Posteado por: M | 15 abril 2016

Reflexiones sobre los Papeles de Panamá y el neoperiodismo

Estamos asistiendo estos días, sin prisas pero sin pausa, con calculado ritmo publicitario, a la que sus promotores ensalzan como la mayor hazaña periodística de todos los tiempos: la publicación de los llamados Papeles de Panamá, una gigantesca sustracción de documentos confidenciales del bufete panameño Mossack-Fonseca que tratan de confirmar la miseria moral, la prepotencia política y las artimañas de gestión de parte de la élite mundial, de algunos de los ricos de este mundo para eludir impuestos o blanquear los capitales obtenidos de manera ilícita o fraudulenta. Asistimos, pues, con ánimo aparentemente vengativo, a la vindicta pública de los que no quieren repartir mínimamente sus inmensas fortunas con sus empobrecidos o esquilmados conciudadanos. Una operación claramente populista, teñida de amarillo, parecida a las que ya organizaban los tribunos en la Roma imperial y corrupta para calmar los ánimos de la plebe (panem et circenses) luego de haberlos soliviantado.

Algunos de los datos de la operación producen vértigo: 11,5 millones de documentos mercantiles, mensajes electrónicos, correspondencia por internet, copias de fax, notas diversas, que fueron manejados, analizados y ordenados para su publicación por 370 periodistas de 107 medios de comunicación (prensa de papel, radios, televisiones y publicaciones en la red) de 76 países de todos los continentes. ¿Qué más pueden pedir los asiduos de las redes sociales, de las simplificaciones factuales y los juicios perentorios o temerarios? El goteo de informaciones se anuncia muy largo y probablemente tan inquietante como aleccionador, pero no es seguro que vaya a mejorar las cuentas de los medios encargados de la difusión.

Los Papeles de Panamá conforman una fuga documental mucho más voluminosa que la ofrecida por la organización WikiLeaks, fundada por Julian Assange, cuando en 2010 reveló los miles de cables diplomáticos sustraídos de los archivos del departamento de Estado norteamericano (el Cablegate), algunos de los cuales –como los de la embajada en Túnez sobre las opulencias y el escandaloso tren de vida del presidente Ben Alí— contribuyeron a echar leña al fuego de la presunta primavera árabe. Los materiales de ambas operaciones fueron conseguidos, según todos los indicios, de manera ilícita.

“La mayor fuga de la historia del dataperiodismo acaba de ver la luz, y concierne a la corrupción”, comentó en Twitter Edgard Snowden, principal artífice de las revelaciones sobre las actividades de los servicios secretos norteamericanos, en junio de 2013, en los periódicos The Guardian (Londres) y The Washington Post. Perseguido por la justicia norteamericana, acusado de traición, Snowden, reputado especialista tecnológico, que había trabajado como consultor para la CIA y la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), se encuentra refugiado en Rusia como protegido del presidente Putin.

Los documentos publicados o por publicar, sustraídos de los archivos de la firma Mossack-Fonseca, una de las más activas en la creación de empresas y cuentas opacas, conciernen a 215.000 registradas (sociedades pantalla) en paraísos fiscales (offshore) y afectan, según indican los periódicos implicados en la investigación, a 143 políticos de todo el mundo, sus familias y sus allegados, que utilizan esos instrumentos financieros para ocultar sus bienes de dudoso origen y eludir el pago de impuestos por sus vastas fortunas. También están involucrados los propietarios de algunas grandes fortunas, muchos financieros internacionales y numerosas estrellas del espectáculo, el fútbol y hasta la literatura.

Como los impuestos y las tasas constituyen el principal alimento del llamado Estado del bienestar que los gobiernos administran, Eldorado de la socialdemocracia asumido también por la derecha política en Europa, las revelaciones de los Papales de Panamá tendrán unas repercusiones geopolíticas que por el momento son impredecibles. Si la corrupción es un mal endémico, si la ciberdelincuencia es una hidra que alcanza niveles sin precedentes, los populistas de todos los colores tendrán nuevos datos y argumentos para sus inflamados discursos.

Los comentarios más simples e inciertos sobre esa cuestión vidriosa de los impuestos impagados sugieren que, si no existieran los paraísos fiscales y los Estados aplicaran todo su poder coercitivo contra los evasores –ciudadanos insolidarios y codiciosos–, probablemente habría más dinero para el gasto social y la redistribución que preconiza y ejecuta el Estado del bienestar. Los cálculos son tan variados como inciertos, pero en ningún caso superan los 200.000 millones de euros, es decir, el 1 % de los ingresos tributarios de todos los Estados del mundo.

No es menos cierto que algunos países, sobre todo, en Europa, se han convertido en “infiernos fiscales”, de los que huyen los opulentos, pero en los que la clase media trabaja y consume la mitad de su hacienda, confiscada por unos políticos extractivos y una burocracia pletórica e inquisitorial. Lo más hiriente para los ciudadanos honrados es que las discrepancias fiscales entre los países de una misma comunidad (Unión Europea) y la escapatoria de los países fiscales establecen un sistema en el que reinan la discriminación flagrante, la injusticia y en algunos casos una coerción fiscal claramente confiscatoria.

El procedimiento que ahora se denuncia es relativamente simple. El bufete panameño Mossack-Fonseca está especializado desde hace muchos años en la titulación de empresas bajo demanda, con residencia en paraísos fiscales o países con fiscalidad muy baja, como Irlanda, Liechtenstein, San Marino, Andorra y Luxemburgo, las cuales se utilizan para realizar operaciones mercantiles o financieras en todo el mundo. La soñada armonización fiscal en una Europa “cada día más unida” es una entelequia incluso dentro de la zona euro. Hasta ahora, las promesas reiteradas de los gobernantes y todos los proyectos para una mayor transparencia internacional acabaron en el basurero de la historia.

En 2014, la investigación conocida como LuxLeaks reveló que las multinacionales casi no pagaban impuestos en la Europa comunitaria gracias a sus filiales en el Gran Ducado de Luxemburgo, miembro fundador de la Unión Europa del que procede el actual y veterano presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker. Las ventajas fiscales explican en gran parte los progresos económico-financieros realizados por la República de Irlanda. La competencia fiscal es exacerbada, hasta el punto de que el Reino Unido se apresta a reducir al 17 % los impuestos que satisfacen los grandes consorcios, la tasa más baja entre todos los grandes países. El gobierno británico y la City londinense, a su vez, siguen protegiendo y haciendo pingües negocios en varias plazas offshore de la Corona británica, entre ellas las Islas Vírgenes y las islas Anglonormandas del canal de la Mancha, con la de Jersey a la cabeza.

Los paraísos fiscales son también el lugar privilegiado de los espías con fortuna. El famoso agente español Francisco Paesa Sánchez, que se lucró con un millón de libras esterlinas por delatar a la justicia española a Luis Roldán (1995), ex director general de la Guardia Civil huido de España, mantiene siete sociedades en las Islas Vírgenes, varios hoteles y casinos y un campo de golf en Marruecos. También figura como cliente del bufete Mossack Fonseca el jeque Kamal Adam, jefe de los servicios secretos saudíes, considerado por una comisión del Senado norteamericano como “el principal interlocutor de la CIA en todo el Oriente Próximo de 1960 a 1979”. Otro espía que aparece como cliente de bufete panameño y con sociedades en las Islas Vírgenes es Ferhad Azima, norteamericano de origen iraní, vinculado con la CIA, que llegó a tomar café con Bill Clinton en la Casa Blanca.

En muchos casos, esas empresas de pantalla o de papel realizan negocios perfectamente legales, de manera que la mayoría de los comportamientos descritos por los Papeles de Panamá no caen dentro del código penal, sino simplemente del reproche moral o la execración política. Las grandes gestoras norteamericanas de fondos de inversión, que gestionan miles de millones de euros, están asentadas en Luxemburgo, desde donde venden sus productos en toda Europa, mediante simples anotaciones en cuenta, directamente o a través de los bancos. Cualquier ciudadano europeo, españoles incluidos, puede comprar sin moverse de su domicilio las participaciones en esos fondos de inversión y correr todos los riesgos que comportan ese tipo de inversiones.

Un portavoz del bufete panameño declaró que estaban dispuestos a colaborar con la justicia de su país y que “el único delito se ha cometido contra nosotros” por la intromisión indebida en sus archivos. Las actuales normas internacionales –el pago de los impuestos en el lugar en que se obtienen los beneficios— son escandalosamente insuficientes para evitar el fraude fiscal y el blanqueo del dinero ilícito.

El arcano de la fuente anónima

El origen de la filtración de esos millones de documentos, sustraídos del bufete panameño, permanece en la más absoluta y sospechosa oscuridad. Lo poco que se sabe es que una fuente anónima entró en contacto con el diario alemán Süddeutsche Zeitung, editado en Múnich, al que ofreció la primicia. Ante la ingente tarea por descifrar y organizar, el rotativo muniqués recurrió al Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ en su sigla inglesa), con sede en Washington, para que coordinara el estudio y publicación con otros medios de orientación ideológica similar (socialdemócrata) en todo el mundo, entre ellos, el francés Le Monde, el británico The Guardian, el italiano Espresso, el israelí Haaretz, el japonés Asahi Shimbun y el argentino La Nación. En España los publican El Confidencial, periódico en internet, y la cadena de televisión La Sexta, del Grupo Planeta.

No sabemos tampoco cuál es la razón de que aparezcan en las publicaciones citadas y no otras, ni el criterio o las condiciones y los procedimientos que guiaron al Süddeutsche Zeitung o al Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ), una organización no gubernamental norteamericana, subsidiaria del Center for Public Integrity, con sede en Washington, que propone, dirige y subvenciona proyectos de investigación merced a las contribuciones supuestamente filantrópicas de las grandes corporaciones, entre ellas, la Open Society Foundation del multimillonario George Soros. La Organized Crime and Corruption Reporting Project (OCCRP), que se apresuró a publicar los datos robados del bufete panameño, recibe financiación directa del gobierno norteamericano. Como indica su nombre, el objetivo en principio irreprochable de esas organizaciones norteamericanas, clubes de reflexión o grupos de presión, es la moralización de la vida pública en todo el mundo. Quizá una mejora del funcionamiento del sistema capitalista, en ningún caso su destrucción.

Según el periódico de Múnich, la fuente anónima que suministró los documentos no reclamó ninguna compensación financiera, ni solicitó nada a cambio, pero sí exigió medidas de protección y seguridad para permanecer a cubierto de la curiosidad general o la inquina de los afectados. Resulta muy difícil admitir que la garganta profunda actuó de manera altruista, no se sabe si para castigar a los corruptos sin correr ningún riesgo –precaución comprensible— o con el objetivo de contribuir a la regeneración del sistema o provocar unas determinadas consecuencias geopolíticas. Porque los documentos arrojan sombras de duda o sospechas fundadas no sólo sobre la conducta de las personalidades citadas, sino igualmente sobre la responsabilidad de los gobernantes, la inmoralidad intrínseca de los instrumentos del capitalismo transnacional y el funcionamiento del sistema financiero globalizado.

La hazaña periodística suscita innumerables recelos y alimenta las suspicacias sobre el origen y organización de esa montaña mágica de informaciones. Muchos analistas se preguntan cómo una solitaria fuente anónima fue capaz de sustraer en Panamá y enviar al periódico de Múnich desde finales de 2014 tan ingente cantidad de materiales sensibles y cómo es posible que casi 400 periodistas trabajaran en secreto durante más de un año en un esfuerzo coordinado desde Washington, sin una sola indiscreción sobre la gran fuga. Según el periódico alemán, la fuente anónima aseguró que su vida corría peligro, sólo accedió a comunicarse a través de unos canales encriptados (transcritos en clave) y rechazó cualquier contacto personal. Cuando tuvo en su poder una parte de los documentos, el Süddeutsche Zeitung contactó con el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación. No hay más detalles.

El proyecto de investigación de los Papeles de Panamá, promovido y organizado por el Consorcio Internacional de Periodista de Investigación, en conexión con los precedentes protagonizados por Assange o Snowden, sugiere que estamos simplemente en los albores de una nueva forma de periodismo tecnológico y global del que no se sabe si su afán de denuncia, su ambición ética o sus habilidades técnicas están siendo explotados por otros poderes fácticos, grupos de presión no controlados democráticamente y organizaciones burocráticas que nos aproximan silenciosamente a las distopías de un mundo ominosamente feliz, mediocre, tecnificado y manipulable, imaginadas, entre otros, por el ruso Evgueni Zamiatin y los anglosajones George Orwell, Aldous Huxley y Ray Bradbury.

¿Adónde nos conduce esta nueva forma de periodismo que mezcla la información con la investigación y la denuncia, el respeto de la legalidad con su radical y sistemática vulneración a través de los llamados hackers o piratas informáticos, las demandas éticas con la actuación sibilina de los poderes en la sombra? Un redactor del New York Times, Jim Rutenberg, ha inventado un neologismo para describir el fenómeno: la wikileaks-ization del periodismo, el periodismo de las fugas cibernéticas, el ciberperiodismo o cualquier otro término que se imponga entre los hispanohablantes y escribientes, probablemente derivado del inglés. Entramos con estrépito en la era de las megaleaks, de las fugas gigantescas. Un nuevo periodismo que oscila entre “el triunfo cósmico de la transparencia”, que celebran unos, y “el estado de anarquía informativa”, que deploran otros.

Se atribuye al inglés Edmund Burke (Reflexiones sobre la Revolución en Francia, redactadas en 1790) la idea de la prensa como el cuarto poder, la cámara o el tribunal de papel, pero la ilusión, la metáfora o la hipérbole de unos periódicos como expresión independiente del interés general fue de escasa duración, rápidamente degradados en su función parcial y necesaria en el complejo entramado de los poderes que confluyen en el proceso democrático. La libertad de prensa siempre estuvo estrechamente relacionada con la libertad para crear empresas y la evolución de los medios técnicos, hasta el punto de que los agentes empresariales pasaron a controlar la difusión de la información. Lo mismo puede ocurrir con ese quinto poder que se vislumbra en el horizonte geopolítico y se cuela en las pantallas de nuestros ordenadores.

Las sospechas que apuntan a Washington

 Nada sabemos sobre cuál será el itinerario de la libertad de prensa en la era del ciberespacio, pero parece cierto que la revolución tecnológica aplicada a la investigación periodística está creando una novedosa situación y nuevos poderes fácticos. El derecho de la red, del espacio público creado por internet, llega acompañado por nuevas formas de control y censura. En cualquier caso, nos encontramos en un mar de conjeturas y ante una realidad ambivalente: el triunfo definitivo de la libertad de información, pero que desemboca paradójicamente en la divulgación masiva de datos obtenidos de manera ilegal y que pudieran afectar al honor o la intimidad de las personas. El temor, por tanto, de que la tecnología esté propiciando nuevos poderes y nuevas servidumbres. El bufete Mossack-Fonseca aseguró que sus archivos habían sido forzados por los piratas informáticos. Tampoco hay más detalles sobre la temible empresa de piratería.

Sorprendentemente, la organización Wikileaks, especializada y pionera de las fugas cibernéticas, saltó a la palestra para asegurar a través de Twitter que la revelación de los Papeles de Panamá era parcial y estaba siendo instrumentalizada con fines geopolíticos. Algunos medios franceses se han preguntado por los motivos de que se encuentren muy pocos estadounidenses implicados en los Papeles de Panamá, a pesar de que Estados Unidos cuenta con el mayor número de millonarios del mundo, concentrados en Wall Street. Una vez más, las sospechas, las insinuaciones y las teorías conspirativas se proyectan sobre los servicios secretos norteamericanos.

Tras aludir a algunos de los más conocidos paraísos fiscales (las Islas Vírgenes, las islas Anglonormandas, la isla de Man, las Antillas holandesas), muchas de ellas de soberanía británica, Idriss Aberkane escribió en el semanario parisiense Le Point: “”Si el dinero es el nervio de la guerra, la geopolítica del dinero es la más evidente, y seguir el dinero equivale a seguir las guerras en curso. En esa geopolítica de los capitales, en esa guerra mundial que libran los paraísos fiscales para captar el máximo de dinero a buen precio –de todos los capitales, el menos caro es el dinero que hay que blanquear–, no es ciertamente el sistema el que acaba de sucumbir.”

En cuanto al elenco de personas que aparecen señaladas en los Papeles de Panamá, líderes políticos, hombres de negocios, banqueros y celebridades del showbusiness, no cabe duda de que se trata de una selección parcial, peyorativa, discriminatoria, cuya intención es difícil de discernir y calibrar. Muchos personajes son secundarios, empezando por el dimitido primer ministro de Islandia, pero los disparos de más calibre van dirigidos contra los líderes de Ucrania, Argentina, Pakistán, Arabia Saudí y Qatar, países que están inmersos en la tormenta, y con especial inquina contra el Kremlin y la Ciudad Prohibida, contra los allegados del presidente Putin y los colaboradores de nada menos que ocho miembro del comité permanente del politburó del Partido Comunista de China (PCCh), los controladores de la segunda economía del mundo. Muy en consonancia con los intereses declarados de la Casa Blanca.

Un caso más de la Putinofobia reinante en Occidente, según la expresión utilizada por el portavoz de Moscú, en el marco de una aparatosa y arriesgada conspiración para generar una mayor inestabilidad en un mundo convulso. El castigo infligido al primer ministro británico, David Cameron, se relaciona en los mentideros londinenses con la cuestión del Brexit, la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea si los euroescépticos se llevan el gato al agua en el referéndum del 23 de junio próximo. Conviene subrayar, no obstante, que Gran Bretaña mantiene en funcionamiento el mayor número de paraísos fiscales sin que se altere aparentemente la buena conciencia de su clase política y de sus ciudadanos.

El quinto poder del periodismo de investigación, los asaltos cibernéticos y las fuentes anónimas y, por ende, problemáticas o sospechosas, camina con paso enérgico en un momento histórico de fuerte hostilidad intelectual contra el capitalismo, de corrupción desenfrenada y denuncias inacabables sobre el creciente abismo entre ricos y pobres. Alimento y artillería dialéctica para todos los populismos que se manifiestan por doquier, que abominan de la ciberdelincuencia, dispuestos a reventar el sistema institucional e internacional en el que medran. La revista norteamericana Time llega a la conclusión, sin duda alarmista, de que “los Papeles de Panamá pueden conducir a una gran crisis del capitalismo”.

La preocupación de Time se explica por el discurso abiertamente populista de dos de los candidatos presidenciales en liza, el republicano Ronald Trump y el demócrata Bernie Sanders, cuyos relatos de campaña están centrados en la idea de que “nuestro sistema de capitalismo global trabaja principalmente para sólo el 1 % de la población”, como parece desprenderse de las revelaciones de los Papeles de Panamá. Una protesta que pueda arrastrar o seducir al 99 % de la población deviene incandescente, un terremoto político devastador. La globalización supone la libre circulación de personas, mercancías y capitales, pero sólo una ínfima minoría puede beneficiarse de esa histórica libertad de movimientos que tanto Trump como Sanders, por motivos aparentemente opuestos, pretenden restringir.

 

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