Posteado por: M | 14 diciembre 2015

“2084”, el Gran Hermano islamista, la profecía política del argelino Sansal

El escritor argelino Boualem Sansal, que nació en 1949 y sigue viviendo en Argelia, pese a las amenazas constantes de los islamistas, ha publicado una distopía aterradora titulada, a la manera de George Orwell, 2084. La fin du monde, editada en París por la editorial Gallimard, con la que ha obtenido el gran premio de novela de la Academia Francesa luego de haber figurado en las selecciones de otros galardones, incluido el Goncourt. Los cenáculos político-literarios de la capital francesa aseguran que la obra fue descartada por algunos jurados por considerarla un producto sofisticado de la islamofobia, acusación simplista y perentoria que se arroja como un epíteto oprobioso contra todos los que se atreven a criticar el islamismo en cuanto ideología política y avisan de sus peligros, tanto en los países musulmanes como en Occidente.

2084_sansal

El relato de Sansal se desarrolla en Abistan, un imperio inmenso de 60 provincias que toma su nombre del profeta Abi, “delegado”, o elegido de Yölah, un dios único y poderoso, clemente y misericordioso. Se trata de un imperio constituido después de una Gran Guerra santa, tan patriótica como devastadora –no se dice si librada con armas atómicas–, pero que dejó profundas cicatrices en las personas y el paisaje. En todo caso, una guerra que fue “larga, y más que terrible”, seguida por innumerables desgracias, cuyas trazas, “piadosamente conservadas”, el autor describe en un francés minucioso y deslumbrante: “manzanas de inmuebles reventados, muros acribillados, barrios enteros sepultados bajos los escombros.” Un panorama desolador, apocalíptico. Los muertos, los nuevos mártires, se contaban por “centenares de millones”.

Abistan está gobernado por una teocracia en cuya cúspide se encuentra Abi, un extraño y esquivo personaje, el delegado de Dios en la tierra, al que algunas imágenes presentan con un gran ojo en medio de la frente, y por eso su apelativo cariñoso de “Bigaye”, deformación léxica de Big eye (Gran ojo), el justo, el bien amado, el clarividente, el vigilante de cuanto ocurre, el dispensador de los dogmas. El profeta está asistido por  la Justa Fraternidad, “la congregación de cuarenta dignatarios elegidos entre los creyentes más seguros por el mismo Abi”, una oligarquía religiosa que transmite sus órdenes a través del Aparato y el Abigouv con sus diversos ministerios. Una estructura de poder que ha sido utilizada por algunos cronistas para establecer una comparación con la de Irán, en la que el poder político está subordinado al Guía religioso no elegido por el pueblo, sino por un cónclave restringido y clerical.

El todopoderoso y enigmático Abi, que se expresa en una neolengua, el abilang, idioma oficial universal y sagrado, ha escrito y sellado para siempre la historia de Abistan, para la enseñanza de las generaciones de la Nueva Era. En cualquier caso, 2084 se presenta como una fecha fundadora para el país incluso si no se sabe cuál era su verdadero significado. El libro sagrado, el Gkanul, en su título 2, capítulo 30, versículo 618, ofrece la consigna suprema: “El hombre no puede saber lo que es el Bien y lo que es el Mal, él tiene que saber que Yölah y Abi actúan para hacerlo feliz.” El mundo feliz, el radiante porvenir que ofrecen todas las utopías fracasadas, religiosas o seculares.

Si Orwell lanzó una memorable advertencia sobre el totalitarismo político, el sistema asfixiante y piramidal que culminaba en el Big Brother, el Gran Hermano, Sansal ha escrito un libro de combate en el que anticipa las consecuencias y secuelas de la autocracia religiosa. Por eso el ministerio más relevante del imperio Abistan es el de la Moral y la Justicia, y el presidium de la Justa Fraternidad, órgano supremo de la teocracia, está presidido por el Comendador de los Creyentes. Y es evidente que el único totalitarismo religioso que tenemos a la vista en nuestra época es el islamista, ya sea en su versión más fanática y terrorista (Estado Islámico) o en otras menos estridentes.

La fe y la hipocresía

En esa teocracia fundada sobre la amnesia y la sumisión al dios único y su profeta, los pensamientos personales están prohibidos y un sistema de vigilancia omnipresente y absoluta permite conocer las ideas de todas las personas y las eventuales desviaciones o apostasías. Oficialmente, el pueblo entero vive en la conformidad unánime, vigilado pero feliz, seguro en la fe y, por supuesto, sin hacerse preguntas. Todo el edificio político-religioso está montado no sobre la fe, como pudiera pensarse, sino sobre la hipocresía, la impostura que funciona como el cimiento del perfecto creyente. Porque la fe, por su propia naturaleza, genera dudas y a veces conduce a la revuelta y la locura. La hipocresía ritual, por el contrario, consume el tiempo e impide que los creyentes se formulen preguntas.

No obstante, luego de haber pasado dos años en un sanatorio lejano para tuberculosos, en los confines del imperio, el protagonista de la obra, Ati, empieza a reflexionar peligrosamente: “Todo ha sido codificado, del nacimiento a la muerte, de la salida a la puesta del sol, la vida del perfecto creyente es una serie ininterrumpida de gestos y palabras, repetidos, de manera que no le deje ningún tiempo para soñar, dudar, reflexionar, descreer eventualmente, creer quizá.” Y no se atreve a sacar la conclusión que el autor si nos ofrece: “Creer no es creer sino engañar.” Así ocurre en Abistan, el reino del pensamiento único. Tras haber tenido esos pensamientos impuros, aparentemente curado de su enfermedad, Ati emprende un viaje de casi un año para regresar a la capital del imperio, Qodsabad, a su barrio y su empleo burocrático. Pero ha hecho un descubrimiento perturbador: “La religión puede levantarse sobre lo contrario de la verdad y convertirse por lo tanto en el guardián encarnizado de la mentira original.” Una forma de alienación que ya había sido detectada por el marxismo.

Toda la primera parte de la novela (73 páginas) es una larga, probablemente desmesurada y sombría disertación, trufada de descripciones desoladoras, de disquisiciones teológicas, que el autor utiliza para describir el sistema teocrático y la devastación espiritual en que aquél se fundamenta. Una novela de ideas, entre la fábula y la requisitoria o panfleto político, con un relato de escasa verosimilitud y un personaje que parece el fruto de una pesadilla, de lectura a veces farragosa. El autor no ha sabido encontrar el necesario contrapunto que resultó apasionante en la obra de Orwell: las azarosas y románticas peripecias de la relación entre Winston Smith y Julia, los protagonistas y desgraciados amantes, que humanizaron la rebelión contra el Gran Hermano. En ambos casos, la parábola desembocará en la pesadilla.

Mucho tiempo, demasiadas páginas, descripciones múltiples y bastantes reiteraciones antes de que el personaje central ideado por Sansal ponga en tela de juicio las certidumbres impuestas y se lance a investigar, pese a todos los riesgos, sobre la vida de los “renegados”, que viven en guetos, campos de concentración al margen del sistema de los creyentes. Un pueblo de impuros, de impíos, que no tiene el consuelo de la religión, hacinados en condiciones infrahumanas, equivalentes a los “proles” de Orwell, y unos guetos a los que sólo se puede acceder a través de un dédalo de caminos subterráneos, tenebrosos y arriesgados, excavados por los contrabandistas, un clan de comerciantes conocido como la Guilde. Unos guetos condenados a la extinción, bombardeados regularmente por el ejército de Abistan. “Guetos de la muerte”, concluye el autor, un mundo prohibido, donde se ha refugiado Balis, el demonio, el miserable, después de haber sido expulsado del cielo por Yölah.

Sansal maneja con soltura una gran cultura religiosa que no contribuye ciertamente a facilitar la lectura de su requisitoria, ni siquiera cuando se relaciona con un amigo de oficina, Koa, con el que decide explorar ese submundo de los guetos, donde obtienen cuatro enseñanzas que les conmueven y que forman parte del mensaje último de la obra:”bajo los muros de separación se despliegan los túneles de relación; los habitantes de los guetos son seres humanos; la frontera es una herejía inventada por los creyentes; el hombre puede vivir sin religión y morir sin la ayuda de un sacerdote.” Son los primeros latidos de la libertad, una tímida esperanza que acabará chocando contra el férreo control del sistema totalitario.

En ningún momento de la novela se nombra al islam, pero a veces las alusiones son transparentes: “El Gran  Mockbi de la Gran Mockba de Qodsaba inauguró la santa carnicería, bajo el ojo concupiscente de las cámaras, degollando con su mano a un siniestro bandido, hirsuto, andrajoso, encontrado en algún asilo de fortuna.” Me permito recordar que Al Qod es el nombre árabe de Jerusalén. Con tan terrible espectáculo de masas se clausuraron los 41 días de fiesta decretados por Abi para conmemorar el descubrimiento de un nuevo lugar santo al que peregrinaron sólo en el primer año veinte millones de penitentes. Los fieles van vestidos siempre con el burni, “el uniforme del creyente”, inventado por Abi al comienzo de su carrera como delegado de Yölah.

Zarandeados por esas conmemoraciones sangrientas –fueron ejecutados millares de prisioneros, de renegados, de fornicadores, de gentes canallescas–, Ati y su amigo Koa se proponen la quimérica empresa de investigar en el ministerio de los Archivos, de los Libros Sagrados y de las Memorias Santas, en el que trabaja un amigo llamado Nas, arqueólogo, y se dirigen hacia el complejo burocrático del Abigouv, “un cafarnaúm imposible como el que existía alrededor de los señores feudales”, un barrio en estado primitivo en el que se encuentra también “la ciudad de Dios, rodeada de una muralla tan alta como una montaña”, “laberíntica y caótica”, concebida para proteger a la Justa Fraternidad. Ati y Koa atravesaron la muralla “por el agujero de las ratas”, colocados irremediablemente al margen de la ley, hacia el misterio y su perdición.

El autor nos presenta un poder distante, ilimitado e inesquivable, de manera que como ha observado Bernard Pívot, reputado crítico francés, en la crítica publicada en Le Journal de Dimanche, “a su valor literario se añade su función de alerta” sobre la desaparición de las libertades, el aplastamiento de los individuos por una teocracia aparentemente irracional, en la que la palabra disparu (desaparecido) utilizada por los burócratas significa que la persona buscada ha sido detenida, ejecutada, quizá secuestrada. “Los dos amigos tomaron conciencia de que la Justa Fraternidad reinaba en Abistan de una manera extraña, total y ruin, omnipresente y distante y que, además del poder absoluto sobre los hombres, parecía detentar otros, desconocidos y misteriosos, centrados en no se sabía qué mundo paralelo y superior.”

A través de un misterioso coleccionista de cosas extrañas, Toz –se supone que un anticuario, como un eco lejano de lo que ocurría en la obra de Orwell–, los dos amigos quedarán prisioneros del poder absoluto. Al final, Ati será capturado e informado de que su amigo Nas se suicidó y que Koa murió al caer en un pozo cuando huía de sus perseguidores por el dédalo de callejuelas del barrio donde está el Abigouv. Ati se convierte así en el único superviviente de la trágica y frustrada aventura del espíritu. Buscado por todas las policías de Abistan, el fugitivo Ati cae en poder de un poderoso clan que conspira para hacerse con el poder, demostración final del carácter medieval y crudelísimo del sistema.

También como Orwell, aunque 60 años después, su intérprete argelino tiene una visión trágica del porvenir porque está persuadido de que el islamismo que le amenaza personalmente se ha mundializado y está preparado para prosperar y extenderse. En la obra de Orwell, el protagonista muere, ejecutado. En la de Sansal, el final es menos sombrío, de manera que Ati, aunque tras perder a sus dos compañeros de pesadilla, mantiene la esperanza de escapar del universo totalitario, atravesando la frontera irreal o simbólica de Abistan. Leve esperanza en el marco de una profecía política traspasada por un pesimismo cósmico.

No cree el autor que el Estado Islámico tenga futuro, pues se trata de “una rama condenada” dentro del movimiento islámico. Y añade, en una entrevista periodística: “El islamismo, por el contrario, en su versión totalitaria y conquistadora, se inscribe en un proceso lento y complejo.” En resumidas cuentas, el Daesh pasará, pero el islamismo mundializado seguirá con nosotros, cada día más agresivo, quizá porque “los europeos –como sostiene Sansal— han abandonado las Luces, con las que habían suscitado inmensas esperanzas en el resto del mundo.”

El grito y la cólera de un ilustrado en medio del fanatismo religioso que impregna el ambiente de Argelia y otros países del Magreb y el Oriente Próximo. “La religión puede hacernos amar a Dios, pero nos hace detestar al hombre y odiar a la humanidad”, concluye Sansal con evidente desesperación. Y en otra entrevista publicada en el diario Le Figaro (12 de diciembre de 2015), fue más explícito sobre los obstáculos hasta ahora insuperables para la reforma: “El islam no deja teóricamente ningún resquicio para la interpretación de los textos. En el siglo XII se decidió que el Corán era la palabra increada de Dios y que ningún humano podía discutirla. Se trataba de una decisión puramente política, tomada por los califas de la época que veían como su legitimidad era puesta en tela de juicio.” Así nació el islamismo, el islam político, rápidamente codificado y petrificado.

 

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