Posteado por: M | 26 abril 2016

Alegatos de Obama contra el Brexit y en pro del librecambio

Barack Obama irrumpió enérgicamente en el agitado escenario de la política británica para lanzar un alegato en contra del Brexit, de la eventual salida del Reino Unido de la Unión Europea (UE). En hora temprana, con un artículo periodístico en el respetable, euroescéptico y tory Daily Telegraph (22 de abril), que escandalizó a los jingoistas (nacionalistas exaltados); luego, con unas declaraciones contundentes durante una conferencia de prensa en el 10 de Downing Street, la residencia del primer ministro, David Cameron. Fue como un insólito ventarrón en la carpa de las antigüedades imperiales, una advertencia apremiante de que la “relación especial” entre Londres y Washington es un mero recuerdo arqueológico y de que, por ende, tras el referéndum y la fuga europea, los británicos tendrían que “ponerse a la cola” si desean un tratado de libre comercio con EE UU. En resumen, que fuera de la UE no existe la salvación.

Por supuesto, Obama habló en nombre de los intereses nacionales norteamericanos, pero también de la amistad y el futuro, para subrayar que “el resultado de ese referéndum es un asunto de profundo interés para Estados Unidos porque igualmente afecta a nuestros intereses”, según confesó en la conferencia de prensa. En el artículo del Telegraph empleó un tono cordial y casi familiar: “Como amigo vuestro permitidme que os diga que la UE hace más grande a Gran Bretaña”, que la pertenencia al club de Bruselas no limita ni menoscaba la influencia británica, sino que “la magnifica” o fortalece. También invocó el pragmatismo y los intereses mutuos para pedir el voto por la permanencia en la UE en el referéndum del próximo 23 de junio.

Al día siguiente, en un encuentro con unos 500 jóvenes británicos, aunque cuidadosamente seleccionados, Obama se sintió cómodo, como si volviera a la juventud, y pronunció unas palabras que merecen ser recogidas en extenso: “Oímos llamamientos en pro del aislacionismo y la xenofobia. Vemos también a los que desearían retroceder en los derechos del pueblo (…), a los que reaccionan mal ante los vientos del cambio y la incertidumbre. Pero cuando hablo a los jóvenes, les imploro para que rechacen esas apelaciones reaccionarias.” Unos llamamientos xenófobos que no sólo se oyen en Europa, sino también en EE UU.

Los euroescépticos y los antieuropeos, aliados y revueltos en la campaña del Leave Europe (abandonar o salir de Europa) encajaron muy mal el golpe que les propinó Obama y denunciaron la injerencia impertinente en un asunto que consideran, obviamente por error contumaz, como una cuestión interna. El jefe de la Casa Blanca fue apostrofado por su “hipocresía” y su “intromisión”, descrito como “el presidente más antibritánico” de la historia, y tuvo que soportar algunos comentarios impropios, como los del alcalde de Londres, el excéntrico Boris Johnson, que atribuyó las opiniones de Obama al supuesto rencor anticolonialista de “sus antepasados en parte kenianos”. Si toda la pólvora eurofóbica se gasta en salvas de esa bajeza moral, los partidarios del abandono de Europa aparecerán ante la opinión pública como una cuadrilla de furibundos reaccionarios y nostálgicos racistas.

La verdad es que no sabemos cuál será la influencia de Obama sobre los electores británicos, ni cuantos de éstos se sentirán irritados u ofendidos por la injerencia de aquél. Ni si podrá contrarrestar con sus consejos interesados y no solicitados la eurofobia demagógica de los periódicos tabloides, o del imperio catódico de Rupert Murdoch. Las casas de apuestas que escudriñan los sentimientos y el bolsillo de los eventuales votantes aseguran que los partidarios de la ruptura con el continente no llegan en estos momentos al 40 %. Pero siempre he sostenido que los referendos los carga el diablo y que el primer ministro británico es un bocazas y genuino aprendiz de brujo, un deplorable especialista del recurso populista y plebiscitario para endilgar a los electores la resolución de problemas enrevesados que afectan al Partido Conservador y que deberían ser abordados con más razón y menos pasión en la Cámara de los Comunes, titular de la soberanía.

Ya ocurrió con el referéndum sobre la independencia de Escocia, otra iniciativa de Cameron en apuros, en el que igualmente los partidarios de la permanencia en el Reino Unido comenzaron la campaña con una considerable ventaja que se fue reduciendo paulatinamente. Al final, el gobierno y la oposición laborista tuvieron que poner toda la carne en el asador para contrarrestar el avance de los nacionalistas en los últimos días. Los adversarios de la independencia triunfaron con el 53,30 % de los votos, el 18 de septiembre de 2014. En el debate sobre el Brexit, los electores de Escocia se han convertido en un baluarte del europeísmo.

Del Pacífico a Europa

Hasta ahora, los presidentes norteamericanos no habían mostrado un gran entusiasmo por la empresa de la integración europea, concebida desde sus orígenes, en el paroxismo de la guerra fría, como una doble garantía contra el pasado alemán (las agresiones y la guerra de Hitler) y el presente soviético, es decir, el expansionismo militar de Stalin que esclavizó a toda la Europa oriental, congelado por Nikita Jruschov y Leonid Brezhnev con 22 años de diferencia, mediante las invasiones de Hungría (1956) y Checoslovaquia (1968), en nombre de la soberanía limitada. Durante la guerra fría y luego la coexistencia pacífica, la concepción europea de Washington gravitaba sobre un esquema maniqueo que exigía la fidelidad diplomática y la cooperación militar en el seno de la OTAN, bajo el paraguas nuclear norteamericano.

¿Por qué el cambio experimentado con Obama que se venía gestando desde la presidencia de Bush (padre)? La caída del muro de Berlín (1989) alteró definitivamente el paradigma de la confrontación de los bloques que había estado vigente en Europa desde el estallido de la guerra fría que podemos fechar en 1947 con el bloqueo de Berlín occidental, el Plan Marshall y la instalación de las dos Alemanias. El derrumbe de los regímenes comunistas, la reunificación alemana y la desintegración de la URSS forzaron una revisión acelerada e improvisada de los cimientos de la Europa comunitaria. El edificio fue remozado por completo mediante el tratado de Maastricht (1992), un impulso del que surgieron tanto la Unión Europea, expresión transaccional de las ambiciones de los Estados, como la Unión Económica y Monetaria (UEM) que sentó las bases del euro como moneda fiduciaria.

Durante los siete años que lleva en la presidencia, Obama dedicó gran parte de sus esfuerzos a trasladar el eje de la política exterior hacia la cuenca del Pacífico, con el objetivo implícito de frenar o contener el ascenso de China, mas ahora, cuando ya es un pato cojo que tiene los meses contados, vuelve a fijar su preocupación en Europa, un continente asediado por problemas de gran calado y problemática solución: tensiones centrífugas y controversias en las instituciones de la UE, discrepancias entre el norte y el sur, intensas amenazas terroristas, morosidad económica, endémico desempleo juvenil, crisis de los refugiados, sanciones contra Rusia por la guerra larvada de Ucrania. Un panorama poco propicio para nuevos avances en la libertad de comercio.

El apremiante interés de Obama está estrechamente relacionado con el proyecto de tratado de libre comercio entre EEUU y la UE, ambiciosa concepción de una gran comunidad transatlántica para responder a los desafíos de la globalización y, por ende, de los impetuosos avances de China hacia el oeste. Ante los estudiantes británicos, en su segunda jornada londinense, el presidente norteamericano aseguró que el tratado que se negocia entre Washington y Bruselas (Transatlantic Trade and Investment Partnership, TTIP o Tafta) no debe perjudicar los intereses de los sindicatos, de los trabajadores y del medio ambiente. Muchos europeos piensan, por el contrario, que favorecerá a las grandes corporaciones norteamericanas y dará una nueva dentellada a las ofertas de trabajo. Si hemos de creer a sus patrocinadores, el TTIP aportará nada menos que 100.000 millones de dólares a las economías de EE UU y la UE.

La rectificación de Obama y su súbito interés por los asuntos europeos llega con retraso, tal vez porque los cambios estratégicos se abren paso con bastante lentitud por más que la crisis resulte apremiante. Strobe Talbott, que fue subsecretario de Estado con Bill Clinton (1994-2001), y que preside la influyente Brookings Institution, acaba de publicar un resonante artículo en el New York Times en el que asegura que “el Brexit es una amenaza para la relación especial” entre EE UU y Gran Bretaña. Un artículo oportuno y una sirena de alarma para acompañar al presidente en su periplo europeo y contribuir al viraje diplomático en gestación, aunque para ello tenga que resucitar una relación especial que creíamos definitivamente enterrada y obviar cualquier referencia a los desencuentros notorios de la guerra de Siria o el desastre de Libia.

Frustración a ambas orillas del Atlántico

Ocurre, sin embargo, que las relaciones de la Unión Europea con Obama no han podido superar la carencia de conexiones emocionales o culturales y componen el relato de una decepción general y recíproca. El primer presidente negro desembarca con mucho retraso en las playas europeas. La prueba más evidente de la frustración a ambas orillas del Atlántico, que resalta con melancolía la prensa socialdemócrata europea, es precisamente el proyectado tratado transatlántico de libre comercio cuya negociación inicial se remonta a 2013, pero que ha sido precedido significativamente por otro del mismo tenor firmado por EE UU con los países asiáticos.

Entre los males que afligen a la integración europea, Strobe Talbott pone el énfasis en la amenaza populista, en las fuerzas centrífugas que proliferan en muchos de los 28 países miembros: el Frente Nacional en Francia, los partidos populistas en los Países Bajos, Dinamarca, Austria, el euroescepticismo que prevalece en el bloque oriental, en el Grupo de Visegrado (República Checa, Hungría, Polonia, Eslovaquia), que rechaza las cuotas migratorias. Pero el influyente diplomático olvida o desdeña las tensiones populistas e imperiales que se manifiestan ruidosamente en la campaña electoral norteamericana, como un eco de la tradición proteccionista del Partido Demócrata y de las prédicas antiglobalizadoras y xenófobas de los candidatos Donald Trump y Bernie Sanders.

Las presiones norteamericanas a favor del tratado transatlántico de libre comercio suscitan una considerable resistencia en varios países de Europa, principalmente en Francia y Alemania. Coincidiendo con la visita de Obama a Hannover, el ministro alemán de Economía, el socialdemócrata Sigmar Gabriel, dejó bien sentado que su gobierno de gran coalición rechaza el proyecto actualmente en discusión, que resumió en la divisa “Comprad americano”. La cancillera Angela Merkel apoyó a Obama en su alegato sobre el TTIP, pero las calles de Hannover se llenaron de manifestantes que denunciaban la “conspiración” de las grandes corporaciones de Wall Street.

Ante un Cameron embarcado en la difícil travesía del referéndum sobre el Brexit y un Hollande poco inclinado a las efusiones atlánticas, por tradición y por convicción, las deferencias, los gestos amistosos y las alabanzas que Obama dedicó a “mi amiga Angela” sugieren que ésta se observa desde Washington como el principal punto de apoyo en el Viejo Continente. El presidente, al abordar el asunto de los refugiados, aseguró que “Merkel se encuentra en el lado bueno de la historia”, quizá sin calibrar con precisión el desgaste sufrido por el acervo político de la cancillera. Todas las encuestas aseguran que la política de puertas abiertas con los refugiados ha rebajado la popularidad de Merkel a sus niveles más bajos.

El presidente francés, conocedor de que el proyecto es muy impopular en su país, se negó a que el asunto del tratado comercial fuera abordado en la “reunión no oficial” que los principales líderes europeos celebraron en Hannover con Obama. Sin concesiones importantes por parte de Washington, que tropezarían con la oposición del Congreso, el tratado no podrá concluirse ni mucho menos ratificarse antes de que Obama abandone la Casa Blanca (20 de enero de 2017). Los europeos saben perfectamente que no pueden esperar gran cosa de un líder en su ocaso y sin capacidad de iniciativa frente a un Congreso ferozmente hostil.

Obama se despidió de Europa –su representación de Hannover se pareció mucho a una despedida— sin la elocuencia y las ambiciones de que hizo gala en el famoso discurso que pronunció en Berlín en 2008, cuando era candidato a la presidencia, cuando la obamanía circulaba impetuosa por todo el continente. Las esperanzas, las ambiciones y los proyectos han dado paso a los reproches, los apremios económicos y el anuncio de los peligros ciertos de una Europa desunida y unos EE UU sin el vigor económico y la clarividencia estratégica de otras épocas. La nueva era en el Oriente Próximo devino pronto una pesadilla, los europeos mantienen su reluctancia a gastar más en defensa, con grave quebranto de la credibilidad de la OTAN, y el populismo cabalga a lomos de la morosidad económica y el éxodo de los refugiados.

Las lecciones de Obama tendrán escasa influencia en el futuro de Europa, un continente que parece haber perdido el norte ante “las fuerzas peligrosas que amenazan con hacer retroceder al mundo”. Pero no es mejor ni más optimista el temple de EE UU, cuyas masas se muestran fácilmente coléricas en los actos de la campaña electoral y expresan su furia contra Wall Street, los musulmanes, la globalización, los impuestos, los emigrantes e incluso el sistema político. “Y sin el liderazgo estadounidense no habrá respuesta para los desafíos, de manera que éstos se convertirán en problemas o, lo que es peor, en crisis”, como advierte el influyente Richard N. Haass.

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