Posteado por: M | 25 enero 2016

Rusia regresa como gran potencia al tablero global

Cuando expiraba la presidencia de Boris Yeltsin, a finales de 1999, en medio de la mayor confusión política, el desastre económico y un profundo retroceso geoestratégico, nadie podía imaginar que 16 años después, bajo el mando de Vladimir Putin, la Federación Rusa, heredera de la URSS, iba a regresar a todos los frentes de la actividad diplomática e incluso militar. El conflicto de Ucrania, la anexión de Crimea y las sanciones impuestas por EE UU y la Unión Europea; las relaciones, proyectos y connivencias de Moscú con Beijing; la intervención rusa en la guerra de Siria, y sus repercusiones en el Oriente Próximo; los diversos escándalos aireados por la prensa occidental y el informe oficial británico que atribuye al Kremlin el asesinato en Londres del doble espía ruso Alekxandr Litvinenko recrudecen las percepciones recíprocas de hostilidad influidas por la nostalgia de la guerra fría entre Rusia y Occidente.

Las pésimas relaciones con Rusia y las diatribas contra Putin alcanzan su expresión máxima en la prensa anglosajona y especialmente en la de Londres, donde residen algunos oligarcas multimillonarios y exiliados, con Boris Berezovski a la cabeza, enriquecidos de manera exorbitante durante las presidencias de Yeltsin, tras el hundimiento moral y político del comunismo, a través de las privatizaciones salvajes de los grandes conglomerados estatales. El Kremlin vuelve a ser el misterio o arcano indescifrable denunciado por Churchill y los medios occidentales recuperan 70 años después el gusto por tratar de revelarlo. El New York Times nos informa sobre “El año de Putin en sus escándalos” y la televisión pública alemana ofrece dos grandes reportajes sobre el presidente ruso, uno de ellos titulado “La huella de Moscú”, dedicado al caso de Litvinenko.

Informe del asesinato de Litvinenko

El informe oficial británico sobre el asesinato de Litvinenko, publicado en Londres el 21 de enero, mereció furibundos comentarios por tratarse de “una conspiración con medios nucleares para asesinar en el corazón de Londres”, según la indignada descripción del diario The Guardian, que exige al gobierno británico que obligue a Moscú a “pagar un precio” por lo que hizo, por “el asesinato de un disidente ruso por el Estado ruso en suelo europeo”. Según puede leerse en el informe, redactado bajo la dirección del juez retirado Sir Robert Owen, el asesinato del doble espía ruso fue “un acto patrocinado por un Estado”, con “fuerte probabilidad” de que los ejecutores actuaran “bajo las órdenes directas” de los servicios secretos rusos (FSB, heredero del KGB), en una operación “probablemente aprobada” por el mismo Putin.

Según el informe, se trató de “una llamativa e inaceptable vulneración de los principios fundamentales del derecho internacional”, de lo que no cabe duda; pero no es menos cierto que no estamos ante una verdad judicial, debidamente contrastada en un juicio, sino ante un informe administrativo, un encargo del gobierno, en el que la certeza se sustituye por la probabilidad, no se sabe si por prudencia o por falta de pruebas. Un juicio imposible –según Londres— porque el Kremlin se negó a extraditar a los dos principales sospechosos, los espías Andrei Lugovoi y Dmitri Kovtun, supuestos autores materiales del crimen, que envenenaron a la víctima y ex compañero introduciendo una dosis fatal de un isótopo radiactivo, el polonio 210, en su taza de te, en el hotel Millenium. Litvinenko murió en un hospital londinense el 23 de noviembre de 2006. “Un miniacto de terrorismo nuclear en las calles de Londres”, según sentenció el abogado de la viuda, Marina Litvinenko.

Como otros muchos espías, Litvinenko vivió peligrosamente, en Moscú y luego en Londres, de manera que sus asesinos tenían “poderosos motivos” para eliminarlo, según concluye el citado informe. Desertor del Servicio Federal de Espionaje (FSB), que reemplazó al KGB tras la desaparición de la URSS, Litvinenko llegó a Londres en 2000, donde inmediatamente obtuvo asilo político y se unió a la corte de conspiradores y rudos mafiosos que rodea a Berezovski. Luego empezó a trabajar para el servicio de inteligencia británico, el MI6, como especialista de las cuestiones rusas, y en 2002 publicó un libro en el que acusó a sus superiores de haber ordenado la colocación de varias bombas en otros tantos edificios de Moscú, en 1999, provocando una atroz matanza que fue atribuida a los terroristas chechenos y precipitó la intervención del ejército ruso en Chechenia.

El embajador ruso en Londres, Alekxandr Yakovenko, fue convocado por el Foreign Office, donde dejó bien sentado que el Kremlin considera el informe como “una descarada provocación de las autoridades británica” que sin duda perjudicará las relaciones bilaterales. Publicado diez años después de los hechos, el informe demuestra, siempre según el embajador ruso, el hermetismo parcial del procedimiento y “la incompetencia institucional de los servicios especiales británicos”, que no se sabe si manipularon a la víctima o no pudieron protegerla. ¿Por qué se reunió Litvinenko amistosamente con sus presuntos asesinos? El embajador citó en su requisitoria las tensiones entre los dos países como consecuencia de la crisis de Ucrania, la anexión de Crimea el 18 de marzo de 2014 y las sanciones decretadas coordinadamente por Bruselas y Washington contra Moscú, el 29 de julio de 2014.

A pesar de los escándalos, del hundimiento de los precios del petróleo, de las graves dificultades económicas y de su autoritarismo creciente, causa estupor en los medios occidentales la popularidad inquebrantable de Putin. Más del 80 % de los rusos confía en su presidente e incluso admira su habilidad para restaurar la posición de Rusia como gran potencia mundial. En junio de 2015, la cota de popularidad de Putin alcanzaba el 89,1 %, según el Centro Pan-Ruso de Estudios de Opinión Pública, y batía el récord con el 89,9 % en octubre último, después de que comenzaran los bombardeos rusos contra las posiciones del Estado Islámico en Siria. Los resultados pueden parecer hiperbólicos, pero las investigaciones occidentales, aunque reduzcan un poco los porcentajes, coinciden en la apreciación global.

“¿Por qué los rusos aprueban con entusiasmo la política exterior del Kremlin que les causa tantas privaciones?”, se pregunta el portal moscovita Gazeta.ru, uno de los principales medios electrónicos de orientación liberal que escapa de la servidumbre del poder. La respuesta es harto compleja: “El primer gran temor nacional es que Rusia se convierta en un país ordinario. Rusia quiere obligatoriamente ser una gran potencia. El segundo terror nacional es el del cambio. Ésta es la razón por la que tememos reemplazar nuestros dirigentes, con independencia del grado de crueldad o ineptitud de sus actos.” Concluye que “las revoluciones se producen precisamente por causa del pánico ante el cambio, no porque hayan sido verdaderamente deseadas”.

Otros medios tienen una idea menos pesimista del pueblo ruso y del comportamiento de sus dirigentes. “La absoluta certeza de que el hostigamiento de nuestro país por el enemigo, generado por las tensiones geopolíticas, ha soldado de tal manera a la nación que el poder no podía hacer otra cosa que dejarse arrastrar por ese impulso patriótico”, puede leerse en el diario Kommersant de Moscú, una de las pocas publicaciones que no han perdido su sentido crítico, pero que está persuadida del respaldo popular sin precedentes de que goza el Kremlin, del nacionalismo y paneslavismo subyacentes, en medio de las inclemencias de las sanciones y hasta del aumento de la pobreza.

Las protestas de algunos sectores sociales no produjeron en 2015 los efectos que esperaban los adversarios de Putin, cada día más escasos y peor preparados para resistir la propaganda populista del régimen. La oposición política –de los comunistas a la extrema derecha– está completamente dislocada o prácticamente entregada a la voluntad y las maniobras tácticas de Rusia Unida, el partido del presidente y el poderoso instrumento del Kremlin para dirigir la lánguida vida parlamentaria. El primer ministro, Dmitri Medvedev, aunque criticado por su inmovilismo y su ineptitud para detener el desplome del rublo, fue confirmado en su puesto por el presidente.

La intervención en Siria

La participación en la guerra de Siria, sin bajas rusas por el momento, se ha vendido con éxito al pueblo ruso como un necesario episodio del combate contra el terrorismo de inspiración islamista y de la presencia de Rusia en una región de alto valor geoestratégico. El primer ministro británico, David Cameron, tras mostrar su irritación por las revelaciones del informe sobre el asesinato de Litvinenko, reconoció que había que mantener “algún tipo de relación con Rusia” por causa de la crisis en Siria. Washington asume que Moscú es un actor importante con el que hay que contar en el conflicto del Oriente Próximo. Si hemos de creer a Igor Ivanov, ex ministro ruso de Exteriores, los que el Kremlin preconiza es “una coalición internacional antiterrorista, semejante a la coalición antinazi, que sentaría las bases para un nuevo orden mundial”.

“La intervención rusa en Siria es probablemente la más extraordinaria operación militar y política de la época de Putin –escribió recientemente el influyente periódico norteamericano The National Interest–. Desde el punto de vista histórico, esa intervención marca verdaderamente el retorno de Rusia a la escena internacional como actor relevante con el que deben contar, incluso contra su voluntad, las otras grandes potencias.” Un cuarto de siglo después de que la bandera con la hoz y el martillo fuera arriada en el Kremlin, Putin y sus colaboradores vuelven a estar activos en todos los teatros de operaciones, desde la asociación estratégica con China a la guerra de Siria, desde la consolidación del régimen militar en Egipto a los prometedores negocios energéticos con Alemania. Rusia se presenta, además, como el gran mercado que la Unión Europea no puede desdeñar en nombre de la repugnancia moral.

Algunos europeístas rememoran el gran designio del general De Gaulle: una gran Europa “del Atlántico a los Urales”, que no sólo debería combatir el terrorismo, sino contribuir a la resolución de otros graves problemas, los que plantean las fuerte inmigraciones, el control de las armas nucleares, el abastecimiento energético y el más importante todavía: el fortalecimiento de las tendencias europeístas en Rusia surgidas con Pedro el Grande, históricamente frágiles, en detrimento de la tentación asiática y autoritaria tan poderosa, se diría que enquistada, detrás de las murallas del Kremlin.

Las tendencias autoritarias de Putin son tan evidentes como el apoyo que su política tiene entre la inmensa mayoría de la población, pero también se puede argüir que las sanciones económicas y diplomáticas no han servido nunca para cambiar la orientación de un régimen y mucho menos para cambiar su naturaleza. Colocar a Putin en la picota es un desahogo moral, pero no un proyecto geopolítico. Algo debería hacer la Unión Europea para contrarrestar el fatalismo y la dinámica de la confrontación, del aislamiento y la denigración del jefe del Kremlin, por merecida que ésta nos parezca. Los chinos han puesto en marcha su ambicioso proyecto –la nueva ruta de la seda— para llegar a Estambul, y Putin, que probablemente será reelegido en 2018, no ceja en su empeño de levantar una Unión Euroasiática con los vecinos y clientes del “extranjero próximo”, incluida Ucrania o parte de ella.

Si Europa sigue inmóvil, manteniendo el alejamiento de Rusia tanto de la OTAN como de la Unión Europea, un especialista ruso de las relaciones internacionales, Fiodor Lukianov, en un sorprendente ejercicio de anticipación histórica (Gazeta.ru, septiembre de 2015), imagina al ejército chino desfilando por la plaza Roja en 2025 por entender que la sociedad civil rusa, incluso en sus grandes urbes (Moscú y San Petersburgo) se construye según el modelo chino cuyas bases son el autoritarismo y el progreso económico en un mercado global. ¿Fracasará la Europa liberal y pacifista, defensora de los derechos humanos, con su innegable soft power (poder blando o cultural), como fracasaron con las armas Napoleón y Hitler?

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Responses

  1. És realment sorprenent que el 90% dels russos es decantin a favor de Putin. Es pot confiar però, en una enquesta d’un centre d’un estat sota urpes totalitàries?
    A La Vanguardia de 23 de gener, llegeixo un article de Lluís Uría, “L’agonia de l’or negre’, on, com tu, tracta del problema de l’enfonsament del preu del petroli a Rússia. Segons explica les sancions internacionals i la caiguda del preu de l’or negre han determinat que “saltessin pels aires” les previsions pressupostàries de l’Estat i que Medvédev digués que “estem en una situació dramàtica”. Diu també que German Gref, president del Sberbanck, el primer banc rus, s’expressava així: 1. “Que l’era del petroli s’ha acabat”, i 2. “Que el futur ha arribat abans del que esperàvem”.
    Tenint en compta aquestes dades, em pregunto si aquests designis de la “gran Rússia” no tenen data de caducitat més aviat pròxima.
    Els russos poden témer el canvi -com expliques- i d’aquí que acceptin Putin.
    Aguantaran però, si arriben emergències socials? Pel que veig, la única font de riquesa del país és el petroli. (Si descomptem les aigües del llac Baikal, d’una puresa extraterrestre).


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