Posteado por: M | 22 noviembre 2015

Tras los atentados de París (1) El debate sobre la seguridad

Los atentados de París del 13 de noviembre suscitaron innumerables análisis y comentarios sobre el islam en general, considerado como religión monoteísta, y el islam político, como ideología, ingredientes ineludibles de los avatares de Europa en este siglo. Las redes sociales reflejaron el rechazo de muchos musulmanes europeos ante el comportamiento de los que dicen actuar en cumplimiento de los dictados del Corán, pero el temor y la incertidumbre persisten en la conciencia y la vida diaria de muchos europeos no musulmanes ante la repetición de los actos de violencia extrema y la osadía creciente de los terroristas. La tan cacareada alianza de civilizaciones, las apelaciones a la concordia y los tambores de guerra para destruir al monstruo terrorista son claramente insuficientes para serenar a las sociedades europeas en aparatosa regresión demográfica y con sus valores morales o metapolíticos en franco declive debido al peso abrumador del relativismo y el laicismo.

Ante una situación tan inquietante y luctuosa, también volvió a asomarse a las primeras páginas de los periódicos el vetusto y manoseado dilema entre la seguridad y la libertad que se viene arrastrando desde tiempo inmemorial, desde que la violencia, la represión, el terror y las represalias irrumpieron en la vida de la polis para perturbarla leve o gravemente hasta nuestros días. Un debate que se remonta modernamente al siglo XVII, a Thomas Hobbes, cuyo pesimismo antropológico le llevó a sostener la necesidad del gran Leviatán, un Estado fuerte y centralizado para contrarrestar las inclinaciones perversas de la condición humana, y al que replicó John Locke con su anticipo de la separación de poderes y las restricciones legales para impedir que los poderes públicos anulasen la libertad del individuo.

En las democracias asentadas en los países de Occidente, principalmente en Europa y EE UU, que gravitan sobre el respeto escrupuloso de los derechos humanos y el imperio de la ley, el debate sobre libertad y seguridad resurge con fuerza cada vez que los Estados tratan de tranquilizar a los ciudadanos con un nuevo arsenal de medidas de excepción para luchar contra la proliferación de los terroristas y los atentados. ¿Cercenar las libertades para combatir al terror?, se preguntan los medios, sobre todo, los situados más a la izquierda. El debate es pertinente y hasta plausible, dependiendo de las intenciones de sus promotores; pero está viciado en el fondo porque las lucubraciones sobre los límites de la libertad por mor de la seguridad encierran una disyuntiva propia de sofistas.

Los ideales de libertad, igualdad y fraternidad, para decirlo con el lema que resume los de la Revolución francesa, quedarían vacíos de contenido y su ejercicio sería harto difícil o heroico sin el complemento imprescindible y consustancial de la seguridad. La célebre Declaración de derechos del hombre y del ciudadano de agosto de 1789, “el evangelio de los tiempos nuevos”, según el profesor Maurice Hauriou, ya enumeró en su artículo segundo los cuatro derechos naturales e imprescriptibles del hombre, anteriores al Estado, cuya protección es el fin de toda organización política: libertad, propiedad, seguridad y resistencia a la opresión. La seguridad es precisamente el que tiene una reglamentación más minuciosa, a fin de garantizar la legalidad en su ejecución, el imperio de la ley que corona el edificio democrático. La libertad mengua inevitablemente en medio del desorden, la inseguridad y el miedo.

En las democracias avanzadas, en EE UU y Europa, con un experimentado control parlamentario, judicial y mediático, con una estricta división de poderes, las medidas extraordinarias para combatir el terrorismo, con aprobación de los legisladores, no constituyen un ataque contra la libertad, sino un medio para su más eficaz protección, aunque es evidente que necesitan de un consenso difícil de alcanzar salvo en momentos de extrema tribulación. En los países de la Unión Europea, paradigma de la sociedad abierta, resulta muy difícil pensar que el fortalecimiento temporal de los poderes del Ejecutivo para combatir el terrorismo pueda menoscabar el ejercicio de las libertades de los ciudadanos corrientes y pacíficos.

Siguiendo el axioma de que la sociedad abierta depende de la libertad política, no debe olvidarse que los Estados europeos, además de garantizar el ejercicio de las libertades, están obligados a proteger debidamente a sus ciudadanos, a garantizar el derecho que los terroristas quieren arrebatarles: la seguridad, jurídica y material, pilar incuestionable del Estado de derecho. Porque parece obvio que el pánico acaba con las libertades y que no vivimos bajo un Leviatán de apariencia democrática. La disputa sobre la democracia formal denigrada por el catecismo marxista hace tiempo que no forma parte del debate ideológico.

La Asamblea Nacional y el Senado franceses aprobaron sin discusión y casi por unanimidad (20 de noviembre) la prórroga por tres meses del estado de emergencia, después de que el diario Le Monde, portavoz de los restos de la progresía, rompiera su última lanza por la libertad y advirtiera en su editorial: “La seguridad es una exigencia, pero no a cualquier precio”. El director de Le Monde Diplomatique fue más explícito en su protesta con un editorial titulado “Ebriedad guerrera”, en el que criticó acerbamente la intervención militar francesa, “decidida de manera solitaria, con una participación meramente decorativa del parlamento, en una alineamiento mediático conforme con las costumbres de una periodismo de guerra”.

Condena muy severa y sin duda exagerada del sistema democrático francés, sus mecanismos de decisión y el temple moral de sus periodistas y sus ciudadanos; una invectiva más que una ponderación crítica, un exabrupto que encubre una borrachera pacifista y acusadora, si se me permite parafrasear sus palabras, una alarma inoportuna ante el “nuevo arsenal de restricción de las libertades individuales”. Luego del apocalipsis de Manhattan y la promulgación de la Patriot Act (2001), en EE UU no se reprodujo contra los musulmanes la cruzada patriótica y demagógica que el senador Josep McCarthy dirigió contra los comunistas y sus simpatizantes en el paroxismo de la guerra fría en plena guerra de Corea (1950-1953). No es menos cierto que, gracias a las medidas de seguridad adoptadas entonces, los terroristas se topan con dificultades insuperables para entrar en el santuario norteamericano.

Así, pues, los valores inscritos en el frontispicio del templo democrático están afortunadamente intactos y la previsión más probable es que en Francia ocurrirá lo mismo que en EE UU una vez superados la emoción, el duelo y los quebrantos. Y la Unión Europea, pese a sus vacilaciones y sus discordias, ni siquiera caerá en la tentación de organizar una prisión y un limbo jurídico como los de Guantánamo. Los controles temporales en las fronteras, por motivo del terrorismo o de la oleada de refugiados, no han puesto en tela de juicio el acuerdo de Schengen para la libre circulación de personas entre los países signatarios. En Europa, el problema más acuciante no llega del exterior, sino que radica en los suburbios de las grandes ciudades, es decir, que el enemigo o el terrorista potencial están dentro.

La excepción española

En Francia, pese al restablecimiento de los controles fronterizos, nadie denunció aún los excesos de la policía, ni culpó al gobierno por las atrocidades de los terroristas. Lo que vimos en todo momento fue la nación en duelo y en armas, unida. El estado de emergencia fue instaurado en todo el territorio nacional después de los atentados del 13 de noviembre y forma parte de la panoplia de fuertes medidas de seguridad impulsadas por el presidente François Hollande. Esta situación de unión nacional –la unión sagrada— refleja un consenso que en España resultó imposible incluso cuando los terroristas atentaron contra los trenes de cercanías en Madrid, el 11 de marzo de 2004, causando 192 muertos.

La tesis de la excepción española en su historia y en su realidad actual, democrática y europea, la de Spain is different del romanticismo y la propaganda franquista, está bastante desacreditada, pero resurge con fuerza cuando los símbolos nacionales, empezando por el himno, son silbados, escarnecidos, preteridos u ocultados en medio del apaciguamiento o la indiferencia del gobierno central, del beneplácito o la complicidad de los poderes tribales. Por eso resultó sorprendente que el ministro español de Asuntos Exteriores, Manuel García-Margallo, tan locuaz como siempre, expresara su admiración por el comportamiento de los franceses ante el azote del terrorismo: “Si tuviéramos ese patriotismo en España –dijo ante las cámaras de TVE–, otro gallo nos cantaría.”

Desde que el presidente francés se vistió con la indumentaria guerrera de George W. Bush, tras declarar que “Francia está en guerra”, inmediatamente apareció en las calles de España y en los medios de la sociedad del espectáculo, en el parlamento paralelo de las tertulias, el partido vociferante del “no a la guerra”, un conglomerado de izquierdismo utópico, tercermundismo, irenismo recalcitrante, neomarxismo de salón, ofuscación antinorteamericana, islamofilia y denuncia estridente de los supuestos pecados o exacciones de Occidente desde los tiempos de las Cruzadas o la batalla de Lepanto. Después de los atentados de París, el partido Podemos rechazó el pacto antiyihadista y su líder, Pablo Iglesias, tan engolado como ignorante, declaró: “No es el momento de guerra contra el terror.” Esperemos que el estratega avise cuando se presente la oportunidad.

Para vergüenza de muchos barceloneses y españoles, entre los que me incluyo, el primer teniente de alcalde del ayuntamiento de Barcelona, el hispano-argentino Gerardo Pisarello, publicó en catalán un tuit desvergonzado e infamante sobre las reacciones del gobierno francés tras la tragedia: “El Govern Hollande respon a les mostres de solidaritat i de condol amb més terrorisme des de l’aire. Un acte indecent que no resoldrà res.” No es necesario traducir el vomitivo mensaje. Al populismo de la izquierda radical se añade ritualmente en España el torrente de los agravios y todas las reivindicaciones pendientes de los nacionalismos periféricos veteranos y sus imitaciones más recientes, la sustitución del raciocinio y el análisis ponderado por los cantos tribales y el retorno de los brujos, la quema de banderas, la manipulación de la historia y los desfiles de las multitudes uniformadas.

 

 

 

 

 

 

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