Posteado por: M | 5 junio 2016

La reforma imposible en Francia

Los franceses son refractarios a las reformas y no tienen inconveniente en reconocerlo públicamente, según ponen de relieve las encuestas. Por enésima vez, Francia padece los efectos de una revuelta social, aunque minoritaria y propulsada por un sindicato anacrónico, que perturba los servicios públicos y tiene contra las cuerdas al presidente François Hollande y su primer ministro, Manuel Valls, ambos del Partido Socialista (PS), promotores de un proyecto de ley de relaciones laborales que desde hace tres meses se discute en la Asamblea Nacional. Una reforma arriesgada que divide a los socialistas en el poder y que sus detractores sindicales rechazan por considerarla en exceso liberal y perjudicial para sus intereses. Por eso la nación vive une drôle de guerre, un simulacro de confrontación que amenaza con paralizarla en vísperas del campeonato europeo de fútbol.

Llueve sobre mojado, no sólo porque el Sena se salió de madre en París tras las precipitaciones diluvianas del mes de mayo, sino porque, metafóricamente, ésta es la cuarta vez en los últimos 20 años en que el gobierno se enfrenta a la cólera sindical por impulsar unas reformas modernizadoras y convenientes cuyos objetivos son: mejorar la competitividad, introducir una modesta liberalización de los contratos de trabajo y eliminar algunos obstáculos estructurales de la economía estatalizada y del Estado hipertrofiado en la época de la integración europea, las fuertes migraciones, la globalización y el proyecto de tratado comercial transatlántico. El gobierno y algunos analistas defienden la modernización que entraña la reforma, a todas luces insuficiente para corregir las disfunciones y los desequilibrios de un modelo fuertemente dirigista y centralizado.

Por dos veces bajo la presidencia del derechista Jacques Chirac (1995 y 2006), sus primeros ministros, Alain Juppé y luego Dominique de Villepin, se vieron forzados a retirar sendos programas de reforma tras perder la confianza del presidente de la República como consecuencia de las protestas sindicales. Los proyectos legislativos fueron abortados por la agitación callejera frente a la razón democrática, pero también por la falta de coraje político –la cobardía, denuncian sus mismos partidarios– de un jefe del Estado que, acosado por la impopularidad, prefirió el deshonor a la firmeza frente a unos sindicatos supuestamente revolucionarios. La izquierda socialdemócrata de Hollande y Valls está probando la misma pócima a pesar de haber protagonizado algunas sonadas palinodias.

Luego de múltiples concesiones puntuales para taponar las brechas en la cohesión del PS, que conoce su peor desgarro desde la unificación y refundación de 1969-1971, las disposiciones más avanzadas del código laboral de la ministra de Trabajo, Myriam El Khomri, de origen marroquí, se han evaporado. El gobierno utilizó los poderes especiales, reminiscencia del gaullismo, frente a la Asamblea Nacional, para yugular el debate y que el proyecto siguiera su curso, pero el incendio social alumbrado sigue quemando etapas. Como resumió esta semana el Courrier International, editado en París, “las numerosas reculadas y concesiones del gobierno, en vez de acelerar las reformas, han galvanizado a la oposición y han conducido al país a un callejón sin salida”.

La oposición más radical y persistente al proyecto gubernamental la encarna Philippe Martínez, secretario general de la Confederación General del Trabajo (CGT), el sindicato revolucionario en sus orígenes que fue de obediencia comunista, la típica correa de transmisión, pero que apoyó a Hollande en las elecciones presidenciales de 2012. Bajo la intimidación sindical, el gobierno de Manuel Valls, al mismo tiempo que alardeaba de su firmeza, retiró una de las medidas esenciales pero más polémicas del proyecto: imponer un límite a las indemnizaciones por despido en los procedimientos de arbitraje, verdadero rompecabezas para las pequeñas y medianas empresas en momentos de dificultades económico-financieras. Pero las concesiones y los apaciguamientos, con renuncia o menosprecio de la legitimidad democrática, como enseña la historia, sólo fortalecen a la oposición fuera del parlamento y exponen al gobierno a los embates de la agitación callejera.

La CGT impugna, sobre todo, el artículo 2 del proyecto de ley El Khomri que pretende dar prioridad a la negociación directa, dentro de cada empresa, y derogar la regla general que hasta ahora otorga primacía a los acuerdos sectoriales entre los sindicatos y las patronales. Los sindicalistas y sus aliados, muchos de ellos dentro del PS, denuncian “la inversión de la jerarquía de las normas”, pero tras la aparente intransigencia de Martínez y sus compañeros se esconde la voluntad de preservar la influencia del sindicato y dar garantías a sus menguadas huestes de que todo seguirá igual, pese a los vientos liberalizadores que soplan desde los cuarteles generales de los eventuales candidatos de la derecha (Nicolas Sarkozy, Alain Juppé, François Fillon) para las elecciones presidenciales de 2017, “la surenchère liberale” que anticipa y vitupera Le Monde.

Sobre esta cuestión capital, la revista Le Point recuerda el razonamiento del admirado y añorado Jean-François Revel con motivo de las ya citadas concesiones de Jacques Chirac y el sacrificio de sus dos primeros ministros: “Cuando los bloqueadores se obstinan hasta el último minuto posible –declaró Revel en una entrevista–, la reforma sólo se produce después del fracaso. Fue lo que pasó en la Unión Soviética: Gorbachov sólo decidió hacer las reformas cuando ya era demasiado tarde para realizarlas.” Y demostró, por supuesto, que el sistema comunista anquilosado era irreformable. La última reflexión de Hollande va en el mismo sentido: “Prefiero dejar la imagen de un presidente que ha llevado a cabo reformas impopulares que la de un presidente que no hizo nada.”

Según el diario alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung, próximo de la patronal, Hollande tiene muy en cuenta la experiencia del canciller Gerhard Schröder, del Partido Socialdemócrata (SPD), que gobernó en Alemania de 1998 a 2005, en coalición con los Verdes, e impuso una reforma de las relaciones laborales, de los salarios y las pensiones, muy impopular, pero que actuó como el motor de la espectacular recuperación económica después de los duelos y quebrantos de la reunificación. La reforma laboral de Schröder abarató el despido, flexibilizó la jornada de trabajo y redujo el nivel del salario mínimo. En el terreno económico, la cancillera Merkel no ha hecho otra cosa que administrar la herencia en medio del vendaval de la crisis financiera y los sobresaltos del euro.

Como es habitual cuando se producen conflictos en la izquierda, el diario Le Monde repartió las culpas y atribuyó el pulso entre el gobierno y la CGT a “la relativa fragilidad” de ambos, cuando la popularidad de Hollande anda por los suelos, con menos del 15 % de opiniones favorables, según todas las encuestas. La legitimidad política del presidente está en entredicho porque, como le acusa el líder de la CGT, trata de sacar adelante un programa “para el que no fue elegido”. En 2012, en efecto, para vencer a Sarkozy en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, Hollande agrupó a toda la izquierda con la promesa demagógica de combatir a los ricos y acabar con la austeridad. Ni una cosa ni la otra, sino una volta face espectacular, un viraje súbito, un reformismo alicorto, un centrismo impostado y hasta un neoliberalismo de nuevo cuño que encarna el ministro de Economía e Industria, Emmanuel Macron, alto funcionario y ex directivo de la Banca Rothschild, que pretende exonerar al sistema del corsé que lo paraliza. El sector izquierdista del PS no quiere tragarse ese sapo.

El declive del sindicalismo

La CGT francesa es el ejemplo cabal de la delicuescencia del sindicalismo en toda la Europa occidental, con la única excepción de Escandinavia. Su influencia sobre las decisiones gubernamentales es inversamente proporcional al número de afiliados, en descenso vertiginoso en todos los países. Actúa “en defensa de los trabajadores”, pero, desde luego, no de todos los trabajadores, sino primordialmente de los bien situados en el sector público y las grandes empresas. En Francia sólo están sindicados el 8 % de los asalariados, el 22 % en Alemania, el 26 % en el Reino Unido y el 36 % en Italia, no más del 15 % en España. Los reiterados fracasos de un modelo sindical claramente obsoleto provocan el daño colateral de radicalizar a los últimos afiliados subvencionados y burocratizados.

¿De dónde procede, pues, la influencia de los sindicatos? En primer lugar, de las subvenciones del Estado, que suple las irrisorias cotizaciones de los militantes con el dinero de todos los contribuyentes; pero, sobre todo, de su implantación en el sector público, en las empresas estatales, en el transporte ferroviario, la electricidad y el gas, las centrales nucleares, los puertos o el metro parisiense, lo que les permite mantener como rehenes a los usuarios de los servicios. Los pecheros, que diríamos en España, abandonados por el llamado Estado del bienestar, pagan dos veces y sufren el chantaje de los sindicatos. ¿Cuál es la razón última de que el Estado financie al gremio sindical sin exigirle que respete las decisiones del poder legislativo salido de las urnas y renuncie a las huelgas políticas?

El mercado de trabajo francés es un sistema “à bout de souffle”, agotado, que no funciona eficazmente y que constituye uno de los factores que explican el paro endémico en torno del 10 % de la fuerza laboral, el más elevado entre las grandes economías de la UniónEuropea, excepto la española. Los partidarios de la ley El Khomri aseguran que muchos patronos se resisten a contratar a nuevos empleados porque es demasiado complicado y muy oneroso el despedirlos en momentos de dificultad. El resultado más tangible e injusto es un modelo de dos velocidades, de dos tipos de contrato –indefinido y temporal— y dos clases de trabajadores. No obstante, el discurso dominante es el de la izquierda radical: el 60 % de los franceses, según las encuestas, cree que la reforma podría privar de protección social a muchos trabajadores. Por eso intentan bloquear cualquier iniciativa de cambio.

Aunque esta “primavera francesa” debe mucho a la sociedad del espectáculo y tiene mucho de “teatro callejero”, jaleado por las televisiones, pese a los choques a veces violentos de los manifestantes contra los flics, no cabe duda de que el país está en una encrucijada que desgarra tanto al gobierno y al PS como a la oposición de derechas con varios tenores. El mismo gobierno está peligrosamente dividido sobre cuestiones esenciales: nacionalismo o mundialización, proteccionismo o librecambio, intervencionismo o liberalización, reformismo o continuidad, preservar el gasto exorbitante del Estado o reducir la deuda metiendo la tijera en la enorme masa de funcionarios.

El economista e historiador Nicolas Baverez, discípulo y heredero intelectual de Raymond Aron, que ganó notoriedad en 2003 con La France qui tombe. Un constat clinique du déclin français (Francia en declive), un diagnóstico implacable, vuelve ahora a la carga, con gran acopio de datos y argumentos, para recordar que el modelo económico francés, adoptado en 1944, está definitivamente caduco, y subraya tanto “la incapacidad de Francia para adaptarse a la nueva situación nacida del fin de la guerra fría, la mundialización y la introducción del euro” como el obstáculo mayúsculo de “un dirigismo estatal sin equivalente en el mundo occidental”. En su opinión, Francia sigue fiel a “un modelo de desarrollo cuantitativo más que cualitativo, al revés de la economía social de mercado alemana”, que frena dramáticamente su progreso.

Las reformas que tienen más éxito son las que nacen de un diagnóstico adecuado y de un amplio consenso social, pero el clima preelectoral en Francia no favorece ninguno de los dos. El análisis lúcido de Baverez suscita escaso entusiasmo en la clase política, en la que dominan claramente los charlatanes de las promesas electorales y las fantasías demoscópicas. El liberalismo no tiene buena prensa en Francia, ni los franceses parecen dispuestos a prescindir de las subvenciones, en el campo y la ciudad; de las jubilaciones discriminatorias y en general de las muletas del Estado. En realidad, la izquierda y la derecha no compiten por crear más riqueza, sino por el monopolio del gasto del dinero público, por controlar todos los mecanismos del Estado interventor, aunque sea aumentando la plétora de funcionarios.

Desde hace más de 40 años, Francia se financia mediante el endeudamiento, y según una encuesta publicada por L´Opinion, el 53 % de los encuestados reclamaron una mayor intervención del Estado en la economía. El último excedente presupuestario data de 1973. Desde que llegó al poder Giscard d´Estaing (1974), el gasto público ha pasado del 39 % del producto interior bruto (PIB) a más del 60 %, de modo que puede decirse que la derecha y la izquierda se alternan en el poder, pero coinciden plenamente en el manejo pródigo cuando no descabellado de los dineros del contribuyente. Si el porcentaje del gasto público sobre el PIB mide el grado de liberalización económica, resulta evidente que Francia es uno de los países menos liberales y más intervencionistas. El Frente Nacional (FN) y la izquierda radical coinciden en el rechazo de la globalización y la manía estatalizadora.

La situación política puede ser explosiva cuando todos los partidos se preparan para las elecciones presidenciales del año próximo. El semanario británico The Economist plantea un dilema agónico. Si Hollande, Valls y Macron sacan adelante su proyecto, tildado de neoliberal por sus adversarios dentro del conglomerado socialista, existe el riesgo de una implosión del PS, habida cuenta de que el presidente bate todas las marcas de impopularidad. Si, por el contrario, los sindicatos y el sector izquierdista del socialismo derriban o debilitan al gobierno, entonces quedará abierta la gran batalla por el control de la izquierda. Una vez más, las reformas inaplazables habrán sido sacrificadas en aras del oportunismo electoral. Francia seguirá “En attendant la Réforme [Godot]”, como el personaje que nunca llega en la célebre obra de Samuel Beckett, una imposibilidad teórica. ¿Hasta que sea demasiado tarde?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: