Posteado por: M | 6 octubre 2015

Respiro económico y zozobra política en Portugal

Tras un abultado rescate financiero (78.000 millones de euros) y cuatro años de severa austeridad, la más intensa y prolongada jamás sufrida por el país, la coalición de centro-derecha en el poder triunfó en las elecciones legislativas del 4 de octubre en Portugal, pero sin mayoría absoluta, lo que aboca al país a una inestabilidad azarosa que amenaza el éxito de las reformas económicas. Una izquierda fragmentada e inconciliable, aunque con una precaria mayoría en la Asamblea Nacional, no podrá formar un gobierno alternativo porque su fuerza principal, el Partido Socialista (PS), que se considera derrotado, “no contribuirá a la creación de mayorías negativas”, lo que equivale a recusar un acuerdo parlamentario con el Bloco de Esquerda (BE) y la coalición dirigida por el Partido Comunista (PC). El fantasma de Grecia comenzó a pasearse por las sedes de los partidos en la noche electoral.

La coalición de centro derecha Portugal à Frente (Portugal Adelante), integrada por el Partido Social Demócrata (PSD) del primer ministro, Pedro Passos Coelho, y del Centro Democrático y Social-Partido Popular (CDS-PP), cuyo líder es Pablo Portas, obtuvo el 38,4 % de los votos y 104 de los 230 escaños de la Asamblea Nacional (132 en 2011). El Partido Socialista (PS), dirigido por el ex ministro António Costa, logró el 32,3 % de los sufragios y 85 escaños (74 en 2011). La sorpresa la proporcionó el Bloco de Esquerda (BE), capitaneado por Caterina Martins, emparentado con Syriza y Podemos, que por primera vez superó al PC con el 10,2 % de los votos y 19 diputados (+11). La Coaligacâo Democrática Unitária (CDU), marca del PC desde 1987, dirigida por Jerónimo de Sousa, logró el 8,3 % de los votos y obtuvo 17 escaños (+1). El PAN (Personas-Animales-Naturaleza) obtuvo 1 diputado. Quedaban por adjudicar 4 escaños al escribir esta crónica.

Una vez conocidos los resultados, y dando por hecho que Passos Coelho volverá a presidir el gobierno, el semanario Expresso se apresuró a vaticinar “una legislatura corta”. Las izquierdas no pueden entenderse para organizar algo distinto, pero quizá esconderán sus divergencias para hacer causa común contra el centro-derecha. El debate sobre los presupuestas de 2016 ofrecerá algunas pistas para saber si el gobierno podrá mantenerse con una mayoría relativa o serán inevitables las nuevas elecciones. Los portugueses no quieren salir del euro, como demagógicamente les proponía el PC, y miran con recelo al Bloco tras la desastrosa experiencia de Grecia; pero tampoco han olvidado que la caótica gestión económica de los socialistas colocó al país en la tesitura del rescate en 2011. Impresiones y realidades problemáticas que confieren un relativo margen de maniobra a la coalición de Passos-Portas, pero que no despejan la incertidumbre.

El partido más atractivo, desde luego, fue el de la abstención, que alcanzó el 43,07 % del censo electoral, un récord desde la instauración de la democracia (1974), que traduce los graves problemas estructurales pendientes, en primer lugar el envejecimiento de la población y la sangría emigratoria, ya que unas 500.000 personas abandonaron el país en el último quinquenio, junto con la inveterada dicotomía entre el norte y el sur por la línea divisoria que traza la última gran curva del Tajo. El llamado estado del bienestar está amenazado por la evolución demográfica, ya que el país cuenta con 3,6 millones de pensionistas, el 35 % de la población (el 19,5 % en España).

El desarrollo de Portugal está lastrado por un enorme desequilibrio territorial. Entre Setúbal, a tan solo 30 kilómetros de Lisboa, y Viana do Castelo, al norte de Oporto, cerca de la frontera con Galicia, se concentran el 75 % de la población y el 85 % del PIB. Casi el 50 % de la población vive en las áreas metropolitanas de Lisboa y Oporto, es decir, en tan sólo el 5 % del territorio continental. La cohesión cultural en torno a la lengua de Camoens y Pessoa contrasta fuertemente con las discrepancias regionales profundas en cuanto al desarrollo, entre el norte minifundista y superpoblado y el sur latifundista, árido y poco poblado. Casi medio siglo después del fin de la dictadura y la incorporación a Europa, el país sigue dividido por la mitad, como ya lo estaba bajo el salazarismo.

Igualmente, la abstención refleja tanto el cansancio, el tedio y el escepticismo de los sectores sociales más golpeados por la crisis económica y la cura de austeridad cuanto el descrédito del sistema democrático y, sobre todo, de las élites que lo dirigen, escoltadas y abrumadas por la corrupción. Me cuenta un viejo amigo, desde Setúbal, entre ciudad-dormitorio y zona industrial, feudo tradicional del PC, que la disciplina de voto de los obreros del metal se evaporó mientras progresaban las formas anárquicas de organización y los cantos de sirena del populismo, de izquierdas, por supuesto. No obstante, la paranoia conspirativa y la rígida organización del PC, que a veces se comporta como si estuviera aún en la clandestinidad, explican en gran medida que los movimientos populistas y euroescépticos de izquierda no hayan alcanzado en Portugal la amplitud que en Grecia o España. Algunos analistas portugueses consideran que el PC es “un factor de estabilidad”.

Los socialistas, el rescate y la corrupción

El último primer ministro socialista, José Sócrates, tiene varias causas judiciales abiertas por malversación y evasión fiscal, pasó un año en la cárcel y se halla bajo arresto domiciliario, aunque pudo acudir al colegio electoral. También influyó en el absentismo el desencanto por las soluciones que debían llegar desde la Unión Europea, en la que Portugal ingresó el mismo año que España (1986), pero que lo hicieron en la forma muy poco agradable y coercitivas del protectorado económico, la soberanía compartida, el rigor presupuestario, la contracción de los salarios, la reducción de las pensiones y el aumento de la jornada laboral.

Después de haber negado reiteradamente que el país estuviera en dificultad, como si quisiera imitar a Rodríguez Zapatero en España, el gobierno minoritario de Sócrates, que se encontraba en funciones tras haber sido derrotado en la Asamblea de la República en marzo de 2011, sin que el PC hiciera nada por salvarlo, recurrió al Mecanismo Europeo de Estabilidad Financiera y al Fondo Monetario Internacional (FMI) para que procedieran al rescate del país, incapaz de hacer frente a sus necesidades de efectivo, es decir, porque se encontraba al borde de la bancarrota. El 16 de mayo siguiente, los líderes de la Eurozona aprobaron oficialmente el rescate con un préstamo de 78.000 millones de euros (5 % de interés) a cambio de un duro programa de saneamiento, rigor presupuestario y austeridad.

Tras las elecciones generales anticipadas, el 5 de junio de 2011, en las que la coalición de centro-derecha (PSP+CDS-PP) obtuvo la mayoría absoluta en el parlamento, el programa de austeridad fue aplicado con mano dura por el gobierno dirigido por el nuevo primer ministro, el conservador Pedro Passos Coelho, bajo el control y la vigilancia de la llamada troika, los funcionarios de la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el FMI que se instalaron en Lisboa. En julio del mismo año, las agencias de calificación crediticia rebajaron el rating de Portugal hasta la categoría de bono basura. Tres años después, el 17 de mayo de 2014, terminó oficialmente el rescate y los inspectores de la troika abandonaron su misión en la capital portuguesa. El país empezaba a salir del pozo en que había caído a finales de 2010.

Los cuatro años de austeridad  –la “terapia del empobrecimiento”, como denunció la extrema izquierda– causaron verdaderos estragos en la sociedad portuguesa, pero el plan dictado por el Eurogrupo y aplicado bajo la vigilancia de la denostada troika, permitió que el gobierno de Passos Coelho, el más aplicado alumno de los criterios de Bruselas, con una sólida mayoría absoluta parlamentaria, llevara a cabo algunas reformas estructurales que de otra forma hubieran sido inviables, como la rebaja de las pensiones, el aumento de la jornada laboral, el recorte de los sueldos de los funcionarios, la reforma de las relaciones laborales, la supresión de varios días de fiesta y la liberalización de los alquileres comerciales.

El gobierno procedió a una drástica reducción del gasto público, mediante medidas impopulares que suprimieron los gobernadores civiles de las provincias, el 25 % de los municipios y el 40 % de las empresas municipales. Las embajadas y los consulados fueron sometidos a una cura de eliminación o adelgazamiento sin precedentes. Los recortes del gasto fueron acompañados por la elevación de los impuestos sobre la renta y el IVA y la realización de un vasto programa de privatizaciones: las líneas aéreas, el servicio eléctrico, teléfonos y correos, los aeropuertos, los seguros, la gestión del metro de Lisboa y los autobuses de Oporto. Jamás un gobierno pudo realizar en tan poco tiempo un programa tan ambicioso, con el que consiguió, entre otras cosas, que la deuda bajara por primera vez en la historia y que el déficit pasara del 9,8 % en 2010 al 3 % previsto este año.

Después de tres años de recesión, Portugal regresó al crecimiento (0,90 % en 2014 y 1,6 % previsto en 2015) y la tasa de desempleo reculó del 17,5 al 12,4 en los últimos cuatro años. No obstante, la depresión sigue siendo profunda: el 20 % de los trabajadores no supera el salario mínimo, establecido en 505 euros en 2014 luego de cuatro años de congelación, y la izquierda denuncia ritualmente la precariedad del empleo y los contratos subvencionados por el gobierno que, a su juicio, enmascaran la situación real del mercado de trabajo. La población activa decreció en 250.000 personas en el quinquenio 2010-2014, lo que sin duda explica el descenso del número de parados sin un aumento notable de los puestos de trabajo.

Aunque la recuperación económica parece estar en buena vía, conviene recordar que Portugal es uno de los países más endeudados de Europa –125 % de su producto interior bruto (PIB)– y que el déficit presupuestario subió hasta el 7,2 % del PIB en 2014, a causa principalmente del rescate del conglomerado bancario e industrial de la familia Spíritu Santo, el peor desastre financiero del país desde su ingreso en la Unión Europea. No obstante, la rentabilidad de bono portugués descendió espectacularmente desde el 18 % en 2011 al 2,3 % en la actualidad.

Los resultados de las elecciones, que se plantearon como un plebiscito sobre el rescate y las reformas económicas, constituyen un éxito indudable de Passos Coelho, organizador de una inédita y duradera coalición derechista, presentado internacionalmente como “un campeón de la austeridad”, según la expresión acuñada por la agencia Bloomberg, especializada en las noticias económicas, que asegura que lo ocurrido en Portugal “muestra el camino de la victoria para Rajoy” en España y también para el primer ministro de Irlanda, Enda Kenny, ya que ambos practicaron políticas de austeridad y deben afrontar elecciones legislativas antes de fin de año. Otro conservador, el británico David Cameron, tras una legislatura de fuertes e impopulares ajustes presupuestarios, logró una inesperada mayoría absoluta en la Cámara de los Comunes en las elecciones del Reino Unido en mayo de este año.

La Unión Europea como destino

¿Cómo es posible que gane la austeridad?, se preguntaron muchos portugueses y observadores extranjeros la noche del escrutinio. La respuesta se encuentra quizá en la incapacidad del centro izquierda, representado por el PS, en plantear una rigurosa alternativa económica. Quizá también en la personalidad de su candidato, António Costa, con una imagen pública inseparable de la de Sócrates, de cuyo gobierno formó parte. El líder socialista admitió la derrota, pero se negó a dimitir como le reclamaron algunos de sus correligionarios. El partido está internamente dividido en cuanto a la política económica, aunque son mayoría los que abogan por una ética de la responsabilidad que pasa por asumir los postulados y parámetros establecidos por la Comisión Europea.

Costa dejó la puerta abierta a alguna forma de “gran coalición”, a la alemana, a condición de humanizar las consecuencias de la austeridad. En su declaración al país, el líder socialista señaló que la pérdida de la mayoría absoluta por la coalición gobernante creaba “un nuevo marco político” en el que los dos partidos del gobierno saliente tenían la obligación de crear “las condiciones de la gobernabilidad”. Y añadió que su grupo en el hemiciclo de Sâo Bento no se limitaría a formar parte de “una mayoría en contra”, aludiendo a la eventual colaboración parlamentaria con el PC y el Bloco. Los analistas recuerdan que el PS ya gobernó con el respaldo del CDS-PP. El presidente de la República, el conservador Aníbal Cavaco Silva, también es partidario de llegar a un entendimiento con los socialistas.

La coalición amplia de todas las izquierdas (PS, PC y Bloco) es casi un imposible metafísico, una aporía, que hinca sus raíces en la lucha contra la dictadura de António Salazar (1932-1970) y la revoluçao dos cravos. Tanto los socialistas como los comunistas hicieron saber durante la campaña electoral que no estaban dispuestos a renunciar a sus principios ni a su historia en aras de un inédito frente popular. El líder comunista, Jerónimo de Sousa, juzgó “inaceptable” que su partido “abdicase de la defensa de los intereses del pueblo portugués y de la soberanía nacional a cambio de alguna poltrona”. El PC sigue reclamando la salida del euro y la recuperación de la autonomía económico-financiera, una exigencia que el PS no asumirá jamás.

La fractura histórica e ideológica de la izquierda portuguesa llegó a su punto culminante, irreversible, inmediatamente después del golpe de Estado militar que acabó con la dictadura decrépita, el 25 de abril de 1974. Dirigido entonces por el muy prosoviético y estalinista Álvaro Cunhal, el PC confundió a Lisboa con Petrogrado y planteó una estrategia en consecuencia para que los militares próximos al partido, a cuyo frente se encontraba el primer ministro, el coronel Vasco Gonçalves, se hicieran con el poder. El proyecto revolucionario fracasó definitivamente en noviembre de 1975 por diversos factores, tanto internos como externos: alarma de Henry Kissinger, arribada de los navíos de la OTAN a la rada lisboeta, disensiones entre los “capitanes de la revolución”, los blindados del coronel Ramalho Eanes, pero, sobre todo, por la actitud valerosa del Partido Socialista, a la sazón dirigido por Mário Soares, convertido en valladar de la libertad.

Los escritores portugueses propenden a las especulaciones sobre la saudade, el alma portuguesa o el destino y los caminos del país. Está claro que Europa no fue el Eldorado que algunos esperaban, para superar el recurrente existencialismo nacional; mas no es menos cierto que son muy pocos los que se identifican como pasajeros de aquella gran barcaza desprendida del continente y perdida en los océanos que imaginó el novelista y periodista José Saramago, otro nostálgico de la revolución que “o PC esteve a ponto de fazer”, pero que acabó naufragando. Para el bien de sus habitantes, Portugal es “a praia mais ocidental de Europa”, como decía el ilustre António Sergio, y su destino parece inseparable del que aguarda al continente, España incluida siempre como punto de comparación, discrepancia o emulación, mitigados ya los odios infundados de la fractura ibérica y consumado el desmantelamiento de la frontera que siempre fue no más que “una raya”.

En un penetrante ensayo publicado en el diario Público, el periodista Manuel Carvalho se refirió a las relaciones con la Unión Europea y sentenció: “Todo lo que vaya a acontecer en el futuro estará condicionado por esa relación.” Es decir, que no hay alternativa para el destino europeo. También señaló las tareas inmediatas e ineludibles de cualquier gobierno, “las tres batallas”: impulsar la economía, mejorar las instituciones y recuperar algún equilibrio en su territorio desordenado. En el prefacio de la obra Trinta Anos de Portugal Europeu, editada por la fundación Francisco Manuel dos Santos, el ex ministro de Economía Augusto Mateus concluye que el desafío del futuro “surge como un tiempo de reestructuración y cambio y no como un tiempo de adaptación y modernización”. El país tiene que recuperar el tiempo perdido tras el primer impulso de su incorporación a Europa en 1986. Tarea probablemente excesiva para un gobierno en precario.

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