Posteado por: M | 26 diciembre 2015

Pesimismo en Europa: refugiados, austeridad y populismo

La reunión cumbre de la Unión Europea del 17-18 de diciembre en Bruselas cerró un año muy difícil para el continente, durante el cual los principios y las instituciones comunitarias fueron zarandeados por la crisis del euro, bajo el signo de la austeridad; la tragedia griega de la deuda, el populismo, el corralito y la miseria; la odisea de los refugiados, la guerra larvada de Ucrania y los atentados del terrorismo islámico. Por último, pero no lo menos importante, las demandas del primer ministro británico, David Cameron, sobre las ventajas que pretende obtener de sus 27 socios para abogar por la permanencia del Reino Unido en la empresa europea a través de un arriesgado referéndum que deberá celebrarse en  2016 o 2017. Las elecciones regionales en Francia y las generales en España y Portugal añadieron otros motivos de inquietud, de manera que las previsiones para el próximo año no pueden ser optimistas.

La cancillera alemana, Angela Merkel, fue designada como el personajes del año por dos publicaciones de fuste, la revista norteamericana Time, inclinada hacia la derecha, y el diario británico Financial Times, portavoz económico de los restos de la socialdemocracia. Sin regatearle los méritos derivados de la solidez de sus convicciones, de su desprecio por el nacionalismo fanático, de su coraje para nadar contra la corriente, los réditos de la gestión de “la cancillera del mundo libre”, como la describen sus panegiristas, suscitan opiniones encontradas, incluso dentro de su partido, la Unión Cristiano Demócrata (CDU), y de sus adversarios políticos pero compañeros de la coalición gubernamental, los dirigentes del Partido Socialdemócrata (SDP).

Las críticas contra la política migratoria de Merkel arreciaron tras los atentados islamistas de París del 13 de noviembre, sobre todo, por los líderes de la Unión Social Cristiana (CSU), rama bávara del partido de Merkel, y el conglomerado xenófobo de Alternativa por Alemania (AfD). En el punto más alto de la crisis de los refugiados, la popularidad de la cancillera alcanzó su nivel más bajo desde 2011, pero casi el 90 % de los dirigentes de la CDU/CSU estaba satisfecho con su gestión. En torno al 40 % de los alemanes opinan que la inmigración ofrece más ventajas que inconvenientes. Todo esto quiere decir que Merkel está tan fuerte como siempre y que muy probablemente volverá ser la candidata de su partido en las elecciones previstas para 2017.

La explotación demagógica de la austeridad –madrastra del empobrecimiento– por parte de los movimientos populistas, a ambos lados del tablero político, tanto al sur como al norte del continente, y la avalancha de un millón  de refugiados ilegales que alcanzaron la UE en 2015, según los cálculos de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM), pusieron a prueba la firmeza de carácter de la cancillera. No hay duda de que Merkel sigue siendo la figura política dominante en el escenario europeo, pero parece evidente que la austeridad doctrinaria a la que se aferró y su posición liberal y compasiva en lo que concierne a los refugiados erosionaron su prestigio en los países más afectados y sometieron a fuertes tensiones la cohesión del eje franco-alemán sobre el que gravita el proceso de integración.

Jean-Claude Juncker, alarmado y con frecuencia desbordado por el carácter endémico de las crisis, describió su ejecutivo comunitario como “la Comisión de la última oportunidad” y advirtió de los peligros que acechan tanto al euro como a la libre circulación de personas dentro del llamado espacio de Schengen. Al terminar la última cumbre de la UE en Bruselas, Juncker insistió: “Las crisis que padecemos seguirán con nosotros, y vendrán otras.” Mensaje tan pesimista como enigmático, pues no aclaró cuáles son los conflictos o calamidades por llegar. El presidente del Consejo Europeo, el polaco Donald Tusk, tan amable como gris, mantuvo la boca cerrada, pero su semblante es más sombrío cada día que pasa en Bruselas.

Un corresponsal de la agencia británica de noticias Reuters, Paul Taylor, al hacer un conciso resumen de lo acontecido, se refirió al “año infernal” en Europa, de claro retroceso en cuanto a la integración, de viejos fantasmas, desafíos persistentes y nuevas fronteras. Una filípica sin contemplaciones. ¿No será esa visión tan negativa de un periodista británico una manera de expandir la melancolía y justificar la voluntad de muchos de sus compatriotas de cortar amarras con el continente, de persistir en su glorioso aislamiento? En Londres, el euroescepticismo que corroe al Partido Conservador está bien instalado en los lugares más encopetados de la política, las universidades y la información, mientras que la City y las industrias desean mantener los lazos con la UE.

En cualquier caso, el 2015 fue un año tumultuoso, según el relato de un cronista del New York Times, David Kirkpatrick, como no se recuerda desde 1989, cuando se derrumbó el muro de Berlín y sobrevino el hundimiento inesperado de todos los regímenes comunistas. La gran diferencia es que las ilusiones y esperanzas de hace un cuarto de siglo se han trocado en notas estridentes de una sinfonía bruscamente interrumpida. La tortuosa negociación que Cameron deberá emprender con sus socios será también como un retorno al pasado, como en los años 60 del pasado siglo, cuando un tozudo lector del Times se hizo famoso por recordar lacónicamente a sus compatriotas la batalla de Hasting (1066) en la que los invasores normandos vencieron a los autóctonos. “¡Británicos, despertad!”

La cuestión migratoria seguirá presionando sobre los países de la UE, especialmente los de llegada o destino de los refugiados o inmigrantes, desde Grecia, Italia y España, a Alemania, Suecia o Dinamarca. El acuerdo entre Turquía y la Unión Europea para frenar el flujo migratorio a cambio de ayuda económica, firmado en Bruselas el 29 de noviembre, ha servido para que la policía turca se muestre algo más diligente en la tarea de impedir el azaroso puente marítimo hacia las islas griegas del mar Egeo, pero no podrá detener el éxodo de los desesperados, con el inevitable acompañamiento de terroristas, mientras sigan las guerras en Siria, Iraq y Afganistán. La UE entregará 3.000 millones de euros a Ankara en los próximos dos años para el control de fronteras y la atención de los 2,5 millones de refugiados que malviven en las tiendas de campaña, según los cálculos oficiales muy por debajo de la realidad.

El ministro alemán de Exteriores, Frank-Walter Steinmeier, socialdemócrata y europeísta convencido, en una entrevista publicada en el semanario Der Spiegel, se refirió a la fatal coincidencia de ambos problemas. “La crisis de los refugiados ha revelado de manera implacable las divergencias en Europa cuando los efectos de la crisis económica estaban aún muy lejos de haber sido superados.” Como otros federalistas, que abogan por avanzar sin miedo por el camino de una integración cada día más estrecha, sugiere Steinmeier que la Europa comunitaria siempre salió fortalecida de las crisis, pero reconoce que no es fácil confiar en las lecciones de la historia en estos días tumultuosos.

Entre las exigencias más polémicas de Cameron para reformar y renovar el contrato de Gran Bretaña con la UE se encuentran precisamente las que conciernen a los flujos migratorios y por ende a la libertad de movimiento y trabajo de las personas dentro del espacio comunitario. El primer ministro británico exige que los inmigrantes en el Reino Unido pasen un calvario de cinco años antes de disfrutar plenamente de los beneficios del estado del bienestar, una discriminación palmaria que suena muy mal en los círculos de Bruselas dominados por la corrección política. Los eurócratas que deben desbrozar el camino de la negociación con Londres reconocen que el tema migratorio será el más difícil de resolver.

Renzi contra Merkel

El jefe del gobierno italiano, Matteo Renzi, fue el primero en abrir fuego directo contra la cancillera Merkel, no sólo por el efecto llamada que produjeron las palabras de ésta entre los aspirantes a entrar en Europa –“Podemos hacerlo”, señaló al comienzo de la crisis, al defender la masiva acogida de refugiados–, sino por su rigor inflexible en la cuestión fiscal o del control de la deuda, a la que achaca el aumento del populismo de derecha e izquierda en Europa. Tras conocerse los resultados de las elecciones españolas del 20 de diciembre, en unas declaraciones al Financial Times, Renzi volvió a la carga contra Merkel, de la que dijo que con su estrategia de rigor presupuestario había puesto alas a los extremismos en Europa.

Ésta fue la declaración de Renzi: “No sé lo que va a ocurrir con mi amigo Mariano [Rajoy], pero lo que sé es que aquellos que han estado en la primera línea y son fieles aliados de la política de rigor sin crecimiento han perdido su trabajo. Ocurrió en Varsovia, aunque las circunstancias allí son muy particulares; ocurrió en Atenas, ocurrió en Lisboa, y veremos qué ocurre en Madrid.” “Tengo una excelente relación personal con Angela [Merkel], a la que estimo; pero tenemos que ser francos –añadió–. Europa tiene que servir a 28 países, no sólo a uno.” Puesto que la aseveración de “rigor sin crecimiento” no deja de ser una ocurrencia demagógica que no se puede aplicar a España, el disparo de Roma contra Berlín resulta poco convincente, pero no cabe duda de que suministra munición dialéctica al populismo del que abomina.

El líder italiano, que dirige un gabinete de centro-izquierda, contó con el respaldo de Grecia y Portugal –los gobiernos más a la izquierda de la UE– para criticar la negativa de Merkel a la creación de un programa de garantía de los depósitos bancarios en la eurozona. La política europea hacia Rusia fue otro motivo de fricción, igualmente señalado por Renzi, que vituperó algunas actitudes “hipócritas”, en este vidrioso asunto, wen el que contó con la connivencia de los tres Estados bálticos y Bulgaria. Los portavoces oficiosos recordaron que las sanciones europeas contra Rusia, tras la anexión de Crimea, determinaron la cancelación del proyecto de un gasoducto que desde el mar Negro, y a través de Bulgaria y los Balcanes, debería enlazar en Italia con la red europea, pero Alemania, contra viento y marea, mantuvo el gasoducto submarino en el Báltico para que el gas llegue directamente desde Rusia a las industrias germanas. Un recordatorio mortificante para el gobierno de Berlín.

¿Estamos ante un caso de resentimiento por la hegemonía de Alemania o se trata, por el contrario, de una discrepancia económica bien fundada o de una genuina defensa de la empresa europeísta? No puedo entrar en el juicio de intenciones de algunos políticos en medio de la tormenta, pero puedo subrayar que hasta el primer ministro francés, Manuel Valls, que pasa por ser el mejor aliado de Berlín, censuró acremente la actitud de la cancillera en cuanto a la política de puertas abiertas para los refugiados. “No fue Francia la que dijo: Venid.”, señaló Valls. Quejas parecidas se airearon en otros países de acogida como Holanda, Noruega y Dinamarca, bajo la presión de importantes movimientos xenófobos.

En cuanto al ascenso de los populismos, del que Renzi responsabiliza a la política económica de Merkel, se trata de un problema muy complejo que suscita hondas discrepancias en el seno de la UE y que no puede despacharse con el expediente simplista de buscar un chivo expiatorio, en este caso, los criterios que presidieron la creación del euro –deuda, déficit e inflación— y que cualquier gobierno en Berlín tratará de salvaguardar. Así lo exigen los pactos comunitarios, los estatutos del Banco Central Europeo (BCE) y la opinión pública alemana que sacrificó el marco en aras de la integración monetaria, un proceso que probablemente no ha dado los frutos que se esperaban porque algunos países siguen empeñados en endeudarse, en gastar por encima de su capacidad productiva y de ahorro, y en no cumplir con sus compromisos.

Nada parece indicar que Italia esté inmunizada contra el malestar que detecta  Renzi, el cual considera que las reformas son la clave de su éxito político, frágil y controvertido, en todo caso. Según todas las encuestas, los xenófobos de la Liga Norte (derecha regional), los populistas del Movimiento 5 Estrellas (izquierda estrambótica) y los posfascistas de Fratelli d´Italia suman nada menos que el 40 % de las intenciones de voto. El Partido Demócrata (PD), la formación de centro izquierda que encabeza Renzi, y que aglutina a los supervivientes del comunismo y la democracia cristiana, cuenta en los sondeos con el 31 % de las intenciones del voto, sólo dos puntos por delante del Movimiento 5 Estrellas (29 %) que dirige el cómico Beppe Grillo. No debemos olvidar que la retórica del uomo qualunque, del hombre común, uno de los pilares del populismo, nació en Italia después de la caída del fascismo como un frente político financiado por la patronal Cofindustria.

Italia es con Grecia el país con más movimientos populistas, de todos los colores, de derechas y de izquierdas, cuyas génesis y propuestas demandan un examen cuidadoso para encontrar los antídotos de un virus que amenaza algunos de los cimientos de la UE. Casi todos los países tienen sus movimientos o partidos populistas, de derechas en la Europa central y septentrional (Francia, Reino Unido, Austria, Hungría, Escandinavia), de izquierdas en la Europa del sur, los llamados PIGS (cerdos) por su sigla inglesa: Portugal, Italia, Grecia y España. La línea divisoria comienza en los Pirineos y acaba en los Cárpatos, con el Mediterráneo como referencia. Los medios norteamericanos incluyen al multimillonarios Donald Trump, aspirante a la candidatura republicana, entre los líderes populistas, en la misma línea de la francesa Marine Le Pen, el húngaro Víktor Orban o el holandés Geert Wilders, líder del Partido para la Libertad (PVV), que acaba de ser elegido político del año 2015 por el público de los Países Bajos. Una simplificación más en un panorama abigarrado y bastante confuso.

En Francia, como en España, “le bipartidismo c´est fini”, el bipartidismo se ha hundido, pero las consecuencias son muy distintas en ambos países. Marine Le Pen fue derrotada en las elecciones regionales por el modo de escrutinio (mayoritario a dos vueltas) y los acuerdos explícitos o subterráneos entre el partido socialista (PS) y Los Republicanos de Nicolas Sarkozy en la segunda vuelta, de manera que el Frente Nacional, con un tercio de los sufragios, no gobernará ninguna región y sólo dispone de dos diputados y dos senadores. En España, con un escrutinio proporcional corregido, Podemos, con sólo el 20 % de los sufragios, logró 60 escaños en el Congreso. ¿Hasta cuándo podrá Francia mantener esa exagerada discrepancia entre los sufragios expresados y su representación parlamentaria o regional?

La diatriba contra las élites 

La derecha y la izquierda populistas tienen muchas cosas en común: su notorio antieuropeísmo, la movilización permanente de sus huestes, su desprecio por el orden legal, el repudio de los adversarios, la retórica de la verdad prefabricada al servicio del “pueblo” y el culto del líder. Una de las características más acusadas de los populismos actuales en Europa, tanto de derechas como de izquierdas, es su diatriba contra las élites extractivas, contra los partidos tradicionales, contra “la casta”, según el epíteto denigratorio utilizado en España por Pablo Iglesias y sus amigos de Podemos, en defensa del pueblo, como un eco de “la France des oubliés” evocada ritualmente por Marine Le Pen, la presidenta del Frente Nacional, que obtiene sus mejores resultados en algunos de los que fueron feudos y bastiones del partido comunista.

Para el francés Guy Hermet, los movimientos populistas de izquierda y derecha comparten muchas ideas y subterfugios retóricos, principalmente su hostilidad hacia las élites y “una moral dicotómica” en la que el universo social está partido entre el cielo de los buenos y el infierno de los malos, de manera que la política deviene una fantasía redentora e intolerante que instala “un apartheid inscrito en los corazones”. El mexicano Jesús Silva-Herzog Márquez se muestra especialmente mordaz en su planteamiento: “La palabra populismo es una nube de asociaciones detestables. Es demagogia, irresponsabilidad, rechazo de la negociación institucional, desprecio de las sumas y restas, adoración de un caudillo.”

Todos los populismos, siguiendo el paradigma creado por Enrique Krauze, su más relevante estudioso en América Latina, “alimentan la engañosa ilusión de un futuro mejor que siempre postergan”, se adaptan a todas las ideologías, pero son “un viejo enemigo íntimo de la democracia” que en algunas ocasiones resultó letal. El “decálogo del populismo” elaborado por Krauze pueden leerse en el “prólogo para españoles” de su ensayo sobre el chavismo, El poder y el delirio, reeditado en Barcelona por la Editorial Tusquets en 2015. Muy instructivo para los españoles por cuanto el partido Podemos hunde sus raíces ideológicas y retóricas en la Venezuela de Chávez y la lucubraciones del profesor argentino Ernesto Laclau, que inventó una sedicente teoría (La razón populista, editado por el Fondo de Cultura Económica, 2006) para justificar históricamente al peronismo y sus derivaciones más recientes.

En los populismo europeos coexisten los acentos izquierdistas de Podemos, que tanto debe el chavismo, con los derechistas del Frente Nacional o del Partido de la Libertad en los Países Bajos. Una verdadera amalgama contra el sistema establecido, que el británico Tim Black, en un artículo publicado en Spiked, revista posmarxista en internet, vincula con “la psique política: el deseo de ser escuchado, el deseo de ejercer un mínimo de control sobre su vida.” En su opinión, la clase política europea se ha desvinculado por completo de la voluntad del pueblo, es decir, que no tiene salvación. Si diagnóstico es desalentador: “Los grandes partidos hablan el lenguaje de las élites, de la tecnocracia, de la gestión económica y social. En vez de buscar el apoyo y la legitimidad del pueblo, prefieren buscar refugio en la Unión Europea.” Paradójicamente, Tim Black refleja muy bien no sólo la retórica del populismo, sino los prejuicios contra Bruselas de las élites británicas.

Creo que en el caso de la izquierda, como la que predomina en España, hay que añadir un neomarxismo poco elaborado, una perspectiva posmarxista, según la jerga de Laclau;  un claro oportunismo ideológico que, tras haber enterrado el hacha de la lucha de clases y el protagonismo heroico del proletariado, organiza un frente heterogéneo de descontentos, ofendidos e indignados, universitarios en paro o subempleados, de trabajadores marginados por la revolución tecnológica o la globalización, de clases medias en vías de proletarización, de comunistas y anarquistas siempre en busca de una revolución que no llega, unificados temporalmente por el rechazo de un sistema que les ofrece escasas oportunidades de mejora de su situación social.

El populismo emerge ciertamente cuando las instituciones democráticas están bloqueadas, o resultan manifiestamente ineficaces, y se recrudece con las disfunciones de los modelos electorales. Seguirá alertando las conciencias europeas y, por ende, amenazando los cimientos de la democracia. Podrá ser domesticado por el ogro burocrático de Bruselas, como ha ocurrido con el griego Syriza y la capitulación de su jefe, Alexis Tsipras, pero permanecerá como la excrecencia anormal en un sistema necesitado de una profunda reforma. La Unión Europea tiene ante sí el enorme desafío de adecuar sus ideas y sus prácticas a los nuevos tiempos para persuadir y contener a sus millones de insurgentes. “Ha sido un annus horribilis”, sentenció Charles Grant, director del Center for European Reform, un grupo de reflexión e investigación con sede en Londres.

 

 

 

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Responses

  1. Reservé de un Magazine del diario La Vanguardia del dia 2.11.14, una entrevista al viejo pensador y sociólogo Zygmunt Baumann.
    Cita Naumann a Gramsci que actualizó la idea de interregno para definir una situación en la que los viejos modos de hacer las cosas ya no funcionan y las formas de resolver los problemas de una nueva manera efectiva aún no existen o no las conocemos, añadiendo que los gobiernos viven atrapados entre dos presiones imposibles de reconciliar: la del electorado y la de los mercados. Tienen miedo a que si no actúan como las bolsas y el capital viajero quieren, las bolsas quebrarán y el dinero se irá a otro país. No se trata sólo de que pueda haber corrupción y estupidez entre nuestros políticos, sino que esta situación les hace impotentes. Y por eso la gente busca desesperadamente otros modos de hacer política. (Es quizá la ‘revolución que no llega’, de que tratas?).
    Menciona después a Jeremy Rifkin que habla del ‘procomún colaborativo’ y de Benjamín Barber, que ha publicado el libro ‘Si los alcaldes gobernaran el mundo’, en el que dice que los estados están acabados… que las instituciones locales son capaces de enfrentarse a los problemas mucho mejor y tienen la dimensión adecuada para ver y experimentar su colectividad como una totalidad. Pueden llevar a cabo luchas mucho más efectivas para mejorar las escuelas, la sanidad, el empleo, el paisaje, sugiriendo una especia de Parlamento mundial de alcaldes de las grandes ciudades. Nada demasiado utòpico porque el 70% de la población vive en ciudades…
    El sombrío semblante de Tusk cada día que pasa y las declaraciones de Juncker sobre el hecho de dar por cierto que vendrán más crisis añadidas a las actuales, son palabras de tu artículo que junto con el ‘prefacio’ del primer párrafo, no invitan precisamente a rectificar mi impresión de que poco o nada se puede hacer sobre nada. (Hipócritas conclusiones de la reunión de París sobre el cambio climático, aparte).


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