Posteado por: M | 22 mayo 2016

La revolución cultural en China, “error total” y fracaso sangriento

Aunque el gigantesco retrato de Mao Zedong sigue luciendo en la plaza de Tiananmen, en la Puerta de la Paz Celestial de la Ciudad Prohibida, en el centro de Beijing, los actuales dirigentes del Partido Comunista de China (PCCh) reniegan abiertamente de la Revolución Cultural maoísta de cuyo lanzamiento se cumplen ahora 50 años. La prensa china en general prefirió guardar silencio sobre lo ocurrido en mayo de 1966, asunto harto enojoso, pero el Renmin Ribao o Diario del Pueblo, órgano oficial comunista, publicó el 17 de mayo un editorial para recordar someramente la posición del partido: “La historia ha demostrado claramente que tanto en la teoría como en la práctica la revolución cultural fue un error total y no puede ser considerada como una revolución o un período de progreso social.”

Tiananmen_Mao

Retrato de Mao en Tiananmen

El periódico recordó que en 1981, bajo la dirección de Deng Xiaoping, el pequeño timonel que había sobrevivido a dos purgas, el PCCh emitió un veredicto condenatorio e inapelable de la iniciativa ultrarrevolucionaria y desestabilizadora de 1966-1976. La resolución del comité central, tras asegurar que Mao había cometido menos errores (el 30 %) que aciertos (el 70 %), sentenció: “La revolución  cultural fue una década de desastres.” Cuando se cumple el cincuentenario, el Diario del Pueblo insiste: “Debemos fijar en nuestras memorias las lecciones históricas de la revolución cultural”, supuestamente para no incurrir jamás en los mismos errores. “Hace mucho tiempo que dijimos adiós a la revolución cultural”, aseguró el Global Times, el periódico de Beijing editado en inglés para consumo exterior.

No obstante, la efigie de Mao está en todos los billetes, su Libro Rojo circula profusamente y el cuerpo embalsamado del Gran Timonel, que se conserva en el mausoleo del centro de la plaza de Tiananmen, suscita tanta o más curiosidad que el de Lenin en la faraónica mole de granito rojizo de la plaza Roja de Moscú. La extrema izquierda china, también descrita como “proletaria”, no se ha volatilizado, pese a la hostilidad oficial y el ostracismo universitario, sino que actúa en pequeños grupos muy activos en las redes sociales, sin duda con la tolerancia del poder. Un periódico digital sugirió recientemente que el país necesita “una revolución cultural 2.0”, pero sin dar detalles. Y el frenético culto de la personalidad que acompañaba a Mao no ha desaparecido por completo de la práctica política comunista.

Si la gestión de Mao fue bastante más positiva que negativa, según los anales del PCCh, se comprende que los actuales dirigentes del PCCh no quieran ajustar cuentas con el pasado, ni reabrir las heridas, ni poner en peligro los actuales consensos. Por eso no han previsto ninguna conmemoración para reflexionar sobre “la más gigantesca llamarada de frenesí colectivo conocida en China desde la insurrección de los Taiping” contra la dinastía manchú  (1851-1864), que causó 30 millones de muertos, según la descripción de Simon Leys, el reputado sinólogo belga que en 1971 publicó Los trajes nuevos del presidente Mao, una crónica pormenorizada y penetrante y una denuncia de la barbarie de la revolución cultural.

El investigador chino Ma Yong, en una reciente entrevista con el semanario Fenghuang, de Hong Kong, lamentaba los silencios oficiales, criticaba el que la figura de Mao fuera oficialmente intocable, a pesar de sus errores notorios, y consideraba “irresponsable” el discurso concebido para la ocultación del pasado y, por ende, de la verdad. Y añadía: “La revolución cultural es un período excepcional de nuestra historia y, por lo tanto, tenemos el deber de realizar una examen de conciencia, como para cualquier otra catástrofe histórica. El pasado nunca está cerrado, y si se evita el reflexionar sobre él, puede resurgir.” En su opinión, “China padeció la revolución cultural porque el pensamiento estaba muy uniformado”, que es tanto como echar la culpa al fanatismo que prospera en todos sitios en ausencia de libertad.

El anatema sigue vigente

El anatema contra aquel decenio turbulento sigue vigente. Un “error total”, según el mantra oficial, equivale a una condena sin paliativos y, por lo tanto, el debate está oficialmente clausurado en estos momentos, no hay lugar para el revisionismo. El desvarío ideológico, en cuanto teoría equivocada, engendró una práctica política perniciosa, una aplicación o praxis que convulsionó a las masas, provocó una carnicería espantosa, purgó y diezmó a la clase dirigente, causó graves perjuicios a la economía del país y se cobró directamente la vida de al menos 1.700.000 personas, asesinadas o inducidas al suicidio, según los datos oficiales. Las personas perseguidas y degradadas se cuentan por decenas de millones.

Una vez más en la historia de la humanidad, en nombre del mito del progreso revolucionario, alentado y exacerbado por la idea marxista de la lucha de clases, los jóvenes y no tan jóvenes escuadrones de la revolución cultural cometieron con impunidad los actos más viles y crueles: los estudiantes apalearon hasta la muerte a sus profesores, los hijos denunciaron a los padres, las familias fueron dispersadas, proliferaron las ejecuciones masivas, se reeducó a los sospechosos, se persiguió con tal saña a “los que seguían el camino capitalista”, que en la ciudad de Wuxuan, en la provincia de Guangxi (sureste), se cometieron actos de canibalismo de los que fueron víctimas al menos 38 personas, según el testimonio de un funcionario del partido en una encuesta oficial sobre lo ocurrido, realizada en 1980.

“Fue un canibalismo causado por acontecimientos políticos, por el odio político, en nombre de una ideología y de rituales políticos”, según explicó a la agencia noticiosa France-Presse el profesor Xue-liang Ding, de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Hong Kong. Los resultados de la investigación oficial en la provincia de Guangxi, donde se produjeron 150.000 muertos, nunca se dieron a conocer, pero el periodista Zheng Yi, actualmente exiliado en Estados Unidos, publicó un libro en el extranjero sobre algunos de los episodios de la revolución cultural, titulado Scarlet Memorial (1996), que sigue prohibido en China, en el que documentó los casos de canibalismo y otras crueldades inhumanas.

“Una década de caos, persecución y violencia, llevada a cabo en el nombre de la ideología y en el interés de expandir el poder personal de Mao”, según el resumen del escritor y disidente Ma Jian, afincado en Londres, en un artículo titulado precisamente “Un hijo de la revolución cultural”, en el que acusa al actual presidente, Xi Jinping, de seguir los pasos de Mao en cuanto al culto de la personalidad y para imponer su hegemonía con el pretexto de la campaña contra la corrupción. “Cincuenta años después de la revolución cultural –concluye–, sus crímenes y sus pecados siguen sin ser expiados. Por el contrario, están siendo utilizados para justificar una mayor represión política y social.”

Unos 20 millones de personas fueron brutalmente desplazadas durante el decenio supuestamente revolucionario (1966-1976), cuando Mao ordenó a los guardias rojos que abrieran “¡Fuego contra el cuartel general!”, es decir, el comité central del PCCh, infectado de revisionistas;  contra “la línea negra antipartido y antisocialista”, según el título utilizado por el Diario del Ejército Popular de Liberación, recogido y ampliado por una circular del politburó del PCCh, del 16 de mayo de 1966, fecha convencional del inicio de la Gran Revolución Cultural Proletaria, cuando se incitó perentoriamente a los miembros del partido a denunciar y atacar a “los enemigos que siguen el camino capitalista”, “los miembros de la burguesía que amenazan con arrebatar el poder al proletariado”, como insistía entonces la radio de Beijing en sus informaciones en español.

En agosto de 1966, el comité central ensalzó a Mao como “el gran guía del pueblo chino” y éste publicó el opúsculo “Bombardead el cuartel general”, el documento que inauguró la purga de “los que siguen el camino capitalista”, cuya figura prominente era el entonces presidente de la República, Liu Shaoqi, estigmatizado como “el Jruschov chino”, partidario de mantener la alianza político-estratégica con la URSS, y Deng Xiaoping, a la sazón secretario general y viceprimer ministro, del que se propaló la infamia de que era el urdidor de una conspiración para mantener a Mao como jefe del partido, pero alejándolo de los asuntos gubernamentales, es decir, una jubilación anticipada.

La campaña de denigración, la purga dentro del partido, la dispersión y el castigo desencadenaron una gigantesca tempestad política y una sangrienta purga que fueron orquestadas por los llamados Guardias Rojos –grupos paramilitares y policía del pensamiento– que obedecían a la facción dirigente cohesionada en torno a Mao. En una resolución en 16 puntos, el comité central hizo un llamamiento apremiante para la eliminación de los elementos discrepantes: “La revolución cultural, por ser una revolución, inevitablemente tropieza con una resistencia. Esa resistencia procede principalmente de quienes, después de haberse infiltrado en el partido, alcanzan puestos directivos, pero siguen el camino capitalista.” Así se levantó la veda para la caza de los adversarios reales o supuestos, de los sospechosos e incluso de los tibios.

Entonces se creó el Grupo de la Revolución, dirigido por Chen Boda y Jiang Ping, ésta esposa de Mao, especialmente encargado de promover la agitación en la universidad, los intelectuales, los artistas y, sobre todo, los jóvenes. Se estrenó en Beijing la ópera El Oriente es rojo y se publicó una edición de 3.500.000 ejemplares del Libro Rojo, una recopilación de los escritos y discursos del Gran Timonel.

Mao, nadador épico en el Yang Tse

El 16 de julio de 1966 se difundió mundialmente la noticia y la fotografía de Mao nadando en el río Yang Tse, “a la velocidad de un récord del mundo”, según la hipérbole metafórica y propagandista para presentarlo en una forma física envidiable. Cuando regresó e Beijing arreció en sus diatribas contra “los que han establecido una dictadura burguesa y reprimido el movimiento naciente de la gran revolución cultural del proletariado”. Tras su reunión del 1 al 12 de agosto, el comité central, dominado por los maoístas, aprobó una resolución en 16 puntos que será considerada como el programa del movimiento y que contenía una apelación a “los jóvenes revolucionarios” para que ataquen a “los representantes de la burguesía”, “porque la revolución se aprende haciendo la revolución”.

El mariscal Lin Biao, ministro de Defensa, se convirtió en el número dos del régimen, y fue el compilador de los escritos, discursos, pensamientos y ocurrencias de Mao, al que ensalzó como “el más grande marxista-leninista de nuestra época”, que se publicaron con el título de Citas del presidente Mao Zedong, más conocidas como Libro Rojo. La revolución quedó militarizada y racionalizada, de manera que el caos fue más aparente que real. Una de las ediciones españolas del Libro Rojo, la de la editorial Bruguera, de Barcelona, en 1976, coincidiendo con la muerte de Mao, lleva como introducción una semblanza biográfica del Gran Timonel, de la que soy autor y que he releído para componer este artículo.

Escribí entonces: “La pretensión de transformar al hombre llevó a Mao a una encarnizada batalla contra el egoísmo, considerado como el enemigo número uno del comunismo, vaciando de todo significado la separación de la moral y la política que forma parte de las tradiciones occidentales. La pureza ideológica –“un rojo vale más que un experto”—alcanzó niveles de vértigo, hasta convertirse en ascetismo revolucionario frente a las perversiones del revisionismo y el economicismo.” La ambición de Mao era la de crear un hombre “superior y socialista”, y para ello dirigió la toma del poder por parte del “cuartel general revolucionario”.

Los predicadores maoístas y los jóvenes que escribían y colgaban en las paredes los célebres dazibaos (los carteles y sus textos colocados en las paredes de los edificios y monumentos) llegaron a la conclusión de que el PCCh estaba corrompido y había perdido el ímpetu revolucionario, por lo que era necesario organizar un gran movimiento de masas para limpiar los establos donde estaban escondidos los revisionistas e insuflar un nuevo vigor revolucionario en el partido. En menos de 100 días, Mao y sus secuaces completaron la purga de sus adversarios en el comité central, entre ellos, Liu Shaoqi y Deng Xiaoping. Éste retornó al poder en 1978, dos años después de la muerte de Mao (1976), para protagonizar el viraje político más espectacular que desbrozó el camino para la reforma económica.

En menos de tres años (1966-1969), con el respaldo de Lin Biao y el ejército, Mao recuperó el poder absoluto. En 1968, el presidente Liu Shaoqi fue despojado de todos sus cargos, sometido a un trato infamante, mientras progresaba la campaña para la purga masiva dentro del partido, y Deng fue apartado del comité permanente del politburó. El noveno congreso del PCCh (1969) proclamó el triunfo de la revolución cultural, decidió oficialmente la derrota de los revisionistas e inyectó sangre nueva en el aparato burocrático, además de entronizar a Lin Biao como heredero de Mao. Los nuevos estatutos del partido aprobados en el congreso señalaron el definitivo abandono el modelo soviético.

El ataque generalizado contra las administraciones del partido y el Estado generó una considerable resistencia en los aparatos militar y de seguridad que adoptó a veces un carácter oportunista, pues muchos dirigentes se subieron al tren revolucionario con el propósito de hacerlo descarrilar. Si es cierto que Mao desató la revolución con el objetivo de salvarla de sus adversarios, no existe la certeza de que dominara el proyecto hasta sus últimas consecuencias. La agitación ultraizquierdista y las resistencias sacudieron las estructuras del PCCh y del Ejército Popular. La designación de Lin Biao como heredero tuvo efectos contraproducentes que desestabilizaron la situación  y dividieron al grupo dirigente, entre los militares y los civiles, entre los moderados (Zhou Enlai) y “la izquierda oficial”, entre los partidarios del diálogo con el Occidente y los hostiles a los imperialismos.

Aunque no se conocen todos los pormenores de la caída en desgracia y la liquidación de Lin Biao, todo parece indicar que la derrota política de éste, apartado del poder por una coalición de los pragmáticos de Zhou Enlai con la izquierda oficial (Mao y sus más íntimos), precedió a su huida y muerte, al estrellarse o ser derribado su avión en Mongolia, el 13 de septiembre de 1971. Según la propaganda oficial, Lin Biao estaba a la cabeza de un complot que preveía el asesinato del presidente Mao y otros dirigentes. Probablemente no sabremos la verdad hasta que llegue al poder “un Gorbachov chino” para abrir los archivos del régimen, enmendar la historia falsificada y rehabilitar a las víctimas innumerables de un sistema que sigue actuando como una dictadura incorregible.

La ruptura ideológica con el Kremlin

Fue una lucha por el poder en dos frentes, externo e interior, contra al revisionismo soviético y sus seguidores o imitadores en China. La llamada pugna chino-soviética, iniciada prácticamente tras la muerte de Stalin (1953), arreció con la condena del estalinismo en el vigésimo congreso del Partido Comunista de la URSS (PCUS), en 1956, y alcanzó su punto culminante con la revolución cultural. Le ruptura ideológica se había consumado cuando el PCUS, dirigido por Nikita Jruschov, en pleno deshielo, proclamó en 1963 que la lucha de clase se había completado, de manera que el régimen soviético podía relajar su política interna, para hacerla menos represiva, y mejorar las perspectivas de la coexistencia pacífica con el Occidente. Era la época en que Jruschov, al calor de los éxitos espaciales, lanzó la baladronada de que la URSS superaría a EE UU en todos los campos.

En los momentos en que se recrudecía la guerra de Vietnam, la nueva posición soviética fue considerada una afrenta por Mao, temeroso de los bombardeos norteamericanos y firme partidario de mantener la tensión de la lucha de clases, “la revolución en la revolución”, la insurrección organizada desde el poder. La réplica teórica adoptó la forma de una serie de nueve artículos en el Diario del Pueblo bajo del siguiente título: “La revolución proletaria y el revisionismo de Jruschov” (marzo de 1964), cuya tesis principal era que “el reconocimiento de la lucha de clases como la ley universal de la revolución proletaria había sido siempre la línea divisoria entre los revolucionarios proletarios y los traidores entre el proletariado”. Se trata de una reiteración cansina de una cita de Mao: “Una revolución no es una fiesta sino una insurrección, un acto de violencia en el que una clase aniquila a otra.” Los Guardias Rojos vilipendiaron a la URSS como “el enemigo principal”.

Los partidos comunistas europeos tomaron posición a favor de Moscú en la pugna entre los dos colosos, criticaron “el subjetivismo”, “el idealismo voluntarista”, dando a entender que “el grupo de Mao Zedong”, según la terminología propagada por el Kremlin, había destruido al partido. La excepción más notable fue la de Albania, donde el partido comunista dirigido por Enver Hodja, se convirtió en una sucursal del PCCh que atrajo a algunos intelectuales y grupos radicales surgidos tras la agitación de mayo de 1968 en Francia, englobados en la llamada izquierda proletaria, que viajaron a Tirana y desembocaron en la inanidad o el terrorismo de las Brigadas Rojas italianas, la banda alemana Baader-Meinhof (Fracción del Ejército Rojo) y la ETA.

El juicio histórico sobre la revolución cultural está trufado de matizaciones, como es inevitable por tratarse de un fenómeno muy complejo y contradictorio en algunas de sus fases. Fue, en sus primeros compases, una lucha implacable por el poder dentro del PCCh, luego de que Mao llegara a la conclusión de que había perdido poder y autoridad dentro de la poderosa nomenclatura. Fue el esfuerzo desesperado de un líder envejecido, septuagenario, por recuperar la primacía indiscutible de la que había gozado como jefe militar y fundador de la República Popular.

El profesor Roderick MacFarquhar, de la universidad de Harvard, autor de una trilogía sobre Los orígenes de la revolución cultural y de una reflexión académica sobre Mao´s Last Revolution (La última revolución de Mao), sostiene que ese decenio turbulento de la historia de China no se caracterizó principalmente por una lucha por el poder, pues el furor revolucionario prosiguió después de que Mao hubiera eliminado a sus principales adversarios (Liu Shaoqi y Deng Xiaoping). Y puntualiza: “El hecho de que continuara la revolución tras la caída de sus antagonistas demuestra que en realidad deseaba llevar a cabo la loca idea de que todo el país fuera revolucionario.” La loca y fatídica pretensión de transformar al hombre.

En la semblanza que publique como introducción al Libro Rojo, citado más arriba, escribí lo siguiente: “Mao formuló una interpretación ideológica global que arrastró a las masas, en un esfuerzo siempre renovado por construir una nueva China, potente en sus bases materiales y con una moral revolucionaria irreprochable, al abrigo de las tentaciones del conformismo.” Ahora podemos asegurar que la nueva China camina por unos derroteros capitalistas que poco o nada tienen que ver con el ascetismo revolucionario y utópico que predicaba el maoísmo. La moral y la política vuelven a estar separadas. Ni nuevo hombre, ni nueva China revolucionaria, sino pragmatismo, confucianismo, empresarios en el comité central y capitalismo de Estado. Fue un “error total”, como asevera la propaganda oficial. Fue un fracaso sangriento.

 

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