Posteado por: M | 3 diciembre 2015

Tras los atentados de París (2) El terrorismo, el islam y la corrección política

Cada vez que se produce un atentado sangriento en Europa o en cualquier otro lugar que afecte a los europeos, de cuya autoría se hacen responsables los portavoces del Estado Islámico (París) o Al Qaeda (Bamako, Mali), a través de las llamadas redes sociales, corren ríos de tinta sobre los islamistas, la cuestión del islam, su naturaleza, sus enseñanzas, las interpretaciones del Corán o de otros textos y hechos del Profeta (hadices) y su inextricable relación con la política. No puede ser de otra manera habida cuenta de que algo más de 50 millones de mahometanos viven en los 28 países de la Unión Europea. El islam político o ideología islamista, ideología político-social fundada sobre una visión religiosa integrista, estará presente en el futuro de Europa y ejercerá una influencia creciente en los países más poblados.

Como es notorio, los terroristas ametrallan a sus víctimas o se suicidan al grito de “Alá es grande” y aseguran en sus invectivas que actúan en nombre del islam contra “los cruzados”, es decir, los occidentales, los infieles, o contra los mismos musulmanes supuestamente caídos en el agnosticismo, la herejía, la incredulidad o la apostasía. Recurren, además, a explicaciones o justificaciones pretendidamente teológicas. Así, por ejemplo, al atribuirse en un vídeo los atentados de París del 13 de noviembre, el portavoz anónimo del Estado Islámico o Daesh invocó las suras o capítulos 59 y 63 del Corán, en las que se vitupera a “los negadores”, que se creen ilusoriamente protegidos contra Dios, y a “los hipócritas” que desdeñan o ignoran el poder de Dios. Todo el vídeo fue una explícita y execrable glorificación de los criminales suicidas, convertidos en mártires de la causa islamista.

No obstante, muchos dirigentes occidentales que podemos englobar dentro de la categoría de biempensantes sostienen una y otra vez que los terroristas denigran la religión mahometana, a la que, de manera apresurada y vulgar, califican de pacifista. Condenan los atentados terroristas, desde luego, pero tratan de comprender los supuestos motivos de sus autores y niegan cualquier relación de éstos con el islam. Los líderes de Occidente están motivados por la corrección política y se dejan arrastrar por una ideología de la compasión por las víctimas de la situación social –los terrorista son unos desesperados y discriminados– que les lleva a buscar los orígenes del terror en los acuerdos anglo-franceses para desmembrar el Imperio otomano (1916) y el colonialismo de las potencias europeas hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

El presidente Obama llegó a afirmar que el Estado Islámico nada tiene que ver con el islam, expresión máxima de la interpretación buenista o balsámica, la “cotton-candy view” (punto de vista de algodón de azúcar, amable y ligero, inconsistente) de unos hechos horribles. En la misma onda ideológica, y tras el atentado contra la revista Charlie Hebdo, en enero de 2015, el presidente François Hollande, en una alocución televisada, llevó esa doctrina socialdemócrata y/o izquierdista a su expresión más radical: aseguró que los terroristas eran “iluminados, fanáticos, que nada tienen que ver con la religión islámica”, afirmación similar a la de Obama y por lo menos inexacta, que puede encuadrarse dentro del llamado wishful thinking o pensamiento ilusorio, o mágico, tildado de débil o blando (soft), que da prioridad a la persuasión de los malvados, confunde los deseos con la realidad y contradice de manera flagrante las proclamas y la actuación ritual de los autores de los asesinatos.

Uno de los análisis (¿) más enconados y parciales sobre la culpa de Occidente lo publicó el economista antiliberal Thomas Piketty en el diario Le Monde, el 21 de noviembre: “Es necesario golpear al Daesh, detener a sus emisarios. Pero es preciso también interrogarse sobre las condiciones políticas de esa violencia, sobre las humillaciones y las injusticias que hacen que ese movimiento beneficie de apoyos importantes en el Oriente Próximo, y suscita hoy vocaciones sanguinarias en Europa.” ¿Qué hacer?  Tras asegurar que “el terrorismo se nutre del polvorín de desigualdades medio-oriental”, Pikkety esbozó una solución: “Un modelo de desarrollo social y equitativo, allí y aquí.” Como de sólito, el futuro radiante que nunca se alcanza; el camino trillado que condujo a la calamidad del estalinismo y al desastre del socialismo real.

He aquí, reanimada por Piketty, la añeja y extravagante doctrina de que la situación social o histórica en que se encuentran los autores de las atrocidades –la miseria en que viven, las humillaciones que sufrieron sus antepasados o las iniquidades que ellos padecen–, modifica  o borra su responsabilidad moral e incluso puede servirles de coartada. Se trata de una perversión justificadora del asesinato múltiple por el antagonismo social, convertido en instrumento insidioso de las minorías extremistas y de los gobiernos u organizaciones que las inspiran o las protegen, dirigidos invariablemente contra el Occidente culpable. Piketty lo tiene claro: la responsabilidad recae sobre la desigualdad, la austeridad, el capitalismo neoliberal, según el catecismo neomarxista de su exitoso libro.

Una vieja enfermedad francesa

El contrapunto lo leí en el semanario parisiense Le Point, en el que Franz-Olivier Giesbert publicó un vitriólico editorial contra “los neovichistas que esgrimen sin cesar excusas, como sus antepasados de los años 40, para el enemigo totalitario”. Lo de los neovichistas es una infamante referencia a los seguidores del régimen de Vichy instalado en esa ciudad balneario en 1940 tras la derrota militar, presidido por el mariscal Philippe Pétain, que colaboró abiertamente con el ocupante nazi. En Francia, en la jerga política, vichista  o pétainista es un epíteto de oprobio que designa a los traidores, los que capitulan y posteriormente colaboran con el enemigo. “El vichismo es una vieja enfermedad francesa”, según el cruel diagnóstico de Giesbert, cuyo virus afecta ahora a los que creen que todos los árabes y todos los musulmanes, islamistas en potencia, son “los malditos de la tierra, los humillados, los ofendidos, los proletarios”.

Esa teoría comprensiva o explicativa se predica en las universidades y los principales medios de comunicación de Occidente, que crean un estado de opinión y condicionan la acción política. Tras los atentados de París del 13 de noviembre, el ensayista holandés Ian Buruma, profesor en la Universidad de Nueva York, publicó un artículo  titulado “La revolución sagrada”, curiosamente publicado en España por el diario ABC (28 de noviembre de 2015) en el que comparó a los asesinos islamistas con el venezolano Carlos Ramírez Sánchez, alias el Chacal, de obediencia marxista, aquéllos supuestamente fascinados por “la violencia revolucionaria”, por “el islam revolucionario”, forma extrema del fanatismo religioso, para concluir: “Lo que ha generado esa violencia salvaje en Madrid, Ámsterdam, Londres, Bruselas y París es un vínculo letal entre las ideologías surgidas de las guerras de Oriente Próximo y los jóvenes desafectos, o simplemente aburridos, de Occidente.”

De tal manera que la cuestión del islam queda diluida en “ideologías surgidas de las guerras” y el tedio o el impulso juvenil y revolucionario de unos jóvenes inadaptados que deben ser “domesticados” o europeizados. Según Buruma, la solución estriba en “una mejor integración de las minorías en las escuelas” e implica que “las leyes y las condiciones deben adaptarse para facilitar que los jóvenes llamados Ahmed o Fátima consigan un trabajo”. Es decir, que la culpa de lo que ocurre la tienen los europeos, que no han adaptado sus leyes ni ofrecido oportunidades a esos jóvenes atraídos por la revolución islámica. Una simplificación y una obvia inexactitud hasta concluir en una tergiversación. La conexión del marxismo del Chacal con el islamismo reaccionario resulta desconcertante.

Los argumentos de Buruma son bastante endebles, comprensivos, apaciguadores. Porque las ideologías no han surgido de las guerras –si acaso éstas las han exacerbado–, ni los jóvenes están discriminados o aburridos, sino bien financiados y muy ocupados en la maquinación de los crímenes. El supuesto cerebro de los atentados de París, Abdelhamid Abaaoud, nacido en Bélgica, hijo de padres marroquíes de clase media, nunca fue pobre ni estuvo marginado, y estudió en una escuela selecta y católica de Bruselas. Siguiendo el razonamiento del profesor neoyorkino, la conversión de los musulmanes al yihadismo debe atribuirse simplemente a su situación social y a la fascinación revolucionaria por un califato islamista instalado en tierras lejanas.

Estas opiniones balsámicas, propagadas desde un púlpito universitario, son una fórmula cómoda para exculpar a la comunidad musulmana, en este caso, la de algún barrio de Bruselas, y alimentar el masoquismo occidental, que condena a los europeos a todas las reparaciones, a pagar las culpas por el imperialismo de sus bisabuelos, a flagelarse con “la tiranía de la penitencia” denunciada por Pascal Bruckner. Las opiniones son desacreditadas por los hechos sangrientos o los currículos de los carniceros, pero los biempensantes se empecinan en el error o la falsedad cuando prevén y anuncian represalias contra los musulmanes de Francia, que jamás se produjeron.

La misma proclividad ideológica tuvimos que soportar los españoles en medio de la tragedia y el duelo del 11 de marzo de 2004 cuando el escritor Juan Goytisolo, famoso islamófilo residente en Marraquech, de inequívoca vocación donjulianesca, denunció unas violentas manifestaciones que nunca existieron contra los muslimes en España tras los atentados de los trenes de Atocha que causaron 192 muertos. Represalias imaginarias contra la barbarie, pero que dieron pie a diversas, falsas y reiteradas acusaciones de islamofobia contra cualquier persona discrepante de la corrección política según la cual “el islam nada tiene que ver con los asesinos”, pues resulta ser una religión de paz y de concordia.

Aunque algún cronista francés llegó a pedir el bombardeo del barrio bruselense de Molenbeek-Saint-Jean, donde se agazapa el estado mayor del terrorismo islamista en Europa, en los medios europeos abundan más las denuncias contra la islamofobia supuesta que las informaciones sobre el odio contra el Occidente que mueve la mano de los yihadistas e inspira todas sus proclamas, en este caso, la de “los leones rugiendo en el corazón de Francia”. Una doble vara de medir realmente inquietante que prevalece en los medios europeos catorce años después de que la escritora italiana Oriana Fallaci (1929-2006), “cuando el hedor de la muerte entraba por las ventanas” de Manhattan,  publicara su célebre y olvidada requisitoria (La rabia y el orgullo) contra la Europa rendida ante la cobardía del buenismo, de lo políticamente correcto, cuando se está enfrentando a “una cruzada al revés”, porque “para los musulmanes, Occidente es un mundo al que hay que conquistar, castigar y someter al islam”. No obstante, la consigna de la corrección política persiste inalterable: “hay que evitar la amalgama”, es decir, la relación aunque sea tangencial de los terroristas con el islam.

Buruma es un ensayista polémico, con amplia repercusión en los medios, que ganó notoriedad al presentar al islamista Tariq Ramadan como un interlocutor entre el “islam moderado” y las sociedades liberales de Occidente y, al mismo tiempo, atacar con virulencia a la combativa Ayaan Hirsi Ali, de origen somalí y musulmán, a la que descalificó como integrista del liberalismo, diatriba en la que fue acompañado por el periodista británico Timothy Garton Ash, que la vituperó como “fundamentalista de la Ilustración” por su defensa de una reforma radical del islam. Ante tan flagrante doble vara de medir, ambos fueron criticados concienzudamente por el estadounidense Paul Berman en La huida de los intelectuales (2010) por sus opiniones conciliatorias hacia el islam político. “Buruma y Garton Ash –escribió Berman—se veían a sí mismo como los enemigos del racismo europeo. Y sin embargo, al arrojarse en los brazos de la causa antirracista, de algún modo habían terminado concentrando sus energías indignadas en menospreciar a una disidente liberal de Somalia [Hirsi Ali].”

El fin de Daesh pero no del islamismo

El escritor argelino Boualem Sansal, ya conocido de mis lectores, critica amargamente a los adeptos de la corrección política porque asegura que ese discurso contribuye a la parálisis del pensamiento crítico en todos los países árabe-musulmanes, pues sostiene que “el islamismo es una cooperativa internacional”, de manera que la prohibición del velo islámico en Francia, por ejemplo, suscita reacciones de protesta en numerosos países, animadas por las autoridades religiosas. En cuanto al futuro, se muestra pesimista: “Veremos el fin de Daesh, pero no será el fin del islamismo”, que sigue emparentado con el fascismo. La última novela de Sansal, 2084. La fin du monde, en la que imagina un Gran Hermano islamista, y cuyo título es un homenaje a George Orwell, está teniendo un gran éxito en Francia.

Tras los atentados sangrientos de París, en la noche del 13 de noviembre, el jefe del Estado francés ya no repitió esa cantinela socialdemócrata tan gastada y discutible, sino que endureció notablemente su discurso y no distinguió entre los terroristas, sus reclamaciones y sus jefes o inspiradores, ni exculpó al islam. Simplemente, fustigó al terrorismo islamista, inextricablemente relacionado con el islam político, y describió los atentados como “un acto de guerra”. Porque, en principio, parece muy difícil negar el carácter musulmán del denominado Estado Islámico y sus esbirros, los autores de los ataques sangrientos, aunque es obvio que la responsabilidad de la matanza no puede extenderse a todo el colectivo musulmán, a los más de mil millones de mahometanos que hay en el mundo, ni tampoco a los 50 millones que habitan en la Unión Europea. Ningún europeo en su sano juicio extendió la condena a todos los musulmanes. Las dudas y la controversia surgen cuando se indagan las causas del odio contra Occidente que alegan los terroristas.

Por fortuna, la gran mayoría de los mahometanos no militan en el Estado Islámico, pero éste y sus yihadistas aseguran que actúan en nombre del islam, una y otra vez, por más que algunos dirigentes occidentales se empeñen en desmentirlos por conveniencia o corrección política y estratégica. Y esto es así porque dentro del orbe musulmán existe una confusión deliberada entre los poderes político y religioso, encarnados en el califa que ha de venir para unificar de una vez por todas a una comunidad dividida, desgarrada y sumida en una guerra intestina. Muchos dirigentes árabes y musulmanes, desde el rey de Arabia Saudí, custodio de los lugares santos, al de Marruecos, comendador de los creyentes, actúan ritualmente como protectores y administradores de la fe de los fieles. Además, todos los mahometanos forman la comunidad de los creyentes (Umma islamiya), que sigue los preceptos del islam, de su libro sagrado (Corán) y los hechos y dichos del Profeta (hadices).

Los juicios más severos y abiertamente en contra de la corrección política los encontré en algunos árabes que se rebelan contra el discurso inamovible que prevalece entre los musulmanes. El escritor marroquí Tahar  Ben Jelloun tacha a los yihadistas de “ignorantes primitivos” y el libanés Amin Maalouf asegura que “los ataques [de París] tienen su origen en la desintegración política y moral de los países árabes y musulmanes”. El escritor y periodista argelino Kamel Daoud, que trabaja en el Quotidien d´Oran, no se anduvo con circunloquios, y poco después de que tuviera noticia de los atentados, desde Nueva York, escribió en Le Point: “El islamismo es un fascismo. Su visión se levanta sobre una pretensión mundial, un totalitarismo hipócrita y un simulacro de guerra: no puede ser moderado, sólo es paciente.”

La realidad es tozuda, la cuestión del islam surge cada vez que los yihadistas disparan el fusil o hace saltar el cinturón de explosivos, pero la corrección política, en todo lo que concierne al islamismo y el terrorismo alcanza en Estados Unidos la dimensión de una pandemia de pensamiento cautivo, de negacionismo persistente, de falsificación de la historia y de retórica del disimulo o el encubrimiento. Una enfermedad moral y política que afecta, sobre todo, a los líderes del Partido Demócrata, el equivalente norteamericano de la socialdemocracia europea.

La periodista Kim Ghattas, que trabaja para la BBC y realizó una investigación muy jugosa sobre el desempeño de Hillary Clinton como secretaria de Estado (The Secretary: A Journey with Hillary Clinton from Beirut to the Heart of American Power (2013), acaba de publicar en la revista Foreign Policy un ensayo sobre “El problema de los demócratas con el islam radical”, en el que desgrana numerosos ejemplos de cómo aquéllos evitan referirse a la religión islámica cuando tratan del asunto del terrorismo. No existen ni el islam ni el islamismo en la retórica antiterrorista de muchos demócratas. La ex secretaria de Estado y aspirante a la Casa Blanca, en nombre de la corrección política y para no herir la susceptibilidad de los musulmanes norteamericanos, ha desterrado de su vocabulario cualquier alusión al islam y ha adoptado el siguiente sintagma: “radical jihadist ideology” para no utilizar el de “radical islam” o el de “ideología islamista”. En el último debate entre los aspirantes a la candidatura del Partido Demócrata para la Casa Blanca, el más progresista de todos ellos, Bernie Sanders, consumó la proeza de no pronunciar nunca la palabra islam en el curso de la emisión televisada, pese a que el asunto del terrorismo ocupó buena parte de la discusión.

Obama camina por la misma senda. Todos los comunicados de la Casa Blanca evitan cuidadosamente los términos islam, islamismo o islamista cuando anda por medio el vidrioso asunto del terrorismo. En la conferencia del G-20 en Antalya (Turquía), el presidente norteamericano sentenció: “El ISIL [Estado Islámico] no representa al islam. No es representativo en ningún caso de las actitudes de la inmensa mayoría de los musulmanes”. La corrección política trata de evitar no sólo los ataques contra los musulmanes estadounidenses, sino también el aumento del antiamericanismo tradicional en muchos países musulmanes o los ataques contra las bases de EE UU en los países del golfo Pérsico.

Arabia Saudí, mecenas del islamismo

Una manera un poco torpe o simplista de eludir el problema, de escamotearlo y, por ende, de restar apoyos a los grupos ilustrados, aunque minoritarios, dentro de los países musulmanes, que abogan claramente por una reforma del islam, pero que tropiezan invariablemente con la hostilidad de los poderosos jeques del petróleo, aliados de EE UU, que mantienen un control férreo de las autoridades religiosas, de los predicadores a sueldo de Arabia Saudí y de las cadenas de televisión panislámicas. La reforma del islam no es tanto un imposible teológico como el corolario del poder exorbitante que unos regímenes abiertamente reaccionarios mantienen sobre las autoridades religiosas de los países más ricos.

La puntillosa preocupación de Obama, Clinton y gran parte del establishment norteamericano por esquivar cualquier alusión al islam que pudiera incomodar a algunos musulmanes contrasta con el silencio o la complicidad que mantienen ante los numerosos desmanes contra las libertades más elementales que se cometen en Arabia Saudí y otros países musulmanes amigos. El caso más escandaloso es el del bloguero disidente saudí Raif Badawi, condenado a diez años de cárcel y a recibir mil latigazos en septiembre de 2014 después de que un tribunal saudí lo hallara culpable de “insultar al islam” por haber creado una web titulada Liberales Saudíes en la que se expresaban algunas opiniones supuestamente heterodoxas. La sentencia incluyó la prohibición de viajar y de utilizar medios informáticos, durante 10 años, además de una multa equivalente a 200.000 euros aproximadamente.

La corrección política afecta también a los republicanos. Obama y Clinton no hacen sino seguir el modelo inaugurado por George W. Bush tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, cuando evitó cuidadosamente cualquier referencia al islam. “Estamos en guerra contra el extremismo violento”, proclamó entonces. En estos momentos, embarcados en una campaña electoral, algunos republicanos se muestran menos circunspectos, como es el caso del muy polémico y extravagante Donald Trump, que llegó a exigir la implantación de un registro nacional para fichar a todos los musulmanes. El senador Marco Rubio, también aspirante republicano, se apartó ostensiblemente de la corrección política y proclamó: “Debemos llamarles lo que son: islamistas radicales”, según puede leerse en la web de su campaña.

La corrección política se explica también por los intereses estratégicos y petroleros de EE UU que le llevan a mantener una estrecha alianza con Arabia Saudí y los emiratos del golfo Arábigo, que data de la época de Franklin D. Roosevelt y que no permite la creación de una alternativa democrática, aunque es notorio que la monarquía de los Saud levantó y mantiene una poderosa plataforma propagandística de una concepción profundamente reaccionaria y rigurosa, salafista, del islam, el wahhabismo, coincidente con la que defiende y propaga el Estado Islámico. El pacto fundador del reino fue concluido en el siglo XVIII entre la familia Saud y el predicador integrista Mohamed ben Abdelwahab, y desde entonces, los ulemas (teólogos) legitiman el poder político de los príncipes.

El ya citado Kamel Daoud acaba de publicar en el New York Times un resonante artículo cuyo título explica la paradójica e inquietante situación: “Arabia Saudí, un Daesh que ha triunfado.” El artículo está lleno críticas contra la alianza ancestral del rey y el predicador y de reproches para la ceguera de los occidentales ante el fenómeno del islam fundamentalista propagado desde Arabia Saudí. Explica y acusa Daoud: “La negación de Occidente frente a ese país [Arabia Saudí] es sorprendente: se acoge a esa teocracia como un aliado y se actúa como si no se quisiera ver que es el principal mecenas ideológico de la cultura islamista.”

 

Anuncios

Responses

  1. Sobre el acertado concepto de ‘neovichismo’ que, como vamos comprobando va adquiriendo carácter de doctrina, dice Valentín Popescu en la parte final de su artículo ‘El doble juego de Qatar’ -La Vanguardia, 4.12, aunque sin referencia a él-: ‘… no ha aparecido nadie que sepa como se pueden apartar los dineros qatarianos del terrorismo sin apartarlos también de las finanzas occidentales’. ¿No vendría a ser esta afirmación, aún sin pretenderlo, una dolorosa justificación del neovichismo?
    Ello, tras recordar el ‘lunes fatídico’ de la bolsa de NewYork cuando Arabia Saudí retiró 50.000 millones de dólares de sus fondos de inversión internacionales en septiembre pasado para ‘atender déficits nacionales’.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: