Posteado por: M | 19 octubre 2015

La revuelta palestina centrada en Jerusalén

En el conflicto entre Israel y los palestinos las pasiones están tan arraigadas y enconadas pero al mismo tiempo tan a flor de piel que resulta harto difícil reflexionar con la cabeza fría y ecuanimidad porque todas o casi todas las fuentes de información están contaminadas. El enésimo estallido de violencia, con su epicentro en Jerusalén, la ciudad tres veces santa y eternamente en disputa, es igualmente el campo de batalla de dos nacionalismos, dos religiones, dos historias, dos culturas y dos niveles de vida muy distantes, en una situación que tiene muchas similitudes con las de un colonialismo anacrónico. Ambas comunidades consideran que la tierra es irrenunciable, sagrada, pero no disponen de ningún proyecto viable para la vida en común, por más que la diplomacia global siga pensando en la sedicente solución de los dos Estados que acumula más de veinte años de fracasos.

La idea de los dos Estados surgió como corolario de los acuerdos de Oslo (1993) que instauraron la autonomía restringida de la Autoridad Palestina en los territorios ocupados militarmente por Israel (Cisjordania, Gaza y Jerusalén oriental) desde la Guerra de los Seis Días (junio de 1967). Aún sigue como objetivo vigente entre los gobiernos occidentales, empezando por el de Washington, y cuenta con algunos valedores dentro de las élites israelíes que pugnan por encontrar una salida del laberinto. La viabilidad de los dos Estados está estrechamente relacionada con un hipotético retorno de las fronteras de 1967, la famosa línea verde, con algunas correcciones, una premisa rechazada de facto por los sucesivos gobiernos israelíes y prácticamente dinamitada por el actual de Benyamin Netanyahu, el más nacionalista y conservador del último medio siglo.

La prensa internacional y occidental, sin cargar las tintas contra Israel, pretende colocarse en el fiel de la balanza, mantener una relativa neutralidad, la misma que se desprende del informe sobre el terreno de Amnistía Internacional, del 8 de octubre, cuando señaló que “los ataques [los apuñalamientos y otras formas de violencia] contra los civiles son injustificables”, lo que es una obviedad, pero, al mismo tiempo, instó a las autoridades israelíes a terminar con el uso excesivo de la fuerza y de los homicidios ilegales de palestinos por parte de las fuerzas israelíes, las también llamadas “ejecuciones extrajudiciales”. La misma desproporción de siempre entre un ejército regular o una policía contundente y unas pandillas de jóvenes con piedras o puñales, como se refleja en la estadística luctuosa: 45 palestinos y 8 israelíes muertos desde el 1 hasta el 18 de octubre. Los heridos sumaban más de 1.400.

Ya sabemos que es muy difícil guardar la proporcionalidad en los choques en zonas urbanas, enfrente de la nebulosa de la guerrilla en sus diferentes formas; pero probablemente las fuerzas israelíes no perderían su proverbial eficacia si actuaran con mayor contención y medios no letales, tratando de neutralizar a los atacantes en vez de rematarlos con fuego real. Si tenemos en cuenta el carácter acéfalo de la revuelta, que ha descolocado a la Autoridad Palestina e incluso a Hamás, así como la aparente espontaneidad de los jóvenes que no retroceden ante el martirio, aumentan las razones para exigir a los soldados y los policías de Israel que contengan su furia comprensible contra los desesperados que blanden el puñal y se inmolan en las barricadas y los controles.

Nunca resulta efectivo el atizar el odio con nuevos mártires, ni recurrir a los castigos colectivos que tienen su rutinaria expresión en la demolición de las viviendas de los familiares del atacante detenido o muerto. No obstante, el gobierno israelí sigue pensando que la mejor estrategia para detener o mitigar la violencia radica en nuevas medidas punitivas: retrasar la entrega a las familias de los cadáveres de los asaltantes, por considerarlos terroristas; despojar a aquéllas de la nacionalidad israelí y proseguir con las expulsiones y demoliciones de casas, en violación notoria de la IV Convención de Ginebra de 1949, sobre la protección de los civiles en tiempos de guerra, e incluso de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. El gobierno israelí arguye que la demolición de las viviendas se realiza conforme a una ley de emergencia británica de 1945 que obviamente perdió su vigencia con el fin del mandato sobre Palestina (1948). La realidad es que el sistema judicial israelí está sometido a los imperativos militares de la ocupación.

Los barrios degradados y el muro de separación

La realidad es depresiva, desesperada, el odio crece, la cólera se expande, pero se trata de un fenómeno muy antiguo, especialmente en los barrios de Jerusalén oriental donde se hacinan unos 350.000 árabes, muchos de los cuales no son ciudadanos de Israel –rechazaron la nacionalidad–, pero jurídicamente están bajo la administración del ayuntamiento judío. Esos barrios están separados de Cisjordania por un muro de cemento fuertemente militarizado. Los jóvenes enfurecidos que manejan los cuchillos o la honda proceden de esos barrios degradados, son estudiantes sin perspectivas de empleo, parados de larga duración, muchos de ellos procedentes de los campos de refugiados. Unos jóvenes que carecen de país y de voto, literalmente encerrados en un limbo jurídico, que no son israelíes, pero tampoco palestinos desde el punto de vista legal, frustrados y desconcertados por el muro de cemento que les separa de Cisjordania.

El 75 % de la población árabe de Jerusalén vive bajo el nivel de pobreza israelí. El hacinamiento en los barrios árabes es una secuela de la prohibición de nuevas construcciones e incluso de las restricciones para ampliar la vivienda propia, mientras que se expanden los barrios y las colonias judías, “una empresa que constituye un desastre nacional”, según la escritora y periodista hebrea Amira Hass, conocedora directa de cuanto ocurre en los territorios ocupados. Estos palestinos hablan hebreo, constituyen una mano de obra barata para las empresas israelíes, son los que se enfrentan a la policía en la Explanada de las Mezquitas u otros lugares emblemáticos de la ciudad y los que conocen y sufren más directamente el régimen semicolonial, emparedados entre el muro que les separa de Cisjordania y la policía israelí que les espera a las puertas de la ciudad vieja y controla su entrada en la mezquita Al Aqsa. El periodista israelí Ben Caspit escribe en Al Monitor: “Jerusalén oriental se ha convertido en una tierra de nadie y un terreno fértil para la desesperanza, el aislamiento y el extremismo religioso.”

Esta somera descripción de las circunstancias y la situación social en que malviven muchos jóvenes jerosolimitanos, aunque aquéllas no justifican sus ataques contra los israelíes o su caída en la trampa del islamismo terrorista, quizá ayudará a comprender hasta qué punto muchos palestinos viven en condiciones deplorables y carecen por completo de un futuro que no sea el de la miseria y la discriminación, el odio y el deseo de venganza. La ciudad fue reunificada en 1980, por una ley votada en el Parlamento (Kneset), que la declaró “capital eterna e indivisible” de Israel; pero la inmensa mayoría de los palestinos rechazaron acogerse a la nacionalidad israelí que ya ostenta la minoría árabe dentro del Estado de Israel, casi 2 millones de personas, muy concentradas en Galilea, el 25 % aproximadamente de los casi 8 millones de israelíes. Ahora aumentan las nacionalizaciones por dos motivos principales: acogerse a la seguridad social y prevenir su eventual expulsión de la ciudad.

La anexión de Jerusalén oriental y la creación de un municipio único fueron recusadas por una resolución (478) del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y por la inmensa mayoría de los países, incluidas las potencias occidentales, en aplicación de la doctrina que proscribe adquirir y administrar territorios conquistados por la fuerza. Ésta es una de las razones por las que la mayoría de los países mantiene sus embajadas en Tel Aviv. No obstante, más de 200.000 judíos viven más allá de la frontera original israelí, en la parte de la ciudad que estuvo bajo administración jordana hasta 1967, en barrios que la comunidad internacional considera colonias o asentamientos ilegales. El Jerusalén unificado se aproxima a los 900.000 habitantes, la ciudad más simbólica y poblada de Israel.

La Autoridad Nacional Palestina, presidida por Mahmud Abas, hace tiempo que perdió por completo la iniciativa y el nervio político, aunque se mantiene teóricamente como embrión del Estado palestino por el respaldo de la comunidad internacional cuyo objetivo no es otro que no ahondar el vacío de poder que prevalece en Ramala, capital oficiosa. Hace seis años que Abas tenía que haber sometido su gestión al veredicto de las urnas, pero las elecciones están aplazadas indefinidamente. La franja de Gaza sigue en manos de Hamás, grupo islamista considerado como terrorista por EE UU y la Unión Europea. Todos los intentos por crear un gobierno palestino unitario fracasaron estrepitosamente. Mientras Abas realizaba infructuosos y patéticos llamamientos a la calma, el líder de Hamás, Ismail Haniya, cogía el micrófono para anunciar “la nueva intifada” (levantamiento o insurrección), luego de haber tomado medidas urgentes para que los manifestantes no penetraran en Gaza. Los palestinos están tan divididos como siempre y, según algunos de ellos, lo están más que nunca.

La autonomía de Cisjordania (Judea y Samaria para los israelíes) es un espejismo, pues el territorio está vigilado estrechamente por las Fuerzas Armadas (Tsahal) de Israel desde las numerosas bases militares estratégicas a lo largo del valle del Jordán, los controles en todas las carreteras y los asentamientos (colonias judías) en constante expansión, en los que viven unas 600.000 colonos radicalizados y armados hasta los dientes. Algunas de las colonias son polvorines o meros enclaves de observación militar. Otra demostración incontestable del régimen colonial imperante. La última guerra en Gaza entre el Ejército israelí y las guerrillas de Hamás se produjo en agosto de 2014.

En las actuales circunstancias, cuando la situación económica se degrada en los territorios palestinos, cualquier error de cálculo, provocación o exceso de celo pueden prender fuego al polvorín. En este caso, el detonador fue la impresión generalizada entre los palestinos de que Israel se propone alterar la integridad y el estatuto por acuerdo tácito en la Explanada de las Mezquitas donde se alza la imponente mezquita Al-Aqsa, el tercer lugar santo del islam. El lugar sagrado sigue bajo la administración de un organismo religioso jordano (Waqf). Los movimientos judíos mesiánicos, aunque sean minoritarios, presionan al gobierno de Netanyahu para que les permita orar en la explanada que designan como el Monte del Templo (Haram al-Sharif para los musulmanes), por entender sin datos fehacientes que en ese lugar se alzó el destruido por los romanos el año 70 después de Cristo.

No obstante, como asegura el ya citado periodista Ben Caspit, “los palestinos están persuadidos de que Israel se propone la usurpación de Al-Aqsa”, según puede colegirse de las proclamas de los extremistas religiosos judíos. Por lo tanto, resulta urgente que el gobierno de Netanyahu haga saber sin equívoco que se propone mantener el actual estatuto de la Explanada de las Mezquitas, incluyendo la prohibición temporal de entrada en el lugar santo de los judíos ultraortodoxos, los hombres de negro que se han convertido en un permanente foco de tensión. Sería un gran paso para contener la espiral de la violencia que los jóvenes palestinos han bautizado como “la intifada de al-Quds” (nombre árabe de Jerusalén).

La propuesta francesa de un despliegue de observadores internacionales en la Explanada de las Mezquitas, que debía ser sometida a la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU, fue rechazada airada y tajantemente por el gobierno de Netanyahu, hasta el punto de que el embajador francés en Tel Aviv fue convocado por el ministerio de Asuntos Exteriores israelí para que ofreciera una explicación, el 19 de octubre. La iniciativa de París fue descrita oficiosamente como “una recompensa para el terrorismo palestino”, una prueba más del ambiente crispado y sofocante que rodea a Netanyahu y sus ministros.

Prolongar indefinidamente el statu quo

El primer ministro israelí ha mantenido pésimas relaciones con la administración de Obama desde 2009, una situación prácticamente sin precedentes que no impidió su reelección, en marzo de este año. Una tensión agravada por el acuerdo nuclear de Estados Unidos con Irán y el antisemitismo que en mala hora resucita y se palpa por doquier. Los desencuentros con Washington implicaron el rechazo de todas las iniciativas pacificadoras y el entierro poco ceremonioso de la solución de los dos Estados. La única estrategia del actual gobierno israelí, una coalición de nacionalistas, conservadores y mesiánicos, consiste en prolongar indefinidamente el statu quo. Cuando se le recuerda que al llegar al poder preconizaba la solución de los dos Estados, Netanyahu alega que la situación ha cambiado mucho en el último decenio.

La oposición de centro-izquierda, cuyo eje fundamental sigue siendo el Partido Laborista, ha sido incapaz de proponer una alternativa ideológica al proyecto de la colonización. La nueva llamarada de violencia y represalias tampoco es previsible que genere nuevas ideas en una sociedad obsesivamente centrada en los problemas de la seguridad, siempre esenciales pero insuficientes para garantizar un futuro en paz. La sociedad israelí está muy militarizada, temerosa o alarmada, y las ventas de armas se disparan estos días después de que el mismo alcalde de Jerusalén, Nir Barkat, se fotografiara pistola en mano en la calle para animar y dar ejemplo a sus conciudadanos.

Lo que no quiere reconocer el primer ministro israelí es que la situación geoestratégica actual es la más favorable desde la fundación del Estado de Israel en 1948. El reputado analista norteamericano Fareed Zakaria, en un artículo publicado en The Washington Post, concluyó que el viraje geoestratégico en el Oriente Próximo, con la desaparición de “la amenaza árabe” –los ejércitos árabes miran hacia Teherán–, significa que Israel dispone de “una oportunidad de oro para hacer la paz con sus vecinos”. Sus principales enemigos –añade Zakaria–, “los extremistas chiíes y suníes, están muy ocupados matándose entre sí”.

Ya son muchas las ocasiones perdidas para la paz desde la guerra de 1967 que trajo consigo el problema de la ocupación militar y lógicamente de la tentación de anexionarse los territorios que los fundamentalistas incluyen en Eretz Israel (la tierra de Israel), el Gran Israel de connotaciones bíblicas, el proyecto mesiánico e ideológico de un expansionismo fundado en un supuesto “derecho histórico” o religioso, en una ocupación que se interrumpió durante 19 siglos y que, por ende, resulta de imposible defensa ante los que no son judíos religiosos.

Frente a un gobierno sin otra perspectiva que el mantenimiento del statu quo o la expansión colonial, sin la competencia de otras iniciativas políticas, con una oposición paralizada por las exigencias de la seguridad, la comunidad académica e intelectual israelí no se resigna y trata de encontrar una salida para ese enigma histórico y religioso que sigue gravitando sobre el movimiento nacional judío, el sionismo, cuyo éxito es incuestionable –el rescate de los judíos europeos que sobrevivieron a los pogromos y al holocausto para el establecimiento del Estado de Israel–, pero cuyo futuro está comprometido por la violencia endémica, la amenaza demográfica y la hostilidad de los vecinos.

El historiador Zeev Sternhell, miembro de la Academia israelí, en un ensayo reciente que leo en Le Monde, condena sin paliativos la colonización de los territorios conquistados en 1967, considera que las colonias “no son necesarias ni útiles para el futuro del pueblo judío”, recomienda el repliegue a la línea verde como “frontera definitiva” y preconiza que “la solución de los dos Estados es la única razonable”. Su conclusión es la siguiente: “La única cuestión sensata que se puede plantear hoy es la de saber si la sociedad israelí tiene aún la capacidad de reinventarse, de superar el dominio de la religión y de la historia para aceptar la división del país en dos Estados libres e independientes.” Por el momento, la situación sugiere que el eminente historiador está muy alejado de la opinión pública de sus conciudadanos y, por supuesto, de los objetivos inmediatos del gobierno.

Un sector de la izquierda intelectual, representada por un polémico columnista del diario Haaretz, Gideon Levy, se muestra muy pesimista y considera, por el contrario, que la solución de los dos Estados es inviable: “Los 600.000 colonos no serán evacuados, y sin evacuación, no habrá dos Estados. Y si no hay dos Estados, la única solución que persiste es la de un Estado único”, según escribe en un comentario titulado: “La solución de un único Estado ya está aquí.” Un Estado en el que judíos y árabes deberían tener los mismos derechos, lo que ahora no ocurre. En su opinión, el único Estado realmente existente aplica tres regímenes: democracia para los judíos, discriminación para los árabe-israelíes, y apartheid para los palestinos.”

Sobre este debate entre el historiador y el periodista, que sin duda resulta estimulante, gravita la misma incertidumbre que sobre la incapacidad del gobierno para acabar con la violencia endémica por procedimientos que no sean punitivos o militares. ¿Cómo cambiar una situación tan radicalmente conflictiva?  Llevamos más de 60 años esperando que la sangre deje de correr en Tierra Santa, desde el armisticio de Rodas (1949), por poner una fecha, mas la esperanza ya se ha convertido en escepticismo.

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Responses

  1. El conflicto en esa parte del mundo es de una complejidad abrumadora, ciertamente.
    No sé què pueda hacerse para cortar el auge del odio y hacer posible la coexistencia entre ambas colectividades pero me parece claro que ha habido unos cuantos errores de bulto por parte de las NNUU y el Consejo de Seguridad.
    Entiendo que es un grave error por parte de NNUU mantener desligados del coste económico del UNWRA y de los cascos azules desplegados en el área a los gobiernos de los países cuyos ejércitos se lanzaron sobre el recién proclamado Estado de Israel en aquel 1948. Aquellos países árabes y sus aliados no tienen ningún empacho en dejar circular el infundio sobre el “genocidio palestino”, inexistente como corrobora la evolución demográfica de ese colectivo, pero esos mismos Estados dejan que sean otros quienes aporten la mayoría de los recursos económicos invertidos tanto en el UNWRA como en los cascos azules.
    Por otra parte, me es difícil asumir, desde la comodidad de una sala de estar en una zona sin conflicto violento cercano (salvo el generado por el terrorismo y la delincuencia) que pueda ser otra la conducta del ejército y de la policía israelíes en respuesta a la violencia o a las amenazas palestinas.

    Un extenso y documentado artículo el suyo. Un buen y sólido trabajo.
    Muchas gracias por permitirme compartirlo.


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