Posteado por: M | 9 noviembre 2015

El poder de China no convence a Taiwán

Los presidentes de China, Xi Jinping, y de Taiwán, Ma Ying-jeou, trataron de aventar los rescoldos de la guerra civil y acabar con más de 60 años de desconfianza, rencor y hostilidad al reunirse por primera vez en Singapur, el 7 de noviembre, protagonizando un acontecimiento que ambos abordaron con cortesía, cautela y optimismo, pero que resultará más simbólico que resolutivo. El encuentro de los “hermanos separados” no será suficiente para modificar el statu quo y sus implicaciones geoestratégicas, ni para tender un puente sobre los 150 kilómetros del estrecho de Formosa, hasta ahora un genuino abismo político, que separan a la isla de Taiwán, bajo un régimen democrático, de la China continental sometida a la dictadura del Partido Comunista (PCCh) desde que en 1949 se instauró la República Popular con Mao Zedong al timón.

Los dos presidentes se reunieron en un territorio neutral, el hotel Shangri-La de Singapur, se estrecharon las manos durante un minuto, se dieron recíprocamente el tratamiento de xiansheng, señor en chino, para evitar la palabra “presidente”, y se presentaron como “el líder de la parte continental” y “el líder de la parte de Taiwán”, precauciones protocolarias y semánticas que demuestran hasta qué punto el contencioso sigue inalterable. “Somos hermanos”, proclamó el presidente chino antes de que comenzaran las conversaciones de una hora a puerta cerrada, seguidas por una cena que pagaron a escote ambas delegaciones. Los hermanos chinos no sólo viven separados, sino que sus formas de vida son muy distintas.

Beijing considera que Taiwán es “una provincia rebelde” cuya reintegración en la madre patria es inexorable, incluso por la fuerza si fuera necesario. El gobierno de Taiwán, por el contrario, desea preservar su independencia de facto, teóricamente protegida por EE UU, aunque las fuerzas políticas de la isla están muy divididas sobre esa cuestión esencial. Mientras el Kuomintang (KMT) o Partido Nacionalista, al que pertenece el presidente Ma, es teóricamente partidario de la reunificación, condicionándola a la instauración de la democracia en la China continental, el Partido Democrático Progresista (PDP) en la oposición oscila entre la ambigüedad y el desafío de la independencia definitiva. Las encuestas sugieren que la mayoría de los taiwaneses es favorable al mantenimiento de la situación actual que garantiza la libertad sin menoscabo de la coexistencia y el progreso.

Los dos presidentes no firmaron ningún acuerdo, ni siquiera publicaron un comunicado conjunto, quizá con el enigmático prurito de subrayar que fue una reunión de familia, un asunto interno chino. Lo más importante para ambas partes era emitir una señal de aproximación y hasta de cordialidad, “de consolidar la paz en el estrecho y mantener el statu quo”, según las declaraciones del presidente taiwanés a los periodistas. Los motivos de controversia fueron eludidos, de manera que los portavoces subrayaron “el hito histórico”, “el nuevo capítulo” en las relaciones de los gobiernos de ambos lados del estrecho de Formosa. No obstante, vista desde Taiwán, la historia ofrece amargos capítulos de derrota en la guerra civil, de persecución de los nacionalistas, de agravios y amenazas. Por lo tanto, reputo prematuro cualquier pronóstico.

Tras la victoria de los comunistas en la guerra civil, en 1949, el generalísimo nacionalista derrotado, Chiang Kai-shek, y los restos de sus tropas se refugiaron en Taiwán, donde instauraron la República de China, bajo un régimen presidencialista de partido único, el Kuomintang (KMT), que durante el período más peligroso de la guerra fría, inaugurado en Asia con la guerra de Corea (1950-1953), mantuvo la representación de China en la ONU merced al apoyo de EE UU y otras potencias occidentales. En China continental, el régimen comunista se consolidó bajo el mando del presidente Mao Zedong. La tensión y los incidentes se dispararon varias veces en el estrecho de Formosa, patrullado constantemente por la flota norteamericana del Pacífico.

El viraje estratégico de 1971

El viraje estratégico y diplomático fue iniciado por Henry Kissinger en 1971 y culminó con la visita del presidente Nixon a Beijing, en febrero de 1972, donde se entrevistó con Mao Zedong. La China comunista recuperó su puesto en la ONU y en el Consejo de Seguridad, lo que forzó la salida de Taiwán. En 1979, el presidente Jimmy Carter terminó con el reconocimiento diplomático de Taiwán, aceptó la idea de una sola China y consolidó las relaciones con Beijing. A modo de compensación, el Congreso norteamericano aprobó la Taiwan Relations Act, una ley por la que prometió ayuda militar defensiva a la isla y aseveró que un ataque militar de los comunistas sería un motivo de “grave preocupación” para EE UU.

Taiwán, que se retiró de la ONU antes de que fuera expulsada en 1971, inició un proceso de democratización que hoy está consolidado, pero sigue ocupando un lugar excéntrico en la comunidad internacional. Mantiene una independencia de hecho pero no puede proclamarla por temor a una intervención militar china; su gobierno ejerce un poder soberano interno, mas sin proyección diplomática, vetado por la mayoría de los países y las organizaciones internacionales por la presión permanente y quisquillosa de China. Otra ficción: el gobierno de Beijing multiplica los intercambios comerciales y financieros con el de Taipei, como si se tratara de una provincia, y cierra los ojos ante el comercio exterior que realizan las empresas instaladas en la isla, muchas de ellas multinacionales y de tecnología avanzada.

La comunidad internacional asume la ficción, plasmada en la doctrina de una sola China, y sostiene que algún día –no se sabe cuándo ni cómo– la isla volverá a la soberanía de Beijing, como ya ocurrió en 1945 tras la capitulación del Japón, el poder ocupante desde 1895. Por el llamado consenso de 1992, Beijing y Taipei comparten esa doctrina unitaria y reconciliadora, pero discrepan profundamente en cuanto a los medios para llevarla a la práctica. No obstante, los contactos entre ambos gobiernos siempre fueron oficiosos, pues China insiste en que el régimen de Taiwán es ilegítimo. Los dos principales partidos políticos de la isla, aunque discrepan en la cuestión de la independencia, coinciden en que ésta dependerá del veredicto de los electores y que cualquier integración debería ser precedida por la democratización en el continente.

Tras la muerte de Mao (1976) y durante la época de Deng Xiaoping, a partir de 1978, que inauguró la marcha hacia “el socialismo de mercado” (capitalismo salvaje, según sus críticos), el régimen comunista elaboró la doctrina de “un país dos sistemas” que permitió la recuperación de la soberanía sobre la colonia de Hong Kong en 1997, a cambio de mantener las instituciones democráticas legadas por los británicos en el marco de una “zona administrativa especial”, escaparate y plataforma financiera. El modelo se ofreció a los taiwaneses pero éstos lo rechazaron, lo que no fue óbice para que los intercambios comerciales aumentaran espectacularmente, fomentados por 23 acuerdos extraoficiales, negociados en secreto, que propiciaron la integración al ritmo que marcaba el fuerte desarrollo de China hasta convertirse en la segunda potencia económica del mundo.

El proceso de reunificación a plazos, pacífica y oficiosa, sufrió su primera crisis grave en 2000, cuando los taiwaneses recusaron el autoritarismo del KMT y eligieron presidente a Chen Shui-bien, líder del Partido Democrático Progresista, que abiertamente abogaba por la independencia. Reelegido en 2004, sus veleidades separatistas alarmaron a Beijing, hasta el punto de que la Asamblea Nacional aprobó una ley contra la secesión que otorgó al gobierno la facultad de utilizar “medios no pacíficos” (militares) para impedir la independencia de Taiwán, por la fuerza si fuera necesario. Las aguas volvieron a su cauce cuando en 2008 el poder volvió al KMT con la elección como presidente de su líder, Ma Ying-jeou, quien inmediatamente propició una mejora de las relaciones interchinas. Fue reelegido en 2012.

Identidad y voluntad de los taiwaneses

Sobre el encuentro de Singapur planeaba el proceso electoral en marcha en Taiwán, donde el 16 de enero próximo se celebrarán al mismo tiempo las elecciones presidenciales y legislativas. Todas las encuestas favorecen a Tsai Ing-wen, el candidato del Partido Democrático Progresista (PDP), en la oposición, mejor predispuesto hacia los sentimientos de independencia que parecen haber calado principalmente entre los jóvenes, y vaticinan una mayoría sin precedentes en el Yuan Legislativo. El viejo KMT de Chiang Kai-shek, tradicionalmente favorable a la causa de la reunificación, está a la defensiva y se ha visto obligado a cambiar su candidato inicial, abiertamente prochino, por otro más neutral y pragmático, Eric Chu, que se hizo popular como alcalde de la Nueva Taipei que engloba a los suburbios de la capital. El presidente Ma tiene vetado competir por un tercer mandato.

Escribe un comentarista del South China Morning Post, el gran diario de Hong Kong: “Las encuestas desde hace varias décadas nos muestran que jamás los taiwaneses estuvieron más seguro acerca de su identidad, y que la identificación con Taiwán es inequívoca entre los jóvenes. Ante esta situación, Beijing decidió intervenir.” Esa intervención, aunque estudiada y preparada desde hace tiempo, se concretó en el encuentro del presidente Xi Jinping con su homólogo de Taiwán el 7 de noviembre en Singapur. Su objetivo es rescatar al Kuomintang de su anunciado desastre electoral, pero no es seguro que la maniobra favorezca a los unionistas en las próximas elecciones, pese al pronunciamiento hiperbólico del Global Times de Beijing (editado por el oficial Diario del Pueblo): “El problema de Taiwán ha dejado de ser un problema.”

El optimismo oficial no tiene ningún fundamento. Una encuesta realizada en Taiwán el día 8, apenas 24 horas después del encuentro de Singapur, y recogida por las agencias internacionales, confirmó que Tsai Ing-wen había aumentado su ventaja hasta el 48,6 %, mientras que sólo el 21,4 % de los encuestados se inclinaban por Eric Chu. Tsai se mostró muy crítico con el presidente Ma porque éste no hizo ninguna referencia a las libertades y la democracia en la isla.

El problema sigue ahí, como el dinosaurio de Monterroso, sin perspectivas de resolución y sin duda enconado por los sentimientos e intereses de los taiwaneses, pero igualmente agitado por el ascenso de China al rango de potencia mundial, el empeño norteamericano de trasladar al Pacífico el eje de su política exterior y las disputas territoriales que afectan a varios países (Vietnam, Filipinas, Malasia) en el mar de China meridional o el contencioso con Japón sobre las islas en el sector oriental de esa autopista marítima esencial para la libertad de comercio. “Beijing tiene que aprender ahora lo que significa ser una gran potencia”, escribe Philip Stephens en el Financial Times. EE UU bajo la dirección de Obama perdieron claramente su primacía en la región, pero China está aún muy lejos de haberse consolidado como la potencia hegemónica.

La reunión de Singapur entraña para el presidente Xi Jinping un desagradable reconocimiento: el progreso, el ascenso como segunda potencia económica del mundo y los regalos durante los últimos ocho años no han servido para torcer la voluntad de los 23 millones de taiwaneses. Los vuelos directos a través del estrecho de Formosa, la llegada de cuatro millones de turistas desde el continente e incluso la construcción de un acueducto submarino. Ni siquiera el comercio puede disipar los recelos políticos. “Beijing ha descubierto de nuevo que el dinero no puede comprar el amor”, resumen poéticamente Austin Ramzy en una crónica desde Hong Kong publicada el 6 de noviembre en el New York Times.

En Taiwán, como en otros territorios conflictivos (Hong Kong, Tíbet y Xinjiang), el PCCh tropieza con la misma piedra: la dificultad para acompañar la eficiencia económica con la reforma política. El presidente Xi Jinping, empeñado en una gigantesca batalla contra la corrupción dentro del partido, quizá no está en condiciones de abrir otro frente en un asunto tan sensible como el futuro de Taiwán. La reunión de Singapur, al abrir una ventana, señala los límites del poder de China, es decir, su incapacidad para influir decisivamente sobre los habitantes de la isla y persuadirles de las ventajas de la unión. Nada sugiere que el partido comunista esté dispuesto a rectificar en favor de la libertad.

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