Posteado por: M | 4 febrero 2016

Populismo y elecciones primarias en EE UU

Las elecciones primarias en Estados Unidos, para designar a los candidatos presidenciales de los dos grandes partidos, se celebran en 2016 en un clima de generalizado pesimismo, exacerbado y agitado en ambos extremos del abanico político, a pesar de las rituales presunciones balsámicas aireadas por Barack Obama en su reciente y último discurso sobre el estado de la Unión, cuando aseveró que “cualquiera que propale el declive de la economía norteamericana estará simplemente vendiendo humo”. Los denostados vendedores de pésimos augurios, empero, se han multiplicado al conjuro de la campaña electoral, en los mítines, en los recintos universitarios, en todos los medios. Los republicanos insisten invariablemente en subrayar el “desastroso balance” del primer presidente negro, asunto vidrioso para la favorita de los demócratas, la senadora, ex secretaria de Estado y ex primera dama Hillary Clinton.

Los que acuden a los mítines de Bernie Sanders (Partido Demócrata) o Donald Trump, Ted Cruz y Marco Rubio (Partido Republicano), con las pegatinas en la solapa, las insignias y los carteles, en la calle, en las asambleas cívicas (caucus) o en los platós de televisión, creen o sospechan que su situación social se ha deteriorado hasta unos límites insoportables desde que estalló la crisis financiera de 2008. Sólo los simpatizantes de la Hillary Clinton, genuina representante del establishment de Washington, sostienen en principio que la situación es poco estimulante pero que puede mejorar rápidamente sin alterar las reglas de juego y el reparto de los papeles, tan pronto como la primera mujer presidenta, curtida en las más diversas lides, se instale en la Casa Blanca.

El primer asalto de las primarias en el estado de Iowa, rural y de fuerte implantación evangélica, arrojó resultados muy reñidos entre los candidatos de ambos partidos. En el Partido Republicano, el triunfo sonrió al senador tejano Ted Cruz (27,6 % de los votos y 8 delegados), pero seguido muy de cerca por Donald Trump (24,3 %) y el senador Marco Rubio (23,1 %), ambos con 7 delegados. En el campo demócrata se produjo casi un empate entre Hillary Clinton (49,9 % y 23 delegados) y Bernie Sanders (49,6 % y 21 delegados). En ambos casos, los votos corresponden estrictamente a las personas inscritas en las listas de simpatizantes de cada una de las formaciones, las únicas que pueden votar. Los delegados votarán en las convenciones de los partidos a principios de verano.

Según la muy circunspecta revista Time, el Partido Republicano se halla desgarrado “entre una bomba y un kamikaze”, entre el explosivo multimillonario Trump, ex simpatizante del Partido Demócrata y próximo a los Clinton, y el piloto suicida con el que se compara al senador tejano Ted Cruz, dogmático intransigente, evangelista profético y punta de lanza del Tea Party, la organización política que la inmensa mayoría de los comentaristas norteamericanos identifica como de extrema derecha con ribetes anarquizantes. Luego de su buen resultado en los caucuses de Iowa, Marco Rubio, senador por Florida, hijo de padres cubanos, ligeramente más moderado que sus dos principales contrincantes, podría presentarse como la esperanza o el clavo ardiendo de las élites republicanas alarmadas por el desempeño estridente de Trump.

El populismo tiene su versión izquierdista en Bernie (Bernard) Sanders, senador del pequeño estado de Vermont, que se declara “socialista” (no se sabe muy bien si bolchevique o socialdemócrata) y arenga a las multitudes como si fuera un genuino tribuno de la plebe, lanzando su diatriba contra la plutocracia centrada en Wall Street y en general contra un sistema capitalista del que vilipendia su parcialidad en favor de los opulentos. Una retórica que le hace acreedor del epíteto de “rojo”, que suscita los tradicionales temores del americano medio ante cualquier empeño que huela a socialismo, pero que parece sonar bien en los oídos de los cuellos azules y blancos zarandeados tanto por la enésima crisis económica como por la revolución tecnológica y la deslocalización o desaparición de los buenos jobs, los puestos de trabajo industriales, bajo el impulso de la globalización.

El populismo que avanza imparable entre los electores de derecha e izquierda tiene preocupados y desorientados a muchos comentaristas. R. R. Reno, en un artículo publicado el 1 de febrero en el New York Times, llegó a la conclusión de que “ambos partidos perdieron a la clase media blanca” y que los éxitos de Trump y Sanders representan un gran viraje en la política norteamericana. Su visión es claramente sombría, pero asegura que la verdadera tendencia “no es racial, sino intrarracial”, no está vinculada con el creciente multiculturalismo; porque “la colisión se produce entre los blancos que se benefician de la economía global y los que no lo consiguen”.

La corrección política, sobre todo, entre las élites del Partido Demócrata, hegemónicas en las grandes universidades y los numerosos think tanks, o institutos de opinión, han sustituido rápidamente el calificativo de populista, que podría aplicarse a Sanders, Trump y Cruz, por la expresión “candidato no convencional”, que no se sabe muy bien qué quiere decir –quizá “candidato que desafía o desobedece las convenciones”–, pero que resulta mucho menos hiriente u ofensiva. Me permito recordar, no obstante, que el populismo, desde sus orígenes, estuvo vinculado con la historia norteamericana, con los agricultores segregacionistas, refractarios del cambio, que a finales del siglo XIX articularon un movimiento político que pretendió reencarnar al pueblo fundador de la democracia, supuestamente pervertido por el industrialismo, en una época de acelerados procesos de modernización y grandes mutaciones sociales.

El pesimismo se ha trasladado a Europa, donde el entusiasmo que despertó Obama en 2008, y que culminó con la concesión apresurada del premio Nobel de la Paz en 2009, está mitigado cuando no completamente amortizado. “Obama, un balance trágico”, titula su comentario el ensayista francés Guy Sorman, cuyo pronóstico es una severa advertencia que me resulta inquietante: “La dimisión del gendarme norteamericano ha hecho surgir y resurgir unas antiguas y nuevas amenazas que, a la postre, pondrán en peligro la seguridad de los occidentales y la mundialización económica, base de nuestra prosperidad.” Un análisis que corre en paralelo con las negras perspectivas de los que comprueban el retroceso del sistema democrático en gran parte del mundo.

La verdad es que los declinólogos o Casandras, los universitarios y los pundits o comentaristas de toda laya que recuerdan la decadencia y el ocaso de los imperios están haciendo su agosto en medio de la ola de frío y del fragor electoral y catódico. En un libro publicado estos días por el influyente Council of Foreign Relations, Edward Alden y Rebecca Strauss describen el panorama y argumentan que “Estados Unidos  se enfrenta con una enorme competición económica exterior y graves amenazas internas”, de manera que si pretende mantener su hegemonía, fundada en la ventaja competitiva y la abrumadora superioridad militar, “será necesario que proceda a realizar fuertes inversiones en educación, infraestructuras e innovación”.

Varios columnistas advierten de la pérdida de influencia en el mundo y del desafío que plantean otras potencias emergentes como China. El economista Eduardo Porte, en un artículo publicado en el New York Times, analiza la hipótesis muy extendida por algunas universidades de que “los días de gloria de EE UU quizá ya pasaron”, un lenguaje precavido para un problema que alcanza una considerable popularidad pese a ir acompañado por un voluminoso despliegue de cifras, cálculos y prospecciones sobre la vitalidad económica, el crecimiento comparativamente mediocre y la competitividad.

Tenemos una idea aproximada de “cómo se vende un presidente”, según el panfleto clásico sobre el espectáculo de las elecciones y los trucos televisivos que inauguraron Nixon y Kennedy, y que alcanzaron su cima con Obama; pero ahora se trata de venderlo en un ambiente poco festivo, más iracundo e intolerante que en otras ocasiones, en medio de un frío glacial. Resulta evidente que las multitudes que se congregan para escuchar a los candidatos republicanos e incluso al candidato demócrata e izquierdista, Bernie Sanders, expresan una inquietud y unas aprensiones que no se compadecen con el mensaje de esperanza reiterado desde la Casa Blanca y sus terminales informativas. Porque el optimismo antropológico que tanto aqueja a la izquierda no está de moda entre el americano medio, ese ciudadano blanco de ascendencia anglosajona o europea y protestante.

El sueño americano de los latinos

El sueño americano parece haberse refugiado entre las minorías en ascenso, y en primer lugar, en la llamada latina o iberoamericana, que ya es la más numerosa, como confirman los apellidos españoles de dos de los principales candidatos republicanos (Cruz y Rubio), aupados por un éxito sin precedentes. Marco Rubio pertenece a la segunda generación de los cubanos que huyeron de la dictadura de Castro para instalarse y prosperar en Miami.

Poniendo los focos en las extravagancias y la incorrección política de Trump o en la fiebre evangelista de Cruz, algunos comentaristas llegan superficialmente a la conclusión de que el Partido Republicano está más a la derecha que nunca, como ideológicamente sublevado contra la atracción del centro y la moderación que le caracterizaron en otros tiempos. No obstante, resulta complicado situar en la extrema derecha a un populista como Trump, aunque le vituperen como el payaso del gigantesco circo electoral, especializado en el insulto, cuyos más ardorosos partidarios se reclutan entre las clases medias de las grandes conurbaciones que en otros momentos formaron los batallones demócratas. Por motivos similares, si se me permite la licencia de saltar el foso del Atlántico, a los que determinan el triunfo del Frente Nacional francés en los que fueron feudos del partido comunista.

La derechización o el conservadurismo de la sociedad norteamericana y por ende del Partido Republicano vienen de muy lejos. Aunque algunos citan el precedente de Barry Goldwater en 1964, quizá todo empezó con Ronald Reagan, presidente de 1981 a 1989, que abrió una brecha dentro del Partido Demócrata cuando ya estaba dislocada la gran coalición de obreros industriales, minorías étnicas e intelectuales liberales (izquierdistas) de las megalópolis atlánticas que mantuvo en el poder al demócrata Franklin D. Roosevelt desde 1933 hasta su muerte en 1945, unos días antes de que se produjera la capitulación de Alemania.

El viraje conservador tuvo su consagración en las elecciones parciales de noviembre de 1994, con Bill Clinton en la Casa Blanca, cuando los republicanos lograron la mayoría en la Cámara de Representantes tras 40 años de absoluto dominio demócrata. El ideólogo de esa “revolución conservadora” fue Newt Gingrich, presidente de la Cámara y candidato frustrado a la presidencia, ruidoso portavoz de la campaña contra “la fosa séptica” de Washington. El conservadurismo político se vio reforzado por el ascenso imparable de algunas confesiones protestantes, muy especialmente la evangelista, que introdujo en el debate político el factor religioso y la consigna de la “mayoría moral” que se pronuncia contra el aborto o el matrimonio homosexual, que denuncia la hipertrofia del Estado federal y que se siente defraudada por la neutralidad, el relativismo y el pragmatismo que prevalecen en la gestión de los presidentes de ambos partidos.

La debilidad de Hillary Clinton, como ya se manifestó en la campaña de 2008, cuando compitió y perdió contra Obama, radica en que suscita más reflexiones positivas que entusiasmo. Cuenta con la experiencia y la preparación necesarias, desde luego, y concita el respaldo de los medios más sesudos, pero adolece de una falta de carisma, empatía o proximidad con los electores. Como si tuviera más cerebro que corazón, aunque tampoco debe olvidarse que comparte con el presidente algunos de los fiascos más llamativos de la política exterior. Pese al empuje de Sanders, como quedó patente en el empate de Iowa, Clinton mantiene su ventaja de “candidata inevitable” del establishment.

La víctima más notable de los caucuses de Iowa es Rand Paul, senador republicano de Kentucky, que terminó en un decepcionante quinto puesto (4,5 % de los sufragios) y que inmediatamente anunció su retirada de la carrera presidencial, pero reiterando que seguirá en “el combate por la causa de la libertad”. Oftalmólogo de profesión, hijo del congresista Ron Paul, que también aspiró a la candidatura en 2008 y 2012, ambos con reputación de libertarios, fue capaz de defender causas impopulares en el Senado –contra los asesinatos con drones, contra la vigilancia excesiva, contra las intervenciones exteriores— y era un habitual de los debates en los recintos universitarios más izquierdistas. Su causa y sus proclamas contra la paranoia de la seguridad quedaron muy debilitadas tras los recientes atentados de París y San Bernardino (California) que tanto impresionaron a la opinión pública.

 

 

 

 

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