en el que cada nación tenga espacio para defender sus intereses. Pero eso es una fantasía. Cualquier orden existente pertenece al poder que lo impone. La guerra de Siria amenaza dos de los pilares del orden que nosotros dirigimos desde hace mucho tiempo”, es decir, que la intervención militar del Kremlin pone en tela de juicio la hegemonía estadounidense en dos zonas vitales para los intereses de EE UU: Europa y el golfo Pérsico.

El llamado eje Moscú-Teherán-Bagdad-Damasco, que se perfila tras los bombardeos rusos, sembró la alarma y enconó la discusión en los círculos periodísticos y académicos de la que sigue siendo la primera potencia mundial. Obama mantuvo su inveterado optimismo y, respondiendo a sus censores, declaró: “El intento de Rusia e Irán de proteger a Asad y tratar de pacificar a la población les llevará a un atolladero y está condenado al fracaso.” Insistió en que no hay solución militar para una guerra fratricida que sólo puede terminar mediante una solución política que implique el abandono de Asad. No obstante, reconoció que su programa de entrenar y armar a los rebeldes para combatir al Estado Islámico no ha funcionado en absoluto.

Por supuesto, Putin no comparte esa visión idealista, presenta a Rusia como una alternativa en el Oriente Próximo (alternativa de la Pax Americana) y sigue pensando en restaurar la hegemonía rusa en el espacio geopolítico que perteneció a la URSS, la ancestral ruta del Báltico al Mediterráneo pasando por Kiev, cuna del imperio ruso; sigue anclado estratégicamente en el reparto y el equilibrio del poder que fue consagrado en Yalta y que se refleja en la composición del Consejo de Seguridad de la ONU y el derecho de veto de las cinco grandes potencias nucleares, pero también en la voluntad de restablecer la dignidad de Rusia e incluso los valores que enseña y defiende la Iglesia ortodoxa. Una realpolitik no muy alejada de la que defendió Henry Kissinger cuando acabó con la condena y el aislamiento de China (1972).

El pronóstico de un próximo desastre ruso, predicado desde la Casa Blanca, no suscita ecos aprobatorios, sino más bien dudas razonables y previsiones matizadas. Emile Hokayem, analista del Instituto de Estudios Estratégicos, de Londres, afirma: “La supervivencia de Bachar al Asad está asegurada a corto y medio término. Las tropas sirias van a reencontrar la capacidad de avanzar, y con la cobertura aérea rusa, no es imposible que desalojen de Palmira al Estado Islámico. Sería un golpe fabuloso para Putin, pero eso no quiere decir que el presidente sirio pueda reconquistar todo el terreno perdido desde 2011.”

Como sugiere el prestigioso analista Richard Haass, “Putin está explotando el vacío dejado por Occidente”, que no sólo se retiró de Iraq precipitadamente, sino que lleva cuatro años deshojando la desagradable margarita de la intervención militar en Siria mientras prosigue la carnicería con una inusitada virulencia: más de 250.000 muertos y 10 millones de personas desplazadas, en campos de refugiados en todos los países de la región o en el camino azaroso del éxodo hacia Europa. También escribe Haass que “Estados Unidos no debería descartar el cooperar con Rusia e Irán en busca de una transición política”.

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