Posteado por: M | 27 marzo 2016

La tragedia de Bruselas reabre el debate sobre el islam en Europa

Inmediatamente después de los atentados terroristas de Bruselas, el 22 de marzo, el presidente francés, François Hollande, insistió en que c´est la guerre, que el terrorismo islamista hace tiempo que declaró la guerra a Francia y, por supuesto, a Europa. El primer ministro belga, Charles Michel, se pronunció en términos similares, como un eco del discurso del presidente George W. Bush tras el derribo de las Torres Gemelas de Nueva York por los 19 kamikazes de Al Qaeda, el 11 de septiembre de 2001. La situación ha empeorado mucho desde entonces, el terrorismo islamista se ha globalizado, ha perfeccionado y sofisticado sus métodos, y el denominado Estado Islámico ordena a sus comandos que multipliquen los ataques. Europa, a juzgar por lo que dicen sus medios de comunicación, tiene miedo y está alarmada.

No está claro, sin embargo, cómo la Unión Europea (UE) va a actuar en esa guerra no convencional, o subrogada, ni cuáles son sus armas, ni cuál es su actitud cultural, educativa y geoestratégica ante el doble desafío del islam político. El enemigo de Europa y en general de Occidente ya no es una nebulosa de grupos lejanos y dispersos inspirados por Al Qaeda, sino que tiene una base territorial en Mesopotamia, anida en los barrios periféricos de las grandes urbes y se mueve con extraordinaria libertad por todo el continente, como se ha comprobado, una vez más, con la evidente conexión entre los ataques de París (13 de noviembre de 2015) y Bruselas (22 de marzo de 2016).

Ante la presencia en aumento constante de musulmanes en su territorio, Europa tiene dos problemas estrechamente relacionados. El primero y primordial consiste en proteger a sus ciudadanos de la vesania islamista, mejorando los instrumentos legales y los medios personales y materiales para prevenir los atentados y en su caso perseguir y castigar a los culpables. Porque los ataques terroristas no son absolutamente inevitables, ni deben quedar impunes. Porque los terroristas no son muchos, pero cuentan con el respaldo inconfesable de algunos, dentro o fuera de la comunidad musulmana, y siembran el terror y el pánico. En Bruselas, los mahometanos suman aproximadamente el 10 % de la población, unas 100.000 personas entre el millón largo de bruselenses, que viven muy concentrados en unos barrios que la policía considera altamente conflictivos.

La UE tiene como uno de sus principales objetivos la protección de los ciudadanos europeos, menoscabada no sólo por el aumento de los potenciales terroristas, sino igualmente por los fallos de seguridad, el desarme fronterizo, la facilidad de las comunicaciones y la revolución tecnológica en marcha. Europa debe empezar su rearme por hacer un pequeño esfuerzo para no incurrir en la charlatanería contra el terrorismo, según la expresión libremente traducida del profesor Michael E. Smith, de la universidad de Aberdeen. Más soluciones y acción, pues, y menos expresiones sentimentales y espectáculos de duelo y quebranto, es decir, más policía eficaz y menos lágrimas.

El segundo problema es de carácter ideológico y cultural porque los terroristas actúan como soldados de la yihad, de la guerra santa, disponen de un coherente relato político-religioso, bastante simple, repetido incansablemente por los predicadores televisivos o imanes de las mezquitas o de los lugares de culto clandestinos, que les incita a la acción contra la sociedad descreída o infiel, con frecuencia corrompida, en que vegetan sus conciudadanos europeos. Hay que captar prosélitos, soldados para la yihad, y matar a “infieles europeos o norteamericanos”, claman sin cesar los portavoces y los sedicentes pensadores de la revista Dabiq, órgano oficial del Daesh, en la que no es difícil detectar las subvenciones generosas de Arabia Saudí y otras petromonarquías del golpe Arábigo. Dabiq es el nombre de una ciudad del norte de Siria mitológicamente relacionada con la derrota final de los infieles y el comienzo del apocalipsis. En su versión inglesa es accesible en la web.

Hay algo más que nihilismo destructor en el discurso islamista. Los dirigentes del nuevo califato, sus degolladores, sus suicidas y sus seguidores activos o pasivos se creen investidos de una misión sagrada que les conducirá a la conquista del mundo, mediante una pretendida revolución axiológica y consuetudinaria que entrañaría, en verdad, un salto atrás en la historia, un regreso a los orígenes del islam y su profeta, que en eso se resume el credo y la vocación salafista. En efecto, los salafistas hacen causa común con los yihadistas, aunque aquéllos sean menos violentos, y abogan por un retorno a la pureza de los orígenes, al siglo VIII, el de la expansión hacia Occidente, cuando pisaron suelo europeo en la Hispania visigoda (711), antes de ser derrotados y detenidos en Poitiers (732). La yihad había sido promovida por Mahoma como medio de extender el islam hacia Occidente.

En la imaginación calenturienta de los predicadores y los yihadistas, la conquista de Europa sigue pendiente, y quizá debería empezar por Al Andalus (España). Los imanes salafistas y extremistas no están constreñidos por un abstruso discurso teológico, ni por cualquier discrepancia o disputa entre los fines y los medios, como ocurría con algunos líderes de Al Qaeda, sino que captan la atención de los jóvenes con un proyecto fascinante, muy sencillo de explicar y de ejecutar, mediante apelaciones al heroísmo, la vida romántica, la retórica del triunfo y la gloria, las experiencias muy intensas y gratificantes al servicio del califato, el martirio y la felicidad más allá de la muerte. Frente a una sociedad europea que reputan descreída y decadente, los yihadistas están imbuidos de una misión divina aunque ésta incluya los crímenes más abominables.

¿Cómo hacerles frente? El papa Francisco exhortó a los cristianos en una solemne advertencia, en la plegaria final del Viacrucis nocturno de Viernes Santo en Roma, el 25 de marzo: “Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los fundamentalismos y en el terrorismo de los seguidores de cierta religión que profanan el nombre de Dios y lo utilizan para justificar su inaudita violencia.” La oración del Papa es muy significativa porque, pese al laicismo y el agnosticismo dominantes, la cultura europea no puede entenderse sin sus raíces cristianas, o judeo-cristianas, por más que esa tradición gloriosa incomodó o irritó a los redactores de la frustrada Constitución europea, cuya mera referencia eliminaron del prefacio.

No cabe duda de que los ataques terroristas de París y Bruselas amenazan el proceso de integración europea y ofrecen argumentos a las formaciones de ambos extremos políticos.  Los populistas de derechas reclaman el cierre de las fronteras nacionales y socavan el programa intergubernamental para promover la cooperación en cuestiones de seguridad. Los populistas de izquierda, como hemos comprobado en España, a través de algunos alcaldes de Podemos, exhibiendo una incultura grotesca y unos prejuicios inquietantes, proclamaron sin sonrojarse que el terrorismo islamista era el bumerán de la violencia de Occidente. Una fórmula escandalosa por injusta y parcial de confundir al victimario con sus víctimas.

Los efectos de la corrección política

Todo parece indicar que Occidente en general se resiste, en nombre de la corrección política, a proclamar sus valores y la excelencia de la experiencia cultural en que se expresan, a defender los principios de su civilización y de su sistema político democrático. Tampoco se atreven los europeos a establecer comparaciones con los logros o entuertos del islam, por más que resulte obvio que los musulmanes no han sido capaces de organizar un sistema político propio y competitivo. Como ya dejó sentado Marcello Pera, en su libro con el cardenal Ratzinger, la cultura dominante en Occidente, infectada de relativismo, sostiene que si proclama su superioridad sobre la islámica, entonces la confrontación será inevitable. Resulta evidente, sin embargo, que existen muy buenas razones para proclamar que la democracia es mejor que la teocracia, que la sociedad abierta y civil supera con creces a la umma, o que una constitución liberal organiza la convivencia mejor que la ley coránica (sharia).

Suscribo por completo la conclusión de Marcello Pera: “Afirmo los principios de la tolerancia, la convivencia y el respeto, hoy característicos de Occidente, pero sostengo al mismo tiempo que si alguien rechaza la reciprocidad de estos principios y nos declara hostilidad, o la yihad, entonces debe quedar claro que se trata de nuestro adversario. En pocas palabras, rechazo la autocensura de Occidente” (Marcello Pera y Joseph Ratzinger, Sin raíces. Europa, relativismo, cristianismo, islam, Ediciones Península, Barcelona, 2006).

La autocensura está más extendida cada día, en los periódicos pero, sobre todo, en las televisiones, el territorio preferido del homo videns, en las que reinan la mediocridad y el simplismo, la imagen que aturde, excita o emociona, el deseo inconfesado de halagar o contentar a todo el mundo, de eludir la polémica, con el prurito de incrementar los ingresos publicitarios. La base ideológica, religiosa y cultural del yihadismo suele ser un tema tabú en Occidente, donde los gobiernos y los medios de comunicación están prácticamente amordazados por el temor de incurrir en la islamofobia o la incorrección política. También hemos oído estos días en España que una izquierda desorientada o cataclismática, al comentar sobre los atentados de Bruselas, advertía, sobre todo, de “los peligros de la islamofobia”. Otra izquierda supuestamente socialdemócrata se inquieta, ante todo, porque el terrorismo “pone alas a la ultraderecha”.

Las reacciones ante el terrorismo islamista ofrecen una extraña amalgama o confluencia islamo-marxista, de una aparente alianza de la extrema izquierda europea, superviviente del desastre del socialismo real, con algunos regímenes que se proclaman anticapitalistas y enemigos de Occidente (Irán, Cuba, Venezuela, Corea del Norte). Su enemigo común es la sociedad europea liberal, tolerante, pacifista y defensora de los derechos humanos. Y como la revolución pendiente sólo será posible cuando esa izquierda utópica y liberticida haya alcanzado la hegemonía cultural, cuando haya impuesto su interpretación de la realidad, siguiendo el modelo de Antonio Gramsci ahora remozado de manera populista por Slavoj Zizek, cualquier atentado terrorista ofrece la oportunidad de denigrar en los medios el pasado y el presente de Europa, desde las Cruzadas a la guerra de Iraq. Como si un anacronismo de parvulario pudiera explicar o justificar el retorno de la barbarie.

Para hacer frente al islamismo violento en el campo de las ideas y la cultura, para defenderse y convencer, Europa debe liberarse, en primer lugar, de “la tiranía de la penitencia”, la pulsión cultural que dio título a un libro de Pascal Bruckner (2006), una obsesión paralizante, aunque lógicamente sin olvidar la crítica racional del pasado y la esperanza en un porvenir de libertad. Después de la Ilustración, de la reflexión de los filósofos y las convulsiones revolucionarias, Occidente completó un proceso de racionalización que, a juzgar por lo ocurrido con “la primavera árabe”, ni siquiera se está incubando en la comunidad islámica, sigue anclada en la creencia de que el islam, por ser la última religión revelada, es la más auténtica, llamada a prevalecer, cuyo epítome es un libro dictado directamente por Dios a su profeta, el Corán.

La otra tiranía de la que Occidente debe liberarse es la de lo políticamente correcto, que se inscribe en un proceso de “autocastración” iniciado en 1945 y acelerado tras la caída del comunismo en 1989, muy bien expuesto desde la izquierda liberal por Carlo Strenger en su libro Mépris civilisé (Desprecio civilizado, 2015), genuina requisitoria contra una falsa concepción de la tolerancia y el relativismo que impide que el Occidente defienda sus valores y elabore un relato cultural y político atrayente para todos sus ciudadanos, los autóctonos y los recién llegados. Porque si es cierto que los partidos de la derecha populista en toda Europa están progresando electoralmente, probablemente la explicación de ese fenómeno hay que buscarla en el mutismo, la abulia moral y el apaciguamiento de las fuerzas democráticas tradicionales que no han sabido concertar un proyecto de vida en común atractivo para los europeos.

Carlo Strenger lo expresa mejor de lo yo podría hacerlo en estos momentos: “La exigencia universal de las Luces quedaba relegado al rango de engaño cultural fundamental. Por lo tanto, Occidente era conminado a expiar sus pecados, no sólo tomando a su cargo la miseria del tercer mundo descolonizado, sino prohibiéndose la crítica de cualquier modo de existencia o de cualquier creencia, con el pretexto que tal grupo étnico, religioso o cultural pensaba, creía y vivía de esa manera. Ésa fue la partida de nacimiento de lo políticamente correcto.”

 

 

 

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