Posteado por: M | 21 diciembre 2015

Planes de paz para una Siria en escombros

 

Después de casi cinco años de guerra, unos 250.000 muertos y cuatro millones de refugiados fuera de un país en escombros, el Consejo de Seguridad de la ONU, organismo teóricamente encargado del mantenimiento de la paz en el mundo, aprobó por unanimidad, el 18 de diciembre, una resolución que contiene un plan para resolver el sangriento conflicto de Siria. Como si revivieran las premisas y condiciones de la guerra fría, el acuerdo fue posible tras varios meses de forcejeo diplomático entre Estados Unidos y Rusia. El método empleado para alcanzarlo fue el habitual en estos casos de dificultad extrema: obviar las profundas divergencias –el destino del presidente sirio, Bachar Asad, entre otras— y establecer un calendario u hoja de ruta de muy difícil por no decir imposible cumplimiento, acordado tras un viaje del secretario de Estado norteamericano, John Kerry, a Moscú, el 15 de diciembre.

La resolución fue finalmente preparada en una reunión en Nueva York el día antes por el llamado Grupo Internacional de Apoyo de Siria (ISSG en su sigla inglesa), que ya había celebrado otras preliminares en Viena en octubre y noviembre. Ese Grupo de 17 países incluye a los cinco grandes con derecho de veto en el Consejo de Seguridad (EE UU, Rusia, China, Gran Bretaña y Francia), además de Turquía, Irán, varios europeos y árabes, la mayoría de ellos adversarios declarados del régimen sirio. El principio teórico de la resolución proclama que el pueblo sirio debe decidir su futuro sin interferencias externas, una vez liberado, por supuesto, de la doble agresión terrorista.

La guerra de Siria refleja la impotencia de las instituciones internacionales para detener la barbarie que se extiende por el mundo, en este caso propulsada por la creciente actividad del denominado Estado Islámico y otros grupos terroristas de similar orientación, o las rivalidades religiosas y regionales en el Oriente Próximo en connivencia con las potencias occidentales y Rusia. Obama insistió en que “vamos a derrotar a Daesh” y echar a Asad del poder, pero con parsimonia y sin bajas, y Putin parece empeñado en defender con sus bombas las posiciones en el Mediterráneo, el viejo sueño imperial de Rusia, en creciente disputa con el turco Recep Tayyip Erdogan, otro líder atrapado por los recuerdos de un pasado glorioso y la nostalgia del califato.

La impotencia internacional para al menos mitigar la tragedia siria, la completa destrucción del país, viene de lejos. En junio de 2012, reunidas en Ginebra, bajo los auspicios de la ONU, las grandes potencias llegaron a un acuerdo de principio para una transición política que preveía la formación de “un gobierno de unidad nacional”. El representante a la sazón de la ONU era el ex secretario general Kofi Annan, que en octubre del mismo año reconoció el fracaso de la iniciativa pacificadora. La guerra se recrudeció. Una nueva reunión en Ginebra, en febrero de 2014, produjo similares y decepcionantes resultados, en medio de las recriminaciones recíprocas y la creciente hostilidad entre Washington y Moscú.

El Consejo de Seguridad nunca tuvo ni siquiera arrestos para una condena moral para muchas de las numerosas calamidades ocurridas en el último medio siglo, desde el apocalipsis maoísta de Camboya con más de tres millones de muertos (1975-1979) al genocidio de Ruanda en 1944, las guerras de Yugoslavia y la matanza de Srebrenica en 1995, el desastre persistente de Somalia, el exterminio de poblaciones enteras en Sudán, el desamparo de los saharauis o la locura mortífera de Boko Haram en Nigeria. La única diferencia es que ahora podemos observar por internet cómo los carniceros islamistas afincados en Siria e Iraq degüellan a sus rehenes delante de las cámaras o cómo sus camaradas somalíes hacen estallar los coches bomba en el centro devastado de Mogadiscio.

Cese de hostilidades y negociación

Según la hoja de ruta aprobada por el Consejo de Seguridad, en enero próximo, pero sin precisar la fecha, deberán comenzar las negociaciones entre los representantes del gobierno sirio y de la oposición, coincidiendo con la entrada en vigor de un cese de hostilidades. Un alto el fuego que no se aplicará desde luego a las operaciones contra los grupos armados extremistas, especialmente el Estado Islámico y la franquicia de Al Qaeda conocida como Frente al-Nusra, según reza la resolución. Ésta hace también un llamamiento a las potencias intervinientes, aunque hasta ahora actuaron de manera obviamente ilegal, para “eliminar el santuario que [los grupos extremistas] han creado en una gran parte de Siria”.

Seis meses después, si la negociación progresa, entrará en funciones un gobierno provisional, “creíble, inclusivo y no confesional”, encargado de preparar y presidir unas elecciones parlamentarias y presidenciales, “libres y justas”, que deberían celebrarse 18 meses después del comienzo de las conversaciones de paz, es decir, a mediados de 2017. Nada se dice sobre la composición de ese gobierno ni si Asad podría concurrir a las elecciones después de haber presidido la catástrofe nacional. No obstante, todo el proceso político de la negociación queda bajo los auspicios de la ONU, puesto que el Consejo de Seguridad encarga al secretario general, Ban Ki-moon, que organice “las negociaciones oficiales para un proceso de transición política”.

El compromiso alcanzado por EE UU, Rusia, Irán, Arabia Saudí y Turquía –los principales actores externos con intereses contrapuestos— es el corolario de la escalada militar que comenzó en septiembre con la intervención rusa a favor del régimen de Damasco, enconada tras el derribo de un caza ruso por una escuadrilla turca, el 24 de noviembre, en la zona fronteriza. Las conversaciones diplomáticas, impulsadas y dirigidas por el secretario de Estado norteamericano, comenzaron el 30 de octubre entre los principales países concernidos para desembocar en un acuerdo que, según un diplomático árabe participante en las negociaciones, citado por la Agencia France Presse, elude cuidadosamente “los principales puntos del contencioso”.

Los países más críticos con las lagunas del plan  –Francia, EE UU, Arabia Saudí y Turquía— son precisamente los que sostienen desde el principio de la guerra que el presidente Asad debe marcharse, como repitió Obama en su última conferencia de prensa del año, minutos antes de que el Consejo de Seguridad aprobara la resolución. El presidente insistió en que no habrá paz en Siria “sin un gobierno legítimo”, términos vagos que no contribuyen ciertamente a aclarar una situación endiabladamente compleja de rivalidades regionales, guerra de religión e intereses estratégicos. El ministro francés de Exteriores, Laurent Fabius, el más activo de todos los responsables europeos, reclamó “garantías” para asegurar la salida del presidente sirio. La estrecha alianza de Washington y París quedó sellada por la visita sin precedentes que el secretario de Defensa norteamericano, Ashton Carter, realizó al portaaviones francés Charles de Gaulle, que surca el Mediterráneo más oriental y del que despegan los aviones que bombardean sin tregua pero con escasa efectividad las posiciones del denominado Estado Islámico.

La resolución del Consejo de Seguridad alude meramente a “la utilidad de la reunión de Riad”, del 9 al 11 de diciembre, en la que participaron los principales líderes de la oposición llamada “moderada”, representantes de las organizaciones suníes armadas y diplomáticamente protegidas por Arabia Saudí y otros emiratos petroleros del golfo Arábigo, que denuncian sin descanso los bombardeos de Rusia y exigen la renuncia de Asad para iniciar el proceso de transición política. Moscú y Teherán, por su parte, protectores militares y financieros del presidente sirio, aunque por motivos distintos pero coincidentes –estratégicos globales y regionales, además de religiosos– rechazaron el cónclave de la capital saudí como una injerencia en los asuntos internos de Siria y advirtieron de la presencia entre los reunidos del representante de un grupo claramente salafista y terrorista, el poderoso Ahrar al-Sham, armado y apoyado por Turquía y Qatar.

Entre Asad y el caos

John Kerry, al hacer el resumen de la situación, dejó bien sentado que no se hacía ilusiones sobre la dificultad del empeño, pero se congratuló de “la unidad sin precedentes” de las grandes potencias. Insistió en que Asad “ha perdido la capacidad y la credibilidad necesarias para unir y dirigir a su país”, pero su homólogo ruso, Serguei Lavrov, replicó que “sólo un amplio diálogo llevado a cabo por los sirios puede acabar con los sufrimientos del pueblo”. El jefe de la diplomacia rusa recordó que las intervenciones norteamericanas contra Sadam Husein y Gadafi habían desembocado en el caos y la guerra civil.

No obstante, Washington parece haber retirado de sus objetivos inmediatos la caída de Asad como condición inexcusable de la negociación. Ahora que el Estado Islámico controla un vasto territorio en Iraq y Siria, los estrategas norteamericanos no desean que se produzcan en Damasco un vacío de poder que sólo serviría para galvanizar a los grupos abiertamente terroristas. El mismo John Kerry aclaró que el objetivo norteamericano era la derrota de los yihadistas. Los analistas norteamericanos del Council of Foreign Relations, en su Preventive Priorities Survey (Examen de las Prioridades Preventivas) para 2016, llegan a la conclusión que “la guerra civil siria ha reemplazado al conflicto de Iraq como el primer motivo de preocupación de la acción exterior de EE UU”.

Después de la resolución del Consejo de Seguridad, el mediador de la ONU, el diplomático Staffan de Mistura, señaló que había que ser cauto y “realista” en cuanto a la fecha del inicio de las negociaciones. “Espero que seremos capaces de comenzar en enero”, añadió. La situación es tan apremiante que cualquier dilación puede dar al traste con el plan de paz. A pesar de la parsimonia de que hizo gala el presidente Obama en todo este asunto desde que irrumpió en la escena internacional (2011), los especialistas del Pentágono temen una escalada bélica que arruinaría inmediatamente las leves expectativas levantadas por la inesperada unanimidad de las grandes potencias en el Consejo de Seguridad.

El “Plan de paz para Siria”, elaborado por los especialistas de la Rand Corporation, prevé un cese inmediato de hostilidades como la condición previa e imprescindible para abordar tan compleja situación y todas sus ramificaciones, preservar la integridad territorial pero estableciendo al mismo tiempo un mapa detallado de las zonas controladas por diferentes grupos étnicos y religiosos con sus correspondientes patrocinadores externos. Sería la única forma de fijar las líneas de demarcación para un eventual y eficaz armisticio. Sólo después de que cesaran los combates podrían las fuerzas políticas empezar las conversaciones para decidir sobre el futuro del país.

El peor inconveniente de esos planes de paz es que aún estamos muy lejos, así militar como políticamente, de un cese de hostilidades. Siria es un Estado fallido y en ruinas, asediado por poderosos enemigos externos, desgarrado por el sectarismo religioso de suníes y chiíes, epicentro del terrorismo islámico y zona de expulsión de millones de refugiados que huyen de un conflicto sin solución. La revisión efectiva de esa situación tan calamitosa me parece una tarea titánica que en estos momentos supera la voluntad y los recursos materiales y personales de las grandes potencias. A falta de enérgicas medidas militares –más allá del proceso diplomático abierto por la ONU–, el conflicto se perpetuará hasta la destrucción del país que fue cuna de nuestra civilización y el aniquilamiento de sus poblaciones.

 

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