Posteado por: M | 17 noviembre 2015

El dilema de Occidente: contener al Estado Islámico o destruirlo

El terrorismo islamista trasladó al centro de París el teatro de operaciones de su guerra contra Occidente, provocó una matanza sin precedentes en Francia desde el final de la Segunda Guerra Mundial y durante más de tres horas en la noche del 13 de noviembre mantuvo en vilo, en duelo y conmocionada a una población aparentemente indefensa ante la vesania de los soldados o guerreros del autodenominado Estado Islámico investido con los oropeles de un califato espurio. El ataque bélico de la capital francesa, tras el derribo de un avión ruso en el Sinaí y el atentado contra un barrio chií de Beirut, confirma la hipótesis de una ampliación del campo de batalla más allá de los territorios que los yihadistas controlan en Siria, Iraq y Libia. Lo que no sabemos es cuál será la respuesta de la comunidad internacional y, sobre todo, de Europa y EE UU, aliados en la OTAN, ante el Pearl Harbor parisiense. Contener o aniquilar el Estado Islámico, ése es el dilema.

Según el fiscal de París que dirige las investigaciones, François Molins, los atentados fueron perpetrados por tres equipos o comandos de terroristas (siete suicidas implicados directamente más un octavo que está huido) que llevaron a cabo “acciones coordinadas” en cuatro lugares distintos de París, en los distritos 10 y 11, donde se encuentran el bulevar Voltaire y las plazas de la República, la Nación y la Bastilla, el itinerario mítico de las manifestaciones de la izquierda, y en torno del Estadio de Francia (Saint-Denis). Al menos 132 personas murieron por disparos o metralla en los ataques y otras 352 resultaron heridas, 50 de ellas de suma gravedad, según el balance del 17 de noviembre. Los comandos actuaron coordinados y casi simultáneamente. Las armas y explosivos utilizados (fusiles kalashnikov e idénticos chalecos mortíferos) sugieren que los ataques fueron minuciosamente preparados.

El mayor número de víctimas se produjo en la sala de fiestas Bataclan, en el bulevar Voltaire, asaltada por tres terroristas que utilizaron sus fusiles para ametrallar a los espectadores de un concierto y luego activar sus chalecos y cinturones de explosivos, provocando un pánico indescriptible y causando 82 muertos. Varias de las víctimas son extranjeros, entre ellas, un español. Dos de los terroristas se suicidaron y el tercero fue abatido por la policía. Otro se suicidó en un restaurante cercano, tras ametrallar a los clientes, y los otros tres kamikazes hicieron estallar sus chalecos de explosivos en los alrededores del Estadio de Francia, donde pretendían entrar. De haber conseguido su propósito hubieran provocado el apocalipsis. Algunos otros terroristas o cómplices parece ser que lograron escapar ilesos.

El primer atacante identificado fue un francés de nacimiento que vivía en Chartres, Ismael Omar Mostefai,  fichado por la policía como delincuente común y como una amenaza para la seguridad del Estado, ocho veces condenado por pequeños delitos pero nunca encarcelado, musulmán radicalizado, uno de los kamikazes de la sala Bataclan. Otro identificado es uno de los terroristas que murieron cerca del estadio, Bilal Hadfi, de nacionalidad francesa y residente en Bélgica, que había combatido en Siria en las filas del Daesh (acrónimo arábigo de Estados Islámico). Otro sospechoso en fuga, Salah Abdeslam, también francés, aunque nacido en Bruselas, se supone que alquiló el coche en el que el comando suicida llegó hasta el Bataclan. Todos son jóvenes (entre 20 y 30 años). Un pasaporte sirio fue encontrado cerca del cadáver de uno de los terroristas suicidas, en el estadio de Saint-Denis, perteneciente a un individuo que supuestamente llegó como refugiado a Grecia en octubre último y cuyo nombre es Ahmed al-Mohammad.

Ibrahim Abdeslam, hermano de Salah, fue detenido por la policía belga, junto con otros dos sospechosos, pero luego fue liberado. El fiscal federal de Bélgica anunció que dos franceses que residían en Bruselas figuran entre los terroristas que planificaron y ejecutaron los atentados de París. Según algunos medios franceses y belgas, los ataques pudieron urdirse en el barrio bruselense de Molenbeek-Saint-Jean, que está considerado por la policía como la plaza fuerte o retaguardia del yihadismo en la Europa occidental, territorio exento donde rige parcialmente la sharia o ley coránica. La policía cree que el cerebro del plan terrorista fue el ciudadano belga Abdelhamid Abaaoud, al que se sitúa actualmente en Siria.

¿Un nuevo fracaso de los servicios de inteligencia? Si el ataque contra Charlie Hebdo en enero de este año fue perpetrado por dos hermanos radicalizados, que dijeron actuar en solitario y en nombre de Al Qaeda, los comandos que atacaron París el 13 de noviembre pertenecían al Daesh y montaron una operación de muy compleja ejecución, sin duda planeada en todos sus detalles por unos profesionales del terror muy bien entrenados en el manejo de armas y explosivos, probablemente en Siria o Libia. Ahora no se puede recurrir al pretexto tranquilizador y acomodaticio de los llamados “lobos solitarios”, porque los asesinos integraban, evidentemente, una organización militarizada, unos comandos muy bien preparados y mejor pertrechados.

Resulta sorprendente, por lo tanto, que el contraespionaje francés no pudiera detectar los preparativos de unos ataques urdidos por un grupo numeroso, y la explicación del fiasco quizá se halla en la incapacidad material de la policía para tener controlados y neutralizados, sin vulnerar el Estado de derecho, a los asesinos potenciales entre una población de más de seis millones de musulmanes, gran parte de ella marginada y concentrada en los suburbios de París. Muchos jóvenes están fuertemente islamizados y radicalizados, como es evidente desde hace más de treinta años y, sobre todo, desde el primer estallido de violencia y la guerrilla urbana en 1995. Las restricciones legales y el aumento espectacular de los sospechosos explican las disfunciones de los servicios de inteligencia.

La primera reacción paneuropea y de EE UU ante el desafío terrorista debería consistir en una mejor coordinación de los servicios de inteligencia para garantizar el intercambio de la información, un asunto siempre difícil entre profesionales del secreto y la sospecha, pero de culturas políticas diversas. El director de la CIA, John O. Brenan, se apresuró a declarar tras las atrocidades de París que los obstáculos legales y burocráticos en cuanto a las tareas de vigilancia hacen mucho más difícil la prevención de los atentados y la persecución y captura de los sospechosos de terrorismo.

Los suburbios degradados e islamizados

La otra tarea urgente, que corresponde a cada Estado, concierne a la acción de la policía y otros servicios estatales en los suburbios de las grandes ciudades europeas donde habitan la mayoría de los jóvenes musulmanes, que se sienten preteridos o marginados y que suelen ser los últimos en la escuela, los primeros en las listas del paro y en las fichas de la policía. Al llegar a la adolescencia, muchos caen en la delincuencia común y luego se radicalizan en las mezquitas en las que se predican el odio y el resentimiento, o en las que algunos imanes preconizan el sacrificio personal como medio para alcanzar el paraíso. El Estado democrático y garantista en Europa carece de alternativas eficaces para contrarrestar el delirante pero seductor relato salafista en esas zonas realmente dejadas de la mano de Dios y de los hombres, en las que prevalece la cultura del martirio y de la muerte ante las miserias irrevocables de la vida.

Cuando en octubre de 2005 estallaron los disturbios en esos barrios extremos de París, tras la muerte de dos jóvenes musulmanes electrocutados, cuando huían de la policía, se desvelaron ante la opinión pública algunas realidades tan ocultas como enigmáticas e inquietantes: la renuencia de la policía a mantener su presencia en un territorio hostil, en cuyas mezquitas los imanes profieren impunemente soflamas de  odio contra Francia y contra Occidente y donde los grupos salafistas mantienen una violenta policía paralela que dicta normas de comportamiento a los jóvenes y, sobre todo, a las mujeres, como relató de manera insuperable el argelino Boualem Sansal en su novela La aldea del alemán o el diario de los hermanos Schiller (2008) y sistematizó en el ensayo Gouverner au nom d´Allah (2013), del que no me consta que esté traducido al español.

Como muy bien ha señalado el escritor marroquí Tahar Ben Jelloun, que vive en París y escribe en francés, se trata de “una guerra con armas desiguales”, unas armas en poder de los terroristas que las democracias europeas “no pueden utilizar sin renunciar a sus valores y a la esencia de su cultura”. Añade que los yihadistas han reemplazado el instinto de la vida por el de la muerte y disponen de las ventajas tácticas de la iniciativa y la sorpresa. Y concluye Ben Jelloun: “Los hombres tomarán una droga prohibida que anula el miedo y da una impresión de potencia excepcional, en una guerra de un nuevo género para la que Europa no ha sido preparada.” No bastará con restablecer el imperativo de la ley y el orden en esos guetos que tanto contribuyen a mantener la cohesión islamista en perjuicio de los valores republicanos.

Los atentados fueron presentidos si no anunciados mucho antes de que ocurrieran. Sophie Coignard, en un artículo publicado en el semanario Le Point el 7 de noviembre, titulado “Terrorismo: las incoherencias del gobierno”, escribió: “El poder, que bombardea en Siria para evitar los atentados en Francia, no consigue mantener el control sobre los islamistas en nuestro territorio”. Al día siguiente de los atentados, Le Monde informaba de que “los especialistas del terrorismo esperaban un nuevo atentado en Francia” y recogía algunas declaraciones concordantes de funcionarios del Estado Mayor Operativo de Prevención del Terrorismo (EMOPT), un organismo que depende directamente del ministro del Interior, Bernard Cazeneuve, quien ya en el mes de julio último había declarado a L´Express: “Cada día procedemos a neutralizar a algunos individuos deseosos de golpear a nuestro país”.

El miedo, el horror y el luto

 Es decir, que el miedo seguía en el ambiente y la información entre las manos de la policía, pero las pesquisas, la exhibición de fuerza en Siria y las alertas no fueron suficientes para evitar el horror de París que se propagó por toda Europa. En efecto, el término horror (L´horreur) fue el más utilizado por la prensa francesa para resumir en un titular las consecuencias de los atentados terroristas perpetrados en la noche del 13 de noviembre. Ahora bien, los periódicos situados en la derecha fueron más allá de los sentimientos y de la cólera para anunciar “La guerra en el centro de París”, como hizo Le Figaro, o “Esta vez es la guerra”, como tituló el popular Le Parisien. La siguiente palabra más utilizada por los periódicos para resumir tan luctuosa ocasión  fue “carnages”, en plural (carnicerías o matanzas), como gritó el diario izquierdista Libération: “Carnages à Paris”. Le Monde fue más descriptivo en sus numerosos títulos en función de los acontecimientos, para concluir el día 15: “La investigación prosigue, Francia está de duelo.”

El presidente de Francia, el socialista François Hollande, visiblemente conmocionado por la matanza, se alineó con la derecha, atribuyó los crímenes al autodenominado Estado Islámico (EI) y rompió todos los tabúes de la corrección política y del buenismo socialdemócrata, de la izquierda en general, para denunciar “un acto de guerra” cometido por “un ejército extranjero”, unas palabras que semejaban un remedo de las pronunciadas por el presidente George W. Bush tras los atentados suicidas que derribaron las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001. El primer ministro, Manuel Valls, insistió en que Francia “está en guerra contra el Daesh” (acrónimo en árabe de Estado Islámico).

En la oposición, el jefe de Los Republicanos, Nicolas Sarkozy, volvió a exigir mano dura y siguió el mismo razonamiento del jefe del Estado para asegurar que “los terroristas han declarado la guerra a Francia”. Ante los tenores del partido, el ex presidente de la República declaró: “Nada de unidad política. La unidad en el duelo, de acuerdo; pero no la unidad política”, según la información del diario Le Monde. Sarkozy es una de las pocas personalidades políticas que criticaron el comportamiento del presidente Hollande después de los atentados y exigió una revisión de la política exterior. El jefe del Estado, que presenciaba el partido de fútbol entre las selecciones de Francia y Alemania, salió del estadio en helicóptero e inmediatamente decretó el estado de emergencia en todo el territorio nacional y tres días de luto.

La presidenta del Frente Nacional (FN), Marine Le Pen, aupada por las encuestas, tras lamentar “la tragedia nacional”, explicó que “Francia y los franceses han dejado de estar seguros” y proclamó que “el fundamentalismo islámico debe ser aniquilado”. Luego reiteró algunas de las medidas que su partido, calificado de extrema derecha por sus adversarios, viene defendiendo desde hace mucho tiempo: prohibir las organizaciones islamistas, cerrar las mezquitas radicales, expulsar a los extranjeros que predican el odio, así como a los clandestinos que no tienen ningún trabajo, y despojar de la nacionalidad francesa a los binacionales que participan en la agitación islamista, es decir, los sospechosos de colaborar con el extremismo islámico.

Según las encuestas y los análisis de los resultados electorales, los clientes y votantes de Le Pen no se reclutan tanto entre las clases adineradas de la Francia tradicionalista y reaccionaria que sostuvieron a la Action Française, el partido de Charles Maurras, cuanto más bien entre los desclasados y desposeídos que antaño formaron en las filas del partido comunista, hoy en el basurero de la historia; los proletarios desempleados y sin perspectivas de trabajo, que compiten con los inmigrantes por el puesto de trabajo e incluso por la vivienda de protección oficial en los suburbios de París, Marsella, Lyón, Lille y Montpellier.

El sedicente Estado Islámico (EI) salió inmediatamente a la palestra, en un vídeo difundido por internet, como acostumbra, y a través de un portavoz, para confirmar el escenario de la guerra y atribuir los atentados a sus yihadistas (soldados del califato y de la guerra santa) en Francia, a “ocho hermanos ataviados con cinturones explosivos y ametralladoras [que] atacaron objetivos seleccionados con precisión en el corazón de la capital francesa”. “Este ataque –añadió— es el primero de una tormenta y una advertencia para los que quieran aprender.” Y además, el miliciano islamista atacó a Francia por sus bombardeos en Siria y profirió la ritual la amenaza dirigida especialmente contra los franceses: “Mientras sigáis bombardeando no viviréis en paz, tendréis miedo hasta de ir al mercado.” Los especialistas consideran que el vídeo es auténtico y la atribución creíble.

Puesto que estamos en guerra, sobre los europeos planean otras preguntas incómodas: ¿Cómo responder a esa amenaza permanente? ¿Cómo combatir en esa guerra después de tantos fracasos y tanta sangre derramada en tantas capitales europeas? Interrogaciones pertinentes, pero sin una respuesta unitaria y coherente, por el momento imposible, de una Unión Europea que ha dado tantas pruebas de debilidad, de discordia incluso, de egoísmo recalcitrante, y cuyas opiniones públicas oscilan entre el sentimentalismo y la xenofobia, el pacifismo, la compasión, la mala conciencia y la denuncia, como seguimos comprobando en las citas electorales de los 28 Estados miembros, con el ascenso de los partidos xenófobos o antiislámicos, y en las diatribas demagógicas contra algunos dirigentes de los países del grupo de Visegrado (Polonia, República Checa, Hungría y Eslovaquia), mientras persisten los interminables cabildeos sobre la crisis de los refugiados.

Al contemplar el panorama político y social de Europa, sin embargo, nadie sospecharía que el continente está en guerra. “Drôle de guerre!”, la guerra boba, que decían los franceses en otra época, algo así como la que radiaba el humorista Gila, aunque esporádicamente sangrienta. La conflagración se libra muy lejos, en Iraq y Siria, quizá también en el Líbano, Libia, Egipto e incluso Palestina, pero no en la Europa pacifista y relativamente confiada. Obama insistió muchas veces en que eso de la guerra era una cosa de Bush y sus aliados, Blair y Aznar, el tantas veces vituperado “trío de las Azores” de 2003. Pero lo cierto es que muchos jóvenes procedentes de Europa (se habla de más de 3.000) combaten en las filas del llamado Estado Islámico, cuya estrategia acaba de sufrir un viraje sanguinario.

Al Qaeda propugnó los ataques contra objetivos bien seleccionados en EE UU y otros países occidentales, todos ellos considerados enemigos del islam, mientras que el Daesh encendió la mecha del conflicto por la supremacía suní dentro del orbe islámico, tras la proclamación del califato (julio de 2014), y concentró sus operaciones en el territorio que debería servirle para obtener recursos y extender su poder. Las operaciones en el Sinaí, como el muy probable derribo del avión ruso (31 de octubre), el atentado con bomba en el barrio chií de Beirut (12 de noviembre), que causó 43 muertos, y los ataques encadenados de París parecen confirmar el viraje estratégico yihadista, de manera que sus milicianos actúan en Europa como antes lo hicieran los de Al Qaeda, con métodos que incluyen el suicidio disfrazado de martirio, la crueldad sin límites, el fanatismo, la frialdad depravada y metódica. Al mismo tiempo, preservan sus conquistas y sus pozos petrolíferos en la antigua Mesopotamia, con el apoyo de los voluntarios europeos. La conclusión es que el Estado Islámico se ha convertido en una amenaza global.

Hasta ahora no había consenso más allá de la unidad nacional que debe prevalecer para luchar contra el yihadismo, pues las fuerzas políticas europeos difieren en casi todo lo demás, ya se trate de la libertad de expresión, del laicismo, de las medidas de seguridad, de la inmigración o de las políticas que deben practicarse en los barrios suburbiales en que viven los desesperados del islam, como ya pudo comprobarse cuando el atentado contra la redacción de la revista Charlie Hebdo y el supermercado judío el 7 y el 9 de enero, igualmente en París. Resultó evidente que no todos éramos Charlie, como se encargó de recordar con especial énfasis el director del mensual Le Monde Diplomatique, Alain Gresh, que denunció sectariamente el cambio supuestamente derechista de la publicación asaltada. Los atentados de París, pese a las emociones compartidas, no cambiarán mucho la situación.

Las fuerzas políticas francesas, aunque unidas en el dolor y la execración, siguen a la greña ante la perspectiva de las elecciones presidenciales de 2017. Antes de los atentados, el primer ministro, el socialista Manuel Valls hizo un llamamiento para un acuerdo centrista entre la izquierda y la derecha para combatir los progresos incesantes del Frente Nacional dirigido por Marine Le Pen. Pero suscitó algunas reacciones airadas y opuestas dentro de su propio Partido Socialista, como la de Martine Aubry, que representa al sector situado más a la izquierda, esa izquierda europea anclada en los recuerdos del colonialismo y que se opone a cualquier tipo de intervención armada en Oriente Próximo. La izquierda de Pablo Iglesias en España, por ejemplo, o de los comunistas griegos y portugueses, que, con la excusa de los “daños colaterales”, condenan los bombardeos contra los milicianos del Estado Islámico que degüellan a sus rehenes, esclavizan a las mujeres y oprimen a las minorías.

Cuando fue preguntado sobre la conveniencia de encarcelar preventivamente a todas las personas con una “ficha S”, que identifica a los islamistas radicales, una subcategoría que define a las personas “potencialmente peligrosas para la seguridad del Estado”, Manuel Valls dijo que estaba “dispuesto a examinar todas las soluciones que sean realistas y conformes al derecho, a nuestros valores, y que sean eficaces”.  Con el sistema garantista que prevalece en la casi totalidad de los países de la Unión Europea, de respeto escrupuloso de los derechos humanos, la idea de una prisión como la de Guantánamo, para encerrar a los hipotéticos “enemigos combatientes”, está fuera de lugar, me parece impensable. Por eso el primer ministro francés abogó por una alianza contra el Frente Nacional.

La profecía provocadora de Houellebecq

En Francia, donde la opinión pública está muy sensibilizada ante las atrocidades de inspiración islamista, que el 7 y 9 de enero de este año se vio sacudida por los atentados contra la redacción del semanario Charlie Hebdo (12 muertos) y un supermercado judío (5 muertos), la idea de la “unión sagrada” no es nueva y flota además en el ambiente el pronóstico de una alianza de la izquierda y la derecha moderadas para impedir la elección de Marine Le Pen como presidente de la República en las elecciones de la primavera de 2017. Ya vimos como Jacques Chirac, aunque acosado por los escándalos de corrupción, fue reelegido triunfalmente como presidente de la República en 2002, con la marca insólita del 82 % de los votos, cuando la derecha, el centro y la izquierda hicieron causa común, en nombre de la solidaridad republicana, para impedir el triunfo de Jean-Marie Le Pen en la segunda vuelta.

La especial conmoción causada por los atentados contra la redacción de Charlie Hebdo ayuda a comprender el gran éxito literario y la repercusión política de la amarga distopía del polémico Michel Houellebecq, cuya última novela, Sumisión, es un apólogo de “ficción política” que desemboca nada más y nada menos que en la islamización de Francia. Retrata una sociedad desgarrada y moralmente hundida, descristianizada, con débiles convicciones democráticas, que experimenta un proceso de islamización creciente, imparable, luego de que la izquierda y el centro, para impedir el triunfo de Marine Le Pen en las elecciones presidenciales de 2022, hubieran entregado sus votos y el poder a un político musulmán, presuntamente moderado, Mohamed Ben Abbes, en la segunda vuelta. El paisaje de París deviene opresivo. Las faldas crecen al mismo ritmo que menguan las libertades, se extiende la poligamia y la mítica Sorbona está completamente islamizada. En esa ficción provocadora y profética, adobada con sarcasmo, el multiculturalismo no puede resistir el empuje demográfico y cultural del islam.

La realidad de que la guerra está instalada en el corazón de Europa empieza a calar en la opinión pública, pese a que la mayoría de los medios de información elude esa descripción y se empeña en disquisiciones retóricas sobre las supuestas causas del terrorismo, las circunstancias sociales de los salafistas y la obvia aseveración de que no todos los musulmanes son terroristas. Nadie en su sano juicio piensa eso, pero no es menos cierto que los terroristas son todos musulmanes fanáticos, adeptos de una interpretación muy rigurosa del Corán, adoctrinados en diversas mezquitas, generosamente financiadas desde el exterior, y persuadidos de que luchan contra los infieles, agnósticos o cristianos, a los que atribuyen una mentalidad de cruzados y una persistente voluntad colonialista.

Nadie diría en Europa que estamos en guerra, aunque veamos en las pantallas los lúgubres cortejos de París mientras los aviones franceses lanzan las represalias en caliente mediante el bombardeo de los objetivos del Estado Islámico en Siria, cuando quizá lo que debería haber hecho Hollande era urgir una reunión urgente del Consejo de la OTAN para solicitar la aplicación de las disposiciones supuestamente automáticas de la defensa mutua previstas en el tratado fundador (1949). Muchos gobiernos europeos piensan que el terrorismo islamista es un problema de orden público, del crimen mejor o peor organizado cuya prevención y represión corresponden a la policía y los jueces, en el marco del respeto escrupuloso del Estado de derecho. Y legislan y actúan como si estuvieran resignados a soportar la repetición de los atentados y las emociones que suscitan. La guerra no forma parte del paisaje social de Europa.

¿Como cambiar ahora el pensamiento y la acción para acabar en el camino de George W. Bush? El presidente Obama, como corresponde a un laureado con el premio Nobel de la Paz, sigue considerando que el Estado Islámico y sus atrocidades, desde los degüellos a los atentados, son un fenómeno regional que es necesario contener. ¿Cuándo llegará el momento en que piense en destruirlo?  ¿Cuándo derrotar realmente al Estado Islámico y su pomposo califato? Según los cronistas del New York Times, tan bien conectados con la Casa Blanca, “parece cierto que los ataques de París forzarán una revisión de la amenaza y probablemente una estrategia más agresiva contra el Estado Islámico”. Esa es la impresión que ofreció Obama al entrevistarse delante de las cámaras con el presidente Putin durante la cumbre del G-20 en Antalya (Turquía) el 15 de noviembre.

No obstante, al acabar la cumbre de Antalya, el presidente norteamericano volvió a insistir en que no enviará tropas de tierra a Iraq o Siria para combatir al Daesh. Por ahora, en un futuro previsible, nada de “boots on the ground” (tropas de infantería en el campo de batalla). Obama no quiere seguir los pasos de Bush, al que sigue vituperando por haber librado “una guerra equivocada”, y los atentados de París no van a cambiar su estrategia en el último año de su presidencia y en minoría en ambas cámaras del Congreso, a pesar de que la opinión pública está cada día más sensibilizada y preocupada por los avances del terrorismo islamista.

No obstante, la política oficial norteamericana está siendo puesta en tela de juicio no sólo por los tenores del Partido Republicano en campaña electoral, sino también por una parte importante de la opinión publicada, como confirma el artículo de  James F. Jeffrey en el Washington Post del 16 de noviembre, en el que pregunta: “¿Cuándo se dará cuenta EE UU de que es una necesidad urgente la utilización de una verdadera fuerza militar para derrotar la amenaza del Estado Islámico?” Una vez más, la vieja idea de que no basta con los bombardeos, que las guerras no se ganan sin la infantería.

Hollande y los socialistas en el camino de Bush

En su discurso ante el Congreso que reúne a las dos cámaras parlamentarias de Francia (Asamblea Nacional y Senado), reunidas en el palacio de Versalles, el presidente Hollande, sin duda movido tanto por el dolor como por la indignación, sacó a relucir una energía desconocida y, parafraseando a Catón el Viejo, pronunció la frase que debería cambiarlo todo y que augura, por ende, una nueva estrategia: Daesh Delenda est (Daesh debe ser destruido) y no sólo contenido como hasta ahora. Según sus palabras, “Francia está en guerra y no busca contener al Estado Islámico, sino destruirlo”. La primera medida consistirá en intensificar los bombardeos contra las posiciones de los terroristas en Siria.

Hollande, además de solicitar la prórroga del estado de emergencia por tres meses, abogó por una amplia reforma de la Constitución, “para permitir que los poderes públicos actúen conforme al estado de derecho contra el terrorismo de guerra”. Deploró el presidente que el estado de urgencia, que restringe fuertemente las libertades y derechos, no esté regulado constitucionalmente, sino que tenga su base legal en una ley de 1955, anterior a la fundación de la Quinta República por el general De Gaulle en 1958. En cualquier caso, la reforma constitucional a la que Hollande se había opuesto desde la oposición, es un asunto que tardará algún tiempo en concretarse y mucho más en ser aprobada.

En el orden internacional, el jefe del Estado francés reclamó la reunión del Consejo de Seguridad de la ONU y la formación de “una única coalición internacional” contra el Estado Islámico, a cuyo fin se reunirá en los próximos días con los presidentes Barack Obama y Vladimir Putin.

En medio de la solemnidad de Versalles, con la retórica que requería la ocasión, ante los diputados y senadores, Hollande y el poder socialista procedieron a una rectificación política en toda regla con múltiples ramificaciones y consecuencias, entre ellas, la limitación de las libertades públicas ante la emergencia terrorista, algo así como la Patriot Act, la Ley Patriótica que el Congreso norteamericano, a requerimiento del presidente Bush, aprobó en 2001, tras los atentados que derribaron las Torres Gemelas de Nueva York y casaron casi 3.000 víctimas. Parece como si el muy denigrado Bush –denigrado por los socialistas, por supuesto— resucitara políticamente en medio del dolor, la cólera y las lágrimas de tantos franceses por el reguero de sangre y muertes sembrado por los terroristas. La Patriot Act sigue en vigor 14 años después y la prisión de Guantánamo no ha sido cerrada.

Más rectificaciones de Hollande. Reunió apresuradamente el Congreso en Versalles después de haber criticado la reforma constitucional de 2008 que autoriza ese tipo de cónclaves parlamentarios. Aceptó el privar de la nacionalidad francesa a un salafista condenado sin reparar en que los socialistas se oponían hasta ahora a cualquier medida de ese tipo, de ley y orden, considerándola propia de la “fascista” Le Pen. Tras haber denunciado mil veces la política de Putin en Ucrania, imponiendo sanciones a Rusia y anulando de mala manera el contrato para venderle dos navíos de guerra, dos portahelicópteros Mistral, hete aquí que el presidente francés solicitó urgentemente la colaboración del jefe del Kremlin para luchar contra la epidemia terrorista. Y hasta levantó el veto para tratar con el presidente de Siria, Bachar Asad, después de haberlo combatido encarnizadamente.

¿Un nuevo pragmatismo socialista forzado por tan luctuosas circunstancias o un cambio sustancial hacia unas posiciones políticas tanto tiempo censuradas o desdeñadas, cuando no denunciadas como abominables? No es seguro que Hollande pueda contagiar su ardor guerrero a sus socios europeos para llegar al objetivo tan hiperbólicamente subrayado de destruir al Estado Islámico. Francia está más sola de lo que pudiera pensarse tras las muestras de solidaridad y pesar recibidas estos días de pasión. (Continuará).

Anuncios

Responses

  1. […] MADRIDEJOS, Mateo (2015), “El dilema de Occidente: contener al Estado Islámico o destruirlo” <<https://mateomadridejos.wordpress.com/2015/11/17/2118/>&gt; […]


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: