Posteado por: M | 2 enero 2016

Arabia Saudí, madre ideológica del furor islamista

Arabia Saudí es el epicentro del seísmo que sacude el Oriente Próximo. De manera diversa, las fuerzas armadas saudíes, el petróleo, la interpretación más integrista o reaccionaria del islam y el tesoro de la dinastía de los Saud están involucrados en las guerras de Iraq, Siria y Yemen, precisamente cuando el hundimiento de los precios de los hidrocarburos ha creado un insólito agujero multimillonario en las cuentas antes boyantes de la monarquía de origen divino. Por primera vez desde la aparición de este fabuloso reino del desierto, los compromisos e intervenciones exteriores, la bulimia armamentista y los gastos exorbitantes del proselitismo religioso alimentan el descontento interior y una inquietante inestabilidad. El rey Salman bin Abdulaziz al Saud y su numerosa familia se enfrentan a unos desafíos estratégicos sin precedentes.

La inveterada alianza de Arabia Saudí con Estados Unidos, fortalecida durante la guerra fría, gravitó sobre la explotación petrolera y resistió durante 70 años los quebrantos derivados del conflicto entre Israel y los árabes, pero ahora afronta la desagradable perspectiva expansionista de un Irán nuclear, otra teocracia islámica, pero chií, con importantes reservas petrolíferas e influencias y clientes en Iraq, Siria, Líbano, Yemen y algunos emiratos del golfo Pérsico, especialmente en el de Bahréin. En tiempos de guerras y convulsiones de raíz religiosa o estratégica, con la región en llamas y los precios de los hidrocarburos en mínimos, la protección militar y diplomática que Washington dispensó siempre a los monarcas saudíes y otros jeques del petróleo está sometida a fuertes tensiones.

Los orígenes del Estado saudí son relevantes para comprender el factor religioso que está presente en todos los conflictos, en esta nueva guerra de los 30 años, la guerra civil dentro del islam. Nada se entiende en la región sin tener muy en cuenta el cisma religioso que separa y enfrenta a los mayoritarios suníes (85 % de todos los mahometanos), seguidores de la Sunna (relato de los hechos y gestas de Mahoma, los hadices), con las diversas minorías chiíes (10-15 %), y que se remonta más allá de un milenio. Arabia Saudí, cuyo monarca es el protector de los lugares santos del islam en La Meca y Medina, donde nació y murió el profeta, respectivamente, actúa como la matriz ideológica y financiera de la comunidad suní. Todos los musulmanes oran en la dirección de La Meca y están obligados a peregrinar a ese lugar al menos una vez en su vida.

La comunidad suní respeta la tradición en lo que concierne a la sucesión de Mahoma y considera que los chiíes, que rechazan la línea sucesoria original y siguen la de Alí, primo y yerno del profeta, son unos herejes a los que hay que convertir para que vuelvan a la verdadera fe. Los chiíes no reconocen el carácter preceptivo de la Sunna (marcha, progreso) porque sostienen que el imán o guía –los ayatolás en Irán– es la fuente única de la autoridad espiritual y temporal del islam. Los suníes, por su parte, defienden que el imán es sólo el jefe de la plegaria. La rivalidad teológica entre ambas comunidades de creyentes está ahora enconada porque la minoría chií tiene su máximo representante en otra teocracia, la de Irán, la del Guía Supremo, una potencia que además no es árabe y ejerce un gran atractivo entre otras minorías mahometanas en toda la región. Los chiíes, mayoritarios en Iraq, fueron siempre discriminados por los suníes en la mayoría de los países árabe-musulmanes.

El jefe tribal y el predicador rigorista

 El primer reino en el desierto Arábigo nació hacia 1745 de la alianza un jefe tribal de beduinos, Mohamed bin Saud, emir de Dariya, y un predicador islamista llamado Mohamed Abd al Wahhab, que había sido expulsado de su oasis natal por los que se oponían a su interpretación rigorista de la ley coránica. La expansión militar de la tribu de los Saud fue acompañada por la implantación de la doctrina de Al Wahhab, el wahabismo, como credo religioso hegemónico o único. Desde su fundación, el poder religioso y el político estuvieron estrechamente unidos o confundidos en la tribu y el emirato patrocinado por la dinastía de los Saud, de los que deriva el nombre del reino actual. La unidad religiosa fundada en el wahabismo fue un factor crucial en la tarea unificadora de las tribus de beduinos emprendida por los Saud.

La primera exigencia del wahabismo era la sumisión (islam), “la conformidad”, la confusión del poder político y religioso que hoy persiste. Proclamaba al-Wahhad que todos los musulmanes debían prestar obediencia a un solo líder, un califa, y los que no se conformaran –los resistentes o apóstatas– deberían ser exterminados, despojados de todos sus bienes, sojuzgadas sus esposas e hijas. Entre esos herejes, el fundador del wahabismo incluyó a los chiíes, los sufíes y los adeptos de otras confesiones islámicas. Así se fraguó una ideología que fue muy útil para que la tribu de los Saud extendiera su dominio sobre otros grupos de la península Arábiga, a la sazón sumida en el primitivismo y la pobreza.

Tras un período de luchas intestinas y decadencia a lo largo del siglo XIX, el naciente poder real se consolidó bajo el mando de Abdulaziz bin Saud (1880-1953), “el rey pastor”, quien, tras imponerse a su rival, el jerife o emir Husein, pese a que éste era el protegido de los británicos, se coronó en La Meca en 1932 para proclamar la monarquía de Arabia Saudí por la unión del sultanato de Nejd, el reino de Hezaj y otros territorios anexos, con una extensión de algo más de dos millones de kilómetros cuadrados (cuatro veces la de España) y tan sólo 30 millones de habitantes en la actualidad, con capital en Riad. Aunque la primera concesión petrolera data de 1933, la explotación del mar del petróleo que yace bajo el desierto y el paralelo enriquecimiento del país no culminó hasta después de la Segunda Guerra Mundial (1945).

El comienzo de la alianza estratégica entre EE UU y Arabia Saudí suele datarse el 14 de febrero de 1945, día de la entrevista entre el presidente Franklin D. Roosevelt y el rey Saud, a bordo del crucero USS Quincy, en aguas del canal de Suez, cuando el primero regresaba de la conferencia de Yalta con Churchill y Stalin. El mejor rastro que queda del encuentro es el de un testigo norteamericano que hizo de intérprete, el coronel William Eddy, autor de un libro-testimonio: FDR meets Ibs Saud (1954). Ambos líderes sellaron un acuerdo secreto para intercambiar petróleo por protección militar, incluyendo la cesión a los norteamericanos del terreno necesario para construir la gigantesca base de Dhahran. En el paroxismo de la guerra fría, John Foster Dulles, secretario norteamericano de Estado, describió las relaciones con los saudíes como una alianza entre la cristiandad y el islam contra el URSS atea.

Medio siglo después, ante una tormenta estratégica global, parece obvio que la caída de la teocracia saudí afectaría negativamente a la influencia de EE UU en la región. Pero todos los presidentes norteamericanos dieron muestras fehacientes de que su principal apuesta era el mantenimiento del statu quo. En un famoso discurso en la universidad norteamericana de El Cairo, el 20 de junio de 2005, la entonces secretaria de Estado, Condoleezza Rice, reconoció: “Durante 60 años, mi país, Estados Unidos, protegió la estabilidad a expensas de la democracia en esta región, en el Oriente Próximo, y no conseguimos nada. Ahora seguimos un camino diferente porque estamos apoyando las aspiraciones democráticas de todo el pueblo.” Estas sinceras palabras y los proyectos democratizadores de la administración de George W. Bush, si existieron alguna vez, quedaron enterrados entre los escombros del desastre final de la intervención en Iraq.

Tras la muerte de Saud en 1953, seis de sus más de 30 hijos se sucedieron en el trono en medio de conspiraciones familiares y golpes palaciegos: Saud, el primogénito (1953-1964), fue depuesto por la familia, con el apoyo de los líderes religiosos, y tuvo que entregar el poder a su hermanastro Faisal (1965-1975), que ejerció también el cargo de primer ministro, se granjeó una reputación de reformista y fue el creador de la Organización de la Conferencia Islámica (OCI, 1969). Asesinado Faisal el 15 de marzo de 1975 por un sobrino, ascendió al trono su hermanastro Jaled (1975-1982), y a su muerte le sucedió el rey Fahd (1982-2005), impulsor del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), una alianza político-militar de los jeques petroleros para hacer frente al expansionismo de la República Islámica instalada en Irán por el imán Jomeini en 1980. Le sucedió su hermanastro Abdalá, y a la muerte de éste (23 de enero de 2015), ascendió al trono su hermano y actual monarca Salman bin Abdulaziz.

Wahabismo y salafismo, la matriz de la violencia

El wahabismo, doctrina religiosa oficial en Arabia Saudí, se integra dentro del salafismo, la teología suní que predica un retorno al islam primigenio, a los fundamentos de un mensaje desnaturalizando con el paso del tiempo, a través de una exégesis del Corán como fue concebida inmediatamente después de la muerte del profeta. El wahabismo y todos los integrismos se inspiran en el hanbalismo, escuela jurídica suní nacida en el siglo IX y que debe su nombre a Ahmed Ibn Hanbal, el primer y conspicuo integrista, doctor en derecho musulmán, creador de una escuela, la Gente de la Tradición (Hadiz), que se opuso al “islam ilustrado” que el célebre califa Al Mamun pretendió imponer por la fuerza a la comunidad (umma). Tanto el wahabismo como el salafismo abogan por un retorno a la pureza de los orígenes y una aplicación literal del Corán, sin ninguna veleidad de interpretarlo o de situarlo en una perspectiva histórica o social. Esa posición inmovilista es la que propician los imanes y telepredicadores televisivos que reciben las generosas subvenciones de Arabia Saudí y de otras monarquías del Golfo.

Las diferentes formas del salafismo –el wahabismo en primer lugar—fustigan el “desviacionismo” de otros hermanos musulmanes que no siguen su interpretación rigorista o literal de la ley coránica, pero no se sabe muy bien por qué ese ardor teológico desemboca en la violencia contra propios y extraños. Las implicaciones prácticas de esa teología fundamentalista y mesiánica son diferentes: quietismo, excomunión de otros musulmanes, captación de los tibios, persecución y castigo de los infieles. Los debates son interminables y esotéricos dentro de la umma, pero no cabe duda de que una teología sectaria y una interpretación literal del Corán –la ideología salafista— subyacen en la práctica política de todos los grupos que predican la guerra santa (yihad) y, entre éstos, el llamado Estado Islámico.

Como subrayó el profesor francés Giles Kepel, especialista de los estudios islámicos, tan pronto como llegó la riqueza del petróleo, sobre todo, después del embargo de 1973 y el ascenso imparable de los precios, los dirigentes de Arabia Saudí se propusieron “predicar y extender el wahabismo a través del mundo islámico”, a fin de reducir “la multitud de voces dentro de la religión a un solo credo”, un movimiento llamado a trascender las divisiones nacionales. Muchos miles de millones de dólares se invirtieron en esa empresa teológico-política. Las donaciones llegaron también a los grupos salafistas que estaban introduciendo el virus mortífero de la yihad tanto en los países árabes como en varios europeos con población musulmana creciente.

Washington y el statu quo

ashington siempre prefirió el statu quo en el Próximo Oriente, armó a los talibanes hasta lograr la derrota de la URSS en Afganistán y se mostró renuente a reconocer los riesgos que entrañaba el que su aliado saudí se dedicara a la propagación del wahabismo, una ideología potencialmente devastadora, o maniobrara entre bastidores para frenar y apoderarse del impulso de las revueltas árabes. El primer déspota que abandonó el poder, el presidente de Túnez, Ben Alí, huyó vergonzosamente y se refugió en Arabia Saudí el 14 de enero de 2011.

Ni siquiera se alteró la estrategia norteamericana después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, cuando se supo que Osama bin Laden y 15 de los 19 piratas aéreos que derribaron las Torres Gemelas eran de nacionalidad saudí, ciudadanos del país que sufragaba la construcción de mezquitas en Occidente y pagaba a los imanes radicalizados. El presidente Obama vendió armas a Arabia Saudí por la fabulosa cifra de 100.000 millones de dólares, pero los medios de comunicación financiados por el reino wahabita siguen juzgándolo con severidad y acritud, culpándole, entre otras cosas, de la caída del presidente Mubarak en Egipto, de la arrogancia del gobierno de Israel y de haber firmado un acuerdo con Irán que no impedirá el acceso de los ayatolás al arma nuclear.

Durante la presidencia de Obama, y ante la creciente osadía de los terroristas islámicos, la visión en Washington empezó a cambiar, reconociendo la inquietante dimensión del problema saudí y apuntando al wahabismo como la madre ideológica del terrorismo yihadista. “No se puede exportar el extremismo y, al mismo tiempo, demandar la protección de Estados Unidos”, declaró recientemente el general retirado Wesley Clark en la cadena de televisión CNN. Wikileaks reveló en 2010 un despacho diplomático de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, fechado en diciembre de 2009, en el que podía leerse que algunas entidades supuestamente caritativas de Arabia Saudí forman “la más significativa fuente de financiación de los grupos terroristas en todo el mundo”.

James Woolsey, ex director de la CIA, describió el wahabismo de la Arabia Saudí como “el suelo en que florecen Al Qaeda y sus organizaciones terroristas hermanas”.  Ed Husain, analista del Council of Foreign Relations, escribió recientemente en el New York Times:  “Al Qaeda, , el Estado Islámico en Iraq y Siria (ISIS), Boko Haram [Nigeria], al-Shabab [Somalia] y otros grupos violentos son suníes y salafistas, y durante cinco decenios, Arabia Saudí ha sido el patrocinador oficial del salafismo suní [wahabismo] en todo el mundo.”

 Según un informe elaborado por el Parlamento Europeo en 2013, Arabia Saudí invirtió unos 10.000 millones de dólares en su “agenda wahabita” en el sur y el sureste de Asia, de los que la mayor parte fueron a parar a grupos terroristas, entre ellos, el Lashkar-e-Taiba que llevó a cabo los atentados de Bombay (26-29 de noviembre de 2008) en los que murieron 173 personas. Haciéndose eco de todas las preocupaciones europeas, el vicecanciller alemán, el socialdemócrata Sigmar Gabriel, declaró recientemente: “Debemos dejar muy claro a los saudíes que se ha terminado la argucia de mirar para otro lado.”

“Arabia Saudí ha estado financiando el terrorismo islamista desde que el espectacular aumento de los precios del petróleo en los años 70 multiplicó la riqueza del país”, aseguraba el profesor Brahma Chellaney, del Centro de Estudios Estratégicos de Nueva Delhi en un reciente artículo publicado por Project Syndicate y significativamente titulado: “La falsa guerra de Arabia Saudí contra el terror.” Por esa razón, la coalición antiterrorista promovida por Arabia Saudí, la Islamic Military Alliance to Fight Terrorism (Alianza Militar Islámica para Combatir al Terrorismo), anunciada en Riad el 15 de diciembre de 2015, a la que se habían adherido 34 países, suscitó bastante escepticismo en Occidente, habida cuenta de que en sus filas forman los principales patrocinadores mundiales del extremismo islámico, desde Qatar a Pakistán. “Parece concebida [la alianza] para calmar a los críticos occidentales que frecuentemente se quejan de que el mundo islámico no hace lo necesario para combatir el terrorismo y el extremismo”, resumió el Washington Post.

Por el momento, la gran coalición necesaria para derrotar al Estado Islámico no puede organizarse por culpa de los intereses contradictorios y las discrepancias religiosas o estratégicas de aquellos países que deberían ser sus principales protagonistas. Arabia Saudí y Qatar, promotores y banqueros de esa coalición confesional, estrictamente suní, confeccionada y anunciada en Riad por incitación norteamericana, están más preocupados por la guerra de Yemen, en la que Irán participa al lado de los rebeldes hutíes (chiíes), que por organizar un eficiente cuerpo expedicionario capaz de desalojar de sus plazas fuertes (Mosul, Raqqa) a los guerreros y carniceros del califato, con los que las familias reales y sus imanes comparten la interpretación rigurosa del Corán, las invocaciones de la guerra santa y su odio o desprecio hacia Occidente. Según cálculos norteamericanos, la guerra de Yemen, el país más pobre entre los árabes, cuesta a los saudíes unos 200 millones de dólares diarios y no es previsible que pueda establecerse pronto un cese de hostilidades.

Desconocemos los efectos que la crisis económica, derivada del desplome de los precios de los hidrocarburos hasta 36 dólares el barril, unos niveles que no se veían desde 2004, pueda tener en la estrategia de la monarquía de los Saud. Según datos oficiales, Riad prevé cerrar el 2015 con un déficit cercano al 15 % del PIB y ya anunció un recorte presupuestario de 33.000 millones de dólares. El Fondo Monetario Internacional (FMI) asegura que el reino wahabita deberá seguir aplicando ajustes presupuestarios si no quiere agotar en menos de cinco años su fondo de reserva (750.000 millones de dólares), introducir el IVA y acelerar la reducción drástica de las subvenciones.

En previsión de que la austeridad genere algún tipo de agitación interior, el rey Salman ha endurecido la práctica política dictatorial, adornada con el fanatismo religioso, y aplica sin piedad la pena de muerte por degüello (como los carniceros del Estados Islámico), con frecuencia en público. En el exterior, los aviones saudíes abandonaron prácticamente la acción en Iraq contra las posiciones de los yihadistas del califato, pero vienen bombardeando sin piedad a los rebeldes yemeníes.

Los más reputados analistas norteamericanos y europeos coinciden en pronosticar que el caos y los crímenes persistirán en el Oriente Próximo en 2016, que proseguirán tanto la guerra en Siria como la violencia sectaria o guerra civil en que están enzarzadas las dos ramas principales del islam.

ADENDA, el 3 de enero.

Después de escrito y publicado este post, el gobierno de Arabia Saudí anunció el 2 de enero la ejecución de 47 reos condenados por actos de terrorismo, entre ellos, un destacado clérigo, el jeque Nimr al-Nimr, líder carismático y fogoso censor de la discriminación que sufre la minoría chií en el reino wahabita (15 % de la población total). La noticia de las ejecuciones desató una ola de protestas en todos los países del Oriente Próximo en que viven los chiíes. En Teherán, una multitud enfurecida asaltó, saqueó e incendió la embajada de Arabia Saudí.

La ejecución masiva anunciada por Riad confirma la radicalización fanática de la política interior y el encono persistente entre las dos principales ramas del islam, enfrentadas bélicamente en Iraq y Siria. Las tensiones sectarias conocerán nuevos sobresaltos.

Durante 2015, Arabia Saudí ejecutó a 157 personas, el mayor número en los últimos 20 años

 

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