Posteado por: M | 3 noviembre 2015

Dudas y malos augurios tras la victoria islamista en Turquía

La rotunda e inesperada victoria de Recep Tayyip Erdogan y su partido islamista en el poder, en las elecciones legislativas de Turquía, el 1 de noviembre, confirma que la estrategia de la tensión, del “caos controlado”, de la guerra no declarada contra los kurdos, de los terribles atentados sin esclarecer y de la exacerbación patriótica beneficiaron al gobierno y sus huestes, de manera que pudieron recuperar la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional que habían perdido en las elecciones del 7 de junio próximo pasado. La consolidación del poder de Erdogan, cuyas tendencias autoritarias comienzan a inquietar a los aliados de la OTAN, repercutirá sin duda en la guerra de Siria, no se sabe si frenará la crisis de los refugiados, pero puede asegurarse que enconará el problema de la minoría kurda.

Considerando que ni siquiera los augures del gobierno fueron capaces de pronosticar una victoria tan amplia (9 % de sufragios más que en junio), cabe preguntarse si la competición electoral fue realmente libre y limpia. “Una de las más importantes diferencias entre las elecciones de junio y las de noviembre es que éstas se celebraron en medio de una ola de violencia y ataques terroristas que Turquía no había conocido desde hace mucho tiempo”, escribió Serkan Demirtas en su análisis electoral en el diario Hurriyet/Daily News de Estambul. Pese a que el mandato constitucional le obliga a permanecer neutral, el presidente Erdogan hizo una campaña trepidante en favor del partido gubernamental.

La victoria islamista está plagada de sombras, alentará previsiblemente las teorías conspirativas (servicios secretos, injerencia externa e insurgencia criminal) y agravará las tensiones en un país política y étnicamente fragmentado. La atmósfera de violencia, el secuestro gubernamental de periódicos y canales de televisión, así como los ataques persistentes contra numerosos periodistas y medios opositores, arrojan muchas dudas sobre la igualdad de oportunidades de los concurrentes, subrayan la parcialidad de las instituciones y en general cuestionan la pulcritud del proceso electoral. Turquía es probablemente el país del mundo donde más periodistas se encuentran encarcelados. Selahattin Demirtas, el líder del Partido Democrático de los Pueblos (HDP), prokurdo e izquierdista, fue calificado de “terrorista” por el presidente Erdogan.

Los dos atentados terroristas de Suruç el 20 de julio y de Ankara el 10 de octubre, supuestamente cometidos por terroristas suicidas del denominado Estado Islámico (EI), con más de un centenar de muertos, coincidieron con una nueva ofensiva militar contra la guerrilla del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), la cual, a su vez, causó centenares de víctimas entre los militares y las fuerzas de seguridad. El cese de hostilidades acordado en 2013 saltó por los aires y el país entero expresó sus temores en las urnas. El país, bajo el impacto diario de una guerra en dos frentes: contra los separatistas kurdos y contra el proclamado Estado Islámico, atraviesa por un periodo de fuertes turbulencias que algunos analistas comparan con las que precedieron a los golpes militares de 1960, 1971 y 1980. En ese clima deletéreo, quedaron brutalmente rotas la calma y la seguridad que deberían presidir un proceso electoral para que la libertad de los electores no sufriera menoscabo.

El atentado de Ankara, cerca de la estación de ferrocarril, cometido por dos terroristas suicidas que hicieron estallar sendas bombas, ensangrentó una manifestación de los grupos kurdos e izquierdistas (sindicatos de la función pública y de los médicos, entre otros). Inmediatamente fue atribuido por el gobierno a dos terroristas suicidas denominado Estado Islámico, pero persisten las dudas y las sospechas sobre la autoría y los objetivos. El atentado causó 95 muertos y 246 heridos. La prensa gubernamental, la única autorizada a analizar lo sucedido, interpretó falazmente el atentado como un intento de favorecer las expectativas electorales del Partido Democrático de los Pueblos (HDP), prokurdo e izquierdista.

El presidente Erdogan y el primer ministro, Ahmed Davutoglu, lanzaron tremendas acusaciones contra el HDP, presentándolo como aliado de los terroristas kurdos. La inestabilidad de los últimos meses y los malos recuerdos de los años 90 del pasado siglo, cuando se sucedieron varias infructuosas coaliciones gubernamentales, parece ser que han pesado mucho en el ánimo de los electores. El deseo de estabilidad, el rechazo de la violencia y la preocupación económica se impusieron a las demás consideraciones. El sufragio del miedo siempre se decanta por los que tienen el poder y prometen “ley y orden”.

La guerra contra los kurdos del PKK

Las perspectivas inmediatas, sin embargo, son poco halagüeñas. Apenas unas pocas horas después de que se conocieran los resultados, el lunes 2 de noviembre, el Ejército reanudó sus bombardeos contra las bases del PKK, incluidas las que tiene en Iraq. Desde que las hostilidades se reanudaron en agosto, unos 150 militares y varios centenares de guerrilleros kurdos han muerto en los enfrentamientos cada día más frecuentes y sangrientos. Una gran parte de la provincia de Diyarbakir, de mayoría kurda, está sometida a un toque de queda permanente. En la misma noche electoral, en Ankara, la policía disolvió sin contemplaciones una manifestación kurda de protesta por la represión continuada.

La polarización y radicalización de la campaña electoral, con la lira turca en mínimos históricos en el mercado de divisas, sembraron la inquietud en los círculos financieros e incluso en el bazar. Desde que perdió la mayoría en las elecciones en junio, el gobierno actuó como si estuviera persuadido de que la estrategia de la tensión, los malos datos económicos y la repetición del escrutinio restablecerían su hegemonía parlamentaria. Como efectivamente aconteció. El presidente Erdogan había maniobrado para que fracasaran las conversaciones entabladas con el principal partido de la oposición, para formar un gobierno antes de la fecha límite (23 de agosto), y apostó claramente por las elecciones anticipadas.

Paralelamente, aprovechando la conmoción de un atentado en la frontera siria, el gobierno reanudó la guerra contra los separatistas de la importante minoría kurda, el 20 % de la población, muy concentrada en la región suroriental, con capital en Diyarbakir. También intensificó sus operaciones en Siria, teóricamente dentro de la coalición dirigida por Washington, pero en la práctica con la intención de atacar principalmente las bases y vías de aprovisionamiento del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), una guerrilla nacionalista que EE UU y la Unión Europea incluyen en la lista de organizaciones terroristas.

En un país sacudido por una ola de violencia, las acusaciones de terrorismo y traición del gobierno contra algunos opositores hicieron perder fuelle tanto a la izquierda alternativa y pro kurda como a la derecha nacionalista, mientras que la izquierda laica y socialdemócrata del Partido Republicano del Pueblo (CHP), fundado por Ataturk, permanecía en el limbo, con prácticamente los mismos votos que en junio (25,4 %) y 134 diputados. El vencedor, el islamista y conservador Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), obtuvo el 49,3 % de los votos (9 puntos más que en junio) y 317 de los 550 escaños de la Asamblea Nacional, la mayoría absoluta pero sin llegar a los 330 escaños que son preceptivos para modificar la Constitución.

El Partido Democrático de los Pueblos (HDP), una coalición heteróclita de la minoría kurda y la izquierda radical, sufrió un duro revés, retrocedió casi tres puntos (del 13 % al 10,7 % de los sufragios) y logró 59 diputados (tenía 98) con un millón de votos menos. El gran derrotado fue el derechista Partido del Movimiento Nacionalista (MHP), que perdió casi dos millones de votos y descendió 4 puntos hasta el 12 % de los votos y 41 diputados 80 en junio), debido a que muchos de sus electores religiosos pasaron a engrosar las filas del partido gubernamental. El índice de participación subió ligeramente hasta alcanzar 85,2 % del censo electoral.

El partido de Erdogan, según indican todas las prospecciones de los analistas turcos, mantuvo intacta su clientela electoral, especialmente arraigada en el medio rural y conservador, de fuerte implantación religiosa, y atrajo además a los votantes kurdos más conservadores, alarmados por las consecuencias de la guerra, y a muchos de los electores nacionalistas del MHP. Los resultados indican claramente que el bloque de inercia estructural y electoral engloba casi al 70 % de la población. La islamización rampante emprendida por Erdogan desde su llegada al poder en 2002, con un inequívoco programa de integrismo religioso y conservadurismo social, empieza a dar sus frutos electorales. Por diversos medios directos e indirectos, el gobierno ejerce un control creciente sobre la prensa, la justicia y la policía.

No está claro si obtendrá los apoyos necesarios para reformar la Constitución e implantar un sistema presidencial a la altura de sus ambiciones. Lo más evidente es que las tendencias autoritarias de Erdogan dividen profundamente al país. El deseo de estabilidad y el rechazo de la violencia favorecieron al partido vencedor, pero la mitad de la población se opone con vehemencia a las pretensiones del jefe del Estado de establecer un sistema presidencialista con el empeño de remover los cimientos de la república laica, parlamentaria y occidentalizadora que Ataturk instauró en 1923. El proyecto del AKP pasar por cambiar las reglas de juego, acentuar el carácter religioso del Estado y competir por la hegemonía dentro del orbe musulmán.

La izquierda socialdemócrata y laica, acuciada por el avance islamista, en cualquier caso, conservó a sus fieles electores, pero ahora es evidente que no ha sabido organizar una alternativa al régimen de Erdogan. El CHP, que administra la herencia de Ataturk, también se resintió de una campaña electoral de perfil bajo, con numerosos mítines cancelados por el temor de nuevos atentados. Lo más probable es que su líder, Kemal Kiliçdaroglu, que expresó su frustración la noche del escrutinio, tenga que replantear su estrategia o hacer frente a una revuelta dentro de sus filas. Corren malos vientos para el laicismo, refugiado en algunos cuarteles y en sectores de élite de la administración (la judicatura), alarmados por las hechuras y los proyectos de Erdogan como aspirante al sultanato.

La libertad de expresión está siendo maltratada por el poder. Pocos días antes de las elecciones, fueron despedidos los directores de los diarios Bugun y Millet, al mismo tiempo que varios canales de televisión quedaron bajo la tutela del gobierno. Como escribió el comentarista turco Mustafá Akyol en Al-Monitor: “Los medios de información de Turquía, que se encuentran una situación vergonzosa, sufrieron esta semana un nuevo ataque, y se esperan otros, por lo que cada día resulta más difícil considerar que la Nueva Turquía de Erdogan sea en verdad una democracia, si es que este término significa algo más que las elecciones frecuentes.”

El voto del miedo, que fue superado en las elecciones de junio, volvió a llenar las urnas para garantizar la continuidad, pero sin perspectivas creíbles de que la estrategia de confrontación de Erdogan, su autoritarismo y sus pretensiones de modificar la Constitución alivien la enrevesada y violenta situación por la que atraviesa el país, inmerso en un conflicto civil. La guerra de Siria, la otra guerra con los kurdos, la amenaza terrorista, las tensas relaciones con Estados Unidos y Rusia, el peso de más de dos millones de refugiados y el deterioro de la situación económica alimentan los augurios más pesimistas.

Si la revolución de Mustafá Kemal en 1923 se inspiró en la creencia de que la modernización del país pasaba por la imitación de Occidente, la empresa de Erdogan se orienta en un sentido inverso. Así lo expresaba su consejero e ideólogo Yigit Bukut, en un texto optimista de 2014 titulado Doctrina para la Gran Turquía en 2023 y el nuevo mundo, en el que podía leerse: “En el contexto de los grandes cambios mundiales, el país tiene una ocasión histórica delante de sí. La emergencia de una Gran Turquía será posible en 2023”, es decir, cuando se cumpla el centenario de la gesta de Ataturk, pero no bajo el signo de la occidentalización, sino del renacimiento del islam. Quizá bajo un nuevo sultán o “emperador de los turcos”, según la primera acepción del término en el diccionario de la Real Academia Española.  

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