Posteado por: M | 11 enero 2016

México captura al Chapo y planea su extradición a EE UU

Con la captura de Joaquín Guzmán Loera, conocido como el Chapo, el 8 de enero, el gobierno del presidente de México, Enrique Peña Nieto, lavó la afrenta de la fuga de aquél de un penal supuestamente de máxima seguridad, el 11 de julio de 2015; pero el narcotráfico y sus terribles secuelas están tan arraigados en el Estado y la sociedad, que el éxito de las fuerzas del orden, con la activa colaboración de los agentes especiales estadounidenses, sólo puede interpretarse como un respiro en la ardua escalada de un combate sin cuartel y que sin duda se prolongará durante muchos años. Más que un vacío en la cabecera del llamado cartel de Sinaloa, la captura del Chapo puede provocar una sangrienta pugna por su fabulosa herencia y plantear un dilema crucial para la justicia y el gobierno mexicanos.

Al dar cuenta de la captura del más temible, escurridizo, jactancioso y opulento jefe del narcotráfico, en la localidad costera de Los Mochis, en el estado noroccidental de Sinaloa, el semanario mexicano Proceso señaló que el Chapo “fue mostrado ante las cámaras como un animal vencido, el estupor y el miedo reflejados en su rostro”, pero recordó a renglón seguido que otro capo del mismo cartel, El Mayo Zambada, declaró hace seis años: “Algún día caeremos pero no importa (…), los reemplazos ya andan por ahí.” Vaticinio cumplido en medio de un reguero inagotable de sangre, sudor y lágrimas. Durante el último medio siglo, los gobiernos mexicanos fracasaron estrepitosamente en su sus diversos intentos por erradicar el narcotráfico y proteger a sus ciudadanos de la violencia estructural que aquél genera.

Desde que el anterior presidente de México, Felipe Calderón, declaró la guerra a los carteles de la droga, en 2006, y comprometió al ejército en la batalla, más de 120.000 personas murieron a causa de la violencia relacionada directa o indirectamente con el tráfico de estupefacientes con destino al mercado norteamericano. El comercio ilícito sigue siendo floreciente: EE UU exporta armas y recibe droga a través de la frontera del río Bravo. El cartel de Sinaloa viene protagonizando desde entonces una guerra sin cuartel contra las fuerzas del orden y del ejército, pero también contra las organizaciones rivales, en especial, la de los Zetas, ésta organizada en el estado de Tamaulipas, en el golfo de México, por un grupo de desertores del ejército.

Cumpliendo con la moda mediática, Peña Nieto anunció la captura del Chapo en su cuenta de Twitter –“Lo tenemos”, escribió—, y luego apareció por la televisión para comunicar el alivio de su gobierno y elogiar la acción de las fuerzas de seguridad –la policía federal y los comandos de la Marina–, eludiendo cualquier referencia a la participación de los agentes norteamericanos de la DEA (la Agencia federal contra las Drogas) en la exitosa operación. No obstante, señaló que la detención del capo en un motel de Los Mochis fue la culminación de “un cuidadoso e intenso trabajo de inteligencia”. Los comandos de la Marina que participaron en la operación son entrenados en EE UU.

Según las informaciones de los funcionarios mexicanos de la policía y la Procuraduría General de la República (fiscalía) conocedores de la operación, en confidencias condicionadas por el anonimato, la captura del Chapo, luego de un tiroteo en una residencia de Los Mochis, fue la culminación de “una caza del hombre” que duró varios meses, en las montañas del llamado Triángulo Dorado (Sierra Madre), a lo largo de las fronteras selváticas de los estados de Sinaloa, Durango y Chihuahua, la zona del noroeste del país en que se mueven con relativa impunidad los escuadrones criminales, los cuales cuentan con una logística sin precedentes de aviones, helicópteros, refugios y toda clase de vehículos para el transporte de los alijos. Cinco pistoleros del capo resultaron muertos por los disparos de las fuerzas del orden.

Polémica entrevista del capo con Sean Penn

La entrevista que el Chapo mantuvo con el actor norteamericano Sean Penn, un admirador confeso de los dictadores suramericanos (Castro y Chávez), y la actriz mexicana Kate del Castillo, para la revista Rolling Stone, se realizó en varios encuentros en diversos enclaves de Sierra Madre, a partir de octubre de 2015, y sin duda sirvió para que los servicios secretos mexicanos y de la DEA pudieran seguirle la pista. El diari0o mexicano El Universal publicó el11 de enero 10 fotografías en las que se ve cómo Penn llegó al aeropuerto de México, el 2 de octubre, acompañado por Kate del Castillo, y fueron recibidos por los hombres que supuestamente los llevaron a otro aeródromo para volar a la jungla y encontrarse con Guzmán. El periódico asegura que las fotos fueron obtenidas del archivo de los servicios secretos del gobierno.

La entrevista fue difundida por internet y YouTube al día siguiente de la captura del narcotraficante en Los Mochis y ofreció abundantes detalles, algunos de ellos embarazosos para el ejército y las autoridades mexicanas, sobre la vida, los milagros, las huidas de prisión y el poder exorbitante del capo del cartel de Sinaloa, cuya fortuna se cifra en más de mil millones de dólares, según los cálculos de la revista Forbes.

Rolling Stone insertó en la portada una fotografía de Guzmán y Penn estrechándose la mano con el siguiente título: “El Chapo habla. La visita secreta al hombre más buscado en el mundo.” Según el relato de la revista, Penn y Kate del Castillo utilizaron sucesivamente una avioneta y varios vehículos para trasladarse al campamento serrano en que se encontraba el jefe del cartel, una comitiva bajo la dirección de Alfredo Guzmán, hijo y probable heredero. Pasaron sin ningún contratiempo un control militar probablemente  –siempre según Penn– porque los soldados reconocieron al hijo del rey del narcotráfico. El actor asegura que los sicarios que le condujeron hasta el capo le explicaron que el cartel de Sinaloa era informado siempre que el ejército mexicano hacía rondas con aviones de vigilancia.

Según Penn, el Chapo le confesó: “Trafico más heroína, metanfetaminas, cocaína y marihuana que nadie en el mundo. Tengo una flota de submarinos, aviones, camiones y barcos.” El destino del botín criminal: el mercado norteamericano, el más lucrativo del mundo. También le dijo que comenzó a trabajar en el narcotráfico a los 15 años, sembrando amapolas y marihuana, para ayudar a su familia, y como otros jefes y subordinados de la criminalidad organizada, se mostró muy amable y amante generoso de los suyos: “Quiero vivir con mi familia los días que Dios me dé.” El capo no siente “ningún remordimiento” y se retrata como un hombre “de familia”. Una contribución poco novedosa al estridente circo mediático que omite la debida y complementaria información sobre la brutalidad y la corrupción que expanden las organizaciones criminales.

Las autoridades mexicanas dieron a entender que Guzmán fue capturado porque estaba planeando la producción de una película sobre su vida y había contactado con varios actores y productores, a través de la actriz Kate del Castillo, protagonista de La reina del sur, un serial que narra la vida de la jefa de una banda de narcotraficantes, basada en la novela homónima del académico español Arturo Pérez Reverte. Kate del Castillo llegó a declarar públicamente que el Chapo le merecía más confianza que el gobierno mexicano. Una vez más se cumpliría la hipótesis de que las mujeres, la egolatría y el exceso de confianza conducen con frecuencia a la decadencia o al derrumbe del negocio de los malhechores.

Como es tradicional y casi inevitable, muchas de las noticias procedentes del poderoso vecino del norte suscitan resquemor y sentimientos encontrados entre los mexicanos. El espectáculo de una celebridad de Hollywood firmando una entrevista y fotografiándose en amigable compadreo con el jefe de un cartel al que la justicia persigue por asesinatos y tráfico de drogas ha provocado algunos sarcasmos y numerosas críticas, sobre todo, tras conocerse que la revista Rolling Stone, tan amiga del sensacionalismo con el pretexto de las exclusivas, sometió el texto final de la entrevista a la aprobación del entrevistado.

Conocidas son las inclinaciones sedicentemente izquierdistas de Penn, típico representante de la gauche caviar, capaz de compaginar las actividades caritativas con las fiestas de Hollywood, de mezclar la publicidad de sus películas con la propaganda política, de babear ante los dictadores siempre que sean supuestamente revolucionarios y latinoamericanos, de utilizar la tragedia humana para alimentar la cínica fábrica de los sueños y los mitos. Lo que no está tan claro es por qué los editores de la revista Rolling Stone, sólo 24 horas después de la detención de Guzmán, desdeñaron arrogantemente el dolor de las víctimas del narcotráfico en México, airearon las acusaciones infamantes contra el ejército y arriesgaron su prestigio y su dinero para situarse en el filo de la navaja de la ética periodística.

A juzgar por las interpretaciones que leo en la prensa norteamericana, es evidente que Penn y la revista gozan del “derecho constitucional” de entrevistar a un criminal notorio, pero no está tan claro que puedan ampararse en la tapadera de “la protección de las fuentes” para encubrirlo o que la complacencia del entrevistador llegue hasta el extremo de someter el texto al plácet de un peligroso capo huido de la justicia, una cortesía antiperiodística que el presidente del comité de ética de la Sociedad de Periodistas Profesionales, Andrew Seaman, consideró “inexcusable”. La práctica de la aprobación previa –según Seaman—“desacredita todo el trabajo porque el escritor, en este caso un actor y activista, puede escribir el relato en un tono indulgente y omitir los datos más desfavorables con el prurito de evitar el rechazo.”

He aquí una muestra de la prosa complaciente, vulgar e innecesaria utilizada por Penn en la entrevista, después de unos tragos de tequila para mitigar la fatiga del viaje: “Este hombre sencillo, de origen humilde, rodeado por los sencillos afectos de los hijos hacia el padre y de éste por sus hijos, me recordó inicialmente que no es tan feroz el lobo como lo pintan.” Una cosa es el cuento de Caperucita roja, desde luego, y otra muy distinta las incontables matanzas y brutalidades cometidas u ordenadas por el rey del narcotráfico. Sólo el cazador avezado que mata al lobo puede restablecer la justicia. El actor de Hollywood y la actriz que lo acompañaba no tuvieron ningún recuerdo para los numerosos periodistas mexicanos que murieron en “la guerra de las drogas” orquestada por Guzmán, sus compinches y sus rivales.

El cartel de Sinaloa, que toma su nombre del estado homónimo, donde nació el Chapo, está dedicado desde hace medio siglo, lo mismo que el cartel rival de los Zetas, a mantener en funcionamiento y controlar, mediante la violencia, el soborno y el crimen, las redes del narcotráfico que procedente de América del Sur (Colombia, Venezuela, Bolivia, Perú) transita por México con destino al gran mercado de EE UU. Las organizaciones criminales están infiltradas en algunas instituciones del Estado, como demostró, de manera humillante, la fácil fuga de Guzmán, el narcotraficante más vigilado, del penal de Almoloya, en el estado de México, próximo de la capital federal, en connivencia con los guardianes y algunos altos funcionarios del sistema carcelario.

Reflexiones sobre la responsabilidad estadounidense

La que se produjo el 8 de enero en Los Mochis es la tercera detención del Chapo, el narcotraficante más buscado por EE UU y México. Fue capturado por primera vez en 1993, pero se escapó de la prisión de alta seguridad de Jalisco en 2001, ocultándose en un furgón de la lavandería. Apresado de nuevo el 22 de febrero de 2014, protagonizó una evasión tan espectacular como rocambolesca de la prisión del altiplano el 11 de julio de 2015, en connivencia con sus guardianes, a través de un túnel de 1,5 kilómetros que llegaba hasta su celda y utilizando una moto que circulaba sobre raíles. Todo un logro de la ingeniería subterránea que costó más de un millón de dólares, según cálculos de los técnicos mexicanos.

Las autoridades mexicanas decidieron, no obstante, internarlo en la misma prisión de la que huyó hace siete meses, desafiando el temor de una nueva fuga, y anunciaron al mismo tiempo el inicio del procedimiento para la extradición de Guzmán a EE UU, cuya justicia federal lo reclama por al menos siete causas de asesinato y tráfico de drogas. Hasta ahora, el puntilloso nacionalismo mexicano, en todo lo que concierne a las relaciones con EE UU, levantaba una muralla prácticamente infranqueable para cualquier procedimiento de extradición si el reclamado tenía causas pendientes con la justicia en México. El abogado del Chapo desde 1996, Juan Pablo Badillo Soto, es un reputado especialista de los recursos de amparo, del embrollo, las mordidas y la demora judicial en los casos de extradición.

Hasta ahora, todos los gobiernos de México, esgrimiendo celosamente su soberanía, arguyeron que el Chapo, como cualquier otro delincuente, tendría que cumplir su pena en el país antes de que pudiera autorizarse su extradición a EE UU. En verdad, como apunta la prensa mexicana, la extradición del capo es un asunto político más que jurídico. Si el gobierno considera que el de Guzmán es “un caso excepcional”, el presidente de la República está legalmente facultado para utilizar sus poderes excepcionales y entregarlo sin dilación a la justicia norteamericana. En último extremo, la decisión de Peña Nieto revelará si México ha superado algunos prejuicios, si ha mejorado el estado de las relaciones con el vecino del norte y si el temor de una nueva fuga resulta más poderoso que los escrúpulos nacionalistas.

El tráfico de drogas y la criminalidad organizada en poderosos carteles son un problema inmenso, de violencia e impunidad, que México no pudo atajar en el último medio siglo y que acabó por expandirse como la gangrena por la sociedad y las distintas administraciones. Algunos periodistas mexicanos siguen haciendo preguntas incómodas: por qué el gobierno capturó al Chapo, pero sigue sin localizar a los 43 estudiantes de una escuela normal del estado de Guerrero, desaparecidos el 26 de septiembre de 2014, asunto tenebroso ya abordado en este blog y que el periodista mexicano Sergio González Rodríguez relata en una crónica bien documentada y mejor argumentada publicada recientemente en España con el título de Los 43 de Iguala (Editorial Anagrama, 2015).

La confianza en las instituciones mexicanas está socavada por la plaga del narcotráfico, pero no cabe duda de que se trata igualmente de un problema compartido con EE UU, principal destino de los estupefacientes. La responsabilidad estadounidense resulta abrumadora en todo lo concerniente en la criminalidad asociada con el narcotráfico. Un resonante artículo del historiador Enrique Krauze en mayo de 2011 sigue de candente actualidad cinco años después. Su título rezaba así: “Sus drogas, nuestros muertos.” Los responsables políticos norteamericanos no son inocente de lo que ocurre al sur del río Bravo. Su conclusión era ésta: “Estoy convencido de nuestra incapacidad para llegar al gran público americano con mensajes que lo conciencien del terrible daño que sus enfermedades sociales están causando en México.” A ver si Hollywood contribuye a ese loable empeño con una película menos trivial y oportunista que la entrevista de Sean Penn con el Chapo.

 

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