Posteado por: M | 19 abril 2016

La derrota de la presidenta en un Brasil desgarrado

El país está desgarrado, propenso a la cólera y en la calle. En la plaza de los Tres Poderes, centro de la concepción simbólica del arquitecto Oscar Niemeyer, metonimia del sistema político en el centro de Brasília, fue necesario levantar un muro metálico para separar a los manifestantes y evitar males mayores. Porque, con fuerte división de opiniones, está en marcha el juicio político contra la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, y en su primera instancia, en la Cámara de Diputados (513 escaños), el domingo 17 de abril, luego de tres días de apasionados debates, el resultado fue abrumadoramente favorable para la destitución (impeachment): 367 votos contra 137 y 7 abstenciones, muy por encima de los 2/3 exigidos. Si el Senado acepta el caso por mayoría simple, a principios de mayo, Rousseff será apartada del poder durante 180 días mientras se sustancia el juicio.

Varios especialistas de derecho constitucional expresan en la prensa brasileña graves reparos sobre el procedimiento contra la presidenta, cuya popularidad es la más baja de la historia, pero que fue elegida democráticamente en 2014 por el 54 % de los votantes. Nadie pone en entredicho la honradez personal de Rousseff, pero no cabe ninguna duda de que está en el centro del huracán, de la profunda y doble crisis política y económica que sufre el país. Las acusaciones de los que propugnan la destitución son estrictamente financieras pero de honda trascendencia política: la presidenta vulneró la ley de estabilidad presupuestaria y utilizó los fondos de los bancos nacionales para incrementar las subvenciones y las dádivas sociales en favor de su clientela, en plena campaña electoral para la reelección.

La presidenta no está acusada de corrupción, pero sí lo están paradójicamente casi la mitad de los diputados que incoaron con sus votos el proceso de destitución, hasta el punto de que un columnista del diario Folha de Sâo Paulo, Mario Sergio Conti, declaró al New York Times: “Ella [Dilma Rousseff] no robó, pero está siendo juzgada por una cuadrilla de ladrones.” El presidente de la Cámara de Diputados, cámara baja del Congreso federal, Eduardo Cunha, un fogoso predicador evangelista, está acusado ante el Tribunal Supremo Federal de haber recibido sobornos por unos 40 millones de dólares.

El descenso de Rousseff a los infiernos en menos de dos años se presenta como un castigo merecido por sus irrefrenables pulsiones populistas. En apuros electorales en 2014, ante una muy arriesgada campaña electoral, la ex guerrillera Dilma no vaciló en utilizar el dinero de los bancos públicos (unos 15.000 millones de dólares) para ocultar un catastrófico déficit presupuestario, halagar demagógicamente a sus clientes, mediante las llamadas “transferencias sociales”, y garantizarse la reelección, mientras proseguía la ruina de la clase media y el país se dirigía hacia la recesión. Y lo hizo a sabiendas de que estaba vulnerando la Ley de Responsabilidad Fiscal, como confirmó en 2015 el Tribunal de Cuentas.

Luiz Inácio Lula da Silva fue internacionalmente aclamado por ser un sindicalista y respetar escrupulosamente los consensos del sistema liberal capitalista, también por implantar unas ayuda sociales que liberaron de la miseria a muchos millones de brasileños; pero hoy se le reprocha que no llevara a cabo las reformas estructurales que el país necesita para afianza como locomotora del subcontinente, empezando por las instituciones económicas (Banco Central, Tesoro y leyes fiscales) y siguiendo por las estructuras que deberían corregir los efectos de una endiablada geografía, las profundas e históricas discrepancias entre un nordeste empobrecido y subvencionado y la próspera región del Río de la Plata, un sur productivo y dinámico. Cuando concluyó la espectacular bonanza de las exportaciones de materias primas, al moderarse la demanda de las economías emergentes, se confirmó que Brasil era un gigante con los pies de barro. El crecimiento cayó estrepitosamente en 2009, y desde entonces se espera una recuperación que no llega. La recesión en 2015 alcanzó el 3,8 % del producto interior bruto (PIB).

A pesar de su formación como economista, una vez instalada en el palacio de Planalto en Brasilia, Rousseff se alejó de la razón para ahondar en el populismo, en el pan para hoy y hambre para mañana. Hasta que el escándalo multimillonario de la empresa Petrobras, verdadera joya del Estado, confirmó que el sistema político estaba corrompido hasta los tuétanos. El procedimiento era bastante simple y afectaba al conjunto de la clase política: las empresas constructoras inflaban los presupuestos para las obras por cuenta de Petrobras y el exceso de lucro se empleaba en la compra de los políticos y de los ejecutivos implicados en el gigantesco fraude. Según Transparencia Brasil, una ONG que vigila la corrupción, el 60 % de los 594 miembros del Congreso (Cámara de Diputados y Senado), se enfrenta a denuncias por soborno, fraude electoral, deforestación ilegal, secuestro y homicidio.

La presidenta no está directamente implicada en el escándalo del lava jato (lavacoches), pero fue la máxima ejecutiva de Petrobras de 2003 a 2010, durante los dos mandatos de Lula, una situación de la que se deriva una obvia responsabilidad política. La mayor empresa estatal estaba especializada no sólo en la explotación de los yacimientos petrolíferos, sino igualmente en el soborno de políticos de todos los niveles. La cuantía del escándalo se cifra en más de 5.000 millones de dólares. Una vez más, los elevados costes de la inversión limitan las oportunidades económicas de todos los ciudadanos y perpetúan las tendencias oligárquicas, de populismo e inflación recurrente, que, como en otros países suramericanos, se perpetúan dos siglos después del fin de la época colonial.

La corrupción es una hidra que los gobiernos de Lula y Rousseff, en vez de cortarle la cabeza, alimentaron y engordaron con descaro, desidia e incompetencia, debido en gran parte a su desenvoltura con el presupuesto y a las sospechosas relaciones del Ejecutivo con el Banco Central. Mientras sopló favorablemente el viento de las economías emergentes, la política populista de ambos líderes, más distribuidora de subsidios que reformista, mantuvo el espejismo de la marcha hacia el progreso. Como  en tantos otros países, el mito de progreso irreversible no resistió los embates de unos vicios antiguos y una coyuntura desfavorable.

El país está profundamente dividido entre los partidarios de la presidenta, aglutinados en el Partido de los Trabajadores (PT), que se desgañitan contra los “golpistas” del Congreso, y sus numerosos adversarios, con frecuencia una coalición disparatada, que denuncian alternativamente la corrupción y la incuria del poder encarnado por la jefa del Estado. Tras comprobar su soledad parlamentaria, Rousseff se mostró tan combativa como siempre y reiteró que no se plegará ante “el golpe de Estado en marcha”, que mantendrá su combate hasta el final, pese a las voces dentro de su partido que le exigen la convocatoria anticipada de elecciones.

Después de su apabullante derrota en la Cámara de los Diputados, los pronósticos sobre la suerte de la presidenta son harto sombríos. Parece seguro que el Senado (81 senadores), decidiendo por mayoría simple (41 senadores), acordará la apertura del juicio de destitución, a principios de mayo. A partir de ese momento, la presidenta quedará apartada provisionalmente del poder hasta que concluya el juicio con una nueva votación. La condena infamante requerirá una mayoría de 2/3. En cualquier caso, el ciclo político inaugurado por la elección de Lula como presidente en 2003, continuado por Rousseff, parece irremisiblemente agotado.

El vicepresidente Michel Temer, un centrista taciturno y maniobrero que asumirá la presidencia en caso de que prospere la destitución presidencial, también se mantuvo en sus trece al frente del Partido del Movimiento Democrático (PMDB) que hasta 2015 fue el aliado del PT de Lula y Rousseff, pero que ahora se ha convertido en su recalcitrante fiscal. Temer no es ninguna novedad, sino mucho más de lo mismo. Pero el PT tampoco ofrece nada nuevo, sino una repetición de la candidatura de un Lula envejecido y enfermo para recuperar el poder y la dignidad. Pocas esperanzas de que el país del futuro por antonomasia emprenda el camino de las reformas y la pacificación entre las diversas facciones que están instaladas en el resentimiento.

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Responses

  1. Arriba Madridejos, da gusto leerlo cuando se esta de acuerdo con lo que dice.


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