Posteado por: M | 28 octubre 2015

Polonia, a la derecha de la derecha

Aunque anticipada por todas las encuestas, la aplastante victoria del Partido Ley y Justicia (PiS), católico y conservador, que obtuvo por primera vez desde la caída del comunismo una mayoría absoluta en las elecciones parlamentarias de Polonia, el 25 de octubre, suscita innumerables comentarios y lamentos en Bruselas y otras capitales sobre el avance del populismo derechista en toda la Europa medio-oriental o la formación de un eventual bloque de países euroescépticos cuyas posiciones podrían convertirse en un quebradero de cabeza para la Comisión Europea del muy acomodaticio Jean-Claude Juncker, como ya ocurre con el vidrioso asunto de los refugiados e inmigrantes que proceden del Oriente Próximo.

Según los resultados oficiales del escrutinio, el PiS obtuvo el 37,6 % de los sufragios, mientras que la Plataforma Cívica (PO), también de derechas, pero liberal y europeísta, logró el 24,1 %. Los primeros tendrán la mayoría absoluta en el Sejm, la cámara baja del parlamento, con 235 de los 460 escaños, por 138 para la PO. Otras tres formaciones estarán presentes en el hemiciclo: un partido populista dirigido por una estrella del rock (8,8 %), el denominado Polonia Moderna (liberal), con el 7,6 % de los votos, y el muy tradicional partido agrario (5,1 %). En su discurso para festejar la victoria, Jaroslaw Kaczynski, líder del partido vencedor, declaró: “Aplicaremos la ley pero no practicaremos la revancha, ni el ajuste de cuentas.” ¿Qué revancha cabe contra los que son parientes próximos? La nueva primera ministra, Beata Szydlo, formará el primer gobierno monocolor desde que Polonia recuperó la libertad en 1989. La izquierda queda fuera del Sejm.

Los dos años de poder compartido de los hermanos gemelos Kaczynski (2005-2007) no dejaron buen recuerdo en Bruselas, que ahora teme una nueva y más acusada ruptura del consenso en una época especialmente conflictiva. El que fue presidente de la República, Lech Kaczynski, murió en un accidente de avión el 10 de abril de 2010 cuando se dirigía a Smolensko (Rusia) para honrar la memoria de los 22.000 oficiales del ejército polaco que fueron asesinados por orden de Stalin en 1940 y enterrados en las fosas comunes de Katyn. Su hermano gemelo, Jaroslaw, ideólogo y presidente del PiS, ex primer ministro, retorna al poder que perdió en 2007 con nuevos bríos, aunque lo hará oficialmente por persona interpuesta, ya que la próxima primera ministra será Beata Szydlo, un rostro menos sombrío y más dialogante.

Kaczynski dejó bien sentado durante la campaña electoral que su modelo funciona en Budapest, donde el primer ministro conservador, Víktor Orban, retó a Bruselas y puso en jaque a los países limítrofes con su dura política en todo lo concerniente a los refugiados o inmigrantes y su decisión de levantar una alambrada en la frontera con Serbia para desviar la oleada migratoria, creando graves problemas en Croacia, Eslovenia y Austria. Kaczynski llegó a declarar que los inmigrantes traían “varios tipos de parásitos” que “podrían ser peligrosos aquí” –una intolerante metáfora que por lo visto sonó bien en los oídos de muchos electores–, y amenazó con impedir la entrada de los 7.000 refugiados que el gobierno se comprometió a recibir en el marco de los acuerdos en la Unión Europea.

No obstante, las discrepancias entre Varsovia y Budapest podrían manifestarse ante las iniciativas trepidantes del presidente ruso, Vladimir Putin. Mientras la retórica antirrusa es de rigor entre los polacos, los húngaros mantienen una relativa comprensión hacia el Kremlin. La cohesión del Grupo de Visegrado (Polonia, República Checa, Hungría y Eslovaquia) se resquebraja por el recuerdo del imperialismo soviético, común en todos los países, pero en ninguno tan presente como en Polonia. La singular herida histórica que atormenta a los polacos –el reparto, la ocupación, el agravio y el oprobio– sigue entreabierta e identificada con la proximidad geográfica y las agresiones de Rusia y Alemania, de cuando los cosacos arrojaban por el balcón el piano de Chopin, los tanques de la Wehrmacht devastaban el país y Stalin asesinaba en masa a los prisioneros.

Los valores de Europa, cuestión disputada

La ideología y los valores del partido triunfador (PiS) circulan con dificultad por la Europa occidental, incluida Alemania. Se trata de un partido nacionalista, estrechamente relacionado con la Iglesia católica, conservador pero intervencionista, que aboga por una “repolonización” de la economía, la centralización del poder y el reforzamiento del ejecutivo, tanto del jefe del Estado como del primer ministro. Un partido que rechaza el aborto y preconiza una mayor presencia de la religión en las escuelas, incluso como asignatura obligatoria en el bachillerato. El presidente Andrzej Duda, elegido en mayo de este año, también pertenece al PiS y está en perfecta sintonía con Kaczynski.

La campaña electoral del PiS, con fuertes acentos populistas, se hizo con una personalidad más moderada en los carteles y los debates, Beata Szydlo, de 52 años, hija de un minero, que asumirá ahora la jefatura del gobierno, bajo la tutela del más combativo Kaczynski, desde el timón del partido. El programa propuesto es socialmente muy costoso ya que podría alcanzar los 14.000 millones de euros, incluyendo la rebaja en la edad de jubilación, los medicamentos gratuitos para los mayores de 75 años y un subsidio familiar por cada hijo. Ese gasto será sufragado con nuevos impuestos para los supermercados y los bancos, en manos del capital extranjero, lo que explica en parte las descalificaciones de Kaczynski en algunos medios europeos y norteamericanos. El populismo podría poner en peligro el milagro económico de los últimos ocho años.

Los resultados electorales fueron muy significativos por otros motivos. Por primera vez desde la caída del comunismo en 1989, ningún partido izquierdista tomará asiento en la cámara baja del parlamento. Los restos de la izquierda moderada (socialdemócrata) o por moderar (comunista) fueron barridos en las urnas y deberán entrar en un período difícil de reflexión y recomposición, a la espera de que el nuevo gobierno tropiece con los problemas presupuestarios y fiscales que se auguran si intenta llevar a cabo su programa de gasto. La tendencia conservadora del electorado polaco, aunque sólo acudió a las urnas el 51 % de los electores, confirma que la enorme cicatriz del telón de acero sigue visible en gran parte del que fue su recorrido.

En los países del Grupo de Visegrado, la izquierda socialdemócrata encuentra muchos obstáculos para gobernar y su pésima situación ideológica y por ende electoral se explica en gran medida por la alergia del electorado hacia cualquier forma de socialismo. El fracaso y los amargos recuerdos del socialismo blindado, es decir, impuesto por los tanques soviéticos, dejó una profunda huella en la opinión pública de esos países, de manera que los electores siguen viendo detrás de cualquier forma de socialismo el fantasma de la penuria y la pobreza, de las colas, de la opresión política y de las fronteras herméticamente cerradas. El paisaje político permanece alterado por el desprestigio genérico y absoluto de cualquier partido contaminado por la ideología opresora, aunque sea en su versión más ligera.

En toda Europa, incluida Suiza, el populismo de derechas avanza con ímpetu y pone en tela de juicio el consenso axiológico de Bruselas y sus ideales federalistas. Ese populismo está bien instalado en Austria, Francia, Finlandia, Dinamarca, Suecia, Gran Bretaña, Hungría, Eslovaquia, y ahora llega al poder en Polonia. También progresa en Alemania, propulsado por el problema de los refugiados. Más al sur, en los llamados Pigs –Portugal, Italia, Grecia y España–, la frontera del Mediterráneo, el populismo cierra el puño y se proclama socialista, no se sabe muy bien si como una consecuencia más del atraso político o de la pesada herencia de las guerras civiles y de las dictaduras derechistas que gobernaron en esos países.

Las relaciones de Varsovia con Bruselas se prevén turbulentas, como intuía el pasado domingo el editorialista del semanario británico The Observer: “Con un gobierno del PiS en Polonia, la miríada de problemas europeos será más difícil de resolver (…) La democracias europea está en peligro.” Un alarmismo en consonancia con el del semanario The Economist, cuyo título rezaba: “Voting for a better yesterday”, que descalificaba el voto en favor del PiS como una apuesta por el pasado, aunque le parecían exageradas las sombrías predicciones de los liberales del gobierno saliente. El diario español El País, socialdemócrata y supuestamente progresista, denunció que el PiS “cuestiona objetivos y valores esenciales del proyecto europeo”, pero sin discernir cuáles son esos valores, sin duda más variados y hasta divergentes de lo que el rotativo desearía. “Polonia, nuevo desafío europeo”, titulaba su editorial el diario francés Le Monde, más circunspecto que su colega madrileño.

Algunos británicos, desde luego, son especialistas en ver la paja en el ojo ajeno. Por el momento, sin entrar en el terreno resbaladizo de los valores, la mayor amenaza para la cohesión de Europa procede de Gran Bretaña, como viene ocurriendo desde 1973, según se desprende del referéndum sobre la permanencia en la UE anunciado por el primer ministro, David Cameron, para el último trimestre de 2017, en el que los electores serán convocados por segunda vez para decir si quieren seguir siendo europeos. Las condiciones de Londres para mantener el sillón en las instituciones de Bruselas no han sido precisadas, pero podrían sembrar la discordia entre los 28 países miembros y forzar el establecimiento de la geometría variable y las varias velocidades de integración, lo que implicaría el retraso y hasta la liquidación del proyecto federal.

En el Parlamento Europeo, el PiS comparte grupo parlamentario con el Partido Conservador británico. Ambos se oponen al proyecto de la Europa federal, defienden la soberanía nacional y atacan sin contemplaciones a la burocracia invasiva de Bruselas. El gobierno polaco podría ser un apoyo importante para el británico, cuando éste plantee la revisión de su estatuto dentro de la UE, previa al referéndum. No debemos olvidar que casi un millón de polacos viven en el Reino Unido.

El New York Times fue más preciso al analizar las propuestas del PiS: “Valores católicos conservadores y una más amplia red de protección social, más gasto en favor de los pobres, una rebaja en la edad de jubilación y mayores impuestos para los bancos”, un programa más bien socialdemócrata, que tendrá en cuenta a las regiones y las personas desfavorecidas, con el telón de fondo de los valores del catolicismo, tan identificado con el pueblo polaco en todos sus avatares. Pero el rotativo neoyorkino concluía con una evidente parcialidad: “Poco hay que celebrar en la elección de un gobierno que es más nacionalista y antieuropeo que su predecesor.” Ninguna cortesía cuando se supone que el vencedor es un adversario.

Me atrevo a decir que Europa, al menos la Europa liberal, posmoderna y supuestamente poscatólica, de inspiración socialdemócrata y adicta de la corrección política, que se declara progresista pero que con frecuencia defiende causas muy vetustas, se siente derrotada por la derrota en Polonia de los liberales y centristas de la PO, a la que pertenecen la primera ministra saliente, Ewa Kopacz, y su predecesor en el cargo y presidente de la UE, Donald Tusk. “El perdedor es la democracia liberal –señaló sin matices el semanario polaco de centro-izquierda Newsweek Polska–. En verdad, Polonia ha cambiado para peor.” El centrista Dziennik Gazeta Prawna inventarió los problemas que afrontará el nuevo gobierno: “Demografía, inmigración, mantenimiento de la credibilidad financiera en el exterior, innovación económica para aumentar la productividad y eficiencia, a fin de compensar la declinante tasa de natalidad.”

La PO llegó al poder en 2007, de manera que ha dirigido el gobierno durante la peor crisis económica sufrida por Europa, pero supo salir adelante con un crecimiento sostenido y unas reformas dictadas por Bruselas, sin duda tan eficaces como impopulares. Pese a los ocho años de prosperidad, un éxito indiscutible, los centristas perdieron las elecciones con estrépito, debido a varias razones entre las que se citan la falta de un auténtico liderazgo en el partido, la adopción de algunas medidas controvertidas, como el aumento de la edad de jubilación, y, sobre todo, el aparente desinterés tecnocrático por lo que ocurría en la Polonia profunda y campesina que se sintió marginada por los dictados de Bruselas.

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