Posteado por: M | 9 marzo 2016

La guerra siria, los refugiados, el descalabro de Europa y el declive de la democracia en Turquía

Todos los demonios del mundo corren sueltos por una Siria devastada y fragmentada en diversos territorios controlados precariamente por el gobierno de Damasco, los rebeldes llamados moderados, los salafistas, los insurgentes kurdos y las diversas milicias yihadistas vinculadas al denominado Estado Islámico (EI) o Daesh y Al Qaeda. Turquía, un vecino directamente implicado en la guerra, sufre, a su vez, los embates del terrorismo en sus dos grandes ciudades, Ankara y Estambul, pero también los zarpazos de la incipiente dictadura islamista del presidente Recep Tayyip Erdogan, mientras su ejército y su policía están involucrados en una sangrienta campaña de represalias y represión en el sureste del país, la región de mayoría kurda, y en las zonas lindantes con la frontera de Siria.

La endiablada situación sobre el terreno no sólo enfrenta a Turquía con Rusia, sino que perturba la cohesión y la estrategia de la OTAN. El presidente Erdogan sigue empeñado en descalificar como terrorista a todos los grupos de oposición radical, pero no logró convencer a Barack Obama, quien finalmente se opuso a la creación de una zona de exclusión aérea en Siria, a lo largo de la frontera con Turquía, y acabó por enviar a sus comandos de las Fuerzas Especiales para colaborar con los milicianos kurdos en los combates contra el Daesh, paso previo para el acuerdo con Putin que permitió organizar una cese de hostilidades, bendecido unánimemente por el Consejo de Seguridad de la ONU (resolución 2268), que entró en vigor en la madrugada del 27 de febrero. Una tregua salpicada por brotes de violencia que no se aplica a las organizaciones consideras terroristas por Washington, Bruselas y la ONU: Daesh y el Frente al Nusra, la franquicia de Al Qaeda en Siria.

Como consecuencia o con el pretexto de la guerra en la frontera, las libertades retroceden en Turquía de forma alarmante y las pulsiones autoritarias del presidente Erdogan se manifiestan sin disimulo. El gobierno no sólo encarcela a periodistas críticos, sino que se incauta de un periódico popular, Zaman, el de mayor circulación del país, el 4 de marzo, y dos días después de haberlo cerrado, vuelve a publicarlo cínicamente como plataforma de la propaganda oficial. “Estamos atravesando los días más sombríos y terribles para la libertad de prensa, pilar esencial de la democracia y el estado de derecho”, declararon los editores del diario. Erdogan y sus acólitos se escudaron detrás de la decisión de un tribunal de Estambul, pero la oposición sacó a relucir inmediatamente las purgas en la judicatura y la policía, hasta ahora reacias a capitular ante el avance del islamismo, y los asaltos constantes al principio y la práctica de la separación de poderes.

La alarma cunde por los medios liberales y laicos del país, incapaces de detener la pleamar del islamismo e intimidados por el nacionalismo y los efectos de la guerra contra los kurdos. Porque cuando un gobierno cierra periódicos y encarcela a los periodistas, la libertad agoniza. “Nuestra libertad depende de la libertad de prensa, que no puede limitarse sin perderse”, sentenció Thomas Jefferson, el redactor de la Declaración de Independencia de EE UU. La institución norteamericana independiente Freedom House, que analiza la situación de la prensa en todos los países del mundo, situó a Turquía en la categoría de países “Not free” (no libres) en su informe Freedom of the Press de 2014.

Periodistas encarcelados

Además de su alianza estratégica con Arabia Saudí, la estrecha relación del gobierno otomano con el Estado Islámico fue destapada por dos periodistas del diario opositor Cumhuriyet, de Estambul, en un reportaje publicado en mayo de 2015 con fotografías que mostraban a los agentes de los servicios secretos turcos entregando las armas a los yihadistas. Ambos periodistas fueron inmediatamente encarcelados, acusados de traición, pero liberados el 26 de febrero de este año por una decisión del Tribunal Constitucional. No obstante, les aguardan un juicio y las amenazas del gobierno. El mismo Erdogan expuso a uno de los reporteros, Can Dündar, a la vindicta pública: “Lo va a pagar, lo voy a perseguir hasta el final.” Una oprobiosa intimidación presidencial que es la prueba más palpable de “la desintegración de la democracia en Turquía”, título de un editorial del New York Times.

Pese a los avisos de la prensa occidental sobre la deriva islamista y autoritaria de Erdogan, la OTAN, de la que Turquía es miembro, y la Unión Europea, con la que negocia su adhesión, prefieren mirar para otro lado, quizá porque buscan la complicidad de Ankara para detener la pavorosa oleada de refugiados que llegan a Europa tras haber puesto pie en las islas griegas del Egeo. Reunidos en Bruselas el 7 de marzo, el primer ministro turco, Ahmet Davutoglu, y los 28 jefes de Estado y de gobierno de la UE llegaron a un principio de acuerdo para que Ankara, a cambio de dinero, acepte la devolución de refugiados o inmigrantes, incluidos los sirios. Una deportación masiva, sin precedentes, que vulnerará las legalidades internacional y europea, y de secuelas imprevisibles.

Aunque sin referirse a la situación interna de Turquía, y en preparación de la cumbre de Bruselas sobre la inmigración, el periódico francés Le Monde publicó un resonante editorial (26 de febrero) en el que prorrumpía en un grito de alarma ante la incoherencia y el pánico que recorren el continente: “Bajo el choque de la oleada migratoria, Europa se disloca, se desintegra, se reconstruye”, y luego presentaba el proyecto europeo como moribundo, “víctima de su incapacidad para renovarse, abrumado por la ausencia de dirigentes políticos de envergadura”. Para que conste. Un réquiem quizá prematuro, pero que refleja con acuidad el descalabro que provoca la crisis de los refugiados.

Dos millones de refugiados

Unos dos millones de refugiados sirios se encuentran aún en Turquía, malviviendo en tiendas de campaña, y muchos de ellos aspiran a viajar hacia el Eldorado europeo, cuya capacidad de recepción parece que está a punto de agotarse. ¿Podrá detenerse con medidas burocráticas el éxodo de los que huyen de la guerra y la miseria? Nadie en Europa es capaz de formular un pronóstico. Al mismo tiempo, los jóvenes europeos que se incorporan al Estado Islámico para combatir en la guerra santa (yihad) utilizan el territorio turco como trampolín para llegar a Siria o Iraq. El comercio de armas es más floreciente que nunca en todas las direcciones del polvorín de Oriente Próximo.

¿Acaso es Turquía el nuevo enfermo de Europa, como lo fuera el Imperio otomano en los albores del siglo XX? El sueño o aspiración de articular el modelo de una democracia islámica, aireado por Erdogan y comprado sin mucha reflexión por la socialdemocracia europea, lleva camino de convertirse en una pesadilla. La tan cacareada y onerosa alianza de civilizaciones ya no aguanta más el tirón de sus contradicciones El bastión de la estabilidad fue derribado por el conflicto de Siria y los principios de la democracia están siendo socavados por los imperativos del islamismo y los ataques contra la prensa, hasta el punto de que el presidente del Parlamento Europeo, el socialdemócrata alemán Martin Schulz, se vio obligado a utilizar la tribuna para deplorar el deterioro de la libertad de prensa, la persecución de periodistas y la represión implacable contra los kurdos.

Cuando la cohesión europea hace tiempo que saltó por los aires, debido al acuciante problema de los refugiados, y cuando Angela Merkel y François Hollande buscan desesperadamente calmar a una opinión pública encrespada, resulta decepcionante ver cómo los 28 jefes de Estado y de gobierno europeos reciben en Bruselas, con parabienes, al primer ministro turco y se inclinan, obsecuentes, ante sus pretensiones, tres días después de que la policía utilizara gases lacrimógenos y cañones de agua para allanar la sede de un periódico en Estambul y cerrar una agencia de prensa. Europa tampoco quiere enterarse de la lucha sin cuartel que el ejército otomano lleva a cabo contra los guerrilleros de la minoría kurda en el sureste del país, donde sin duda se están produciendo crímenes abominables en una guerra no declarada.

Detalles significativos: el asalto policial del periódico Zaman se produjo coincidiendo con la visita a Ankara del presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, del que no sabemos si llegó a enterarse de lo que ocurría en la sede del diario en Estambul. Al día siguiente de que se anunciara el acuerdo de Bruselas, un periodista fue condenado a 21 meses de cárcel por haber insultado a Erdogan y los islamistas más radicales organizaron una multitudinaria manifestación en Ankara para exigir el restablecimiento del califato abolido por Ataturk en 1924. Por supuesto, Erdogan se postula para ser el nuevo sultán.

Las tensiones internas y los estragos que causa la guerra contra los kurdos son las consecuencias letales del doble fracaso geoestratégico experimentado por la política exterior de Erdogan, de su fervor islamista y sus aspiraciones imperiales. Las protestas populares contra el presidente Asad y su régimen, que comenzaron en marco de 2011, se transformaron en una guerra abierta cuando Turquía y Arabia Saudí unieron sus fuerzas en estrecha alianza con las tribus suníes de Iraq que habían pactado con la CIA y las tropas norteamericanas para lograr la pacificación del país. Cuando Obama precipitó la retirada, esas tribus suníes y algunos jefes militares, supervivientes del régimen de Sadam Husein, iniciaron la guerra contra el gobierno sectario de Bagdad, dominado por los chiíes, y, por supuesto, contra Asad.

De esa convergencia turco-saudí-suníes de Iraq, extrañamente alimentada por la CIA y la propaganda occidental, surgió el monstruo del Estado Islámico que se instaló fácilmente en Mosul y desbordó los cálculos y expectativas de sus involuntarios promotores, de los aprendices de brujo, quizá porque la presunción de que Asad caería fácilmente, como había ocurrido con Ben Alí en Túnez y Mubarak en Egipto, resultó completamente fallida. Detrás del presidente sirio se forjó otra coalición poderosa integrada por todas las minorías religiosas y el apoyo de Rusia, Irán y Hizbolá. Otro error de bulto de Turquía y Arabia Saudí fue la creencia de que los jóvenes yihadistas trasladados a Iraq y Siria desempeñarían un papel semejante al de los que ayudaron a los talibanes a derrotar a los soviéticos en Afganistán. La escalada del conflicto se concretó en agosto de 2011, cuando Obama y Hillary Clinton abogaron por el cambio de régimen al proclamar al unísono que “Asad debe marcharse”.

Los resultados de esos errores están a la vida: un baño de sangre en el que han perecido más de 250.000 personas, una implacable guerra de religión, dos coaliciones internacionales que han alumbrado el mayor grupo terrorista con una base territorial en Iraq y Siria, con pretensiones califales, y una Turquía muy debilitada en su cohesión nacional y su problemático acervo democrático. Quien esté interesado en conocer otros detalles de tan monumental fiasco puede leer el artículo del profesor Jeffrey D. Sachs, de la Universidad de Columbia, asesor del secretario general de la ONU, publicado por Project Syndicate.

 

 

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