Posteado por: M | 8 diciembre 2015

La derrota del chavismo y los retos de la oposición en Venezuela

La derrota del partido gobernante y por ende del presidente Nicolás Maduro, heredero y discípulo nostálgico del teniente coronel Hugo Chávez, en las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre, constituye un fracaso para la denominada revolución bolivariana que el caudillo y su sucesor intentaron imponer en la Venezuela petrolera, “el socialismo del siglo XXI”, un experimento populista fallido que la situó al borde de la quiebra económica, la pobreza generalizada, las penurias recurrentes, la inestabilidad política y la violencia desaforada. El proceso revolucionario desencadenado por Chávez en 1998, en favor de los pobres, degeneró en una dictadura política y de las necesidades que, lejos de reducir la pobreza, la elevó a unos niveles sin precedentes en el país que dispone de las mayores reservas de petróleo conocidas.

Aunque la Venezuela de Maduro presenta un panorama moralmente devastado y una situación económica calamitosa, la victoria de la oposición en las elecciones legislativas se comprende mejor si se enmarca en una tendencia general en América Latina que se inauguró con la muerte del caudillo venezolano el 5 de marzo de 2013 y se reforzó tras el acuerdo del presidente Barack Obama con la dictadura de los hermanos Castro para el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre EE UU y Cuba, anunciado hace un año. La crisis de los precios de los hidrocarburos y la disminución drástica de las entregas de petróleo venezolano a Cuba, a precios inferiores a los del mercado (de 100.000 a 50.000 barriles diarios), también influyeron en el enfriamiento de las relaciones entre los dos países.

Raúl Castro publicó en el diario Granma un mensaje de sólo cinco líneas para dar ánimos a Maduro por su “extraordinaria batalla”, a la espera de “nuevas victorias de la revolución bolivariana”, mas todos los indicios apuntan a que los agentes de la policía secreta cubana, tan poderosos en Caracas, no pudieron o no quisieron hacer nada por evitar el anunciado desastre electoral. Es notorio que los cubanos promovieron a Maduro como heredero de Chávez, por creerlo más manejable que su contrincante, el oficial del ejército Diosdado Cabello, actual presidente de la Asamblea Nacional. Pero a juzgar por lo ocurrido desde la muerte de Chávez y la muy pobre actuación de Maduro como presidente, los cubanos de Caracas se tragan ahora el sapo de su error de apreciación y maquinan su respuesta. Lo que vayan a hacer es una de las incógnitas más relevantes de la nueva situación política.

El llamado frente populista en América Latina está debilitado cuando no en franco retroceso, hasta el punto de que el presidente electo de la Argentina, Mauricio Macri, plantea pedir la expulsión de Venezuela del Mercosur si Maduro no respeta el resultado de las elecciones. El Mercado del Cono Sur (Mercosur) está integrado por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. La presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, sucesora y heredera del carismático Lula da Silva, está envuelta en mil rumores sobre la corrupción  de sus conmilitones y amenazada por un proceso de destitución. El presidente de Guatemala, el general Otto Pérez Molina, fue destituido en septiembre último por el Congreso y encarcelado, acusado de corrupción. La oleada democratizadora, que debe acogerse con toda clase de cautelas, marcha acompañada por una cruzada popular contra la corrupción. El populismo se dedica ahora a la caza de los corruptos, que son muchos.

Tres mayorías parlamentarias

Los resultados oficiales y provisionales del Consejo Nacional Electoral indicaron que la oposición venezolana, coligada en la Mesa por la Unidad Democrática (MUD), obtuvo 110 (antes, 66) de los 167 escaños del parlamento monocameral, la Asamblea Nacional. El Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV), fundado por Chávez y ahora encabezado por Maduro, sólo logró 55 diputados. La participación fue elevada (el 74,25 % de los 19 millones de electores) para lo que es habitual. Al escribir este artículo faltaban por adjudicar dos escaños que podrían ser cruciales, ya que una mayoría de dos tercios (112 diputados) otorgaría a la oposición la oportunidad de promover una reforma de la Constitución, destituir a las autoridades judiciales designadas por Chávez y promulgar leyes orgánicas para quebrantar o desmantelar las estructuras burocráticas de la dictadura. Pero es evidente que el chavismo sin Chávez no ha dicho su última palabra.

La Constitución venezolana establece tres mayorías parlamentarias con poderes distintos: la mayoría simple, de 84 escaños; la de los tres quintos (101 diputados) y la de los dos tercios (112 diputados). Sólo la última permitiría a los diputados convocar un referéndum revocatorio para destituir a Maduro, a partir de abril de 2016, o plantear una reforma constitucional que acabe con la confusión institucional característica del chavismo. La nueva Asamblea Nacional entrará en funciones el 5 de enero próximo.

La oposición insistió en que había alcanzado esos 112 escaños, pero sin confirmación oficial. No obstante, a partir de una mayoría calificada de 101 escaños, de la que ya disponen oficialmente, los diputados pueden destituir al vicepresidente de la República, a los miembros del gabinete ministerial y al director del Banco Central, además de organizar comisiones parlamentarias para investigar los casos de corrupción que afecten a los altos cargos del régimen. Cualquier pronóstico sobre el futuro inmediato debe tener en cuenta que las estructuras de la dictadura, levantadas en 16 años, siguen intactas.

No cabe duda que la amplitud de la victoria de la oposición fue tan inesperada como abrumadora. Las fuerzas coligadas de una oposición tantas veces fragmentada y enzarzada en disputas estériles vencieron en todos los distritos del área metropolitana de Caracas, incluyendo los que fueron hasta hace unos meses los bastiones fervientes del chavismo, donde moran los seguidores y corifeos de todas las ocurrencias y extravagancias del caudillo Chávez, escenificadas en la emisión televisada “Aló, presidente”, perfecto vehículo populista, novísimo procedimiento sustituto del clásico balcón del palacio presidencial.

Las masas fieles, subsidiadas y vociferantes que aplaudían las baladronadas del líder, el “exprópiese” o los epítetos infamantes, no pudieron aguantar por más tiempo las torpezas del sucesor, la penuria generalizada, las colas en los supermercados con las estanterías vacías y las injurias continuadas del jinete apocalíptico de la inflación por encima del 100 %, la más alta del mundo. El FMI prevé que la inflación a final de este año habrá alcanzado el 159 %. Por eso no de extrañar que la oposición venciera con holgura incluso en dos distritos de Barinas, el estado natal de Chávez, tan favorecido por los dispendios y regalos del presidente.

Tras conocerse los resultados, Maduro apareció en la televisión para aceptar la derrota. “La contrarrevolución ha triunfado”, subrayó, pero inmediatamente advirtió a sus adversarios: “Administrad bien vuestra victoria.” “Hemos perdido una batalla –continuó–, pero la lucha y la revolución continúan.” Atribuyó la derrota a “la guerra económica” que, según él, libran contra Venezuela los grupos de presión instalados en Miami, Madrid y Bogotá. El desempeño mediocre de Maduro ratifica, en cualquier caso, la experiencia de que los dictadores no tienen sucesor porque el carisma es intransferible. El capital político del chavismo sufrió un retroceso aparatoso, pues las últimas encuestas insistían en que el presidente sólo contaba con el respaldo del 22 % de los encuestados. La evolución política dependerá también de cómo la oposición juegue las cartas que acaba de conquistar.

El petróleo, la pobreza y el narcotráfico

La galopante crisis económica tiene mucho que ver con el petróleo, la bendición pero también el castigo del país, ya que monopoliza el 96 % de todas las exportaciones y el 25 % del producto interior bruto (PIB). Chávez utilizó el petróleo para ejercer la demagogia en el interior y montar una plataforma internacional supuestamente antiimperialista, la Alianza Bolivariana de las Américas (ALBA), con otros Estados latinoamericanos clientes preferenciales y aliados políticos: Cuba, Haití, Nicaragua, Bolivia y Ecuador. Pero el edificio artificioso empezó a resquebrajarse con la reducción de los precios de los hidrocarburos y la corrupta y desastrosa gestión de la compañía Petróleo de Venezuela (PDVSA), tecnológicamente obsoleta, cuya producción no hace sino disminuir. Según el ING Group, Caracas necesitaría que el precio del petróleo escalara hasta los 125 dólares el barril para equilibrar su presupuesto, cuando hace muchos meses que no supera los 50.

El país está agobiado por la dictadura política, la disfunción económica y la corrupción endémica. Shannon K. O´Neil, analista del Council of Foreign Relations, hizo en 2014 una descripción de los efectos de la maldición petrolera: “Los venezolanos no producen nada que no sea el petróleo. Lo que hemos visto en los pasados diez años, bajo Chávez y ahora con Maduro, es el hundimiento del resto de la economía, ahogada por las regulaciones, la burocracia, el control de los precios y un aumento incesante de las expropiaciones de los negocios.” El país entró en recesión en 2014 y se prevé que el PIB retroceda nada menos que el 10 % en 2015, según los cálculos del Fondo Monetario Internacional (FMI). El gobierno estableció el racionamiento de los productos básicos y repartió las inevitables cartillas entre la población.

Bajo la dirección de Chávez y la bonanza del comercio petrolífero, la pobreza disminuyó notablemente desde 1998 a 2012 del 50 % al 30 % de la población, pero la tendencia se invirtió a partir de 2013, de manera que el último estudio de las universidades venezolanas (Encuesta Condiciones de Vida en Venezuela-Encovi-2015) revela que la pobreza afecta ya al 76 % de la población, con un 49 % de los hogares en situación de extrema pobreza. Una cesta de la compra mensual cuesta más de ocho veces el salario mínimo. El dólar se compra y vende a tres cambios distintos, pero en el mercado negro alcanza los 900 bolívares, lo que introduce en el sistema unas distorsiones insuperables. Todas las estadísticas sobre transparencia y competitividad consideran que Venezuela es uno de los países más corruptos del mundo.

El periodista español Emili J. Blasco, corresponsal del diario ABC, en su libro El bumerán Chávez (Amazon, 2015), ofrece numerosos documentos y testimonios sobre las actividades delictivas del gobierno de Chávez y muy especialmente sobre su implicación de algunos prominentes chapistas en el narcotráfico y su connivencia con la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), a la que compraban la droga. Muerto Chávez, la acusación principal sobre el narcotráfico se dirige contra el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, el número dos del régimen. Según cálculos de muy difícil confirmación, aportados por Blasco, el 90 % de la cocaína que se consume en EE UU y Europa pasa por Venezuela, a través del cartel de los Soles.

En este momento histórico de Venezuela, de eventual transición hacia la democracia, queda por saber si la oposición por tanto tiempo fracturada estará a la altura de los desafíos que la aguardan. El líder del sector más moderado, Henrique Capriles, gobernador estatal, derrotado por Maduro en las elecciones presidenciales de 2013, ofreció una conferencia de prensa en solitario la misma noche del escrutinio electoral, mientras sus aliados de la MUD se reunían en un céntrico hotel de Caracas para celebrar el éxito. El ala más radical de la oposición está dirigida por Leopoldo López, que está encarcelado, considerado como el rival de Capriles. “Venció una política, y esa política fue la nuestra”, declaró Capriles ante los periodistas.

No debemos olvidar que la dictadura de Hugo Chávez se levantó sobre los escombros de un fracaso democrático del que fueron responsables los dos partidos demócrata cristiano y socialdemócrata (COPEI y Acción Democrática) que se turnaron en el poder después de la caída de otro dictador populista, el coronel Marcos Pérez Jiménez, derrocado por los militares en 1958. ¿Cómo solventará sus divergencias los beneméritos opositores del chavismo y que harán con su victoria?

 

 

 

 

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Responses

  1. Que inexactitud llamar dictadura a un gobierno electo y que con esta última elección termina por demostrar su aceptación a la regla básica de la democracia. Esta escribiendo desde un punto de vista cada vez más sesgado. No defraude a sus lectores.


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