Posteado por: M | 3 abril 2016

El declive de la democracia en Turquía

Todos los demonios del mundo corren sueltos por una Siria devastada y fragmentada en diversos territorios controlados precariamente por el gobierno de Damasco, los rebeldes llamados moderados, los salafistas, los insurgentes kurdos y las diversas milicias yihadistas vinculadas al dizque Estado Islámico (EI) o Daesh y Al Qaeda. Turquía, un vecino directamente implicado en la guerra, sufre, a su vez, los embates del terrorismo en sus dos grandes ciudades, Ankara y Estambul, pero también los zarpazos de la incipiente dictadura islamista del presidente Recep Tayyip Erdogan, mientras su ejército y su policía están involucrados en una sangrienta campaña de represalias y represión en el sureste del país, la región de mayoría kurda, y en las zonas lindantes con la frontera de Siria.

La endiablada situación sobre el terreno no sólo enfrenta a Turquía con Rusia, sino que perturba la cohesión y la estrategia de la OTAN. El presidente Erdogan sigue empeñado en descalificar como terrorista a todos los grupos de oposición radical, pero no logró convencer a Barack Obama, quien finalmente se opuso a la creación de una zona de exclusión aérea en Siria, a lo largo de la frontera con Turquía, y acabó por enviar a sus comandos de las Fuerzas Especiales para colaborar con los milicianos kurdos en los combates contra el Daesh, paso previo para el acuerdo con Putin que permitió organizar una cese de hostilidades, bendecido unánimemente por el Consejo de Seguridad de la ONU (resolución 2268), que entró en vigor en la madrugada del 27 de febrero. Una tregua salpicada por brotes de violencia que no se aplica a las organizaciones consideras terroristas por Washington, Bruselas y la ONU: Daesh y el Frente al Nusra, la franquicia de Al Qaeda en Siria.

Como consecuencia o con el pretexto de la guerra en la frontera, las libertades retroceden en Turquía de forma alarmante y las pulsiones autoritarias del presidente Erdogan se manifiestan sin disimulo. El gobierno no sólo encarcela a periodistas críticos, sino que se incauta de un periódico popular, Zaman, el de mayor circulación del país, el 4 de marzo, y dos días después de haberlo cerrado, vuelve a publicarlo cínicamente como plataforma de la propaganda oficial. “Estamos atravesando los días más sombríos y terribles para la libertad de prensa, pilar esencial de la democracia y el estado de derecho”, declararon los editores del diario. Erdogan y sus acólitos se escudaron detrás de la decisión de un tribunal de Estambul, pero la oposición sacó a relucir inmediatamente las purgas en la judicatura y la policía, hasta ahora reacias a capitular ante el avance del islamismo, y los asaltos constantes al principio y la práctica de la separación de poderes.

La alarma cunde por los medios liberales y laicos del país, incapaces de detener la pleamar del islamismo e intimidados por los efectos de la guerra contra los kurdos. Porque cuando un gobierno cierra periódicos y encarcela a los periodistas, la libertad agoniza. “Nuestra libertad depende de la libertad de prensa, que no puede limitarse sin perderse”, sentenció Thomas Jefferson, el redactor de la Declaración de Independencia de EE UU. La institución norteamericana independiente Freedom House, que analiza la situación de la prensa en todos los países del mundo, situó a Turquía en la categoría de países “Not free” (no libres) en su informe Freedom of the Press (La libertad de prensa) de 2014. La situación de los periódicos y los periodistas no ha hecho sino empeorar desde entonces. La organización internacional Reporteros sin Fronteras sitúa a Turquía en el lugar 99 de su escalafón de 139 países.

Además de su alianza estratégica con Arabia Saudí, la estrecha relación del gobierno otomano con el Estado Islámico fue destapada por dos periodistas del diario opositor Cumhuriyet, de Estambul, en un reportaje publicado en mayo de 2015 con fotografías que mostraban a los agentes de los servicios secretos turcos entregando las armas a los yihadistas. Ambos periodistas fueron inmediatamente encarcelados, acusados de traición, pero liberados el 26 de febrero de este año por una decisión del Tribunal Constitucional. No obstante, les aguardan un juicio y las amenazas del gobierno. El mismo Erdogan expuso a uno de los reporteros, Can Dündar, a la vindicta pública: “Lo va a pagar, lo voy a perseguir hasta el final.” Una oprobiosa intimidación presidencial que es la prueba más palpable de “la desintegración de la democracia en Turquía”, título de un editorial del New York Times.

Soner Cagaptay, uno de los más perspicaces comentaristas sobre la realidad turca, que escribe en las publicaciones del Washington Institute, exponía recientemente su convicción de que “Erdogan no sólo pretende borrar de Turquía el legado de Ataturk, sino también la herencia de los últimos años del Imperio Otomano occidentalizado.” Las intromisiones del poder islamista son constantes y afectan a todos los sectores, desde la escuela a las universidades, la policía, el ejército y la judicatura, los pilares del kemalismo socavados en sus cimientos. La mayoría de las escuelas y otras instituciones educativas se han visto forzadas a impartir cursos obligatorios de islam. La libertad de pensamiento y el libre examen conocen sus horas más bajas. Un pianista de renombre internacional, Fazil Say, fue sentenciado en 2013 a diez meses de prisión “por difamación del islam”.

Pese a los avisos de la prensa occidental sobre la deriva islamista y autoritaria de Erdogan, la OTAN, de la que Turquía es miembro, y la Unión Europea, con la que negocia su adhesión, prefieren mirar para otro lado, quizá porque buscan la complicidad de Ankara para detener la pavorosa oleada de refugiados que llegan a Europa tras haber puesto pie en las islas griegas del Egeo. Reunidos en Bruselas el 7 de marzo, el primer ministro turco, Ahmet Davutoglu, y los 28 jefes de Estado y de gobierno de la UE llegaron a un acuerdo para que Ankara, a cambio de dinero, acepte la devolución de refugiados o inmigrantes, incluidos los sirios. Una deportación masiva, sin precedentes, que vulnera las legalidades internacional y europea, pero que fue burocráticamente amañada y matizada para mitigar la protesta de la ONU y de otros organismos. Las secuelas son imprevisibles.

Aunque sin referirse a la situación interna de Turquía, y en preparación de la cumbre de Bruselas sobre la inmigración, el periódico francés Le Monde publicó un resonante editorial (26 de febrero) en el que prorrumpía en un grito de alarma ante la incoherencia y el pánico que recorren el continente: “Bajo el choque de la oleada migratoria, Europa se disloca, se desintegra, se reconstruye”, y luego presentaba el proyecto europeo como moribundo, “víctima de su incapacidad para renovarse, abrumado por la ausencia de dirigentes políticos de envergadura”. Para que conste. Un réquiem quizá prematuro, pero que refleja con acuidad el descalabro que provoca la crisis de los refugiados.

Unos dos millones de refugiados sirios se encuentran aún en Turquía, malviviendo en tiendas de campaña, y muchos de ellos aspiran a viajar hacia el Eldorado europeo, cuya capacidad de recepción parece que está a punto de agotarse. Amnistía Internacional denunció a principios de abril que Turquía estaba procediendo a devoluciones masivas a Siria de varios miles de refugiados. ¿Podrá detenerse con medidas burocráticas, en Turquía, Grecia o los Balcanes el éxodo de los que huyen de la guerra y la miseria? Nadie en Europa es capaz de formular un pronóstico. Al mismo tiempo, los jóvenes europeos que se incorporan al Estado Islámico para combatir en la guerra santa (yihad) utilizan el territorio turco como trampolín para llegar a Siria o Iraq. El comercio de armas es más floreciente que nunca en todos los enclaves del polvorín medio oriental

¿Acaso es Turquía el nuevo enfermo de Europa, como lo fuera el Imperio otomano en los albores del siglo XX? El sueño o aspiración de articular el modelo de una democracia islámica, aireado por Erdogan y comprado sin mucha reflexión por la socialdemocracia europea, lleva camino de convertirse en una pesadilla. La tan cacareada y onerosa alianza de civilizaciones ya no aguanta más el tirón de sus contradicciones. El bastión de la estabilidad fue derribado por el conflicto de Siria y los principios de la democracia están siendo destruidos o al menos preteridos por los imperativos del islamismo y los ataques contra la prensa, hasta el punto de que el presidente del Parlamento Europeo, el socialdemócrata alemán Martin Schulz, se vio obligado a utilizar la tribuna para deplorar el deterioro de la libertad de prensa, la persecución de periodistas y la represión implacable contra los kurdos.

Cuando la cohesión europea hace tiempo que saltó por los aires, debido al acuciante problema de los refugiados, y cuando Angela Merkel y François Hollande buscan desesperadamente calmar a una opinión pública encrespada, resulta decepcionante ver cómo los 28 jefes de Estado y de gobierno europeos reciben en Bruselas, con parabienes, al primer ministro turco y se inclinan, obsecuentes, ante sus pretensiones, tres días después de que la policía utilizara gases lacrimógenos y cañones de agua para allanar la sede de un periódico en Estambul y cerrar una agencia de prensa. Europa tampoco quiere enterarse de la lucha sin cuartel que el ejército otomano lleva a cabo contra los guerrilleros de la minoría kurda en el sureste del país, donde sin duda se están produciendo crímenes abominables en una guerra no declarada.

Detalles significativos: el asalto policial del periódico Zaman se produjo coincidiendo con la visita a Ankara del presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, del que no sabemos si llegó a enterarse de lo que ocurría en la sede del diario en Estambul. Al día siguiente de que se anunciara el acuerdo de Bruselas, un periodista fue condenado a 21 meses de cárcel por haber insultado a Erdogan y los islamistas más radicales organizaron una multitudinaria manifestación en Ankara para exigir el restablecimiento del califato abolido por Ataturk en 1924. Por supuesto, Erdogan se postula para ser el nuevo sultán.

Las tensiones internas y los estragos que causa la guerra contra los kurdos son las consecuencias letales del doble fracaso geoestratégico experimentado por la política exterior de Erdogan, de su fervor islamista y sus aspiraciones imperiales. Pese a los lazos con la OTAN, Erdogan no oculta sus simpatías y sus connivencias con grupos islamistas radicales, los Hermanos Musulmanes en Egipto, Hamás en Gaza o las facciones sirias más conservadoras e islamistas, que culminan en su alianza militar con Arabia Saudí.

Las protestas populares contra el presidente Asad y su régimen, que comenzaron en marco de 2011, se transformaron en una guerra abierta cuando Turquía y Arabia Saudí unieron sus fuerzas en estrecha alianza con las tribus suníes de Iraq que habían pactado con la CIA y las tropas norteamericanas para lograr la pacificación del país. Cuando Obama precipitó la retirada, esas tribus suníes y algunos jefes militares, supervivientes del régimen de Sadam Husein, iniciaron la guerra contra el gobierno sectario de Bagdad, dominado por los chiíes, y, por supuesto, contra Asad.

Una cadena de atentados terroristas

Desde el verano de 2015, Turquía sufre una oleada de ataques terroristas, ejecutados tanto por los comandos del Daesh como por los insurgentes kurdos, sin que puedan descartarse otras autorías más oscuras. Un fuego cruzado que explota y exacerba al mismo tiempo las divisiones étnico-culturales (kurdos contra otomanos), la polarización inveterada de la sociedad turca (islamismo frente a laicismo), y que está propulsado por actores externos que participan directa o indirectamente en la guerra de Siria. Los suicidas islamistas del EI atacan a los insurgentes kurdos, y éstos, a su vez, disparan contra el ejército, la policía y en general contra el gobierno del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) que dirige con mano férrea el presidente Erdogan, conservador e islamista, hegemónico en la vida política tras las elecciones de 2002.

El más letal atentado atribuido por el gobierno turco a los esbirros del Daesh se produjo el 10 de octubre de 2015, al comienzo de la campaña electoral para las elecciones generales del 1 de noviembre. Dos suicidas hicieron estallar sendos coches cargados de explosivos en medio de una marcha antigubernamental, causando 102 muertos y otros tantos heridos. Las víctimas fueron los manifestantes kurdos, pacifistas, izquierdistas en general y alevis, es decir, los adeptos de una rama liberal del islam que agrupa a casi el 15 % de la población total. El 12 de enero de este año, el EI se atribuyó un atentado suicida contra un autobús en el barrio de Sultanahmet, en el centro histórico de Estambul, en el que murieron 11 turistas alemanes.

No está claro, sin embargo, cuáles son las razones que impulsan a los yihadistas suníes del EI a buscar el martirio y atacar en Turquía, habida cuenta las ambivalencia de sus relaciones con el gobierno del AKP, del presidente Erdogan, suní, nacionalista y fundamentalista islámico, y de las facilidades con que cuentan en el territorio otomano para su intendencia, su armamento y la leva o tránsito de los voluntarios europeos. Ante esas dudas, los kurdos y otras fuerzas opositoras, que mantienen fuertes divergencias ideológicas con los islamistas, ponen en marcha el engranaje de las teorías conspirativas y centran sus sospechas en la manipulación de los servicios secretos. La mayoría de los analistas turcos coinciden en que el clima de violencia fue determinante para que el AKP recuperar la mayoría absoluta en las segundas elecciones de 2015 (1 de noviembre) cinco meses después de haberla perdido.

El ataque terrorista en la zona de la mezquita Azul y el templo-museo de Santa Sofía fue un duro golpe para la industria turística, luego de que el Kremlin ordenara medidas disuasorias del viaje a Turquía, donde pasan sus vacaciones casi cinco millones de rusos cada año. La ciudad-balneario de Antalya, capital turística en la costa del mar Negro, recibe a unos cuatro millones de rusos, una clientela en busca de sol y playa, con alto poder adquisitivo y pródiga en el gasto, que sin duda se reducirá drásticamente. Ya en 2015, según los datos oficiales, los ingresos totales por turismo cayeron el 8,3 %, de 34.000 a 31.000 millones de dólares, como una secuela más de los trastornos causados por la guerra de Siria, los atentados terroristas y la odisea de los refugiados.

El último atentado atribuido a los insurgentes kurdos se produjo el 17 de febrero en el centro de Ankara, cuando un terrorista suicida hizo estallar un automóvil cargado de explosivos delante de un autobús militar, matando a 34 oficiales y soldados. Según el primer ministro, Ahmet Davutoglu, el autor del atentado era un miembro de las Unidades de Protección del Pueblo (YPG), una milicia kurda dependiente del  Partido de la Unidad Democrática (PYD) y con estrechos vínculos con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), considerado terrorista por EE UU y la Unión Europea, que desde 1984 practica la lucha armada en pro de la creación de un Estado en el país de los kurdos, el mítico territorio que se extiende por Turquía, Siria, Iraq e Irán. El PYD negó cualquier responsabilidad. La autoría de ese atentado fue reclamada por los Halcones de la Libertad del Kurdistán, un grupo escindido del KPP que mantiene la filiación comunista inicial.

Unn Estado en transición permanente

Turquía se encuentra en una situación muy delicada, políticamente volátil y estratégicamente peligrosa, en lucha al menos teórica contra el EI, formando parte de la coalición internacional, pero, al mismo tiempo, en guerra no declarada contra los insurgentes kurdos que amenazan la estructura unitaria del Estado. La creación de un Kurdistán occidental autónomo en Siria, en la misma frontera turca, sentaría un precedente desestabilizador por cuanto sería una atracción irresistible y un ejemplo para gran parte de los kurdos que son mayoría en  las provincias orientales de Turquía. El presidente Erdogan, muy inquieto, no sólo telefoneó a Obama y se quejó ante la OTAN, sino que describió como “una gran mentira” la cooperación de EE UU con los insurgentes kurdos.

La República turca proclamada por Ataturk en 1923 no ha dejado de estar en transición hacia la democracia, un camino erizado de dificultades y jalonado por un rosario de golpe de Estado militares, el último en 1980. Bajo el régimen islamistas que viene construyendo Erdogan desde 2003, ahora parece en transición hacia un régimen islamista. Las tensiones políticas se han exacerbado, la paz social se ha volatilizado y el llamado problema kurdo, que se creía encauzado, se ha enconado desde 2013 y ha desembocado en el terrorismo como una secuela más de la guerra de Siria. En el otro extremo político, los denominados Lobos Grises, ultranacionalistas, combaten contra cualquier transacción pacífica que entrañe el reconocimiento de la autonomía cultural de la minoría kurda.

La polarización política es extrema en la región más oriental del país, sometida a un estado de excepción permanente, traslado de poblaciones y vigencia del toque de queda en las ciudades más importante como Diyarbakir, Cizre y Silopi. Los atentados terroristas están a la orden del día, lo mismo que la represión de la policía y las exacciones de los militares. La solución se aleja no sólo por los daños colaterales del conflicto en Siria, sino también porque la eventual autonomía de los kurdos se ha convertido en uno de los mayores obstáculos para los objetivos de Erdogan: instaurar una república presidencialista, centralizada y, por supuesto, islámica.

Las relaciones entre Turquía y Rusia, con un trasfondo histórico de profunda hostilidad, atraviesan por sus peores momentos desde que terminó la guerra fría en 1989. La intervención rusa directa en Siria comenzó en septiembre de 2015 y los bombardeos se recrudecieron cuando la aviación turca derribó un avión ruso que supuestamente había violado el espacio aéreo, el 24 de noviembre. Desde entonces, los gobiernos de Moscú y Ankara están enzarzados en una guerra larvada por grupos interpuestos, una confrontación de propaganda, teorías conspirativas y recriminaciones mientras rearman a sus respectivas clientelas, alimentando una situación explosiva. Rusia dispone de una importante base naval en Tartus, en el Mediterráneo, y con aeródromos en Damasco y Homs. Los norteamericanos aseguran que unos 2.000 militares rusos están destacados en la base de Lataquia. Los servicios secretos rusos mantienen estrechas relaciones con el poder sirio desde la época soviética.

En suma, la estrategia de Ankara en Siria, que propugnó abiertamente y desde 2011 el derrocamiento de Asad y la instalación de un poder islamista en Damasco, ha fracasado con estrépito. La llamada “primavera árabe” desembocó pronto en un invierno sangriento. El presidente Erdogan respaldó a los yihadista del EI y otros grupos extremistas, a los que proporcionó armas y apoyo logístico, con el objetivo de provocar un cambio de régimen en Siria y forzar el repliegue de los rusos; es decir, sacrificó en el altar del islamismo, en connivencia con Arabia Saudí, la tradicional política exterior dependiente de la alianza con la OTAN y Washington. Logró todo lo contrario: restaurar la influencia del Kremlin en el Oriente Próximo. Como subraya Kadri Gürsel, representante del Instituto Internacional de Prensa, “el único objetivo de Erdogan es combatir a los kurdos del PKK en Turquía y a sus aliados en Siria”.

 

 

 

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: