Posteado por: M | 3 mayo 2016

Los kurdos en las guerras de Siria e Iraq

De ser los integrantes de una minoría discriminada y violentamente reprimida, desparramada por cinco Estados, los kurdos se han convertido en unos actores relevantes en las guerras de Siria e Iraq, hasta el punto de que sus milicias cuentan con el apoyo de Estados Unidos y Rusia en la campaña internacional para erradicar el autoproclamado Estado Islámico. Aunque gobiernan en el Kurdistán iraquí y han constituido una región autónoma en territorio sirio, en la frontera con Turquía, las milicias kurdas no han sido admitidas en las conversaciones de paz de Ginebra y su futuro se presenta problemático. El reconocimiento internacional de cualquier entidad política kurda, pendiente desde 1923, tropieza con obstáculos formidables y con la férrea hostilidad tanto de Turquía como de los Estados árabes.

Los aproximadamente 35 millones de kurdos, integrantes de uno de los pueblos (etnias) indígenas de Mesopotamia, están repartidos entre cinco Estados: Turquía, Irán, Iraq, Siria y Armenia, en un territorio montañoso conocido como Kurdistán, y nunca tuvieron un Estado propio. Están unidos por la cultura, un relato histórico mitificado y un arraigado espíritu comunitario, pero la ausencia de sólidas estructuras políticas determinó la dispersión, la diáspora e incluso la fragmentación lingüística, de manera que los diversos dialectos kurdos, de origen indoeuropeo, no han confluido en una koiné o lengua común que asegure la comunicación. Su combate por la independencia política está escoltado por la violencia, la represión y las luchas fratricidas.

Tampoco la religión aporte una cohesión decisiva. Los kurdos son mayoritariamente musulmanes suníes (80 %), pero los chiíes (15 %) son una minoría que está muy concentrada en el norte de Siria, lo que explica su lucha contra el Estado Islámico (Daesh) y su alianza o connivencia con los alauíes, otra esotérica minoría chií a la que pertenecen el presidente Bachard Asad y su familia, además de algunos altos mandos del ejército sirio. Otra exigua minoría practica el yazidismo, una religión preislámica emparentada con el zoroastrismo cuyos adeptos fueron diezmados por la conversión forzosa al islam. Los musulmanes más integristas sospechan que los yazidíes rinden culto al demonio.

Las aspiraciones políticas de los kurdos, la constitución de un Estado propio, están socavadas y aplazadas indefinidamente por la luchas tribales y las relaciones de amor-odio con los gobiernos de los países en que se asientan, de manera harto contradictoria. En contra de lo que pudiera dar a entender su combate de casi un siglo por un Kurdistán libre o Estado independiente –establecido por el tratado de Sèvres (1920) y revocado por el de Lausana (1923)–, la población kurda no forma un grupo homogéneo y cohesionado, ni siquiera cultural o religiosamente –el kurdo está degradado en varios dialectos o variantes–, y sus objetivos políticos varían en función de su situación en los cinco Estados en que se integran, de acusadas diferencias. Dentro de la comunidad kurda, el factor dominante hasta ahora fueron las luchas tribales y las cambiantes adhesiones político-estratégicas.

Los citados tratados sellaron la paz entre Turquía y las potencias aliadas después de la Primera Guerra Mundial, pero el de Sèvres, rechazado por Ataturk, sirvió de pretexto para una guerra greco-turca que obligó a revisar las amputaciones territoriales del Imperio otomano. El nonato Estado kurdo previsto debía extenderse por el este de Turquía y hasta el distrito de Mosul en el norte de Iraq. En la guerra contra Grecia, los turcos consiguieron un señalado triunfo militar en Asia Menor que se plasmó en el tratado de Lausana con la desaparición del Estado del Kurdistán, la frustración de los kurdos y un brutal intercambio de poblaciones: más de un millón de griegos tuvieron que abandonar Esmirna y la Tracia oriental, y unos 350.000 turcos fueron expulsados de Grecia. Italia se anexionó el Dodecaneso, Gran Bretaña se apoderó de Chipre y los estrechos del Bósforo y los Dardanelos fueron desmilitarizados.

Permaneció invariable, no obstante, el reparto de los restos del Imperio otomano de población árabe en las dos zonas de influencia colonial, británica y francesa, según lo estipulado en el acuerdo secreto de 1916 conocido por los apellidos de sus dos principales negociadores: Sykes-Picot, dos diplomáticos que representaban, respectivamente, a los gobiernos de Londres y París. El acuerdo franco-británico, publicado por los bolcheviques en 1918, tenía en cuenta las promesas que Thomas E. Lawrence hizo a los árabes para que se levantaran contra los turcos. Los Estados árabes que emergieron en el espacio otomano, descolonizados después de 1945 –Siria, Iraq, Líbano, Jordania, Yemen— tuvieron que constituirse con unas poblaciones muy heterogéneas, incluidos los kurdos, que explican la atormentada historia reciente, la frágil cohesión nacional, el despotismo y las guerras étnicas y religiosas.

Terrorismo, separatismo y represión en Turquía

En Turquía viven unos 14 millones de kurdos, el 15 % de la población y casi la mitad de todos los kurdos del Oriente Próximo. Los más religiosos y los campesinos acomodados de la región suroriental formaron parte del bloque conservador y religioso que viene apoyando al Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) del presidente Recep Tayyip Erdogan desde 2002. Los residentes en las grandes ciudades (Estambul, Ankara, Diyarbakir, Esmirna) propenden, por el contrario, a ser militantes o simpatizantes del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), fundado en 1978 por Abdulá Ocalan, de orientación comunista, con el objetivo expreso de intensificar la lucha armada para lograr la creación de un Estado kurdo desgajado de Turquía.

Como consecuencia de los atentados dentro y fuera de Turquía, el PKK fue calificado de terrorista por EE UU y la Unión Europea, y su líder, Abdulá Ocalan, condenado a cadena perpetua, encarcelado desde 1999, parece haber renegado del marxismo-leninismo y rebajado su irredentismo hasta el punto de propugnar la mera autonomía cultural de los kurdos dentro del Estado otomano. El gobierno turco y los insurgentes del PKK, tras arduas negociaciones directas que comenzaron en 2012, proclamaron una tregua en 2013 y vislumbraron un régimen autonómico para las regiones de mayoría kurda. Pero la moderación autonomista del PKK y los llamamientos a sus huestes para cejar en la lucha armada resultaron efímeros.

En julio de 2015, tras un atentado suicida atribuido al Estado Islámico, que causó la muerte de 33 activistas kurdos en la ciudad de Suruc, cerca de la frontera siria, los comandos del PKK comenzaron a disparar contra los soldados y los policías turcos, alegando la connivencia de Ankara con los terroristas del Daesh. El gobierno otomano replicó con “una guerra sincronizada contra el terror” que incluye la represión implacable en territorio turco y los bombardeos contra las posiciones del PKK en el norte de Siria e Iraq. Desde el verano de 2015, los atentados del PKK y los grupos afines se han recrudecido con centenares de muertos, incluyendo unos 200 civiles, mientras la represión militar en el sureste del país, donde habita gran parte de la población kurda, ha desplazado a más de 100.000 personas.

Ankara sospecha que los insurgentes kurdos están armados y respaldados por Rusia, el enemigo histórico del Imperio otomano, así como por los servicios de inteligencia de Damasco. Pero el hecho es que cuentan igualmente sobre el terreno sirio con el respaldo de algunos comandos de las fuerzas especiales de EE UU. En vez de combatir al EI, como le exigen EE UU y Europa, las prioridades de Erdogan son la caída de Asad y la lucha contra los insurgentes kurdos, los peshmergas o guerrilleros de las Unidades de Protección del Pueblo (YPG), brazo armado del Partido de la Unión Democrática (PYD), para impedir a toda costa la creación de un Kurdistán sirio limítrofe que ejercería una enorme atracción para los kurdos de Turquía.

Dentro de Turquía, la iniciativa política entre los kurdos pasó a manos del Partido Democrático de los Pueblos (HDP), un conglomerado izquierdista que recluta a sus clientes entre todas las minorías y los trabajadores industriales, sedicentemente liberal, que recusa la violencia y cuya incidencia electoral es muy variable. Entró por primera vez en la Gran Asamblea Nacional en las elecciones generales del 7 de junio de 2015, en las que obtuvo un éxito sin precedentes: el 13 % de los votos y 98 diputados. Pero al tener que repetirse las elecciones, el 1 de noviembre, retrocedió casi tres puntos, hasta el 10,7 % de los votos, un millón menos, perdiendo casi la mitad de sus diputados para quedarse con 59. Todo parece indicar que los campesinos conservadores, acomodados y piadosos de la minoría kurda, igualmente suníes, ante la incertidumbre política y el renovado castigo de la guerra, volvieron a votar al AKP.

El problema del terrorismo y el separatismo kurdos explica parcialmente la ambigüedad de Ankara en relación con el Daesh, que se manifiesta de muy diversas maneras, desde la acogida en los hospitales turcos de los rebeldes sirios heridos en combate al paso por su territorio de los combatientes extranjeros que se incorporan al EI o el Frente al Nusra, éste filial de Al Qaeda, procedentes de Europa, además de la implicación directa o indirecta de las aduanas turcas en el contrabando de petróleo y gas procedente del territorio controlado por los yihadistas en Siria e Iraq y colocado en el mercado negro.

Las milicias en la batalla de Kobane

Los kurdos de Siria son una minoría de aproximadamente el 7 % de la población (unos 2 millones antes del éxodo masivo provocado por la guerra), concentrada en Damasco, Alepo y en la frontera septentrional con Turquía, en la región autónoma del Kurdistán occidental o Rojava, de mayoría kurda, pero con minorías árabe y asiria. Durante la dictadura de los Asad (padre e hijo), dominante en Siria desde 1970, los kurdos sufrieron constantes exacciones y humillaciones, desde la confiscación de tierras en favor de los árabes a la represión brutal de cualquier movimiento autonomista, hasta que el ejército sirio se retiró de la región para concentrarse en su combate en otras provincias contra los rebeldes, obligado por la guerra civil que estalló en 2011 y se extendió por todo el país.

Las fuerzas políticas kurdas en el norte de Siria aprovecharon la extensión de la guerra para reunificarse en el Consejo Nacional del Kurdistán (CNK), que en enero de 2014 proclamó la autonomía de la región en los tres enclaves kurdos (Kobane, Afrin y Qamishli), al norte de Alepo, con el apoyo económico de la diáspora kurda en Alemania. La principal fuerza política es el Partido de la Unión Democrática (PYD) y su fuerza militar está integrada por las Unidades de Protección del Pueblo (YPG), los guerrilleros o peshmergas, que reciben el respaldo y el armamento de los comandos norteamericanos de las Fuerzas Especiales desplegados en la zona desde octubre de 2015.

El líder del PYD, Salih Muslim, reiteró, para consumo de sus protectores norteamericanos, que el objetivo de sus fuerzas no es la independencia del Kurdistán sirio, sino el reconocimiento de los derechos y la autonomía de la minoría kurda, y negó que fuera un aliado del régimen de Asad, como sostienen algunos de los grupos salafistas rebeldes patrocinados por Turquía, Arabia Saudí y Qatar.

Las milicias kurdas o peshmergas (YPG) del Partido de la Unión Democrática (PYD), que actúan en Siria con el apoyo de la aviación rusa y de los comandos especiales norteamericanos, liberaron la ciudad estratégica de Kobane, en la zona autónoma de Rojava (Kurdistán sirio), en la misma frontera con Turquía, tras unos combates épicos, en enero de 2015, y luego consiguieron significativos avances al norte de Alepo, conquistando la estratégica base aérea de Menagh, en conexión con las tropas del presidente Asad, hasta el punto de alterar por completo la relación de fuerzas en el conflicto. Kobane, sitiada por los milicianos del Daesh en septiembre de 2014, fue defendida encarnizadamente por los peshmergas del YPG, con apoyo de las fuerzas especiales estadounidenses, que finalmente pusieron en fuga a los sitiadores. La batalla de Kobane está considerada como la más sangrienta y estratégica derrota de los yihadistas del califato. Las milicias kurdas mantienen el control sobre una franja de territorio de unos 400 kilómetros a lo largo de la frontera turca.

A pesar de las protestas de Ankara, Washington considera las YPG, que cuentan con unos 40.000 milicianos, son su más efectivo aliado en el combate contra el Daesh en el norte de Siria y el principal componente de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), una organización militar multiétnica con voluntarios árabes, turcomanos, cristianos y asirios. Ankara sostiene, a su vez, que tanto el PYD como las YPG forman parte del mismo movimiento separatista que el PKK, cuyo objetivo final es la creación del Estado del Kurdistán que se extendería desde el Mediterráneo al golfo Pérsico. El problema es que las fuerzas de las YPG no se muestran tan efectivas en los combates fuera de las zonas de población kurda.

Dos clanes enemigos en el Kurdistán iraquí

Los kurdos de Iraq suman unos 4 millones, aproximadamente el 15 % de la población iraquí, pero están divididos en dos clanes violentamente enfrentados: el Partido Democrático del Kurdistán (PDK), actualmente en el poder regional, dirigido por Masud Barzani y su familia, y su antagonista, la Unión Patriótica del Kurdistán (UPK), históricamente más favorable al entendimiento con Bagdad, más democrática y menos tribal, dirigida por Yalal Talabani, que fue presidente de Iraq desde 2005 a 2014, cargo que ahora desempeña su correligionario Fuad Masum. Las milicias de ambas formaciones llegaron a enfrentarse en una cruenta guerra civil a mitad de los años 90 del pasado siglo, cuando el país estaba bajo la dictadura de Sadam Husein. En la guerra de Siria, Barzani y los suyos hacen causa común con Turquía, en contra de Asad.

La dictadura de Sadam Husein reprimió con inusitada violencia a los kurdos, sobre todo, después de que éstos supuestamente apoyaran a Irán en la guerra contra Iraq (1980-1988). La venganza del dictador fue terrible: un ataque con gas venenoso contra la ciudad de Halabja causó más de 5.000 muertos, el 19 de marzo de 1988. Cuando Sadam fue derrotado en la guerra del Golfo y obligado a abandonar Kuwait en 1991, Barzani dirigió la rebelión kurda contra el régimen de Bagdad y logró instalar un régimen autonómico después de que EE UU y Gran Bretaña impusieran una zona de exclusión aérea en el norte de Iraq. Pero un conflicto de cuatro años entre las fuerzas de Barzani y las de la Unión Patriótica del Kurdistán estalló en 1994, dio al traste con la autonomía y facilitó la renovada represión por parte de los esbirros de Sadam.

Las milicias de Barzani y Talabani cooperaron con las tropas anglo-norteamericanas que invadieron Iraq en 2003 y derrocaron a Sadam Husein. La nueva Constitución, ratificada popularmente en octubre de 2005, estableció una República parlamentaria y federal de la que forma parte la región del Kurdistán, integrada por las provincias de Erbil (capital), Dohuk e Sulaimaniya, bajo la presidencia de Masud Barzani, quien con frecuencia y oportunismo reitera el propósito de celebrar un referéndum sobre la independencia.

La cuestión candente del petróleo

En lo que concierne a la guerra de Siria, Barzani y los suyos, al frente del Gobierno Regional del Kurdistán, suelen hacer causa común con Turquía, en contra del régimen de Asad, mientras que las milicias del Kurdistán occidental (Rojava) tratan de consolidar la autonomía en su territorio y reclaman la instalación en Damasco de un régimen federal que ampare a todas las minorías. Pese a las protestas constantes del gobierno central de Bagdad, Barzani explota por su cuenta los importantes campos petrolíferos de la región, trata directamente con las principales petroleras instaladas en Erbil y construye un oleoducto para transportar el petróleo hasta la frontera turca. Una vez más, la cuestión de los hidrocarburos (petróleo y gas) amenaza gravemente la estabilidad social y política de Iraq.

Bajo la protección y la cooperación del gobierno de Ankara, ante la inoperancia de Bagdad y la connivencia de las principales compañías petroleras, siguiendo la estrategia de Erdogan –“ningún problema con los vecinos”–, en el Kurdistán iraquí se ha instalado de facto lo que un analista norteamericano denomina “zona transnacional de cooperación económica”, una alternativa a la desintegración de los Estados que se está produciendo en el gran Oriente Próximo. Una alternativa, desde luego, que no sólo vulnera la legalidad internacional, sino que alimenta una corrupción galopante y mantiene la incertidumbre geopolítica.

El Kurdistán iraquí, al menos sobre el papel, y para hacer frente a los refugiados que huyen de los combates, sostiene una especie de multiculturalismo de facto (kurdos, árabes, cristianos) que contribuye a mitigar los desastres de la guerra. Barzani anuncia de vez en cuando que se propone celebrar un referéndum sobre la independencia, pero lo aplaza indefinidamente hasta que terminen las guerras en curso y pueda avizorarse un reajuste problemático de las fronteras y los recursos en la región, en un contexto internacional poco favorable porque las grandes potencias y la ONU no ven con buenos ojos los cambios territoriales. Ni siquiera existe una frontera comúnmente aceptada entre la región del Kurdistán y el resto de Iraq.

 

 

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