Posteado por: M | 23 marzo 2016

Obama dio ánimos a la disidencia cubana

La gran novedad y sin duda la mejor imagen de su viaje a La Habana fue la recepción que Barack Obama ofreció a 13 de los disidentes políticos cubanos, en la embajada de Estados Unidos, el 22 de marzo. En verdad, fue el único pero relevante éxito del presidente norteamericano. Porque el papa Francisco y el presidente francés, François Hollande, que visitaron Cuba el año pasado, abrumados por su deseo de conciliación, renunciaron a recibir a los opositores que el régimen detiene, maltrata y encarcela de manera ininterrumpida y arbitraria. El ministro español de Exteriores, Manuel García-Margallo, que visitó La Habana en noviembre de 2014, también aceptó el veto del régimen castrista y no se reunió con los representantes de la disidencia. Obama ganó la partida y al comenzar la reunión elogió el “extraordinario coraje” de todas las personas que se sentaron con él alrededor de una mesa en la sede diplomática.

Según el testimonio concordante de varios de ellos, algunos de los invitados de la embajada, a los que el régimen vitupera como “traidores”, “agentes de la CIA” o del gobierno norteamericano, “cómplices del imperialismo”, expresaron sus reticencias ante la política de la Casa Blanca, es decir, el diálogo y la apertura diplomática y comercial sin exigir reformas significativas. Obama aceptó el reproche y prometió que reconocería su error si finalmente su estrategia no desembocaba en una transición pacífica a la democracia. Pocas horas después, en una entrevista con una cadena de televisión, el presidente volvió a defender su gestión: “Les he explicado [a los disidentes] que seguiremos denunciando decididamente las cosas que consideramos importantes, pero que el aislamiento, en cierta medida, daba poder a los que no quieren ver cambios.”

Uno de los presentes en la recepción, Guillermo Fariñas, psicólogo y periodista, premio Sajarov del Parlamento Europeo (2010), que ganó notoriedad por sus huelgas de hambre en señal de protesta por la represión, explicó a un periodista norteamericano del New York Times su decepción por la condescendencia de Obama hacia la dictadura: “Yes, things have changed since relations were restored. Beatings have increased, threats have increased. Impunity has increased. Aggressiveness has increased.” Es decir, que la represión del régimen, lejos de mitigarse, se ha recrudecido desde que Obama y Raúl Castro anunciaron el restablecimiento de las relaciones diplomáticas, el 17 de diciembre de 2014, e iniciaron la ardua aproximación.

En unas declaraciones a la agencia española EFE, otro de los asistentes a la reunión de la embajada, Elizardo Sánchez, presidente de la benemérita Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional (CCDHRN), reveló que había entregado a Obama una copia de la lista de 89 presos por motivos políticos elaborada por su grupo, el único que realiza un seguimiento documentado de estos casos. Sánchez consideró positiva la visita de Obama pero lamentó que, lejos de propiciar un “ambiente de sosiego”, el gobierno desató “una oleada de represión política” que se tradujo en 450 y 500 detenciones en toda la isla desde el sábado 19 hasta el martes 22, en vísperas y durante la visita presidencial.

Además de Fariñas y Sánchez, entre los recibidos por Obama se encontraban Berta Soler, líder de las Damas de Blanco; la periodista Miriam Leyva, los defensores de los derechos humanos Juana Mora y Nelson Álvarez Matute; el intelectual y editor católico Dagoberto Valdés, director de la revista Convivencia; la abogada Laritza Diversent y el dirigente político Antonio González Rodiles. La entrevista, que estaba programada para 45 minutos, se prolongó durante 1 hora y 40 minutos, sin necesidad de intérpretes, en una demostración palpable del interés del presidente por las opiniones de unos ciudadanos tan duramente probados por la cruel iniquidad del régimen comunista.

Otra de las voces críticas fue la de Berta Soler, líder de las Damas de Blanco, que agradeció vivamente la deferencia de Obama, pero se quejó de que éste no hubiera tenido la valentía en su discurso de solicitar a Raúl Castro una amnistía de los presos políticos. Y añadió: “Le dijimos [al presidente] que no era el momento de que llegara a Cuba, ya que prometió que sólo vendría si había avances en los derechos humanos, y unas horas antes de su arribo el domingo, el mundo entero estaba viendo las detenciones de las Damas de Blanco.”No estuvieron en la entrevista con Obama dos mujeres valerosas que gozan de una gran reputación entre la disidencia: la economista Martha Beatriz Roque y la periodista y bloguera Yoani Sánchez. La primera insistió en una entrevista con El Nuevo Herald, periódico de Miami, que no cabe esperar ninguna reforma de un sistema que considera que “el socialismo es irreversible” y cuya constitución proscribe o limita severamente la propiedad privada. El medio millón de emprendedores privados, los famosos cuentapropistas (trabajadores por cuenta propia), que explotan pequeños negocios en el sector de los servicios, son en realidad una anomalía  en el sistema que creció en la misma medida en que naufragaba la economía dirigida por el ejército y la nomenclatura comunista.

Yoani Sánchez y otros dos periodistas independientes fueron recibidos también en la embajada por Ben Rhodes, consejero presidencial para las cuestiones de comunicación, con el que trataron sobre las innumerables cortapisas que el régimen impone para coartar el uso de internet y el desarrollo del periodismo digital. Fue una conferencia de prensa en la que Ben Rhodes dejó bien sentado que “no hay limitaciones ya por parte de Estados Unidos para que los cubanos se conecten a internet, no hay justificaciones ya para que el Gobierno cubano diga que nosotros ponemos los límites a la conectividad”. Está claro que las trampas de internet las coloca la policía del pensamiento castrista.

En La Habana vieja bajo la lluvia

Obama aterrizó en La Habana pero no impresionó a sus huéspedes, ni les cambió el paso lento y anacrónico, ni suprimió por ensalmo los reflejos represivos y paranoicos de la dictadura más longeva de América Latina. La omnipresente policía política se cebó contra las Damas de Blanco, esas forzadas y admirables testigos de la resistencia que sufren ritualmente el acoso de los esbirros. Todo sigue igual en la capital cubana 15 meses después del anuncio espectacular de restablecimiento de relaciones diplomáticas. Con su llegada en la tarde del 20 de marzo al aeropuerto José Martí, donde fue recibido por un subalterno del régimen, Obama empezó a sufrir en primera persona los desaires de los hermanos Castro, reputados especialistas del inmovilismo, de la violación de los derechos humanos, de la explotación descarada del “bloqueo imperialista”, de la represión suficiente e implacable y de la incitación al éxodo y el llanto y a veces la muerte en las aguas del Caribe.

No es casualidad que las detenciones de los disidentes aumentaran en las semanas que precedieron a la visita del primer presidente norteamericano que pisa suelo cubano desde 1928, tras más de medio siglo de ruptura diplomática, hostilidad, embargo económico, crisis de los misiles al borde del abismo nuclear (1962) y éxodo ininterrumpido de cubanos que fueron escapando por los medios de fortuna más diversos de la enorme prisión comunista, el gulaj tropical, en que se convirtió la isla. Antes de recibir a Obama, el régimen recrudeció los habituales mecanismos represivos para tranquilizar a su nomenclatura y advertir al pueblo de que el deshielo con EE UU, hasta hace poco el ogro amenazante, no debe confundirse con la humanización o liberalización de la dictadura.

Según el Observatorio Cubano de los Derechos Humanos, en la primera quincena de marzo se produjeron en la isla 526 detenciones arbitrarias de personas que trataban de reunirse y manifestarse de manera pacífica, muchas de las cuales sufrieron golpes e insultos de las fuerzas represivas. Veinticuatro horas antes de la llegada de Obama, unas 50 mujeres de las Damas de Blanco fueron increpadas y arrestadas tras la habitual marcha dominical de ese grupo disidente que demanda la liberación de los presos políticos. Según Lizardo Sánchez, presidente de la CDHRN, en lo que va de año se han producido más de 2.5000 arrestos por motivos políticos.

Resulta muy difícil emitir un juicio ponderado sobre las razones y las consecuencias de la apertura diplomática emprendida por Obama. Como no sabemos lo que está detrás del decorado revolucionario preparado por el agit-prop comunista, ni lo que se maquina en los despachos del departamento de Estado o la CIA, cabe suponer que el presidente norteamericano corrió deliberadamente el riesgo de aparecer como legitimador de un régimen tiránico a cambio de abrir un nuevo capítulo en las relaciones entre los dos países, hablar directamente al pueblo cubano y promover los intercambios de toda índole que deben agrietar en el futuro los muros reforzados de la dictadura ideológica y mitigar los estragos de una gestión económica calamitosa. Ese fue el leitmotiv del mensaje de Obama.

En los anales del 34 presidente de EE UU figurará en lugar destacado la visita a la capital cubana, junto con el acuerdo nuclear con Irán y, por supuesto, con la liquidación de Bin Laden; pero es pronto para saber si el trato con el encallecido comunismo cubano mereció la pena, si los meros retoques administrativos o de fachada de la dictadura y el turismo o las inversiones de las empresas norteamericanas pueden fundar un relato que supere las imágenes incongruentes y perturbadoras de Obama sometido constantemente al protocolo y la manipulación de “la dinastía gobernante”, como resumen los disidentes. Los Castro revocaron ligeramente la fachada de un edificio decrépito, pero siguen en sus trece, en la consigna del “socialismo o muerte”.

En Estados Unidos, las opiniones estuvieron fueron muy divergentes, incluso dentro del Partido Demócrata y en Miami, epicentro del exilio cubano. El Comité Nacional del Partido Republicano publicó un comunicado para recordar que la visita a La Habana es “un error histórico” y acusar a Obama de haber roto su promesa de viajar a Cuba sólo si el régimen comunista daba pasos sustanciales en el respeto de los derechos humanos. El poeta Armando Valladares, que pasó 22 años en las mazmorras de la dictadura, publicó un resonante artículo en el diario Washington Post, en el que sentenció: “Más allá de la histórica visita de Obama, la Cuba de Castro es más opresiva que nunca.”

Fue probablemente una ocasión histórica, como tantas otras, mas poco gloriosa. Para sentar la doctrina oficial, un largo editorial en el Granma, periódico único, con la consigna de que la revolución no se rinde. Primero, la llegada al aeropuerto y la recepción oficial por un subalterno, el ministro de Asuntos Exteriores, Bruno Rodríguez. Inmediatamente después, el paseo nocturno de la comitiva presidencial por el centro histórico de La Habana, hasta llegar a la catedral, bajo la lluvia y sin público, sin tiempo para apreciar la profunda degradación del paisaje urbano. Las imágenes de la televisión estuvieron dominadas por los paraguas y los guardaespaldas porque el régimen había desplegado a la policía y a todos sus medios de persuasión y coerción para disuadir a los disidentes y los curiosos de presentarse en el itinerario controlado estrechamente por la policía. Todo ello en medio del reticente y desdeñoso tratamiento de la televisión oficial.

Delante del mural del Che Guevara

Al día siguiente, el lunes 22, vuelta de tuerca en el protocolo lúgubre del régimen. Poca gente para acompañar a “la comitiva de los yanquis”. Más fotos y más imágenes turbadoras. Obama no sólo depositó una corona de flores en el monumento de José Martí, héroe de la independencia, sino que posó con todo su séquito delante del enorme mural con la efigie del Che Guevara que preside la plaza de la Revolución, como si fuera un turista más en busca de fuertes emociones revolucionarias, olvidando que el compañero argentino de los Castro, empeñado en abrir “nuevos Vietnams” en América Latina, fue ejecutado en Bolivia tras haber sido capturado vivo y herido en una operación del ejército boliviano en colaboración con la CIA, en octubre de 1967, bajo la presidencia del demócrata Lyndon Johnson.

La siguiente escena se desarrolló en el palacio de la Revolución, sede de la presidencia y el gobierno cubanos, y consistió en una entrevista de Obama con su homólogo cubano, Raúl Castro, seguida de una conferencia de prensa, forzada por la delegación norteamericana y que resultó realmente insólita, retransmitida en directo por la única televisión oficial. Por primera vez, el presidente cubano aceptó una pregunta de los periodistas extranjeros que acompañaban a Obama. En una secuencia probablemente preparada, el presidente norteamericano dio la palabra a un periodista de la cadena CNN, Jim Acosta, hijo de un cubano exiliado, que preguntó a Castro: “¿Por qué tiene prisioneros políticos cubanos y por qué no los suelta?”

Fue como mentar la soga en casa del ahorcado. Nervioso, quizá por su falta de experiencia ante los periodistas que no sean del régimen, Castro respondió con vehemencia, tuteando al interlocutor: “Dame la lista ahora mismo para soltarlos. Dime el nombre o los nombres. Y cuando concluya la reunión, si los hay, antes de que llegue la noche estarán sueltos”. Ni el periodista, ni Obama ni nadie de su séquito tenían al parecer esa lista que sin duda se encuentra en manos de la CIA y el departamento de Estado. La insolencia y el cinismo de Castro quedaron, pues, sin la réplica que sin duda merecían. El régimen no creyó necesario otorgar ninguna medida de gracia para responder a las inquietudes de su huésped sobre la violación permanente de los derechos humanos.

Elizardo Sánchez, presidente de la CCDHRN, que cada mes publica un informe con la relación de detenciones arbitrarias y otros ataques contra las libertades individuales y colectivas, declaró a 14ymedio, el periódico digital que edita Yoani Sánchez: “Ahora mismo estamos revisando la lista y tiene 80 nombres confirmados por la CCDHRN más 11 que están en sus casas bajo licencia extrapenal. Estamos tratando de localizar al periodista de la CNN que hizo la pregunta para entregarle la lista”. La situación de “licencia extrapenal” quiere decir que varios disidentes, probablemente los más destacados, viven bajo arresto domiciliario, y que todos ellos están sometidos a la vigilancia de la policía y el hostigamiento de los escuadrones de barrio o de cuadra (manzana) del partido comunista.

Al día siguiente (22 de marzo), Obama pronunció un discurso en el Gran Teatro de La Habana, el mismo lugar en que habló el presidente norteamericano Calvin Coolidge durante su visita en 1928. Dirigiéndose a Raúl Castro y la plana mayor del partido comunista, asentados en los palcos del bello recinto de estilo colonial español, Obama explicó: “He venido aquí para enterrar el último rescoldo de la guerra fría”, y añadió: “Mi visita demuestra que no tienen que temer una amenaza de Estados Unidos”, como si quisiera derribar retóricamente el muro de desconfianza y hostilidad, la gran coartada mantenida por el régimen durante más de 50 años, hasta convertirla en la razón última de su perpetuación.

También hubo una alusión presidencial a la necesidad de “terminar con el embargo” (el bloqueo en la retórica castrista) y de promover los cambios necesarios para el desarrollo y el bienestar: “Si los cubanos no pueden tener acceso a la información por internet, si no pueden contrastar diferentes puntos de vista, entonces no será posible que el país desarrolle todo su potencial.” Lenguaje medido y balsámico, nada hiriente para la coraza de sus anfitriones, desde luego; nada que pudiera interpretarse como una injerencia en los asuntos internos. Para contradecir la posición oficial que niega la existencia de presos políticos porque añade al castigo la injuria de considerarlos reos de delitos comunes.

La visita de Obama La Habana me deja una impresión ambivalente, de alegría por haber colocado a la disidencia en el primer plano, pero de frustración por la excesiva proclividad del presidente a la conciliación y el apaciguamiento con los máximos responsables de la dictadura, que en ningún momento depusieron su cinismo. La conferencia de prensa conjunta de ambos jefes de Estado fue un fiasco, un remedo del diálogo que no pudo ser. La foto ante el mural del Che Guevara quedará como ejemplo de las más hirientes contradicciones. La asistencia a un partido de rugby, en deportivo compadreo con Raúl Castro, fue el último y deplorable episodio que Obama podía haber ahorrado a la opinión pública internacional y a cuantos vindicamos la liberación de todos los cubanos, los de la isla y los del exilio.

 

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