Posteado por: M | 29 mayo 2016

Obama en Hiroshima sin desarme a la vista

En los iniciales compases de su presidencia, en un discurso pronunciado en Praga el 5 de abril de 2009, con ocasión de una cumbre entre Estados Unidos y la Unión Europea (UE), Barack Obama se comprometió solemnemente a “buscar la paz y la seguridad en un mundo sin armas nucleares”. El mismo mensaje se desprende de su visita y su discurso en Hiroshima el 27 de mayo de 2016, la ciudad nipona contra la que un bombardero norteamericano (Enola Gay) arrojó la primera bomba atómica, llamada Little Boy, cuyo estallido y resplandor letal, “más brillante que mil soles”, causó la muerte a unas 100.000 personas, el 6 de agosto de 1945. En este asunto capital de liberar al mundo del azote de las armas nucleares, de la amenaza del quinto jinete del apocalipsis, la presidencia de Obama, empero, resulta especialmente decepcionante.

Los especialistas reprochan al primer presidente negro, prematuro premio Nobel de la Paz en 2009, los escasos progresos realizados en el arduo camino para llegar a “un mundo sin armas nucleares”, mantra reiterado en el discurso de Hiroshima. Según la Federación de Científicos norteamericanos, la reducción de cabezas nucleares operativas ha sido mínima en el último decenio, del 5 % (de 4.950 a 4.7000 en 2015), a pesar de que el nuevo Tratado sobre Reducción de Armas Estratégicas (Start), firmado por EE UU y Rusia en 2010, cuando Putin era un hombre de fiar, estableció que “en 2018 el número de armas nucleares desplegadas por ambos países estará a su más bajo nivel desde los años 50”.

En el asunto del control o la prohibición global de las armas nucleares, el balance de la presidencia de Obama es claramente incongruente con las apelaciones emotivas y las proclamas pacifistas como la de Hiroshima. El presidente aprobó una partida presupuestaria cifrada en más de un billón de dólares para ampliar y modernizar el arsenal atómico en los próximos 30 años. Es decir, que la presión del llamado complejo militar-industrial, generador de tanta influencia como empleos, denunciado en su día por el presidente Eisenhower en un discurso de adiós, sigue siendo un factor esencial del progreso tecnológico, pero igualmente de la incoercible carrera armamentista que consume recursos y amenaza vidas especialmente en Asia y el Oriente Próximo.

El desarme se encuentra paralizado o en regresión desde el impulso que experimentó tras el ocaso de la guerra fría, el fin del comunismo y la extinción de la URSS (1991), a pesar de que otras dos potencias históricamente enfrentadas, la India y Pakistán, llevaron a cabo pruebas de armas nucleares antes que concluyera el milenio. El régimen hermético, tiránico e imprevisible de Corea del Norte sigue efectuando pruebas y lanzando misiles de diverso alcance que causan irritación y alarma en sus vecinos, Japón y Corea del Sur, los aliados de EE UU. El único progreso efectivo fue la firma de un polémico acuerdo internacional en 2015 para retrasar al menos la obtención del arma nuclear por parte de Irán.

“Hace 71 años, en una brillante mañana sin una sola nube, la muerte cayó del cielo y el mundo cambió”, fue el comienzo poético con el que Obama inició su discurso en Hiroshima luego de haber depositado una corona de flores en el cenotafio conmemorativo del primer holocausto nuclear, en el parque de la Paz, ceremonia sombría en la que estuvo acompañado por el primer ministro japonés, Shinzo Abe. “El progreso tecnológico sin el equivalente progreso en las instituciones humanas –prosiguió el presidente— puede aniquilarnos.” Obama preconizó “una revolución moral”, sin precisar su contenido, para hacer frente al desafío de la técnica. Me permito añadir un escolio breve a las palabras del presidente: en un mundo sin ley, la bomba nuclear es un chantaje, una maldición, una advertencia insidiosa y una abominación. Y la ley se debilita o resulta irrisoria cuando el sistema de las Naciones Unidas está desbordado por los acontecimientos, en este “momento postimperial” protagonizado por Obama y descrito con alarma por el analista Robert D. Kaplan.

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Obama en Hiroshima, 2016.

“Los científicos han conocido el pecado”

“Los científicos han conocido el pecado”, exclamó J. Robert Oppenheimer, director del proyecto Manhattan para la fabricación de las primeras bombas atómicas en el laboratorio-cuartel de Los Álamos (Nuevo México), al conocer los efectos de la energía aterradora de la fisión del átomo, los informes médicos sobre las consecuencias del bombardeo de Hiroshima: la muerte instantánea o demorada, el espanto insondable, las víctimas despellejadas por completo, los terribles padecimientos y tumores provocados por la radiación. “La civilización mecánica acaba de alcanzar su último grado de salvajismo”, escribió Albert Camus en el diario Combat, de París, al glosar los martirios de Hiroshima y Nagasaki. Como puede consultarse en À Combat (Editorial Gallimard, 2002).

Seguimos instalados en un camino de perdición, el de la proliferación nuclear y otras armas de destrucción masiva que en manos terroristas podrían provocar una catástrofe en cualquier momento. En el Japón pacifista, el primer ministro Abe parece apostar por el revisionismo histórico, contra el pacifismo constitucional, pero el bombardeo norteamericano persiste como motivo de polémica, de horror y resentimiento. La opinión pública japonesa se pregunta con frecuencia si es necesario que 30.000 soldados norteamericanos sigan estacionados en la gigantesca base de Okinawa, la isla más meridional del archipiélago. Otro silencio de Obama sobre la cuestión.

La controversia sigue instalada en EE UU, enconada en el mundo académico, donde un sector de la izquierda, movido por “la tiranía de la penitencia”, sigue criticando a Obama por no haber pedido perdón, por no expresar en Hiroshima un profundo pesar y un sincero arrepentimiento. La víspera, la edición digital del diario The Nation abría sus informaciones con un artículo firmado por Tim Shorrock cuyos título y sumario rezaban así: “Esto es lo que Obama debería hacer cuando visite Hiroshima: una petición de perdón por haber desencadenado el primer holocausto nuclear en la historia humana.” La contrición y la penitencia del articulista, expresadas en un relato conmovido de los horrores de la guerra en Tokio y otras ciudades, probablemente no coinciden con el sentimiento de la mayoría de los norteamericanos que hoy no se siente en absoluto concernido por la decisión tomada en 1945 por el presidente Harry S. Truman, pero la polémica sigue en pie.

Tim Shorrock reitera la manida tesis de que los japoneses estaban a punto de rendirse, con la moral por los suelos, cuando se produjeron los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, y cita al historiador John Dower, aunque sin especificar sus razones, para sostener que el emperador Hirohito, sus asesores militares y su gobierno “estaban listos para las condiciones finales de la rendición semanas antes de que se lanzaran las bombas”. Más que un argumento, Shorrock y sus inspiradores académicos expresan comprensibles sentimientos de contrición, horror y piedad a muchos años de distancia, con evidente anacronismo; pero no desmienten el militarismo devastador ni la recalcitrante agresividad de Japón, ni contradicen los cálculos verosímiles del Pentágono sobre la espantosa carnicería y las inmensas pérdidas que hubiera ocasionado en ambos contendientes la invasión terrestre del archipiélago por las tropas norteamericanas.

La guerra estaba decidida, desde luego; pero ningún documento demuestra que el gobierno japonés, presidido por el almirante Kantaro Suzuki y dominado por “el partido de la guerra”, estuviera dispuesto a rendirse. El bombardeo a traición de Pearl Harbor, la determinación suicida de los kamikazes, la ferocidad con la que los nipones defendieron Iwo Jima (marzo de 1945) y Okinawa (mayo-junio) habían convencido a los dirigentes y la opinión pública norteamericanos de que la nación estaba librando “una guerra total”, a vida o muerte, amenazada por una catástrofe sin precedentes que sólo el empleo de la nueva arma, la bomba atómica, “el arma ganadora”, podría de alguna manera mitigar. Sólo la rendición inmediata del enemigo reduciría las muertes y acortaría el sufrimiento.

Diez presidentes norteamericanos en ejercicio evitaron cuidadosamente el camino de Hiroshima y sólo Jimmy Carter visitó la ciudad cuando ya estaba jubilado (1984). Entre la opinión conservadora, el gesto de Obama ha sido interpretado como un acto de contrición, una implícita confesión de remordimiento, aunque esa expresión no figure en el discurso, y sus críticos arguyen que el presidente no puede pedir perdón “en nombre de América”, ni debilitar la posición del país en el teatro del mundo. En el caso de Obama, demás, llueve sobre mojado, pues en sus anales constan varios viajes y discursos (El Cairo, Estrasburgo, varias capitales de América Latina) dedicados expresamente a pedir perdón o expresar su pesar por la actuación de los lideres que le precedieron en la Casa Blanca.

El republicano Mitt Romney, candidato a la presidencia derrotado por Obama en 2008, escribió en sus memorias: “Nunca ante en la historia de EE UU se presentó su presidente ante tantas audiencias internacionales a pedir perdón por tantas fechorías norteamericanas, reales o imaginadas.” Otros censores resaltan la contradicción entre el discurso de Hiroshima y la realidad de que Japón y Corea del Sur dependen precisamente de la credibilidad de las garantías nucleares norteamericanas para no lanzarse por el peligroso camino de la carrera armamentista a que les incita constantemente el régimen paranoico de Pyongyang.

Los sentimientos actuales sobre el holocausto nuclear no deberían interferir anacrónicamente en nuestra interpretación y comprensión del terrible dilema de Truman. Para comprender lo que ocurrió, le mejor e insustituible fuente es Hiroshima, el modélico y estremecedor relato de John Hersey, un periodista, corresponsal de guerra de la revista Time, que visitó la ciudad en 1946 y publicó sus impresiones y las entrevistas con seis supervivientes en la revista The New Yorker, unos reportajes recogidos en un libro devenido un clásico de la literatura bélica, una reflexión sobre “el demonio material y espiritual” de la guerra total. La última edición que conozco en español fue publicada por la editorial Turner en Madrid, en 2002, e incluye el epílogo redactado por Hersey en 1985, tras otra visita a la ciudad 40 años después.

Truman, sin problemas de conciencia

Hace 71 años no se produjo ningún gran debate en Washington. El pragmatismo de Truman y sus consejeros, los cálculos del Pentágono en caso de invasión –el sacrificio de un millón de vidas y 100.000 muertos norteamericanos— y el consenso de los científicos abogaban por la utilización de la bomba. El comité asesor de Truman, en el que figuraban los científicos Oppenheimer y Enrico Fermi, emitió un informe en el que aconsejaba implícitamente el bombardeo atómico, sin advertencia y “contra un objetivo real”, en contra de la opinión minoritaria que había propugnado que se realizara una prueba en la bahía de Tokio. El secretario de Defensa, Henry Stimson, que gozaba de gran predicamento en la Casa Blanca, y el jefe del estado mayor, general George Marshall, se pronunciaron en favor del bombardeo atómico.

No obstante, un grupo de científicos de Chicago, aunque alejados de Los Álamos, quiso adelantarse a los acontecimientos y publicó el 11 de junio de 1945 el Informe Franck, llamado así porque el primero de sus signatarios era el profesor James Franck, de origen alemán y premio Nobel de Física, en el que pudo leerse: “Las ventajas militares y la salvación de vidas americanas probablemente serán anuladas por la pérdida de confianza, la ola de horror y de repugnancia.” El dilema terrible se resolvió a favor de las ventajas inmediatas, de la lógica militar en tiempos de guerra.

Truman no aclaró en sus memorias si tuvo problemas de conciencia. Autorizó el lanzamiento de la bomba después del 3 de agosto, fecha límite del ultimátum de “rendición incondicional” dirigido al gobierno japonés por las potencias aliadas reunidas en la conferencia de Potsdam, el 26 de julio. Tras conocer el resultado del bombardeo, el presidente exclamó, arrogante: “El día más grande de la historia” y el acontecimiento que había convertido a EE UU en “la nación más poderosa del mundo, la nación quizá más poderosa de toda la historia”.

El revisionismo histórico en EE UU pone énfasis en vincular el bombardeo de Hiroshima con el debate historiográfico sobre la responsabilidad por el comienzo de la guerra fría, es decir, por la ruptura de la coalición entre los aliados occidentales y la Unión Soviética. Churchill, que ya presagiaba la caída del telón de acero en Europa oriental, tras el reparto de zonas de influencia inconfesado de Yalta, aconsejó a Truman que hiciera todo lo posible por evitar la participación soviética en la guerra del Pacífico y en la ocupación militar del Japón. La bomba atómica, además de precipitar la capitulación japonesa, fue igualmente una advertencia contra Stalin.

La opinión más extrema en las universidades norteamericanas sugiere que Truman era consciente de que la guerra estaba a punto de terminar, pero que lanzó la bomba atómica para intimidar a Stalin. Si esta hipótesis resultara probada, entonces la responsabilidad de la guerra fría estaría compartida. Pero tropieza con dos obstáculos lógicos formidables: no es cierto que el gobierno japonés estuviera dispuesto a capitular, ni Stalin podía ser sorprendido o intimidado porque estaba al corriente, a través de sus espías, especialmente del físico comunista Klaus Fuchs, de todos los detalles de la fabricación de las bombas en Los Álamos. Ni siquiera me parece verosímil la conjetura de que Truman, un presidente novato, tuviera presente las consecuencias estratégicas de la ruptura de la coalición vencedora.

Cuando Truman informó a Stalin, en la conferencia de Potsdam, sobre “la nueva arma terrible”, éste se limitó a observar: “Muy interesante. Espero que la utilicen bien contra los japoneses”. Los documentos oficiales japoneses confirman que las tres principales preocupaciones del gobierno de Kantaro Suzuki eran la probable declaración de guerra de la URSS, la continuidad de la dinastía tras la derrota y la agitación pacifista y subversiva de la izquierda. Dos días después del bombardeo de Hiroshima, el 8 de agosto, el ministro de Exteriores soviético, Viacheslav Molotov, comunicó al embajador nipón en Moscú que la URSS declaraba la guerra al Japón, y al día siguiente, las tropas soviéticas invadieron Manchuria. Stalin no pudo repetir en Japón la gran jugada de la ocupación de la parte oriental de Alemania.

 

 

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