Posteado por: M | 10 febrero 2016

Londres y Bruselas ante el cambalache para evitar el Brexit

El inacabable debate sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea (UE) se arrastra desde hace más de medio siglo y adquiere en estos momentos la temperatura de ebullición, bajo la amenaza de un referéndum que todos los europeístas británicos consideran altamente peligroso, problemático, y una amenaza para los intereses generales y la buena salud financiera de la City. La opinión pública está desgarrada al 50 %, lo mismo que el Partido Conservador en el poder, según todas las encuestas; pero la prensa popular, con bastante predicamento entre los sectores más nacionalistas, reaccionarios y menos ilustrados de la población, tiene en marcha una feroz y demagógica campaña contra el monstruo de Bruselas y la traición del primer ministro, el conservador David Cameron, que se juega también su carrera política en una consulta más indecisa y arriesgada que la de la independencia de Escocia en 2014.

Pocas novedades a uno y otro lado del canal de la Mancha, salvo quizá la ingeniosa invención periodística de un neologismo, Brexit, contracción y acrónimo de “Britain exit” (retirada o salida de Gran Bretaña), un reembarque de las tropas británicas de la Europa continental, un Dunkerque del espíritu, como podría llamarse en recuerdo del repliegue y reembarque de las topas británicas (unos 300.000 hombres) desde ese puerto del norte de Francia en 1940 para no tener que capitular ante las divisiones acorazadas de Hitler. Parte de las tropas que luego regresaron a las playas de Normandía con ocasión del Día D, el 6 de junio de 1944, el desembarco glorioso que señaló el principio del fin del Tercer Reich.

El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, y el primer ministro británico revelaron el 2 de febrero los términos del acuerdo o compromiso para modificar las obligaciones de Gran Bretaña con el bloque comunitario, en especial, por lo que concierne a una cuestión polémica y actualmente en el candelero: la inmigración y los derechos de los inmigrantes, comunitarios o extracomunitarios, que serán recortados o restringidos en Gran Bretaña para halagar la xenofobia que con tanto éxito cultivan el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP en su sigla inglesa), el grupo Vote Leave (Votad la salida) y la prensa popular acompañada por el veterano The Times.

El acuerdo prevé que el gobierno británico podrá activar un “freno de emergencia” para restringir los beneficios sociales de los inmigrantes comunitarios durante sus primeros cuatro años en Gran Bretaña, vulnerando claramente los principios de igualdad de derechos y libre circulación de personas entre los Estados miembros. El segundo punto relevante es una nueva excepción (opting out) como la que se aplicó para que varios países pudieran seguir fuera de la eurozona. Además, el mecanismo de la “tarjeta roja” permitirá bloquear parte de la legislación comunitaria si así lo solicitan 15 o más gobiernos. Cameron alardea de haber conseguido limitar la fuerza legal del designio europeísta: “la unión cada día más estrecha”, consagrado en todos los tratados, pero que muchos británicos no comparten. En consecuencia, Bruselas asumirá que, llegado el caso, el Reino Unido “no estará obligado a una mayor integración política”.

El cambalache negociado por el gobierno británico y la Comisión Ejecutiva de la UE se aferra a los tratados y espera salvar los escollos más notorios con frases más o menos ingeniosas. El “freno de emergencia”, por ejemplo, sólo se activará en el caso de que un país reciba “un flujo de trabajadores de otros Estados de magnitud excepcional durante un amplio período de tiempo”. Como se ve por el adjetivo “excepcional”, términos poco precisos que son como el embrión o la siembra de nuevas polémicas, en una comunidad que se aleja de la integración para desembocar en la funesta realidad de una “Europa a la carta”, o de no sé cuántas velocidades, en la que cada país acepta sólo lo que le conviene del acervo comunitario. Lo proclama con cinismo el premier Cameron en su papel de funámbulo al ufanarse de que, si se acepta el acuerdo alcanzado, Gran Bretaña tendrá entonces “lo mejor de ambos mundos”. Nada que ver con el espíritu que se desprende de la historia del proyecto y de los tratados vigentes.

“Los cambios son insustanciales, pero la importancia de la negociación es simbólica”, reconoce el semanario The Economist desde una posición pro europea. Se trata, pues, de elaborar un paquete de medidas que Cameron pueda vender fácilmente a una opinión pública reticente cuando no hostil en la campaña de un referéndum que girará previsiblemente en torno del problema de la inmigración, el multiculturalismo y el terrorismo. Nuevos retoques o cláusulas menores para no afrontar los graves problemas estructurales que aquejan a la Unión Europea desde el tratado de Maastricht (1992). Las críticas no se han hecho esperar, incluso en los periódicos menos sensacionalistas. El semanario conservador The Spectator mantuvo su proverbial sarcasmo: “Después de haber pasado varios meses en los fogones, David Cameron nos sirve el equivalente político de la nouvelle cuisine: un plato minúsculo y decepcionante, servido con gran pompa.”

La prensa popular está tan irritada como extremista y acusa a Cameron de haber abandonado sus promesas electorales de 2010 y 2015, en las que se preveía la repatriación de las competencias sobre el empleo, el rechazo de la Europa social y su corolario (la duración de la jornada laboral) y la modificación sustancial de los tratados para frenar la voracidad competencial de la burocracia bruselense. El Daily Express y el Daily Mail, ambos conservadores y antieuropeos, coinciden con el populista The Sun en fustigar “la gran ilusión, la inocentada, el chasco, la broma”. Los proeuropeos que animan el grupo Britain Stronger (Una Gran Bretaña más fuerte) se felicitan por el acuerdo logrado por Cameron, pero sus voces moderadas resultan prácticamente inaudibles en medio del griterío de los euroescépticos.

Según los resultados de la encuesta-resumen que veo en la prensa británica, el 42 % de los votantes está a favor de la ruptura con Europa, el 38 % se pronuncia en contra y el 20 % manifiesta su indecisión. Dentro del grupo parlamentario del Partido Conservador, al menos 70 de los 306 diputados son partidarios acérrimos del abandono de la Unión Europea. La oposición laborista, por el contrario, apoya al gobierno, aunque sólo sea porque los sindicatos rechazan el Brexit en razón de los costes desastrosos que acarrearía para el empleo en las finanzas, el comercio exterior y todos los sectores globalizados.

Una historia muy movida

Muchos ciudadanos del Reino Unido jamás se sintieron felices con el matrimonio de conveniencia que sus dirigentes celebraron con la entonces Comunidad Económica Europea (CEE) tras unas arduas negociaciones en 1972, los acuerdos de París, la firma del tratado de adhesión y la integración definitiva el 1 de enero de 1973, en compañía de Irlanda y Dinamarca. La retirada del general De Gaulle (1969), que por dos veces había vetado el ingreso de Gran Bretaña, por entender que ésta era tributaria del euroescepticismo y un más que probable caballo de Troya de los intereses norteamericanos, y las buenas relaciones del presidente francés, Georges Pompidou, con el primer ministro británico, Edward Heath, pragmático y europeísta convencido, levantaron todos los obstáculos.

No obstante, tras el retorno del Partido Laborista al poder (1974), bajo la batuta de Harold Wilson, éste cumplió su promesa electoral y convocó un referéndum para confirmar la pertenencia de Gran Bretaña a la CEE, que fue respaldada por el 67 % de los votantes. La presunción de que el pleito sobre Europa estaba superado no resistió la llegada al poder de Margaret Thatcher (1979), que muy pronto alcanzó notoriedad por exigir perentoriamente una compensación económica por aceptar la política agrícola común de las subvenciones, concebida para satisfacer los intereses de los agricultores franceses y alemanes. Thatcher se convirtió en el último icono del nacionalismo y mantuvo vigorosamente el euroescepticismo hasta su caída en 1990.

Gran Bretaña volvió a quedar aislada, al margen del impulso europeísta que siguió a la caída del muro de Berlín, la reunificación alemana (1989-1990) y la desintegración de la URSS. El sucesor de Thatcher, el primer ministro conservador John Major, mitigó el nacionalismo, rehuyó las polémicas con Bruselas y se avino a firmar el tratado de Maastricht (1992) que implantó la unión monetaria y creó la Unión Europea, reforzando la cooperación política, pero sólo luego de haber logrado que sus socios aceptaran una cláusula de exención, la denominada opting out, para que Gran Bretaña pudiera mantener la esterlina como moneda fiduciaria y, por ende, hacer de la City la primera plaza financiera del continente.

Tras 18 años de gobierno de los conservadores, se precipitó un nuevo viraje con la llegada al poder de Tony Blair, al frente de un laborismo de inequívoca vocación centrista y europea (neolaborismo), que puso en el basurero de la historia los principios marxistas de sus estatutos, el anacronismo de la propiedad pública de los medios de producción, y obtuvo un triunfo arrollador en las elecciones generales de 1997. No obstante, Blair reforzó la cooperación con Washington (llegó a ser vituperado como “el perro faldero” de George W. Bush), rechazó la unión monetaria y mantuvo la esterlina en competencia con el euro, si bien promovió con entusiasmo la ampliación de la Unión Europea hacia el este.

Frente a “la unión cada día más estrecha” que preconizaban los europeístas desde el tratado de Roma (1957), el líder laborista abogó por el viejo designio de una marcha hacia el este para crear un bloque muy parecido a la zona de libre cambio regida por la cooperación intergubernamental más que por la integración política y fiscal. La lógica de la integración sigue vigente en los tratados, la retórica y la eurocracia de Bruselas, pero los pilares del edificio comunitario se encuentran en constante evolución y revisión. El inicial equilibrio franco-germano se ha quebrado definitivamente en favor de la hegemonía de Alemania.

La incertidumbre del referéndum

La ampliación hacia el este, consumada en 2004, fue una improvisada fuga hacia delante sin cambios estructurales o de funcionamiento que desembocó no sólo en el marasmo político, sino también en la atonía moral y el derrumbe de los sueños federalistas, diluyendo el acervo comunitario y la laboriosa integración en una vasta zona de librecambio, según la voluntad inveterada de las élites anglosajonas, un espacio geoestratégico conectado con EE UU y de espaldas a Rusia. Cuando Cameron plantea su desafío, con el chantaje  del Brexit como única moneda de cambio, no cabe duda de que la Unión Europea adolece de la falta de cohesión que hipoteca su futuro.

El analista francés Nicolas Baverez, en un brillante artículo publicado en el parisiense Le Point, ha retratado con precisión los difíciles momentos por los que atraviesa el proyecto europeo: “El referéndum británico constituye un momento crucial para Europa, cuyo destino está en juego, bien preservando los logros de 60 años de integración o precipitando su estallido. Se celebrará en las peores condiciones. Europa nunca estuvo tan débil. Ha sufrido una serie de golpes sin precedentes con las secuelas de la crisis de 2008 y del euro, la llegada de una oleada de 1,3 millones de refugiados en 2015, el terrorismo islamista y el despertar de los imperios ruso y turco.”

Además, como es notorio, los referendos los carga el demonio, porque son el territorio preferido de los demagogos, según confirma el repaso de su historia. Salió bien el de Escocia, pero el resultado del que se plantea sobre Europa podría desembocar en un desastre de proporciones históricas. Al hurtar la competencia a la Cámara de los Comunes, en la que reside la soberanía de la nación, para someter una cuestión muy compleja, patriótica y pasional al veredicto de un electorado poco o mal informado de las reales consecuencias del envite, el primer ministro trivializa el debate y asume una tremenda responsabilidad en este nuevo y definitivo acto de la tragedia de Europa en otro momento conflictivo y sombrío de su historia.

Las violetas imperiales y las nostalgias victorianas no son buenas consejeras para una nación que sólo representa el 1 % de la población mundial y el 3,5 % de la producción, que realiza con el resto de la Europa comunitaria la mitad de su comercio. El objetivo de restaurar la completa soberanía británica, como sostienen los euroescépticos e incluso Cameron, no deja de ser una ilusión peligrosa en un mundo de grandes potencias continentales y economía globalizada. Si los euroescépticos se salen con la suya, si el resto de la Unión Europea responde dividida y con torpeza complaciente al desafío de Londres, Gran Bretaña dará un salto hacia el pasado, perderá “la batalla de Inglaterra” que la RAF ganó a los aviones alemanes, cuando “tantos debieron tanto a tan pocos”.

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Responses

  1. ¡¡SEÑORES!! :Esto es la UE. Aquí nosotros : UNA PUÑETERA MIERDA. Nos toman el pelo,nos pelan a rapa y además le pagamos,poniendo nosotros,TODO,como el sastre del Campillo. ¿HASTA CUANDO???
    José Viera Gutiérrez.-

  2. Ignoro la història dels referèndums, però potser és una qüestió de civisme. A Suïssa, el govern programa referèndums per tot allò que té una certa importància i la ciutadania, pel que sé, està acostumada a votar cada dos per tres.
    En relació al referèndum al qual s’ha compromès Cameron, veig molt probable que en la mesura que s’apropi la data del referèndum contemplem una notable campanya d’informació. Que no necessàriament ha de venir del govern. (Hi ha alguna regla de joc que vingui del galimaties del Tractat de Lisboa?).
    Llegeixo a La Vanguardia d’avui dia 15 “L’arbre i el tsunami”, article d’Antoni Puigverd. Per mi, té de bo que l’autor no és economista. És simplement una persona entenimentada. Ve a dir que:
    A part de l’estratosfèric deute d’EEUU, la Xina té un deute colossal; els bancs i l’economia alemanys han estat els grans animadors de la bombolla xinesa (Com ho van ser de les del sud d’Europa). I alhora els bancs alemanys han promogut les compres de productes industrials propis. Alemanya, que fins ara dictava el discurs de l’economia seriosa, està ensenyant les vergonyes: ella també feia trampes. I de les grosses.
    Alemanya ha promogut bombolles que contradiuen la retòrica de la contenció i l’estalvi, a més d’evidenciar un doble joc hipòcrita i obscè.
    L’Alemanya de Merkel i el FMI de Lagarde al capdavant de la troica han estat predicant austeritat pública, autodevaluació del preu del treball, competitivitat empresarial i exportació. I tanmateix ara descobrim que no n’hi haurà prou amb aquesta fórmula. Primer perquè el deute acumulat és massa alt i no hi ha manera humana de treure’s aquest mort gegantí de sobre. Segon, perquè si tothom aplica la mateixa fórmula i tothom acaba exportant, qui serà el comprador? I tercer: si tots els països del món estan endeutats, qui estarà en condicions d’assumir el deute? On anirà a parar el deute gegantí que el món ha generat?
    Pròpia collita: I ara, a sobra, apareix un problema esfereïdor, a saber el problema d’una immigració massiva de refugiats que posa en evidència “la solidaritat” europea i un xoc de cultures de magnitud crec que previsible. (Del qual a Gran Bretanya ja saben de què va).
    No semblaria perfectament conjecturable pensar que aquest país, cosit als EEUU, s’ho pensarà dues vegades abans de dir sí a Cameron? Acceptaran els britànics -malgrat que costi tan capir aquestes coses- una votació estrictament parlamentària?
    Gràcies pels teus esplèndids articles -tots- que m’han fet entrar el cuc de la informació.

  3. […] comenté en una entrada reciente (“Londres y Bruselas ante el cambalache para evitar el Brexit”), el ingreso de Gran Bretaña en la Comunidad Europea (1973) ha sido causa de fuertes turbulencias, […]


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