Posteado por: M | 9 enero 2016

El Gran Hermano de Corea del Norte chantajea con la bomba H

El anuncio por Corea del Norte de una nueva prueba nuclear, esta vez y supuestamente de una bomba de hidrógeno (H) o termonuclear, el 6 de enero, confirma la incapacidad o impotencia de la comunidad internacional para aplicar los tratados multilaterales, en este caso el de la prohibición total de ensayos nucleares; aviva la tensión en la última frontera de la guerra fría, la del armisticio de 1953, y afecta inmediatamente al precario equilibrio geoestratégico en la cuenca del Pacífico, donde confluyen y se contraponen los ejércitos y los intereses de Estados Unidos China y Japón, las tres primeras economías del mundo.

La prosecución durante casi 30 años del programa de armas de destrucción masiva por Corea del Norte, sometida a un régimen estalinista tan hermético como paranoico e imprevisible, constituye un fracaso múltiple del tambaleante o resquebrajado orden mundial. Y la bomba suprema en un mundo sin ley y un líder desquiciado y volcánico cuando no apocalíptico provocan una gran inquietud porque la situación puede devenir la antesala del espanto generalizado. Nadie lo diría, sin embargo, a juzgar por el comportamiento parsimonioso de los gendarmes. Las medidas concretas para el desarme, la reducción de los arsenales y la eliminación de las armas tácticas nucleares, anunciadas ritual y periódicamente por las cinco grandes potencias (EE UU, Rusia, China, Francia y Gran Bretaña) jamás llegaron a plasmarse en un acuerdo coercitivo.

Tras una negociación muy laboriosa, de una complejidad exasperante, que se remonta a 1954, bajo la égida de la ONU, el Tratado de Prohibición Total de Pruebas Nucleares (TPTPN) fue firmado en Nueva York el 24 de septiembre de 1996 por 183 Estados, pero aún no ha entrado en vigor porque no ha sido ratificado por varios de los 44 países que disponen de tecnología nuclear: China, Egipto, Estados Unidos, Irán, Israel, Pakistán, India y Corea del Norte, todos los involucrados en las zonas de tensión o conflicto. La vigilancia de su aplicación, si llegara a estar vigente, correspondería a la Organización del TPTPN, con sede en Viena, cuyo secretario ejecutivo se apresuró a condenar tanto “la provocación” del régimen de Pyongyang como la pasividad de la comunidad internacional ante “la grave amenaza para la paz y la seguridad”.

El Consejo de Seguridad de la ONU, al que corresponde el mantenimiento de la paz, condenó inmediatamente la prueba nuclear del 6 de enero, la cuarta desde 2006, lo mismo que hizo cuando se efectuó el ensayo anterior (12 de febrero de 2013), pero sin adoptar medidas susceptibles de hacer recular a los belicistas dirigentes norcoreanos, cuya cara más visible y obesa es la del joven Kim Jong-un, último vástago de la dinastía totalitaria establecida por su abuelo, “el presidente eterno y muy amado líder” Kim Il-sung (1912-1994). Repitiendo los ensayos nucleares, pese a la unanimidad condenatoria de la ONU, el régimen estalinista norcoreano ha convertido el arma nuclear en un instrumento de chantaje y de supervivencia de una tiranía que remeda e incluso supera la del Gran Hermano anticipada por George Orwell.

Los técnicos norteamericanos abrigan dudas sobre la potencia de la bomba norcoreana –sobre si es o no una bomba der hidrógeno–, a pesar de que los sismógrafos en Corea del Sur y Japón detectaron un fuerte terremoto en la zona donde se produjo la explosión (5,1 en la escala de Richter). La televisión norcoreana, al informar hiperbólicamente del triunfo científico y militar, se refirió a una bomba de hidrógeno en miniatura, descripción que sin duda entraña un adelanto con respecto de las tres bombas atómicas probadas anteriormente. Pocas horas después de la explosión subterránea, la televisión norcoreana exhibió el júbilo de las multitudes de Pyongyang, aparentemente entusiasmadas con el logro militar que permitirá hacer frente a “la agresiva política” de Washington.

La jaleada prueba termonuclear se realizó apenas 15 días después de que Corea del Norte alcanzara otro éxito militar: el lanzamiento desde un submarino de un misil capaz de transportar una cabeza nuclear y alcanzar la costa oeste de EE UU. El problema ante esa escalada armamentística y militar es que ni Washington ni Beijing saben cómo detenerla sin abrir una crisis aparatosa con muy diversas implicaciones geopolíticas, militares y humanitarias en el caso de un súbito derrumbe del régimen de Pyongyang, del que se conoce su naturaleza totalitaria pero se ignoran todos los detalles sobre la camarilla que detenta el poder y la autoridad que realmente ejerce el actor que ejerce de Gran Hermano rejuvenecido en la televisión.

Por el momento, EE UU y China intercambian recriminaciones para distraer la atención y no asumir plenamente su responsabilidad en el escenario del desastre que podría producirse en cualquier momento por un ataque de histeria o un error de cálculo en la línea del armisticio entre las dos Coreas. El secretario de Estado norteamericano, John Kerry, alertó del fracaso cosechado por China en su intento de influir sobre los dirigentes norcoreanos, y China replicó arguyendo que la hostilidad de EE UU y su alianza con Corea del Sur y Japón se encuentran en el origen del contencioso nuclear. La escalada nuclear y balística, al fortalecer la posición de EE UU entre sus aliados asiáticos, dispara los temores de Beijing y, por ende, otorga un mayor margen de maniobra al régimen de Pyongyang.

La perseverancia de la dictadura norcoreana desde que realizó su primera prueba atómica (9 de octubre de 2006) ha dado al traste con todas las negociaciones bilaterales y multilaterales. La situación no evolucionó cuando Kim Jong-un ascendió al poder a la muerte de su padre Kim Jong-il en 2011. En 2007, en medio de una hambruna generalizada, Corea del Norte se comprometió a detener su programa nuclear a cambio de una ayuda importante internacional, y en febrero de 2012 aceptó la suspensión de sus planes para el enriquecimiento del uranio. Las dos promesas fueron violadas con nuevas pruebas atómicas. Las conversaciones de los seis países más directamente interesados (las dos Coreas, EE UU, China, Rusia y Japón) están bloqueadas desde finales de 2008, mientras que el acuerdo entre Washington y Pyongyang de 2012 nunca llegó a aplicarse.

Informaciones procedentes de Seúl de las que se hace eco la prensa norteamericana, pero que deben ser acogidas con precaución y escepticismo, aseguran que el presidente de China, Xi Jinping, está molesto con la creciente osadía de su vecino y protegido de Corea del Norte, pero nada indica que vaya a tomar una actitud decidida para cortar por lo sano y acabar con el chantaje. Los estrategas de Beijing temen que cualquier desestabilización del régimen de Pyongyang desencadene un éxodo masivo y caótico de norcoreanos hambrientos, decididos a buscar refugio en China, creando un gigantesco problema de refugiados. La alianza ideológica de China con Corea del Norte, sellada con sangre durante la guerra de Corea (1950-1953), no ofrece síntomas inequívocos de descomposición.

“La paciencia estratégica” y las sanciones internacionales preconizadas por Obama tampoco han servido para nada. El repliegue estratégico no se ha producido en el Extremo Oriente, pues más de 30.000 soldados estadounidenses siguen estacionados en la frontera del armisticio intercoreano. La retórica presidencial sobre el traslado a la cuenca del Pacífico de las prioridades estratégicas norteamericanas, en la medida en que inquietan a Beijing, encona todos los problemas y hace inviable una solución pacífica del conflicto que empezó en 1950 y señaló el auténtico paroxismo de la guerra fría. Los temores o recelos chinos y la indecisión de Obama sólo permiten el mantenimiento de un precario y desesperante statu quo.

La continuidad de la guerra fría en el Extremo Oriente, aunque mitigada, está siendo utilizada descaradamente por el régimen totalitario norcoreano para dotarse de una legitimidad espuria y tratar de perpetuarse mediante la opresión militarizada del pueblo o la paranoia delirante del enemigo exterior. La repugnancia que suscita el último régimen estalinista, su culto de la personalidad y su desprecio de los derechos humanos, no parece suficiente para que la comunidad internacional se movilice e impulse la liberación de la martirizada población de Corea del Norte.

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