Posteado por: M | 20 marzo 2016

Todos contra Trump

Andan los pundits o columnistas de la prensa y las cadenas de TV muy azacaneados, airados las más de las veces, pasmados y alarmados, profiriendo sin pausa y advirtiendo de un rosario de consecuencias desastrosas, bajo el impulso de un único objetivo o propósito: “Hay que detener a Trump”, al que vituperan con los epítetos más oprobiosos, incluso después de haber abandonado la esperanza de impedir que sea el candidato presidencial del Partido Republicano, el Great Old Party (GOP), el grande, viejo y respetable partido de Lincoln y Reagan. Hasta ahora, los esfuerzos por desbaratar los planes de Trump resultaron infructuosos y contraproducentes, probablemente porque ninguno de los otros candidatos en liza tiene la talla intelectual, la imagen contundente y el gancho popular pertinentes para triunfar en el gran circo mediático.

Pocas veces la retórica de los grandes y sesudos rotativos o de las cadenas con más audiencia había sido tan unidireccional, tan volcada contra un aspirante, como si la derecha y la izquierda estuvieran conchabadas en una empresa común, de todos contra el candidato multimillonario y excéntrico, Donald Trump. Desde el liberal-progresista The New York Times al semanario neoconservador Weekly Standard, los columnistas rivalizan en la demonización de Trump y en la búsqueda de alternativas para impedir lo que parece inexorable. El último y desesperado intento aireado en la prensa consiste en buscar un candidato independiente o de un tercer partido para salvar el honor de los electores republicanos más templados, aun a riesgo de perjudicar también a la aspirante demócrata, Hillary Clinton.

La derecha liberal y conservadora está indignada y encrespada con las fanfarronadas, los dicterios y la intolerancia del aspirante multimillonario. La cadena de TV Fox News, del magnate Rupert Murdoch, salió en defensa de su prestigiosa presentadora Megyn Kelly, víctima de las invectivas de Trump, “cuyos vitriólicos ataques y su extrema y enfermiza obsesión con ella socavan la dignidad de un candidato presidencial”. William Kristol, portavoz de los neoconservadores, publicó un arrebatado editorial en el Weekly Standard, titulado “Donald y la decadencia”, en el que, tras calificarlo de “bufón, racista y oportunista”, trazaba este retrato de Trump: “Maestro en la denuncia y la explotación de la decadencia. Su actuación como showman impresiona, sus ataques intimidan, sus bravatas parece que lo animan, pero si la decadencia puede explicar el éxito de un demagogo, no es ninguna excusa para la rendición.” Y terminaba con un apremiante llamamiento “para salvar tanto a un partido decente como al movimiento conservador”.

No hubo tal exceso de vitriolo en la prensa contra un candidato ni siquiera en la campaña electoral de 1964, cuando el muy conservador y republicano Barry Goldwater, senador de Arizona, se midió en una pugna muy desigual con el demócrata Lyndon B. Johnson, a la sazón presidente, sucesor de John Kennedy tras el asesinato de éste en Dallas el 22 de noviembre de 1963, cuando la guerra de Vietnam estaba en su momento de escalada y provocaba, además del luto por los caídos, unas batallas campales y académicas en los campus universitarios. Un rescoldo de revuelta juvenil, anticipo de la europea de mayo de 1968, que no se apagaría hasta la presidencia de Ronald Reagan (1981-1989).

A pesar de los estragos que causaba por todos sitios el conflicto vietnamita, el presidente Johnson tuvo de su lado, de forma abrumadora, a la gran prensa, y no renunció a las peores artes para descalificar a su adversario, al que presentó paradójicamente como un belicista peligroso, que no dudaría en apretar el gatillo nuclear; un racista enmascarado que contaba con el respaldo de Ku Klux Klan, en el momento de la ascensión irresistible del movimiento en pro de los derechos civiles de la minoría negra, encabezado por Martin  Luther King. En realidad, Goldwater era sólo un conservador, un liberal o neoliberal en el sentido europeo del término, poco dotado para las sutilezas, que sembró las semillas ideológicas que llegarían a su sazón con Margaret Thatcher y Ronald Reagan. El resultado fue una derrota aparatosa del candidato republicano, que sólo logró vencer en 6 de los 50 estados.

La fiebre contra Goldwater, como ahora la cruzada contra Trump, llegó también a Europa. Un periódico vespertino de Barcelona, el Tele-eXpress, con veleidades progresistas, en el que yo encabezada la sección de Internacional, tituló a toda plana su edición del 4 de noviembre de 1964: “Goldwater K.O”, como si quisiéramos dar a entender que lo importante no era la descontada y abultada victoria de Johnson (61,1 % de los votos populares), sino la derrota sin paliativos del “monstruo de Arizona”, azote de los negros y jinete desbocado del apocalipsis nuclear. Ningún aspirante demócrata consiguió hasta ahora superar y ni siquiera igualar la marca electoral de Johnson.

Aunque ha sido comparado con Silvio Berlusconi y hasta con Mussolini, y aunque el novelista Richard Ford, haciendo gala de una virulencia extrema, lo ha presentado como un personaje de novela distópica, “demasiado abominable y demasiado cretino”, “un imbécil que no será presidente de Estados Unidos”, “a mitad de camino entre Joseph McCarthy y Benito Mussolini”, entre la caza de brujas y el fascismo, la mayoría de los analistas sitúa a Trump en el marco de la corriente populista que espera soluciones milagrosas, arbitristas, antisistémicas, de la que tenemos en Europa un exceso de charlatanes, principalmente en la derecha xenófoba, pero también entre los que enarbolan las gastadas banderas comunistas de Podemos o Syriza.

Un populismo catódico, muchas veces truculento o demagógico, desde luego, inconcebible sin la magia, las falacias impunes y las simplificaciones de la pequeña pantalla. El reality show de Trump como estrella inesperada que cambia las reglas del juego, desorienta a los augures de la ciencia política y modifica las percepciones de la sedicente cultura audiovisual. Algunos observadores norteamericanos, para explicar el fenómeno, suponen que Trump es el creador y protagonista de una realidad virtual que circula por las redes sociales y obsesiona a los usuarios peor protegidos de la agresividad de los mensajes y las cuñas publicitarias enmascaradas.

No es la primera vez que un tercer candidato populista aparece en el firmamento electoral. El segregacionista George Wallace, gobernador de Alabama, lo intentó en 1968 y logró vencer en cinco estados sureños, obtuvo casi diez millones de votos y 46 compromisarios en el colegio electoral, en las elecciones en las que el republicano Richard Nixon derrotó al vicepresidente demócrata Hubert Humphrey. La aventura electoral de Wallace señaló el ocaso de la hegemonía demócrata en los estados del Deep South (el profundo sur). El industrial millonario Henry Ross Perot concurrió en 1992 como el tercer hombre y logró nada menos que 20 millones de sufragios (19 % ), aunque ningún compromisario, un resultado que fue decisivo para que el demócrata Bill Clinton derrotara al presidente saliente, George Bush padre.

La novedad del multimillonario Trump radica, pues, en que pretende llevar los colores del GOP, uno de los dos grandes partidos del sistema, en las elecciones de noviembre. Su enorme fortuna –las estimaciones la sitúan entre los 3.000 y los 10.000 millones de dólares, en función de los precios inmobiliarios— le permite pavonearse ante los electores y sufragar la campaña al margen de los canales tradicionales, sin solicitar su contribución económica. Sus declaraciones incendiarias –el muro en la frontera de México, que deberían pagar los mexicanos, o la prohibición de entrada de los musulmanes— van acompañadas ritualmente por una descripción apocalíptica, aunque de brocha gorda, de los males de la patria, de la decadencia de la nación, con la que encandila a una clase media anglosajona, blanca y protestante que perdió la fe en el destino manifiesto al mismo tiempo que disminuían sus ingresos o sus expectativas de ascenso social.

Las dos caras del populismo

El populismo contemporáneo tiene dos caras, como Jano, que se entrecruzan en la retórica de Trump, y saca partido de la cólera de los que se consideran marginados o preteridos por el sistema establecido. Una de las caras, la situada a la derecha en términos políticos, está surcada por los problemas relacionados con la nación, la supuesta identidad nacional, la preferencia étnica o la religión, que es la que explotan los populistas europeos xenófobos como la francesa Marine Le Pen, el británico Nigel Farage o los nacionalistas escoceses, vascos y catalanes; la otra cara, la de la izquierda, recicla los dogmas marxistas y lanza un mensaje igualitario para consumo de los que ignoran u olvidan los estragos económicos y liberticidas del comunismo, caso de Syriza en Grecia, Podemos en España y el Bloque de Izquierda en Portugal.

Sin un programa coherente, Trump denuncia a diestra y siniestra, dispara contra la globalización y el librecambio, contra la plétora burocrática, y aboga por nuevas formas de proteccionismo, lo que le acerca a los demócratas; pero también contra los emigrantes, contra los chinos que “roban” puestos de trabajo o los musulmanes relacionados con el terrorismo, un discurso que exacerba las tensiones sociales, pero que suena bien en los oídos de la clase media blanca. Un aislacionismo de campanario y de consecuencias desastrosas. Su mensaje cala hondo en esa importante minoría blanca que se siente amenazada por los nuevos parámetros culturales y el ascenso de otras minorías. En último extremo, Trump actúa como un “atrapa votos” clásico, oportunista, que medra en todos los sectores sociales, con una predicación ambigua y confusa.

En todo caso, como con clarividencia sugiere el profesor Joseph S. Nye, de la universidad de Harvard, “el verdadero peligro no está en que Trump haga lo que dice si llega a la Casa Blanca, sino en el daño causado por lo que él dice mientras trata de alcanzar su objetivo”. Es decir, que el sistema norteamericano, justamente prestigioso por su rígida separación de poderes, sus sólidas instituciones y su práctica de checks and balances, de equilibrio entre los poderes del Estado, de independencia judicial, propende a la moderación y constituye un genuino valladar contra la improvisación, la mascarada y la demagogia. La llegada de Trump a la presidencia sería un episodio deplorable, pero no irremediable, de la democracia norteamericana. Y estamos aún muy lejos de que sea una amenaza inminente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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