Posteado por: M | 6 mayo 2016

Trump se medirá con Clinton en medio de la fatiga imperial

Con el abandono del senador Ted Cruz, tras su humillante derrota en las primarias de Indiana, el magnate inmobiliario Donald Trump tiene el camino expedito para ser el candidato del Partido Republicano en las elecciones presidenciales del 8 de noviembre, en las que se enfrentará a la ex senadora y ex secretaria de Estado Hillary Clinton, por el Partido Demócrata, en un espacio público presidido por la fatiga imperial y las controversias enconadas. El desenlace, aunque esperado, llena de lamentos tardíos las páginas de la gran prensa norteamericana, el último reducto del papel y la reflexión, que se interroga sombriamente sobre las causas y las consecuencias del huracán populista, antisistema y aislacionista desencadenado en la derecha por Trump y en la izquierda, con menos espectáculo pero similar radicalismo, por el melancólico socialista Bernie Sanders.

El senador Cruz, evangelista radical, tras comprobar que su objetivo había quedado bloqueado –“los electores eligieron otro camino”–, tiró la toalla, declaró que estaba “desolado” y que suspendía la campaña electoral, pero añadió: “No suspendo mi combate por la libertad (…) Nuestro movimiento continuará.” Lo cual quiere decir que los cristianos evangélicos y el Tea Party seguirán en la brecha. La misma aflicción se observaba entre el establishment republicano que había confiado en el senador de Tejas para cerrar el paso a Trump, un personaje controvertido que divide al partido, le aleja de la moderación, vulnera muchos principios del conservadurismo tradicional y podría provocar un desastre electoral sin otro precedente que la derrota de Barry Goldwater ante el demócrata Lyndon Johnson en 1964.

El problema del senador Cruz, antes y después de su derrota, es precisamente su excesiva vinculación ideológico-religiosa con el movimiento profético del evangelismo y del Tea Party, su actuación como “genuino creyente en Dios y en las armas”, “un agente de la pureza conservadora”, según la descripción sardónica de la revista Time; tan populista como Trump, pero frustrado en el intento de reclutar “el ejército de creyentes” que debían anticipar la salvación del país. De manera hiriente para el senador de Texas, los resultados de las primarias confirmaron que hasta los más piadosos del Profundo Sur, epicentro del evangelismo, se pasaron al “libertino” Trump, tres veces casado, “mentiroso patológico y amoral” y multimillonario sin escrúpulos.

En una sociedad tan compleja como la norteamericana, religiosa pero multicultural, de minorías electoralmente cohesionadas, resulta harto difícil triunfar políticamente sin asumir la neutralidad entre los múltiples credos concurrentes. Porque, según el censo, los anglosajones, blancos y protestantes, mayoría hegemónica en otros tiempos, están en franco declive. Todos los informes sobre la mejor estrategia electoral elaborados por el Comité Nacional Republicano, máximo órgano del partido, coinciden en la vieja presunción académica y pragmática de que las elecciones se ganan en el centro, como también ocurre en la mayoría de los países de la Unión Europea (UE). En el bien entendido que la neutralidad religiosa y hasta política en las disputas electorales no se identifica necesariamente con el relativismo o la ausencia de principios o convicciones del candidato.

La gran pregunta, por el momento sin respuesta concluyente, es si estamos en presencia de un movimiento político efímero, coyuntural, de efectos fácilmente controlables, o si, por el contrario, el populismo, la nostalgia, el proteccionismo y el aislacionismo que agitan a las multitudes fácilmente irritables responden a una marejada de fondo, un viraje sustancial de la opinión pública que amenaza con provocar efectos duraderos sobre la política exterior de la superpotencia, de consecuencias absolutamente imprevisibles, mas sin duda desestabilizadoras para el resto del mundo.

Revuelta social contra la globalización  

Ante el avance del populismo, impulsado en EE UU por la candidatura heterodoxa de Trump, no faltan los gritos de alarma como el de Nouriel Roubini, profesor de Finanzas en la Universidad de Nueva York, ex consejero del presidente Bill Clinton, que en un artículo publicado por Project Syndicate, argumenta que el nuevo marco económico “está incrementando la desigualdad y, en muchos países, impulsando reacciones populistas de izquierdas y derechas; un sentimiento contra el comercio, la globalización, la inmigración, la innovación tecnológica y las políticas orientadas a fomentar los mercados”.

Los economistas propenden a explicar el populismo de Trump y Sanders como “una revuelta social” contra la globalización y el librecambio, pero quizá olvidan el descrédito de la clase política y el resentimiento que genera. El sistema prevaleció hasta ahora sobre los rechazos o las excentricidades que segrega periódicamente, pero la alarma de las élites en estos momentos me parece más justificada que en otras ocasiones, quizá porque la posición  de EE UU en el gran teatro del mundo se halla en período de revisión estratégica e incertidumbre. Según la visión, las fantasías y las baladronadas de Trump, el escenario mundial en vías de globalización podría devenir un lugar altamente peligroso.

La cruda realidad nos advierte de que las élites del Partido Republicano asistieron impotentes a la caída de sus sucesivos candidatos (Jeb Bush, Marco Rubio, ahora Ted Cruz) y fracasaron con estrépito en su pretensión de frenar el ascenso impetuoso de Trump, cuya denigración perentoria sólo ha servido para galvanizar a sus seguidores y comprobar su aumento sostenido en los últimos cinco meses. Trump asusta a los conservadores más templados, que no saben a dónde puede llevar al partido y quizá al país, y algunos de aquéllos se muestran especialmente críticos y desconcertados. Erick Erickson, uno de los intelectuales republicanos más comprometidos en la campaña contra Trump, se apresuró a felicitar con sarcasmo a “Hillary Clinton por su triunfo en las presidenciales”. Y un cronista del New York Times aseguró que el éxito de Trump entraña “la derrota del genuino conservadurismo”.

Algunos conservadores declararon que votarán por Hillary y otros abogaron por un debate urgente sobre la alternativa de un tercer partido, como hizo Eliot A. Cohen, veterano de las administraciones de los Bush, en un vibrante artículo en el Washington Post: “Ha llegado la hora de un tercer candidato y probablemente de un tercer partido”, única manera de que las fuerzas liberal-conservadoras se aglutinen en “un partido de centro-derecha” y se recuperen del “desastre moral y la desgracia” causados por el éxito ya irresistible de Trump. La descalificación de éste no puede ser más contundente y sin matices al presentarlo como un campeón del “fanatismo de retórica salvaje, la misoginia y la beligerancia extemporánea sin paralelo en la historia de los dos grandes partidos”.

Profunda se me antoja la brecha abierta en el Partido Republicano. El presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, el republicano que ostenta el cargo más elevado entre los electos, declaró en una entrevista con la cadena CNN que no estaba en condiciones de respaldar la candidatura de Trump. Y expuso las razones de su rechazo: “Creo que los conservadores necesitan saber si él [Trump] comparte nuestros valores y nuestros principios sobre un gobierno limitado, la función del Ejecutivo y el acatamiento de la Constitución.”

En su discurso de victoria, pronunciado desde la emblemática Trump Tower, que se alza en la Quinta avenida de Nueva York, donde anunciara su candidatura el 16 de junio de 2015, el ya presentido aspirante republicano hizo un llamamiento a la “reunificación” del partido ante las encarnizadas batallas que se avecinan. Luego de haber insultado a tanta gente: las mujeres, los hispanos, los musulmanes; de haberse mostrado tan volcánico como ignorante, tan zafio como vulgar, tan políticamente incorrecto, el magnate del ladrillo pretende transfigurarse para merecer el respeto que él negó sistemáticamente a todos sus oponentes. No sabemos hasta dónde llegará en su travestismo, pero estoy seguro de que los previsibles apremios electorales no bastarán para esfumar ese sentimiento de desprecio y temor que suscita entre las élites.

La moderación y el giro respetable de la campaña del magnate inmobiliario tuvieron su prólogo en su discurso de política exterior, por primera vez no improvisado, sino leído en el teleprompter, pronunciado en Washington el 27 de abril, al día siguiente de sus victorias en las primarias de cinco estados, con el lema de “America First”, o lo que es lo mismo, “primero y ante todo, EE UU”. “Finalmente –señaló— vamos a tener una política exterior coherente, basada en los intereses norteamericanos y los intereses compartidos de nuestros aliados.” Esa consigna, en ningún caso un programa, se vende por el candidato como la garantía de que “Estados Unidos volverá de nuevo a ser fuerte, a ser poderoso”, porque ahora está sumido en una decadencia que parece irremediable.

Entre sus promesas, poco elaboradas, citó el aumento de los gastos militares, la “rápida aniquilación” del Estado Islámico, sin precisar cómo; la mejora de las relaciones con Rusia, “desde una posición de fuerza”; el rechazo del proyecto de tratado de libre comercio de EE UU con la Unión Europea y la exigencia de que los aliados de la OTAN aumenten su contribución a la defensa común, petición que también formuló Obama durante su reciente viaje por Europa. No obstante, los periodistas hicieron un resumen de sus promesas más polémicas, como la construcción de un muro en la frontera con México, cuyo coste deberían pagar los mexicanos, y la prohibición de entrada de todos los musulmanes en EE UU hasta que los comandos islamistas dejen de sembrar el pánico.

El columnista conservador Charles Krauthammer recordó oportunamente en el Washington Post que en 1940, cuando Churchill recabó la ayuda de EE UU para resistir la acometida de Hitler, existía un grupo de presión denominado precisamente America First, que se oponía insidiosamente a la intervención norteamericana en la guerra y que tuvo que disolverse cuatro días después del ataque japonés contra Pearl Harbor (7 de diciembre de 1941). Pero también advirtió de que Trump, en la misma línea de Obama, denuncia los desastres del intervencionismo y la primacía de los intereses sobre los ideales. “La nación que estoy más interesado en levantar es la nuestra”, salmodió Obama en su discurso en la academia militar de West Point, en diciembre de 2009, un verdadero programa de política exterior.

El repliegue ideológico y estratégico

El repliegue ideológico y estratégico iniciado por Obama, las previsiones fúnebres de los declinólogos y el tosco aislacionismo que se desprende de muchas de las declaraciones de Trump encrespan a los llamados neoconservadores, un grupo poco organizado pero de gran influencia en los medios; porque, como proclama uno de ellos, Robert Kagan, prolífico y militante, “los imperios no se retiran”, ni los intervencionistas liberales se retractan, ni EE UU debe renunciar a comportarse como la potencia mundial hegemónica. En uno de sus más recientes artículos en el Washington Post, el 28 de febrero, Kagan tronaba contra Trump, del que aseguraba que era “el monstruo de Frankenstein, bastante fuerte como para destruir al Partido Republicano”.

Las críticas contra el presidente se mezclan con los dicterios que dirigen a Trump, hasta el punto de que uno de los más notorios neocons, William Kristol, publicó un vitriólico artículo en la revista Weekly Standard titulado precisamente “Donald J. Obama” en el que pasó revista a las turbadoras similitudes entre “las políticas de reducción de gastos y de retirada” de ambos, aunque las justificaciones sean discordantes: el vaporoso liberalismo global de Obama o el nacionalismo de campanario de Trump, ambos abonados a “un programa de declive nacional”.

Los neoconservadores forman un grupo cohesionado por la ideología, la defensa a ultranza de la excepción estadounidense (el destino manifiesto), del liberalismo intervencionista, de la promoción y expansión del sistema democrático, incluso por la fuerza militar, y el rechazo de la extendida creencia buenista de que el desarrollo económico conduce inexorablemente a la libertad cultural y la democracia política. El optimismo histórico que siguió a la caída de los regímenes comunistas y la desintegración de la URSS, codificado en la profecía de Francis Fukuyama, se ha evaporado, de manera que las élites norteamericanas se encuentran con nuevos obstáculos en un mundo multipolar y son proclives a la melancolía.

Menos interesados en las cuestiones internas, lo que verdaderamente separa a los neoconservadores de Trump es la política exterior, la situación, las alianzas y las actuaciones de EE UU en el ancho mundo. Conviene recordar que los neocons, mucho de ellos procedentes del trotskismo (la izquierda antiestalinista), iniciaron su aventura política dentro del Partido Demócrata, con el que rompieron tras el giro estratégico preconizado por el frustrado candidato izquierdista George McGovern, que mordió el polvo en 1972 ante Richard Nixon, y la presidencia vacilante del también demócrata Jimmy Carter (1977-1981). Así fue como Kagan, Irving Kristol, John Bolton, Elliot Abrams, Paul Bremer y otros acabaron en el campo de Ronald Reagan y desempeñaron cargos de responsabilidad o influencia en las administraciones de los Bush.

En el fondo del debate se vislumbra el añejo dilema entre los recursos disponibles, los medios, y los fines perseguidos, las dificultades económicas, la introspección de los ciudadanos y el desconcierto de las élites. Y la presunción arraigada en muchas personalidades del Partido Republicano de que Trump no es la persona idónea para dirigir el país en esta época turbulenta. El mismo mensaje que repite John Podesta, el jefe de campaña de Hillary Clinton: “Donald Trump no está preparado para estas dos tareas: mantener la seguridad de nuestra nación en un mundo peligroso y ayudar a las familias trabajadoras a salir adelante en nuestro país.”

En este razonamiento hay un eslabón perdido, una responsabilidad colectiva que afecta principalmente a las élites del establishment político, académico y cultural que no supieron o no pudieron impedir que surgieran y proliferaran las circunstancias adversas en que prosperan tanto las críticas fundadas como el populismo descarnado y la política como espectáculo detestable.

 

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