Posteado por: M | 28 marzo 2016

Los atentados de Bruselas, el miedo y la inseguridad de Europa

Los atentados terroristas en el aeropuerto y una estación de metro de Bruselas, que causaron 31 muertos (28 víctimas y 3 kamikazes) y unos 300 heridos, el 22 de marzo, no sólo pusieron de relieve los fallos de la policía y los servicios de inteligencia de Bélgica, sino también las dificultades que subsisten en la Unión Europea (UE) para organizar una estructura de seguridad conjunta capaz de contrarrestar eficazmente los zarpazos de una violencia globalizada. Varios gobiernos y la Comisión Europea clamaron por arbitrar una respuesta global o al menos paneuropea al desafío del terrorismo islámico. No obstante, una Europa de la seguridad no es para mañana. Se trata de un asunto que afecta a la soberanía y en el que también existen las varias velocidades en cuanto al presupuesto, las dotaciones policiales y la presencia permanente de islamistas en el territorio de cada uno de los Estados miembros.

La coordinación antiterrorista resulta tan difícil como insuficiente porque la UE, según todos los indicios, se encuentra en una fase de repliegue, debilitada tanto por la amenaza del Brexit (la salida del Reino Unido) o la parálisis de la locomotora franco-germana como por las divergencias o barreras entre el este y el oeste, el norte opulento y el sur deprimido por la crisis del euro aún no superada; por la avalancha de los refugiados en Grecia y la ruta de los Balcanes que puso al descubierto tanto las discrepancias culturales como la necesidad de una reforma del acuerdo de Schengen sobre la libre circulación de personas. Muchos europeístas sensatos creen o fingen creer que la construcción europea amenaza ruina.

El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, salió de su letargo y en una declaración sombría tras los atentados se quejó de que los 28 Estados de la UE no habían aplicado aún la directiva (norma de obligado cumplimiento) conocida como Agenda Europea de Seguridad, adoptada en abril de 2015, cuyo objetivo es precisamente la mejora de la cooperación antiterrorista y las modificaciones legales pertinentes para criminalizar algunas nuevas actividades y conductas, como la de viajar al extranjero con propósitos terroristas. Juncker llegó a proponer “una unión de seguridad” que no parece contar con la aprobación de todos los Estados miembros.

Como la UE es un auténtico ogro burocrático que costeamos todos los europeos, no faltan en ella los organismos de alguna manera dedicados a las cuestiones de la seguridad. La Oficina de Policía Europea (Europol) está encargada de las tareas de inteligencia para prevenir y combatir la criminalidad organizada, Frontex se encarga de la cooperación de las policías de fronteras y Eurojust dirige las investigaciones y los procesos penales entre los Estados miembros. No se trata, pues, de falta de organismos o recursos, sino más bien de la conveniente adecuación de los medios a los fines. Como en tantas otras cuestiones, la plétora funcionarial no se corresponde con los mediocres resultados.

En su reunión urgente del 24 de marzo en Bruselas, los ministros de Interior de los 28 se comprometieron por enésima vez a compartir la información sobre los sospechosos y agilizar el registro de los datos de los pasajeros aéreos, pero la práctica de esas promesas es decepcionante. Europa está asustada e sordamente indignada, como lo confirma el hecho de que las autoridades belgas suspendieron una “marcha contra el miedo” precisamente por motivos de seguridad, es decir, por pánico. Numerosas personas ignoraron el aplazamiento y salieron a las calles para expresar su solidaridad con las víctimas, el domingo 27 de marzo. La policía intervino para dispersar a algunos grupos, inmediatamente calificados de extrema derecha por las TV presentes en la plaza de la Bolsa, convertida en mausoleo, que llevaban pancartas y gritaban consignas contra el Estado Islámico. ¿Son de extrema derecha sólo por apostrofar a los islamistas? ¿Son de extrema derecha todos los hinchas de los equipos de fútbol que formaban el grueso de los manifestantes?

Resulta chocante que las normas de la UE prohíban expresamente la utilización del Sistema de Información de Schengen (SIS), al que deben contribuir todos los Estados miembros, cuando se trata del control de las personas en las fronteras nacionales teóricamente en vías de desaparición. En ausencia de un organismo europeo centralizado contra el terrorismo, la cooperación queda en manos de los Estados y sus servicios de inteligencia, siempre renuentes a compartir la información. Gilles de Kerchove, coordinador antiterrorista de la UE (gran cargo para escuálida función), denuncia ritualmente la ausencia de espíritu comunitario en la confección y el manejo de las bases de datos. Reino Unido, Irlanda, Bulgaria, Croacia, Chipre y Rumanía siguen fuera del espacio de Schengen.

La fragmentación extrema de Bélgica

Los fallos y las disfunciones en la política antiterrorista de Bélgica quedaron al descubierto cuando el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, reveló que uno de los terroristas, Ibrahim el-Bakraoui, de nacionalidad belga, fue devuelto a los Países Bajos por sospechar que participaba en actividades del Daesh. La policía y la justicia belgas podían reclamarlo a los holandeses por estar en libertad condicional por una condena anterior por robo a mano armada, pero no lo hicieron, de manera que el terrorista se movió con entera libertad entre Holanda y Bélgica. La denuncia pública del presidente turco acentuó las críticas contra la actuación de las autoridades belgas y provocó un terremoto político con cruce de acusaciones entre el ministerio del Interior y la policía.

Los ministros de Justicia e Interior, Koen Geens y Jan Jambon, respectivamente, presentaron la dimisión, recusada por el primer ministro. El equilibrio dentro del gobierno es tan precario, que el primer ministro no puede prescindir de dos ministros tan relevantes sin provocar la caída del gobierno. Cabe preguntarse qué es lo que tiene que ocurrir en Bélgica para que el primer ministro disuelva un gobierno que tardó varios meses en constituirse. Un gobierno que debe tener alguna responsabilidad en la lentitud exasperante de la identificación forense de las víctimas de los atentados, cuyos deudos seguían aguardando seis días después de los atentados.

Un especialista del diario israelí Haaretz, Amos Harel, al que se supone en buena relación con los servicios secretos de su país (el Mosad), aseguraba en un artículo publicado el 23 de marzo, que “los servicios de inteligencia belgas fueron advertidos con precisión de de la amenaza que pesaba sobre el aeropuerto” de Zaventem y de que “los ataques terroristas fueron planificados en Raqqa, la capital de facto del Estado Islámico”. Las advertencias, probablemente israelíes, no sirvieron para que la policía belga extremara las precauciones y los registros en el barrio de Molenbeek, plaza fortificada del islamismo en Europa, aunque persisten las dudas sobre si una mayor diligencia hubiera podido evitar los atentados. La revista norteamericana Time llegó a escribir que “los fallos de seguridad en Bélgica hicieron inevitables los atentados de Bruselas”.

La responsabilidad de los atentados es sólo de los terroristas, pero no cabe duda de que los servicios de seguridad están en entredicho. El desbarajuste multicultural, la aparente desidia, el estropicio causado y las disfunciones notorias tienen su causa primera en el sistema confederal del país, la fragilidad permanente del gobierno central, la fragmentación extrema de los cuerpos policiales –nada menos que seis actúan en Bruselas–, la endémica fractura lingüística entre flamencos y valones, que alcanza su máxima tensión en la periferia bruselense, y los recortes presupuestarios como secuela de la crisis del euro y la recesión. La policía federal, que depende del ministerio del Interior, está muy coartada en su actuación por las tensiones regionales y lingüísticas, además de por los escrúpulos de una magistratura que a veces confunde la sociedad abierta y protectora con la impunidad.

La extrema división del país en tres regiones y comunidades lingüísticas, más la isla multinacional y multicultural de Bruselas, que funcionan como compartimentos estancos, no sólo socava o borra la identidad nacional y exacerba las tensiones comunitarias, sino que hipertrofia la burocracia y ha erigido un muro psicológico de separación que se expresa de manera surrealista en la periferia de Bruselas, territorio históricamente flamenco pero mayoritariamente francófono. Una construcción artificial que data de 1831, “perpetuamente neutral”, según sus recalcitrantes adversarios. Los viejos partidos políticos (socialista y democristiano) han sucumbido al virus nacionalista, de manera que no existe ninguna fuerza que compita electoralmente en las dos principales comunidades. El alcalde de Vilvoorde, una de las ciudades suburbanas con problemas lingüísticos y de seguridad, Hans Bonte, denunció “el perfecto ejemplo de caos organizado” de la estructura policial.

A esos obstáculos particularistas debe añadirse el proverbial prurito e incluso el exceso de garantías generalizado en la UE  –el acervo comunitario, los imperativos de la sociedad abierta, la protección obsesiva de los derechos de las minorías–, pero que se manifiesta en Bélgica con especial acuidad, como pudimos comprobar los españoles cuando se convirtió en el último santuario europeo de los comandos y colaboradores de ETA, una vez que los sucesivos gobiernos del presidente François Mitterrand, a partir de 1985, decidieron colaborar con España en la persecución y castigos de los terroristas. Cada día resulta más ajustada y premonitoria la sentencia del socialista Jules Destrée, defensor de la identidad valona, en una carta dirigida al rey Alberto en 1912: “Il n´y a pas de belges.”

Las idas y venidas del terrorista Salah Abdeslam, desde París a su refugio en el barrio de bruselense Molenbeek, ha suscitado una agria polémica en la que participó nada menos que el ministro francés de Finanzas, Michel Sapin, cuya crítica apenas velada de las autoridades belgas añadió munición a  algunos periódicos franceses empeñados en emplear un neologismo de oprobio para referirse a Bélgica y a su barrio más conflictivo: Belgikistan y Molenbeekistan. Un editorial del diario Le Figaro intentó mitigar la disputa con esta pregunta: “¿Cuántos barrios de Francia y de Europa se han convertido, como el de Molenbeek, en zonas sin ley en las que el comunitarismo, la delincuencia y el salafismo prosperan a gran velocidad? Esos guetos, sometidos a la ley de la omerta, son conocidos y deben ser limpiados”

La evolución del terrorismo y sus actores

Los terroristas, su organización y sus métodos han evolucionado mucho en lo que llevamos de siglo. De la nebulosa de grupos aislados e inspirados por Al Qaeda, completada por los llamados “lobos solitarios”, o soldados autónomos de la yihad (guerra santa), ahora la actividad terrorista está propulsada y dirigida por Daesh, una organización con sus aparatos de seguridad, agitación y propaganda, con base territorial en Iraq y Siria, también en Libia, que recluta y entrena a sus comandos, dispone de ingentes recursos (venta de petróleo y antigüedades) y cuenta con una masa potencial de simpatizantes y con frecuencia de cómplices en los países árabes-musulmanes y, sobre todo, en los suburbios de varias capitales europeas, en barrios prácticamente segregados donde impera de manera clandestina o tolerada la ley coránica. “La época del lobo solitario ha terminado”, concluye el analista norteamericano Matthew Levitt en la revista Foreign Policy.

Los servicios de inteligencia occidentales calculan que unos 5.000 jóvenes europeos han pasado por los batallones de formación, combate y adoctrinamiento en Siria e Iraq en los últimos dos años. Los que regresaron a Europa, unos 2.000, están integrados ahora en células y comandos que planean los atentados siguiendo las órdenes y los objetivos que les dictan desde Raqqa (Siria) o Mosul (Iraq), plazas fuertes de Daesh. Según el último informe de Europol sobre contraterrorismo, los ataques de París del 13 de noviembre de 2015, que causaron 131 muertos, marcaron claramente el viraje “global” del islamismo violento, sin limitación geográfica, y su planificación a través de “un mando de acción exterior” que entrena a los yihadistas en el estilo de las fuerzas especiales de los ejércitos de la OTAN. El entrenamiento se hace sobre el terreno, no a través de internet como lo realizaron algunos lobos solitarios.

Los perfiles y características de los yihadistas también han cambiado mucho desde la proclamación del califato en una mezquita de Mosul (29 de junio de 2014), nueva oportunidad del islam político para “sacudirse el polvo de la humillación y la desgracia” y subrayar la dimensión universal de su proyecto político-religioso. Los atentados de París y Bruselas certificaron que los terroristas cooperan a nivel europeo, ignorando las fronteras nacionales, sin duda al amparo de la libre circulación de personas dentro del espacio de Schengen. La cooperación transfronteriza de los que propagan el terror contrasta con las disfunciones, las sospechas y los celos, la incomunicación que persiste entre las policías y los servicios de inteligencia nacionales sobre un fenómeno muy complejo.

Según trascendió a la prensa, los servicios de inteligencia sostienen que al menos el  30 % de los miembros de los grupos terroristas comparten lazos familiares. Los hermanos Ibrahim y Jalid el-Bakraoui, de nacionalidad belga, fueron los suicidas que causaron la catástrofe: el primero en el aeropuerto de Zaventem, uno de los más concurridos de Europa, donde las deflagraciones de las bolsas y los cinturones cargados de explosivos, en la zona de embarque con destino a EE UU, causaron 11 muertos y un centenar de heridos; el segundo, en la estación de metro de Maelbeek, en el centro europeo de la capital belga, donde murieron 20 personas y 130 resultaron heridas. Los hermanos Bakraoui eran hijos de un carnicero marroquí afincado en el barrio.

El segundo kamikaze del aeropuerto fue identificado por la policía belga como Najim Laachraoui, belga de origen marroquí, coordinador y artificiero de los atentados de París, también de nacionalidad belga, estudiante del Instituto Politécnico de la Universidad Libre de Bruselas. El tercer hombre del aeropuerto, “el hombre del sombreo” y con abrigo, que aparece a la derecha de la imagen grabada por las cámaras de vigilancia, empujando un carro de equipajes y acompañando a los dos suicidas, fue identificado por los medios belgas como Fayçal Cheffou, detenido por la policía dos días después en una redada y acusado de haber participado en los atentados.

El día 28 de marzo, nueva sorpresa y nuevo estupor en la investigación: Fayçal Cheffou, periodista islamista, fue puesto en libertad, sin cargos, y la policía pidió la colaboración del público para encontrar al “hombre del sombrero”. La policía dio un paso más en su camino hacia la chapuza y el descrédito.

Otros dos hermanos, Chérif y Said Kouachi, perpetraron la matanza del semanario Charlie Hebdo, en París, el 7 de enero de 2015. El mismo fenómeno se produjo en EE UU, donde los hermanos Dzhokhar y Tamerlan Tsarnaev, de origen checheno, colocaron las bombas en la meta del maratón de Boston en 2013. Tres parejas de hermanos saudíes formaban parte de los 19 kamikazes que estrellaron los aviones contra las Torres Gemelas de Nueva York en 2001.

Según la policía belga, los kamikazes de Bruselas pertenecían a la misma célula o comando que el francés Salah Abdeslam, jefe de la logística y único superviviente de los asaltos de París del 13 de noviembre de 2015, que fue herido y detenido en la barrio de Molenbeek de Bruselas, el 18 de marzo, tras mantener un tiroteo con la policía, cuatro días antes de los atentados del aeropuerto y el metro. La policía belga sospecha que los atentados estaban preparados desde hace tiempo, pero que su comisión se precipitó tras la detención de Salah Abdeslam. Los especialistas en terrorismo dudan de que el encargado de fabricar el material explosivo fuera uno de los suicidas.

El Daesh se atribuyó el mismo día 22 los atentados mediante un comunicado a través de su agencia de prensa: “Los combatientes del Estado Islámico efectuaron una serie de atentados, con cinturones de explosivos y bombas, que afectaron a un aeropuerto y una estación de metro” en Bruselas. Parece sorprendente que el primer comunicado no ofreciera la identificación de los “combatientes”.

La fraternidad, la amistad, la vinculación religiosa y el internacionalismo, a veces delictivo, son ingredientes fundacionales de los comandos terroristas, que de esa forma contrarrestan su paranoia y su temor de las infiltraciones de la policía. Los especialista detectan actualmente un aumento de los terroristas que son conversos recientes al islam. Abdelhamid Abaaoud, belga de nacimiento y de origen marroquí, cerebro de los atentados de París, uno de los terroristas más buscados de Europa, se pavoneó de haber podido huir fácilmente del cerco policial en un relato publicado en la revista del Estado Islámico, pero fue abatido por la policía francesa en una operación en el barrio de Saint Denis cinco días después de los atentados del 13 de noviembre de 2015. Todo parece indicar que los viajes de los terroristas y el trasiego de los materiales eran constantes entre París y Bruselas.

La red yihadista más activa del barrio bruselense de Molenbeek, también conocido como “el pequeño Marruecos”, estaba dirigida o al menos inspirada por Jalid Zerkani, también de origen marroquí, pero nacionalizado belga, conocido por Abu Riad, predicador fogoso y radical, condenado a doce años de cárcel por un tribunal de Bruselas en 2015 por dedicarse al adoctrinamiento radical y la recluta de jóvenes musulmanes para enviarlos a Siria, “por haber pervertido a la juventud, particularmente la del barrio marítimo de Molenbeek-Saint-Jean”, considerado el epicentro de la violencia islamista. El fiscal del caso consideró que Zerkani era “el más importante reclutador de candidatos para la yihad que se haya conocido en Bélgica”. El imán extremista está en la cárcel, pero la sentencia fue recurrida en apelación.

Los lugares de culto semiclandestinos –garajes, solares y pisos deshabitados–, dominados por el yihadismo y el salafismo, proliferan en un barrio en el que la policía tropieza con fuertes restricciones para realizar su cometido. Lo mismo que en otros barrios similares de varias capitales europeas. En la Gran Mezquita de Bruselas, como en la homónima de París o en la que se yergue en la vía de circunvalación M-30 de Madrid, los imanes se atienen al discurso oficial y moderado, además de pacifista, según el cual “el islam es una religión de paz” y los terroristas son unos jóvenes descarriados a los que hay que liberar del “abismo infernal” en que cayeron tras su triste experiencia en la delincuencia común y el tráfico de drogas.

La base de reclutamiento se ha ampliado mucho, desborda los suburbios y alcanza a los jóvenes de clase media aparentemente integrados en las sociedades europeas. Según Ferhad Khosrokhavar, director de estudios de la Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales (París), en un artículo publicado en Le Monde (24 de marzo de 2016), está comprobado “el aumento incesante de los reclutados procedentes de las clases medias”, muchos de ellos universitarios, que no pueden ser catalogados como excluidos ni están fichados por la policía, lo que dificulta la labor de rastreo e identificación. En consecuencia, “las sociedades europeas se enfrentan con una diversidad que engloba un número creciente de jóvenes que, decepcionados de una vida en Europa sin utopía política, anda en busca de la efervescencia y la festividad violentas”.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: