Posteado por: M | 16 febrero 2016

El Papa, el Patriarca y la sombra del KGB

En una modesta sala del decrépito aeropuerto José Martí presidida por un crucifijo, en La Habana, el 12 de febrero, día de Santa Eulalia, el abrazo entre el papa Francisco y el patriarca de Moscú y toda Rusia, Cirilo I (Kiril), marcó un hito religioso y geopolítico porque es el primer encuentro entre los jefes de las dos Iglesias en que la Cristiandad quedó deplorablemente dividida por el cisma de Oriente hace casi un milenio (1054). Junto a las cuestiones espirituales, teológicas, de liturgia y calendario, que separan al catolicismo de la ortodoxia, el retorno de Rusia a la escena internacional, los forcejeos diplomáticas del presidente Putin, el pacifismo y la voluntad ecuménica del Vaticano, el martirio y el expolio que sufren muchos cristianos en el Oriente Próximo, estuvieron presentes en la entrevista y en el comunicado conjunto.

El encuentro de La Habana, altamente simbólico, se enmarca en los esfuerzos de Putin por subrayar la recuperación de Rusia como gran potencia, actor indispensable de cualquier solución para acabar con la guerra civil e internacional en Siria o para luchar contra el terrorismo islamista. A pesar de sus notorias debilidades internas, el hundimiento de los precios del petróleo y la aparatosa caída del rublo. Las estrechas relaciones que el patriarcado de Moscú mantiene con el poder político del Kremlin desde hace muchos años contrastan con la absoluta independencia espiritual y material de que goza la Santa Sede desde que su poder territorial quedó reducido al minúsculo Estado del Vaticano tras la unificación de Italia (1870) y el tratado de Letrán (1929). “El encuentro no hubiera sido posible si los intereses de la Iglesia ortodoxa rusa no hubieran coincidido con los del Kremlin”, aseguró el periódico moscovita Vedomosti.

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Patriarca Cirilo y Papa Francisco en La Habana, febrero de 2016.

Francisco ha demostrado que es un partidario convencido del diálogo, aunque éste comporte riesgos o implique las reservas o reticencias de la burocracia vaticana o de los sectores conservadores del episcopado. El patriarca Cirilo, conservador y nacionalista, se mueve en la misma dirección del Kremlin y aboga por una estrecha cooperación entre las Iglesias en un mundo secularizado y relativista cuando no abiertamente hostil hacia el mundo religioso. Si Francisco resaltó, en un breve discurso, “los deseos de unidad”, y en que ésta se logra caminando, el Patriarca eludió el tema ecuménico y defendió “el pleno entendimiento de la responsabilidad de nuestras Iglesias y de nuestro pueblo creyente por el futuro del cristianismo y por el futuro de la civilización humana”.

Frente a la unidad por la que apuesta Roma, a sabiendas de su enorme dificultad, Moscú se atiene a la cooperación. “Hemos hablado sin medias palabras –subrayó Francisco— y coincidimos en que la unidad se hace caminando”. “Las dos Iglesias pueden cooperar defendiendo a los cristianos de todo el mundo”, resumió Cirilo. Ni una palabra sobre la visita del Papa a Moscú, un acontecimiento que se espera desde hace más de 25 años, desde que Gorbachov visitó a Juan Pablo II en el Vaticano (1989), y varias veces pospuesto. Podría pensarse que la sociedad rusa, luego de haber soportado 70 años de comunismo y ateísmo, vive un proceso milagroso de restauración de la fe, mas no está preparada aún para recibir al “jefe de los herejes”, como llaman al Papa los ortodoxos más integristas.

La elección de Cuba como lugar de la entrevista no fue una ocurrencia en conexión con el viaje del Pontífice a México, sino igualmente un acuerdo de ambas diplomacias en el que Francisco parece haber cedido más que su interlocutor. Una isla lejos de Europa –“a distancia de las antiguas disputas del Viejo Mundo”,  señala el comunicado conjunto–, lejos del territorio del conflicto entre ambas Iglesias, con una población mayoritariamente católica pero sometida a una crudelísima dictadura comunista que se proclama atea, que alardea frecuentemente de su herencia soviética y mantiene buenas relaciones con Moscú. Acusada, menospreciada y sancionada por EE UU y Europa, la Rusia de Putin mantiene la iniciativa y consigue llevar al Papa a un lugar propicio y aparentemente neutral.

La Ostpolitik del Vaticano

La entrevista de La Habana aconteció con mucho retraso. La primera señal se produjo en 1963, cuando Nikita Jruschov, a la sazón líder soviético, en un alarde propagandístico, envió a su yerno y consejero, Alexei Adzhubei, al Vaticano, donde fue recibido en audiencia por Juan XXIII. La apertura hacia el este que patrocinaron los papas Juan XXIII y Pablo VI, con el cardenal Agostino Casaroli como punta de lanza, secretario de Estado vaticano de 1978 a 1990, produjo algunos resultados en los países que estaban bajo la órbita soviética, en los años 60 y 70 del pasado siglo, pero no logró traspasar las murallas del Kremlin, ni socavar los cimientos del sistema soviético. Además de cubrir muchas sedes episcopales que estaban vacantes, el deshielo mejoró la situación pastoral del clero y de los católicos en Polonia, Checoslovaquia y Hungría.

No obstante, la Ostpolitik de Casaroli, simultánea con la de Willy Brandt en la Alemania occidental, fue frecuentemente criticada por su aparente adhesión al statu quo y la coexistencia pacífica propugnada por el Kremlin después de muchos años de hostilidad recíproca. El mismo statu quo territorial e ideológico que fue consagrado por el Acta Final de la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa celebrada en Helsinki (1 de agosto de 1975), objetivo esencial de la diplomacia del presidente soviético, Leonid Brezhnev, para salir del ostracismo en que se había colocado tras la invasión de Checoslovaquia en agosto de 1968 y la insolente proclamación de su doctrina de “la soberanía limitada” en el llamado campo socialista.

Tras el abrazo de Pablo VI con el patriarca de Constantinopla, Atenágoras I, cuya sede está en Estambul, acontecimiento que se celebró en Jerusalén, el 5 de enero de 1964, ambas Iglesias levantaron las excomuniones recíprocas (marzo de 1965) y avanzaron decididamente por la senda ecuménica, pero el patriarca de Moscú, a la sazón Alejo (Alexis) II, se aferró al cisma y cerró en varias ocasiones la puerta a cualquier aproximación o intercambio de visitas, sin duda siguiendo las órdenes o sugerencias del Kremlin. La primacía del Papa persistió como el mayor obstáculo doctrinal para la superación del cisma.

El ecumenismo quedó estancado en medio de la consolidación diplomática de la coexistencia pacífica, probablemente porque los líderes soviéticos que sucedieron al ucraniano Jruschov desde 1964 (Brezhnev, Chernenko, Andropov y Gorbachov) eran conscientes de los enormes riesgos que se cernían sobre el imperio y su zona de influencia en Europa y Asia. La apertura al este del cardenal Casaroli fue rápidamente abolida por el activismo diplomático y pastoral del papa polaco Juan Pablo II (1978-2005), al que la literatura periodística sitúa con el presidente Ronald Reagan y la primera ministra Margaret Thatcher como formando el triunvirato occidental, de fuerte orientación ideológica neoliberal, que colaboró estrechamente en el empujón final para la desintegración del bloque comunista. Casaroli fue reemplazado por el cardenal Angelo Sodano en 1991, coincidiendo con la dislocación de la URSS.

Dentro de la ortodoxia, las iglesias son autocéfalas, de manera que el patriarca de Constantinopla es tan sólo un primus inter pares, es decir, no ejerce ninguna jurisdicción o autoridad real sobre los otros patriarcas. El actual, Bartolomé I, sigue los pasos ecuménicos de Atenágoras y es un interlocutor importante para el Vaticano en sus esfuerzos ecuménicos. Pero no se puede avanzar hacia la unidad sin la cooperación de la Iglesia Ortodoxa Rusa, la más poderosa y con mayor número de fieles entre las 14 iglesias ortodoxas: unos 150 millones entre los 250 millones totales. La segunda en importancia numérica es la de Grecia, donde la ortodoxia está reconocida constitucionalmente como religión del Estado, pilar de la nación helena y de la identidad nacional. En junio de este año se celebrará en la isla griega de Creta un Gran Concilio Panortodoxo, al que está previsto que asista una delegación de la Iglesia católica.

La elevación de un cardenal polaco a la cátedra de San Pedro (1978) empeoró las relaciones de la Santa Sede con la URSS y, por ende, con el patriarcado de Moscú, incluso después de la agitación intelectual y el genuino reformismo que siguieron a la llegada de Mijail Gorbachov al poder (1985) y de que Juan Pablo II insinuara que estaba dispuesto a encabezar una especie de cruzada para liberar a “la Iglesia del silencio” y lograr la conversión de Rusia al catolicismo, como había aventurado la segunda profecía mariana de Fátima (Portugal) en 1917. El patriarca Alejo II (Alexis) se mantuvo en sus trece, persistió en su enemistad hacia Roma y protestó con palabras vehementes y desabridas cuando se produjo la refundación de la Iglesia greco-católica de Ucrania (llamada despectivamente uniata), de rito oriental y obediencia romana, que había sido forzada a la clandestinidad por Stalin en 1946.

Las visitas de los presidentes rusos al Vaticano

El poder político fue por delante del religioso en la aproximación a la Santa Sede. Gorbachov acudió al Vaticano y se entrevistó con Juan Pablo II antes de dirigirse a Malta para firmar con el presidente George Bush (padre) el comunicado que puso fin a la guerra fría (1 de noviembre de 1989) y que precedió en solo una semana a la caída del muro de Berlín. Aún recuerdo la expectación periodística que rodeó la llegada del automóvil de Gorbachov y su esposa al patio de San Dámaso, en cuyas cercanías yo me encontraba con otros periodistas. Alguien de la tribu informadora recordó la caída del caballo de Pablo de Tarso en su camino hacia Damasco y otro reparó en la sobriedad de la esposa del líder soviético.

En los periódicos de aquellos días aparecieron detalles y conjeturas sobre la esperanza alumbrada en Rusia para el fortalecimiento de la Iglesia universal. Gorbachov y su esposa hicieron un breve recorrido por el Palacio Apostólico para acudir al encuentro del papa Wojtyla, un polaco que había encarnado la nueva insurrección contra el poder comunista, ya recuperado de las secuelas del misterioso y gravísimo atentado que sufrió en la plaza de San Pedro, el 13 de mayo de 1981, perpetrado por el turco Alí Agca, pero supuestamente relacionado con algunos servicios secretos del bloque comunista, en especial el de Bulgaria, sobre los que planeaba la sombra y quizá las órdenes del KGB.

Los presidentes Yeltsin, Putin y Medvedev visitaron igualmente el Vaticano, en distintas circunstancias; pero ni Juan Pablo II ni Benedicto XVI pudieron trasladarse a Moscú, como era su deseo, por causa de las reticencias del patriarca ortodoxo, siempre presto a denunciar “el proselitismo inadmisible” de la Iglesia de Roma, la creación de diócesis católicas dentro de Rusia o la ingratitud de los católicos ucranianos. La concurrencia de ambas Iglesias, que alcanza en Ucrania su punto de mayor fricción, menoscaba y sigue torpedeando cualquier proyecto ecuménico. Ésa es la razón por la que el encuentro en el aeropuerto de La Habana no concluyó con una oración en común, como hubiera exigido el designio ecuménico, sino con un comunicado que subraya su carácter esencialmente diplomático.

El patriarcado de Moscú, de orientación generalmente nacionalista y en sintonía con la estrategia restauradora de Putin, sigue proclamando que protegió a los católicos ucranianos de la represión estalinista y considera que los territorios más occidentales de Ucrania, que pertenecieron al Imperio austro-húngaro o Polonia, forman parte del área de influencia de la ortodoxia, de su “ámbito canónico”. Cuando Juan Pablo II visitó Ucrania en 2001, una gran manifestación de protesta recorrió la avenida Tverskaia, en el centro de Moscú. El cambio de situación empezó a fraguarse en 2009, cuando Cirilo sucedió al patriarca Alexis, fallecido en diciembre de 2008.

La Iglesia Ortodoxa estrechó sus relaciones con el poder político, hasta el punto de que el actual patriarca figura como consejero áulico del presidente Putin y se le considera un firme defensor de los valores tradicionales y del nacionalismo ruso. En el orden geopolítico, Cirilo mantuvo el silencio sobre la anexión de Crimea y la guerra de Ucrania, pero ahora respalda expresamente la intervención en Siria, que define como “una lucha sagrada”, y alardea del combate contra el terrorismo islamista. Un Ucrania, las espadas siguen en alto y el Patriarcado moscovita deploró expresamente que “representantes de la Iglesia greco-católica participaran en manifestaciones antirrusas y rusófobas” en Kiev.

En cuanto a las relaciones con la Iglesia de Roma, Cirilo es mucho más tolerante y amistoso que su predecesor, y no predica en ningún caso que los católicos sean unos herejes, pues se considera heredero del espíritu ecuménico de Nikodim, el metropolitano de Leningrado y Novgorod, interlocutor del cardenal Casaroli y firme partidario de la convergencia de las Iglesias, incluso de “la reunificación”, que murió misteriosamente durante una audiencia con el papa Juan Pablo I, en el Vaticano, el 5 de septiembre de 1978, cuando sólo contaba 49 años, en presencia del jesuita español Ángel Arranz, que actuaba como intérprete, y del cardenal Johanes Willebrands, con reputación de encabezar el sector prosoviético de la Curia.

El jesuita Arranz reiteró en varias entrevistas la versión oficial de que la muerte de Nikodim (Boris Rotov en la vida civil) se debió a un infarto de miocardio, pero persisten numerosas teorías conspiratorias sobre lo ocurrido aquel día fatídico en presencia del Papa. Una de ellas asegura que el metropolitano fue envenenado antes de acudir a la audiencia papal y derrumbarse ante el Pontífice. El misterio se recrudeció cuando los Archivos Mitrojin (Mitrokhin en su transliteración anglosajona) presentaron a Nikodim como un conspicuo agente del KGB que actuaba con el seudónimo de Adamant, y cuya actividad ecuménica, tanto con la Iglesia Católica como con el Consejo Mundial de las Iglesias (protestante), estuvo promovida y dirigida por el Kremlin.

Juan Pablo I (cardenal Albino Luciani, patriarca de Venecia), que fue elegido papa el 26 de agosto de 1978, murió el 28 de septiembre del mismo año, tras sólo 33 días de pontificado. Su muerte prematura, cuando aparentemente gozaba de excelente salud, fue atribuida a un infarto de miocardio, pero sigue suscitando muchas especulaciones y algunas teorías conspirativas que apuntan a su envenenamiento.

Los Archivos Mitrojin, publicados en Gran Bretaña en 1999 y 2005, con elaboración de los servicios secretos británicos, aseguran que Nikodim negoció un acuerdo secreto con la Santa Sede por el que la Iglesia Ortodoxa participó como observadora en el Concilio Vaticano II a cambio de que éste no aprobara una declaración de condena del comunismo ateo. Los documentos publicados en Londres contienen abundante información sobre las operaciones del KGB y sus colaboradores en todo el mundo, entre ellos, Salvador Allende, supuesto contacto de los soviéticos en Chile desde 1961, y el político sandinista Daniel Ortega, que llegó a ser presidente de Nicaragua.

El KGB (Comité de Seguridad del Estado), la central del espionaje soviético y de la despiadada represión contra la disidencia, fue disuelto en 1991, tras el fallido golpe de Estado contra Gorbachov de agosto de aquel año y sustituido por varios organismos que fueron reunificados por el presidente Yeltsin en 1995 en el nuevo Servicio Federal de Seguridad (SFB), el cual depende directamente de la presidencia de la República. No estará de más recordar que Putin inició su carrera hacia el poder como agente del KGB, destinado en la Alemania comunista en los años 70, y luego fue director del SFB (1998-1999) antes de ser designado primer ministro por un Yeltsin en su ocaso.

Declaración conjunta de 30 puntos

Después de estar reunidos durante dos horas en el aeropuerto de La Habana, el Papa y el Patriarca firmaron una declaración común de 30 puntos, en italiano y ruso, preparada desde hace meses por los servicios diplomáticos de la Santa Sede y del patriarcado moscovita, con el siguiente título “Que la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la participación del Espíritu Santo estén con vosotros”, frase tomada de una epístola de San Pablo a los corintios. Tras la firma, los dos líderes religiosos se abrazaron efusivamente.

El documento contiene la más firme condena pronunciada hasta ahora por las autoridades religiosas sobre la persecución de que son víctimas los cristianos en varios países del Oriente Próximo y el norte de África, donde “se extermina a familias completas de nuestros hermanos y hermanas en Cristo, pueblos y ciudades enteros habitados por ellos. Sus templos está sometidos a la destrucción bárbara y a los saqueos; los santuarios, a la profanación; los monumentos, a la demolición.” Observa “con dolor el éxodo masivo de los cristianos de la tierra donde nuestra fe comenzó” y solicita medidas urgentes para evitar que prosiga el desplazamiento y la emigración de las poblaciones. También hace un llamamiento a la unidad “para acabar con la violencia y el terrorismo”.

El comunicado aborda algunos temas polémicos de ética de las costumbres cuya paternidad se atribuye a la iniciativa del Patriarca ortodoxo, más conservador o menos condescendiente que el Papa en esas cuestiones. Además de referirse a “la crisis de la familia en muchos países”, aboga por la defensa de “la familia, centro natural de la vida del ser humano y de la sociedad, fundada sobre el matrimonio que es un acto libre y fiel de amor entre un hombre y una mujer”, y “lamentamos que otras formas de convivencia se equiparan ahora con esa unión”, en clara alusión al matrimonio de los homosexuales. Un pronunciamiento que contrasta con otros recientes del Papa.

El punto 21 de la declaración contiene una condena expresa del aborto y la eutanasia: “Hacemos un llamamiento a todos para respetar el derecho inalienable a la vida. Unos millones de bebés están privados de la propia posibilidad de aparecer a la luz. La sangre de los niños no nacidos pide a gritos a Dios que haga justicia. (Génesis 4, 10). La divulgación de la llamada eutanasia conduce al hecho de que los ancianos y enfermos comienzan a sentirse una carga excesiva para su familia y la sociedad en su conjunto.”

El punto 16 de la declaración está especialmente dedicado al “proceso de la integración europea, que comenzó después de siglos de conflictos sangrientos”. Advierten el Papa y el Patriarca “en contra de aquella clase de integración que no respecta la identidad religiosa”, probablemente en recuerdo del rechazó que suscitó entre sus redactores la mención de “las raíces cristianas de Europa” en el preámbulo del proyecto de la frustrada Constitución europea. Y concluye con una alusión al islam: “Respetamos la contribución de otras religiones a nuestra civilización, pero estamos convencidos de que Europa debe mantener la fidelidad a sus raíces cristianas. Hacemos un llamamiento a los cristianos en Europa Occidental y Europa Oriental para unirse con el fin de dar testimonio conjunto sobre Cristo y el Evangelio, para que Europa mantenga su alma formada por dos mil años de la tradición cristiana.”

Reputo prematura cualquier lucubración sobre el deseado protagonismo de Rusia en la problemática recristianización de Europa, pero en esa dirección apuntan las actividades del patriarcado moscovita y del poder político. La reconstrucción y consagración en el 2000 de la catedral del Cristo Salvador, o orillas del Moscova y cerca del Kremlin, que había sido dinamitada hasta los cimientos por el estalinismo en 1931, confirmó y simboliza el retorno de la Tercera Roma, la nueva alianza sellada por Putin y el patriarca Cirilo. El sueño de una Rusia como impulsora de la Iglesia universal, concretado en la obra profética del filósofo ecuménico Vladimir Soloviev, sigue muy lejos cuando el destino histórico de Rusia en Europa es un enigmático y apasionante tema de nuestro tiempo.

No estoy seguro de que la sociedad rusa haya superado por completo el ateísmo y el cinismo legados por la terrible experiencia soviética, ni que se encuentre ya en la senda de la regeneración espiritual que propugnó incansablemente el escritor Aleksandr Solzhenitsin. En todo caso, la Iglesia ortodoxa y el régimen creado por el presidente Putin coinciden en la promoción de una visión social conservadora, respetuosa de las tradiciones nacionales, impregnada de los valores cristianos, que se ofrece como alternativa o contrapunto de la Europa laica y presuntamente multicultural, cuando no descristianizada o atacada por el virus de la apostasía, que prevalece en la Europa occidental. Y para ello, el Patriarca, como embajador de Putin, recabó el apoyo del papa Bergoglio.

 

 

 

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Responses

  1. Cuando PUTIN TENÍA UNOS 12 ,O 13 AÑOS,ME SALUDÓ MUY ATENTAMENTE,EN LA CASA DE LA CULTURA RUSA EN BERLÍN DE LA REPÚBLICA DEMOCRÁTICA ALEMANA. DDR. OBSERVÉ EN ESTE JOVEN SU INTELIGENCIA Y SIMPATÍA. José Viera Gutiérrez.-


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