Posteado por: M | 1 junio 2016

La Yihad y “el laberinto del siglo XXI”

Ante el reto planteado por el islam político, el islamismo y el terrorismo de inspiración islamista, los gobiernos occidentales adoptan actitudes diversas, contingentes, que van desde el apaciguamiento a la guerra real o retóricamente declarada, la contención timorata o la expedición punitiva, pasando por la utópica suposición de que el multiculturalismo compasivo acabará por alumbrar en Europa una convivencia fundada en la comprensión, la libertad, la tolerancia y el progreso. Incómodo con cualquier simplificación, el periodista y profesor universitario barcelonés Albert Garrido, que describió las últimas revueltas en el orbe árabe-musulmán en La sacudida árabe. Fractura histórica y tradición (2013), se adentra ahora con renovados bríos en el que considera “el laberinto del siglo XXI”, “el desafío planteado por una minoría de musulmanes”, con un libro oportuno y esclarecedor, que se mueve entre el análisis geopolítico, el epítome histórico y la explicación ideológica, titulado En nombre de la Yihad. Del terrorismo global al Estado Islámico, publicado por la editorial Yulca de Barcelona (2016).

yihad_garrido

El libro se abre con una introducción titulada “La gran alarma”, en la que el autor reflexiona sobre el nacimiento del sedicente Estado Islámico (EI) y la proclamación del califato por Abu Bakr al Bagdadi en una mezquita de Mosul, en junio de 2014, consagración en vídeo de la confusión, la amalgama entre el poder político y religioso que impera en el islamismo y que se arrastra desde los orígenes del islam, desde Mahoma. Resulta contradictorio que el origen divino del poder que predican los imanes no pudiera evitar la lucha abierta entre los seguidores del Profeta y la trágica fractura de la naciente comunidad musulmana, el cisma irremediable desde la batalla de Kerbala (680), entre los derrotados seguidores del asesinado Alí, primo y yerno del Profeta, llamados chiíes, y sus debeladores, los guerreros de la dinastía de los Omeya, entronizados como los más legítimos sucesores, conocidos por suníes. Ése fue el origen de la guerra de religión que late aún en todos los acontecimientos del Oriente Próximo.

Garrido recorre en tres capítulos, con acumulación de datos y buen pulso narrativo, la historia agitada del “laberinto teológico-político” en que está sumida la umma, la comunidad musulmana, de manera que toda su evolución multisecular se articula en torno al credo religioso, desde el esplendor expansionista de sus orígenes a la prolongada decadencia, la época de la dominación occidental, o colonial, fundamentalmente franco-británica, y las reacciones de rechazo que ésta suscitó inmediatamente después del inicuo reparto que siguió a la Primera Guerra Mundial, la desintegración del Imperio otomano y la abolición del califato.

Frente a la posición de Mustafá Kemal (Ataturk) y los musulmanes ilustrados o liberales, persuadidos de que el progreso pasaba por la secularización y asimilación del modelo europeo –el libre examen y la emancipación del poder político de los dictados de la mezquita–, la reacción adversa fue iniciada por los Hermanos Musulmanes, la organización egipcia fundada en 1928 por Hasan al Bana, integrista, nostálgica y antioccidental, en la que, según el autor, siguiendo a Gilles Kepel, se halla la raíz histórica del islamismo radical y el terrorismo. El fracaso de las ideas socialistas y del nacionalismo panarabista, propugnado por Naser y sus epígonos, también allegará agua al molino del islamismo, como demostraron el asesinato de Sadat y las revueltas teledirigidas de 2011-2012.

El capítulo cuarto del libro, titulado “La modernidad y otros debates”, es probablemente el que puede suscitar alguna controversia, ya que Garrido considera “descabellada” e incluso “sectaria” cualquier suposición de “superioridad moral” de la cultura occidental, la de la Ilustración, las libertades y la democracia representativa. Ciertamente se frustraron los intentos de “trasladar el modelo occidental al núcleo del mundo musulmán”, pero eso no quiere decir que deba abandonarse el proyecto de la democratización, el laicismo y la separación de poderes. El pensamiento multiculturalista o relativista que late en la tesis del autor está muy arraigado en Europa entre los que arguyen que la defensa de la superioridad del modelo occidental conduciría inexorablemente a la confrontación con el mundo musulmán, al choque de civilizaciones. Pero no hay razones de peso para esa proclividad fatalista. Al relativismo cultural, como ya hizo valer Marcello Pera, se pueden oponer “los hechos de las preferencias” o “los hechos de las expectativas”.

La polémica persiste y se desarrolla también en el capítulo titulado “Occidente y el islam (y viceversa)”, que se abre con una diatriba de Chantal del Sol contra el colonialismo, “una estupidez, un delirio de grandeza gratuito”, una condena perentoria y sin paliativos, que Garrido asume y remonta hasta las Cruzadas, siguiendo las reflexiones del palestino-norteamericano Edward W. Said. El círculo de la execración contra Occidente se cierra con “la muy extendida sospecha de que, salvo para las élites, la administración de los imperios coloniales fue el caldo de cultivo ideal para alimentar todas las formas imaginables de fundamentalismo religioso-político a través a través de la mitificación del pasado” (pág. 270).

El frondoso debate del “islam en Europa” sería más equilibrado si se recogiera el testimonio de los árabes y musulmanes ilustrados que sostienen, a veces con excesiva pasión, que la religión islámica es incompatible con la democracia y que el diálogo entre las civilizaciones es una redundancia porque sólo adquiere su pleno significado en un terreno de juego que no esté delimitado y constreñido por la religión. Otros europeos piensan de manera similar, como Giovanni Sartori, que “el islam es incompatible con Occidente”. Las experiencias y los libros de la somalí Ayaan Hirsi Ali, el sirio Ali Ahmad Said Ester (Adonis), los argelinos Kamel Daoud y Boualem Sansal, el pakistaní Ibn Warraq, el anglo-indio Salman Rushdie y el tunecino Abdelwahab Meddeb, muchos de ellos condenados por herejes y perseguidos, a veces vituperados en la prensa europea seudoprogresista, confirman la validez universal del liberalismo y mitigan el vilipendio de la herencia occidental. Ninguno de ellos aparece citado por Garrido.

Mi estimado colega y amigo se muestra muy prudente en el momento de las conclusiones. “No hay forma de ir más allá de la enumeración siempre provisional de los ingredientes constitutivos de la crisis abierta por los islamistas en armas” (pág. 302), concluye Garrido, aserto fácilmente asumible por los que de alguna manera nos dedicamos a comentar la cambiante y turbulenta actualidad internacional. Comparto también la hipótesis de que “el vínculo entre islam y crisis es tan evidente, que cualquier otro planteamiento parece una especulación difícil de fundamentar”. Y me parece incuestionable que “la derrota del Estado islámico no entrañará un apaciguamiento o resolución de la crisis”.

El islam está en Europa para quedarse, en todas sus manifestaciones y con todas sus consecuencias. Los terroristas islamistas se mueven como pez en el agua, según la metáfora de Mao, en algunos barrios de las grandes urbes. Por eso la utilidad de un libro bien escrito, de información contrastada, escrupuloso en la cita de las fuentes de un tema oceánico y que nos exige una atenta lectura para responder al exigente y pausado trabajo del autor. ¿Cómo hacer frente al desafío sin extraviarse en el laberinto y sin abdicar del acervo cultural europeo y occidental? Queden para otro libro y otros artículos la respuesta a la pregunta que formulaba hace poco el filósofo Pascal Bruckner desde una tribuna de “la inquieta y fatigada Francia”: “¿Está Occidente a punto de perder la guerra?”

 

 

 

 

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