Posteado por: M | 17 enero 2016

Obama empieza los adioses en un país dividido y un mundo desafiante

Mientras los precios de los activos financieros se hundían en las bolsas siguiendo la oscura peripecia de los mercados chinos, en medio de un océano de petróleo barato, disparando todas las alarmas de una nueva recesión mundial, Barack Obama inició la ceremonia de los adioses con su último discurso sobre el estado de la Unión, el 12 de enero, acogido con desencanto y división de opiniones. Los norteamericanos parece que están más divididos que jamás sobre la situación de su país y su acción exterior, atacados por el virus populista. En el otro polo de la atención global, en Beijing, se anunció que el presidente Xi Jinping, en una iniciativa sin precedentes, visitará nada menos que Arabia Saudí, Irán y Egipto, tres de los países más poblados y que, junto con Israel y Turquía, tienen relevancia estratégica, poder militar e influencia sobre la enorme tormenta que sigue descargando sobre el Oriente Próximo.

Obama proclamó que “Estados Unidos es la nación más poderosa del mundo”, afirmación incontestable si nos atenemos exclusivamente a los parámetros de su primacía económica, tecnológica y, sobre todo, militar. “Cuando se produce una importante crisis internacional –prosiguió el presidente, un poco arrogante–, el mundo no mira hacia Beijing o Moscú, sino hacia nosotros.” Así es, en efecto. Recordó que el presupuesto de defensa de EE UU supera a la suma de todo lo que gastan los ocho países que le siguen en la lista del esfuerzo militar. Pero lo realmente importante no es el ser, sino el existir, es decir, el comportamiento de esa potencia sin igual, cuál es su actuación como gendarme del universo o como epicentro del orden mundial, y ahí comienzan las dudas y las discrepancias en todo el mundo y entre los mismos norteamericanos. ¿Qué hacer con el poder? ¿Cuál es la tesitura moral de la superpotencia?

El jefe del Ejecutivo norteamericano, como es habitual en el rito oratorio que marca los objetivos del año, se mostró optimista en la descripción de un país que durante sus siete años en la Casa Blanca recuperó el dinamismo económico y la innovación, disminuyó su deuda, creó 14 millones de empleos, retiró por completo las tropas de Iraq y mejoró los servicios sociales con la reforma del sistema sanitario. Unos 17 millones de ciudadanos han conseguido un seguro médico con el programa presidencial. No es seguro, sin embargo, que los estadounidenses estén persuadidos de que viven en un país más próspero, más seguro y más respetado internacionalmente que hace siete años. Antes al contrario, las encuestas revelan que dos de cada tres ciudadanos creen que su nación sigue un camino equivocado, sobre todo, en su acción global. Porque la senda de la política exterior norteamericana, desde luego, está llena de socavones, de titubeos y frustraciones.

Apenas 24 horas después del discurso, en ruidosa precampaña electoral, todos los aspirantes presidenciales del Partido Republicano, encabezados por el populista Donald J. Trump, describieron un país muy distinto del de Obama: una gran potencia que retrocedió en un mundo muy peligroso, que perdió su autoridad y liderazgo tanto con los enemigos como entre los aliados; que firmó un polémico acuerdo con Irán, se retiró de Iraq y Afganistán, pero agravando el desastre geoestratégico, y fracasó estrepitosamente en el intento de buscar una solución para el conflicto entre Israel y los palestinos. Un balance harto sombrío. La anexión de Crimea por la Rusia de Vladimir Putin, la hecatombe de la guerra de Siria, los avances del Estado Islámico y los atentados terroristas en París o San Bernardino (California) afectaron muy negativamente a la opinión pública norteamericana.

Los republicanos están anclados en los discursos del malestar y el pesimismo, pero suscitan una audiencia creciente. “Los americanos se levantan cada día con peores noticias sobre un mundo en crisis permanente”, resumió Mark Dubowitz, director de la Fundación para la Defensa de las Democracias, un instituto dedicado al estudio de la seguridad. Obama dedicó parte de su mensaje a lanzar un duro ataque contra los dos principales candidatos republicanos: el empresario Donald Trump y el senador Ted Cruz, de Tejas, para terminar recomendando a sus amigos demócratas y sus adversarios republicanos una reflexión conjunta para corregir los problemas que debilitan al sistema democrático, sobre todo, la polarización extrema que impide cualquier compromiso.

Aunque no lo citó por su nombre, presidente fustigó las posiciones populistas de Trump, magnate inmobiliario, y exhortó a sus compatriotas a no dejarse encandilar por las soflamas de aquél: “Rechacemos a los que proponen que nos repleguemos en nuestra tribu o que convirtamos en chivos expiatorios a los son diferentes, o a los que no rezan como nosotros, a los que no tuvieron la oportunidad de recibir una educación como nosotros.” Denigración clara e inequívoca de las propuestas demagógicas para levantar un muro electrificado en la frontera con México o impedir la entrada de los musulmanes en el país mientras persista la amenaza terrorista.

Esa parte del discurso fue una prueba inequívoca de las controversias y las profundas divisiones que afectan a la vida cotidiana. Obama instó a republicanos y demócratas a un análisis de las enfermedades que, a su juicio, debilitan la democracia norteamericana: la polarización que frustra cualquier compromiso, el peso excesivo del dinero, las discrepancias sobre la inmigración o las prácticas que dificultan el ejercicio del derecho de sufragio, sobre todo, entre los recién llegados y los más pobres. Un reconocimiento, en fin, de que el primer presidente negro, que llegó al poder entre cánticos mesiánicos, no ha logrado el control de las armas, ni la conciliación racial en algunos estados o la paz social en otros. Otro balance poco halagüeño.

El descontento se extiende también por las filas del Partido Demócrata en las conurbaciones de la costa oriental, donde un populista, éste de izquierdas, con pasado y acentos socialistas, Bernard (Bernie) Sanders, senador de Vermont, congrega a grandes multitudes para atacar a su correligionaria Hillary Clinton, por su vinculación estrecha con el establishment, pero igualmente a los plutócratas de Wall Street, a los que culpa de la pérdida de poder adquisitivo de los trabajadores. Bajo la presidencia de un proclamado progresista como Obama, las disparidades en las rentas han crecido y el índice de pobreza es del 14,8 %, más elevado que hace siete años. La economía crece, pero con altibajos y menor intensidad que durante las presidencias de Reagan y Clinton.

“Estados fracasados y desunión, tanto en el interior como en el extranjero”, tituló su comentario sobre el discurso el comentarista Stewart M. Patrick, del Council of Foreign Relations. En su opinión, el fracaso interior es el de los dos grandes partidos, incapaces de prescribir una política válida para el conjunto de los norteamericanos. Más allá de sus fronteras, como señaló Obama, EE UU está menos amenazado “por los imperios del mal que por los Estados fallidos”, sobre todo, en el Oriente Próximo, unas palabras muy similares a las que George W. Bush incluyó en su Estrategia de Seguridad Nacional de 2002. La diferencia está en los métodos para hacer frente a ese gran desorden, múltiple y sangriento.

Obama se refirió muy someramente a la situación en Siria, Iraq y Afganistán, las heridas abiertas de los errores de la estrategia norteamericana desde 2003, y se olvidó por completo de que casi 10.000 soldados norteamericanos siguen el combate contra el avance de los talibanes, ni dijo nada de sus planes para el futuro inmediato en esos países en guerra. Obama se encomendó, una vez más, a “la paciencia estratégica”, los bombardeos intermitentes o limitados y su reconocida reluctancia a colocar “boots on the ground” (tropas de infantería) en los países en guerra. Pero ya se sabe que son finalmente esas tropas de choque con bayonetas y bombas de mano las que ganan las guerras y salvan a las civilizaciones.

Los proyectos de China

Nada dijo Obama sobre China, la segunda economía del mundo, el rival geoestratégico, a pesar de que tanto él como sus panegiristas llevan varios años lucubrando sobre el traslado a la cuenca del Pacífico del eje de la política exterior norteamericana. A pesar de que el discurso se pronunció en medio de la borrasca bursátil que se había desencadenado en Shanghai. Un olvida que encubre también el fracaso no de haber podido mejorar las relaciones con Beijing.

El silencio embarazoso de los medios oficiales en Washington coincide con las reiteradas noticias que se producen sobre los proyectos de China para asentar su influencia en el escenario global, entre los que destaca el conocido como “One Belt, One Road”, la iniciativa aprobada por el partido comunista en octubre de 2013 que incluye un gigantesco plan de obras: la construcción de un ferrocarril hasta Estambul, a través de Asia Central, siguiendo la ruta de la seda, que podría llegar hasta Moscú, espina vertebral de Eurasia; y la creación de una especie de ruta marítima que comunicaría con todos los países del Sureste asiático a los que se abrirían nuevas oportunidades de transporte terrestre.

Un proyecto, desde luego, que afectaría a la mayoría de los países emergentes de los que en estos momentos depende el crecimiento mundial. El profesor Francis Fukuyama vincula esa iniciativa del presidente Xi Jinping con el propósito de “exportar el modelo chino” y crear una zona de influencia que lógicamente perjudicaría las posiciones estratégicas y económicas de EE UU en toda Asia. El desafío chino podría concretarse mucho antes de lo previsto por los estrategas norteamericanos. Un tema de nuestro tiempo sobre el que deberé volver más pronto que tarde.

 

 

 

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