Posteado por: M | 24 noviembre 2015

En Argentina, otra caída del populismo

En el primer desempate en segunda vuelta (ballotatge) de la historia electoral de la Argentina, el candidato opositor de centro-derecha, Mauricio Macri, hasta ahora alcalde de Buenos Aires, venció por un ajustado margen al candidato oficialista Daniel Scioli, heredero de los esposos Néstor Kirchner y Cristina Fernández, igualmente peronistas e izquierdistas, que gobernaron durante los últimos doce años en medio de sonadas polémicas dentro y fuera de su partido, el acoso de la prensa opositora y varios sobresaltos económicos. La victoria de Macri entraña no sólo un giro liberal a la derecha, sino también la esperanza de mejorar una economía al borde del colapso y de corregir el rumbo populista, retardatario y corrupto que gangrena la vida política del país desde hace 70 años.

Mauricio Macri, ingeniero de 56 años, con fama de tecnócrata relativamente ilustrado, al frente de la coalición Cambiemos (radicales y liberales unidos), obtuvo el 51,45 % de los votos, mientras que el justicialista Daniel Scioli y su Frente para la Victoria se quedaron con el 48,55 %. No obstante, el oficialismo peronista triunfó en 14 de los 24 distritos o provincias, incluida la gran zona metropolitana de Buenos Aire, aunque Macri se impuso en la capital. El voto en blanco y nulo, fomentado por la izquierda radical, resultó irrelevante, con sólo el 2,51 % de los sufragios. La participación fue elevada (80,92 %).

Una vez más, se verificó en la Argentina la caída del populismo, la estrategia de la demagogia desde el balcón, aunque en esta ocasión de manera pacífica y democrática, sin intervención de los militares, pese al empeño de la presidenta saliente por socavar algunos de los pilares de la democracia por su especial saña contra los medios de comunicación independientes y sus ataques a la independencia del poder judicial.

No obstante, el país quedó profundamente dividido moral y políticamente tras el paso por la Casa Rosada del ciclón populista de los esposos Kirchner, una pareja que, como señaló el escritor Martín Caparrós en el diario El País, “habló como si fuera de izquierda pero actuó en su propio interés”. Según confirman los resultados electorales, el Partido Justicialista (peronismo), aunque dividido en varios clanes, goza de una mala salud de hierro, incluso en sus sectores más corrompidos, y por lo tanto no se le puede dar por muerto. Juan Domingo Perón fue depuesto por los militares en 1955 y protagonizó un regreso triunfal en 1972. Todo parece indicar que los descamisados no sólo acuden a la plaza de Mayo, fieles a la política del balcón, sino también a las urnas, inasequibles al desaliento.

La presidenta Cristina Fernández, que sucedió a su esposo en 2007, ya anunció su intención de seguir en el campo de batalla para defender un pasado de sombras, enriquecimiento asombroso y abyectos crímenes sin aclarar, como el del fiscal Alberto Nisman, muerto en circunstancias sospechosas en su domicilio, el 18 de enero de este año, cuando se disponía a acusar a la presidenta Fernández, ante el Congreso de la nación, de encubrimiento de los imputados iraníes en el peor atentado terrorista de la historia argentina, la bomba colocada contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), en 1994.

Debido a su ajustada victoria y a la hegemonía que ejerce el peronismo en ambas cámaras del Congreso, con un país muy polarizado y bajo los efectos de la depresión económica, el presidente electo tendrá que realizar considerables equilibrios y maniobras para sacarlo del atolladero. Cuando tome posesión, el 10 de diciembre próximo, Macri heredará un país económicamente estancado, con una inflación del 30 %, el 12 % de desempleo y el pronóstico cierto de que deberá levantar las restricciones en el cambio de divisas, eliminando el floreciente mercado negro del dólar; proceder a una devaluación del peso para impulsar las exportaciones agrícolas, en una momento de hundimiento de los precios de la materias primas; ver la manera de rebajar el proteccionismo, buscar un acomodo con los acreedores norteamericanos y obtener una inmediata transfusión de divisas fuertes. De tener éxito, será toda una proeza.

Como es habitual en la política argentina, el peronismo izquierdista, que asegura gobernar en favor de los descamisados, pero que no puede resucitar a Eva Duarte de Perón, deja al país en una situación política comprometida y en el laberinto de una inflación galopante, ese flagelo que castiga a los sectores sociales menos protegidos, reiteradamente engañados y frustrados por un populismo demagógico, la incombustible paradoja en el país más instruido de América Latina. Los cambios estructurales prometidos por Macri, para romper definitivamente con el nacionalismo nefasto de la sustitución de importaciones y el proteccionismo paralizador, se enfrentarán lógicamente a fuertes resistencias políticas y sindicales.

Porque el crecimiento económico, como es obvio, no regresará de la noche a la mañana. Los analistas internacionales citados por el canal de noticias económicas Bloomberg pronostican una contracción durante los dos próximos años y aseguran que el crecimiento del 5 % anual no se producirá hasta 2019. Más de dos años por delante, sin duda conflictivos, en los que puede ocurrir de todo, incluso un final infamante y precipitado de la presidencia, como ocurrió con el radical Raúl Alfonsín, que actuó como restaurador de las buenas maneras de la alternancia democrática, pero que renunció en junio de 1989, seis meses antes de terminar su mandato, en medio de una pavorosa crisis económica y el hundimiento de las instituciones representativas.

La herencia del peronismo suele ser una camisa de fuerza que muchas veces acabó por sofocar los intentos de liberar al país de sus atrasos estructurales y políticos. Según los analistas de Bloomberg, el balance de los esposos Kirchner es bastante penoso: “Argentina pasó a ser más conocida por su bizantina política de cambio de divisas, nacionalizó importantes empresas privadas [Repsol-YPF] y ocultó los datos de la inflación”. El editorialista del diario liberal bonaerense La Nación, lamenta “los severos retrocesos que, tanto en materia institucional como socioeconómica, ha sufrido nuestro país” durante los doce años de populismo desenfrenado y una presión fiscal sin precedentes.

No es seguro que Macri, cuyo partido liberal es poco más que su nombre (Propuesta Republicana, PRO), vaya a tener éxito en la tarea en que fracasaron algunos presidentes notables de la Unión Cívica Radical (UCR), el partido histórico del antiperonismo de las clases medias urbanas, como Arturo Frondizi y Raúl Alfonsín. Está por ver la habilidad de Macri y sus coligados para tratar con los sectores del peronismo que se opusieron inútilmente a la política económica de la presidenta Fernández.

Hacia un cambio diplomático

 La victoria de Macri confirma el fracaso del populismo-progresismo que apoyó en la práctica y doctrinalmente la política tercermundista de Néstor Kirchner, a partir de 2003, y la formación de un frente común antinorteamericano en el hemisferio con los presidentes de Brasil, Lula da Silva, y Venezuela, Hugo Chávez, a los que se unirían posteriormente Evo Morales, presidente de Bolivia, y Rafael Correa, presidente de Ecuador, que también tendieron puentes con la dictadura de los hermanos Castro. La alianza se consumó en la conferencia cumbre de Mar del Plata, en 2005, en la que se criticó con dureza al presidente George W. Bush.

Todos los augures predicen que la política exterior argentina, en la que la iniciativa presidencial es determinante, sufrirá un cambio sustancial, pues Macri ya expresó su propósito de restablecer las buenas relaciones con Washington. La primera prueba para el nuevo presidente se planteará ante las elecciones previstas en Venezuela para el próximo 6 de diciembre, si es que se confirman los peores augurios sobre el fraude masivo que, según sus adversarios, está preparando el presidente Nicolás Maduro.

El andamiaje teórico para apoyar al gobierno de Kirchner lo elaboró el profesor posmarxista argentino Ernesto Laclau, de la universidad de Essex (Reino Unido), en su libro La razón populista (2005), en el que aseguró que “el populismo es una forma de construir la política, que apuesta por la base contra la cumbre, el pueblo contra las élites, las masas movilizadas contra las instituciones oficiales petrificadas”. Y añadió: “Mussolini y Mao eran populistas, como hoy lo son Viktor Orban y Hugo Chávez, Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon.” Éstos son los personajes del infierno político, una nómina heterogénea en la que echo de menos, entre otros, a Juan Domingo Perón, Getulio Vargas, Hitler, Stalin, Enver Hodja, los hermanos Castro y Pol Pot.

Para Laclau y sus epígonos en España, como Iñigo Errejón, dirigente de Podemos –doctorado con una tesis sobre el populismo de Evo Morales en Bolivia–, lo que distingue positivamente al populismo es que actúa como catalizador de las muy variadas demandas populares ante un sedicente enemigo común: la burguesía, los grupos oligárquicos, los partidos políticos tradicionales, “la casta”. Según Laclau, el populismo nace vinculado a una presunta crisis de la representación política y, por ende, se configura como una herramienta democrática para recoger las demandas de los ciudadanos. En consecuencia, los nuevos abanderados de la ira popular se inspiran en Lenin y se empeñan en dirigir un cambio que “presupone la constitución de un sujeto político global que reúne una pluralidad de demandas sociales”, según la jerga del politólogo Laclau, gurú intelectual de los esposos Kirchner y sus seguidores.

Una vez más, “El pueblo contra la democracia”, para decirlo con el título que Guy Hermet puso a uno de sus ensayos pioneros en esta temática (1989). Porque la tan cacareada iniciativa histórica de las masas queda secuestrada por un partido-guía, rígido y piramidal, que tiende inexorablemente hacia el despotismo, las purgas, el culto de la personalidad y el reparto de la miseria, como confirmó el fracaso histórico y el hundimiento del socialismo realmente existente en el prodigioso 1989, exactamente 200 años después de la toma de la Bastilla.

En la misma Argentina, cuando ha sido derrotado el penúltimo avatar del peronismo, el periodista y psicólogo Diego Sehinkman publicó en La Nación un curioso obituario del kirchnerismo populista, con el siguiente título: “El que a Laclau mata, a Laclau muere”, y del que copio el siguiente párrafo: “Pero ese vasto campo semántico llamado progresismo, tan fértil en 2003, hoy es tierra arrasada. ¿Quién lo desertificó [sic]? Los arrendadores, que monocultivaron en vez de rotar. Dejaron el campo listo para que crezca un discurso que nunca se fue, pero que estaba latente en algunos y que floreció por hastío en otros: el de los que piden regular los piquetes (hasta Scioli lo propuso), más control en los gastos del Estado, el fin de las plantas permanentes para amigos y militantes, menos cadenas nacionales y más puentes y menos feriados puente.”

De todas maneras, hay que reflexionar con mucho cuidado para no enterrar precipitadamente al peronismo, una de las perversidades políticas con más capacidad de resistencia, proteico y arbitrario, en el sentido de que adopta las formas políticas más diversas y hasta contradictorias o extravagantes, siempre listo para resucitar.

 

 

 

 

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Responses

  1. Estimado Madridejos, como siempre la suya una visión muy sesgada en los temas hispanoamericanos. Admiro la multipolaridad que puede tomar cuando releva noticias en paises lejanos, pero en estas ocasiones su performance es lamentable.
    El kirchnerismo sera muy cuestionable, pero resumir se performance economica a “una inflación del 30 %, el 12 % de desempleo”, que dice de como recibió el país Argentina?
    Valoro su analisis del facor LaClau, pero como llama usted entonces a un partido que gana elecciones sin definir su propuesta, pero insistiendo una vez y otra vez que “es acá y ahora”, que “hay que salir con felicidad, todos juntos”? Acaso no es eso un significante vacio? Acaso no es conectar las demandas sociales darse cuenta que ahi afuera hay una sociedad que después de 12 años de gobierno y un bombardeo constante de los medios quiere un cambio, sin importar si fue beneficiada o no en el período?
    Lo que estamos viendo es el surgimiento de un populismo de derecha, que llega al poder sin propuestas, pero aclarando que va a haber un cambio, y que va a ser a mejor. Es el “positivismo” de Luis Alberto Lacalle en Uruguay, el “fin del odio” de Macri del otro lado del Rio de la Plata. Apelan solo al sentimentalismo: terminando los actos con la escena del beso apasionado, el supuesto alturismo de dejar la actividad empresarial para dedicarse a la política “por bien del pais”.
    Macri es el prototipo de un nuevo populismo que ya demostró que existe una manera de disputar una elección (la cuarta) al progresismo. Ahora tiene que demostrar que tiene margen para hacer algo en el poder.
    El kirchnerismo dio una lucha contra los que los quisieron sacar del poder a través de los titulares del Clarín y La Nación. Tantos titulares y que hay de concreto en el caso Nisman? Que pasa con las riquezas de los Kirchner desparramadas por todo el pais? Palabras que se lanzan y luego se retiran, se dejan olvidar, pero en el imaginario colectivo quedan. El campo de batalla fue la democracia,y estas elecciones demostraron que la democracia esta intacta. Tal vez podamos decir en las proximas elecciones que esa fue la genialidad mas grande del kirchnerismo: irse tranquilamente, dejar que el supuesto cambio se produzca, pero quedarse ahi, con una sonrisa de “yo les dije que no era el camino”.
    Por otra parte, si Macri encuentra la manera de abandonar el proteccionismo, la política regional cambiará mucho, y será tal vez el electroshock que necesita el agonizante Mercosur. El progresismo hablaba de integración regional cuando Cristina y Evo compartían un té, pero la integración económica seguía ahí, estancada. Una política económica exterior argentina que concuerde con la brasilera permitirá avanzar el tratado con la UE y, como lo dijo Macri, converger con la Alianza del Pacífico. Bienvenido sea ese cambio.
    Todo arista deja dos caras, y cuando lo leo encuentro su genialidad en saber distinguirlas. Pero en política hispanoamericana, usted parece empeñado en defenestrar a los que tacha de populismos, sin ponerse a ver que hay del otro lado.
    Para que lo tenga en cuenta, de un amateur ignorante de esta ciencia que es ver el mundo desde afuera.


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