Posteado por: M | 14 junio 2016

Más libros y disputas sobre el populismo

Cuando retrocede claramente en América Latina, su cuna y el lugar de su apogeo, de sus manifestaciones esperpénticas y sus formulaciones modélicas, convertido allí en un mal endémico pero en declive, el populismo avanza impetuosamente en Europa e incluso en Estados Unidos, donde cristaliza como un nuevo avatar del nacionalismo que se revuelve contra el sistema liberal, contra la globalización en marcha, contra el supuesto incremento de las desigualdades, para reclamar ora el fortalecimiento del Estado protector ora el retorno de las fronteras o de las barreras arancelarias. El populismo aparece en el horizonte cercano como una amenaza para el orden democrático y globalizador realmente existente, puesto que el discurso político, el relato histórico y la cultura superficial de las redes sociales aparecen dominados en algunos países por las fuerzas antiliberales de la simplificación y la impostura.

Según la descripción canónica del intelectual mexicano Enrique Krauze, “el líder populista arenga al pueblo contra el no pueblo, anuncia el amanecer de la historia, promete el cielo en la tierra. Cuando llega al poder, micrófono en mano decreta la verdad oficial, desquicia la economía, azuza el odio de clases, mantiene a las masas en continua movilización, desdeña los parlamentos, manipula las elecciones, acota las libertades.” Cuando el fenómeno populista está en decadencia en América Latinas, el mismo Krauze se pregunta con inquietud cómo es posible que ese modelo arcaico esté de moda en España y en otros países de Europa con diversas etiquetas, en Portugal, Grecia, Dinamarca, Austria, Francia, Italia, Reino Unido, hasta llegar a Suecia y Finlandia.

La respuesta no es fácil, pero no cabe duda de que la crisis económica que estalló en Europa en 2008 acarreó agua al molino de la extrema izquierda, puso en el escenario político español el movimiento del 15-M, cuyos dirigentes más avezados o mejor organizados, financiados desde Caracas y Teherán, manipularon y dirigieron contra toda la clase política, increpada como “la casta”, los numerosos agravios de los más afligidos y, desde luego, de las clases medias súbitamente proletarizadas y desconcertadas después de que el presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, cantara la palinodia, renegara de su izquierdismo de salón, antinorteamericano y nostálgico de la guerra civil, y acabara por obedecer al apremiante dictado de Bruselas para eludir la catástrofe económica.

Proliferan los artículos, los ensayos y los libros sobre el populismo, en favor y en contra, aunque me parece que sigue siendo de gran utilidad el repaso del libro clásico del francés Guy Hermet, Les populismes dans le monde (2001), para iniciarse en la comprensión del complejo proceso político que conduce paradójicamente a la propagación y el atractivo de un modelo arcaico poblado de fantasmas más allá del ámbito regional de América Latina. Sostenía Hermet que el populismo instaura “un apartheid inscrito en los corazones” por su odio hacia las élites que le precedieron o le cierran el camino y por su fractura maniquea entre el cielo de los buenos, conquistado o asaltado por el grupo sedicentemente revolucionario, a través de las instituciones, y el infierno de los malos, de los plutócratas y los corrompidos.

La académica francesa Chantal Delsol publicó recientemente un ensayo sobre el estado de la cuestión, los orígenes del fenómeno, su evolución e influencia universal, incluyendo un estudio de las causas de su ostracismo o denigración intelectual, con el título Populisme. Les demeurés de l´histoire, traducido muy libre y ambiguamente al español como Populismos. Una defensa de lo indefendible, por la editorial Ariel (2015). Censura Delsol la pereza intelectual y política de las élites que repudian los movimientos populistas sin analizarlos en profundidad, o que utilizan el sustantivo populismo como un epíteto de oprobio, y asevera perentoriamente que “la estigmatización constante del populismo no es más que el claro ejemplo de la enfermedad de una democracia que, lejos de aceptar su pluralismo inherente, utiliza el desprestigio para rechazar aquellas ideas que son contrarias a las de la élite dominante”.

Más que una crítica del populismo, el ensayo de Delsol, muy centrado en la experiencia francesa del Frente Nacional, se me antoja una diatriba contra la práctica de nuestras democracias, sin duda necesitadas de una revitalización, en las que, según escribe, se produce “el anquilosamiento de la idea de emancipación” y el secuestro de los ideales de la razón ilustrada. Porque “el conflicto de las opiniones”, siempre saludable, acaba por desembocar en el reino de un dogma inamovible. Su conclusión es inquietante: “El populismo sería, pues, el apodo con el cual las democracias pervertidas disimularían virtuosamente su menosprecio por el pluralismo.”

Creo que se puede argüir, dialécticamente, que las mismas debilidades de las democracias, su desistimiento ideológico, su relativismo suicida, preparan el terreno para que arraigue y se propague el discurso populista de la frustración, el resentimiento y el cambio por el cambio. Siguiendo las lecciones de sus mentores intelectuales, como el argentino Ernesto Laclau, que trató de conciliar el marxismo de Gramsci con el peronismo de los esposos Kirchner, los populistas de izquierdas están preocupados por reafirmar la hegemonía de su discurso, de su dominio de la iniciativa histórica en los debates políticos y sociales, y por recuperar “el control del lenguaje”, “en construir y disputar las palabras con las que se nombra y se piensa el mundo”, según la explicación del profesor Carlos Fernández Liria, de la universidad de Madrid, que se presenta como adalid del populismo y mentor intelectual de Podemos.

No queda claro, sin embargo, cuáles son esas democracias supuestamente degeneradas o decadentes, pues Delsol muestra un extraño menosprecio u olvido de la situación en algunos países de Europa y los estragos del populismo cuando pontifica que “no hay populismo en Gran Bretaña o en España” (página 177), una afirmación muy chocante en el momento en que la prensa popular británica dispara salvas patrióticas contra la pérfida Unión Europea (UE) y las encuestas de opinión propalan el ascenso irresistible de Podemos en las inminentes elecciones españolas. Una razón más para insistir en el carácter impreciso del concepto de populismo y la gran variedad de sus experiencias políticas, así de derechas como de izquierdas, antaño pujantes en América Latina y ahora en Europa, caracterizadas, ante todo, por su densa hostilidad hacia las élites del establishment.

Una concepción del poder y de la política

 La organización internacional Project Syndicate acaba de publicar un excelente epítome de los mejores artículos y las ideas más novedosas sobre el fenómeno populista, bajo el título “El resistible ascenso del populismo” (junio, 2016), en el que llama la atención sobre el carácter casi universal de esa concepción del poder y de la política, en la que engloba propuestas y experiencias tan divergentes y distantes como la Rusia de Putin, la Francia del Frente Nacional (FN), la Turquía del islamista Erdogan o la Grecia del neocomunista Syriza. Todo parece indicar que el populismo se configura así, por su extensión y su radicalismo, como un nuevo enemigo planetario de la democracia liberal y tal vez de la pax americana en vías de extinción. Lo que no sabemos es si la situación cristalizará en una nueva guerra fría.

El profesor holandés Ian Buruma se pregunta aprensivamente si estamos asistiendo a “una nueva aurora o primavera del fascismo”, en la que incluye tanto a Donald Trump como a Vladimir Putin, y dirige sus dardos contra “una variedad de demagogos y charlatanes de extrema derecha en Europa”. Reconociendo los problemas conceptuales y prácticos de términos como fascista y nazi, meras expresiones peyorativas para descalificar a todos los que nos perturban o desasosiegan, insiste Buruma en los peligros que para la democracia representan “los demagogos modernos”, entre los que menciona al holandés Geert Wilders, el húngaro Viktor Orban y el nuevo presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte.

El problema de la reflexión de Buruma es su manifiesta parcialidad, la hemiplejia moral de su razonamiento, pues sólo apunta contra demagogos e impostores que podríamos considerar de derechas, de extrema derecha, y permanece mudo ante los charlatanes de la izquierda, las cotorras de la utopía impostada, igualmente peligrosos para la salud de la república liberal y democrática. El ensayista holandés olvida olímpicamente los duelos y quebrantos que el populismo sedicentemente de izquierdas o progresista provocó en América Latina (Venezuela, Cuba, Bolivia, Argentina) y está causando en el sur de Europa, desde Portugal a Grecia.

La sensación de riesgo está muy extendida en los círculos académicos tanto americanos como europeos, como confirma el apremiante llamamiento del universitario chileno Andrés Velasco, que fue ministro de Finanzas, para que “los liberales se presenten en las barricadas” (“Liberals to the Barricades”) a fin de defender la democracia liberal, “el mayor logro político de la humanidad”, el mejor sistema de gobierno de todos los conocidos, y protegerla de los virulentos ataques de los que “utilizan la pasión al servicio de una política del temor y el odio”. Para respaldar su arenga, cita el profesor Velasco la admonición de la filósofa norteamericana Martha Nussbaum: “Al ceder el terreno para explotar las emociones a las fuerzas antiliberales se otorga a éstas una gran ventaja en los corazones de las gentes y se corre el riesgo de que los ciudadanos crean que los valores liberales son tibios y aburridos.” Una nueva formulación de la dolorosa experiencia de que el apaciguamiento conduce primero a la deshonra y luego a la guerra.

El populismo politiza y explota con habilidad el estado de ansiedad en que viven amplios sectores de las sociedades occidentales, vapuleadas por la crisis, a ambas orillas del Atlántico. De esa ansiedad se nutre el discurso que clama contra la globalización –latiguillo común–, defiende la primacía laboral de los nativos frente al empuje o la mera presencia de los recién llegados (Frente Nacional) o utiliza demagógicamente un pedestre discurso contra la austeridad (Podemos). Como subraya el profesor Harold James, de la universidad de Princeton (EE UU), “en vez de rechazar los productos extranjeros, los que se oponen a la globalización rechazan a los inmigrantes”. Mientras unos enarbolan las banderas de “la grandeza nacional”, otros desfilan tras las pancartas que denuncian una supuesta y creciente desigualdad económica. Demandas heterogéneas pero que pueden coincidir en la lucha contra un enemigo común real o fabricado.

El España, el discurso a veces incoherente o contradictorio de Podemos, ha sido aclarado y sistematizado por el ya citado profesor Carlos Fernández Liria en un libro titulado En defensa del populismo, editado por Los Libros de la Catarata (2016), una apología didáctica del populismo marxista-peronista, siguiendo el catecismo indigesto de Laclau, para aglutinar a un amplio abanico de reclamaciones o demandas sociales mediante la simplificación combativa de dirigirlas contra un enemigo común machaconamente identificado y apostrofado. El resultado político es la gran coalición de todos los agraviados y descontentos, los numerosos partidos, facciones y tribus acogidos bajo el paraguas de Podemos.

La vaguedad de los conceptos hace posible que los líderes populistas muden de chaqueta según los escenarios locales –en las taifas regionales españolas– o que se atengan férreamente al consejo maquiavélico de que el fin justifica los medios. Por eso el profesor Fernández Liria no se detiene en nimiedades y aboga por enmascarar los objetivos revolucionarios detrás de las instituciones liberales o de las conquistas del Estado del bienestar, para “empezar a defender cosas de muy sentido común”. Por eso su discípulo Pablo Iglesias esconde sus proclamas comunistas para presentarse con la piel de cordero socialdemócrata. Como señaló el ensayista Juan Manuel de Prada, en su acerada crítica del libro de Fernández Liria (ABC, 28 de mayo de 2016), lo que éste pretende es que “su ideología pueda ocupar, bellamente disfrazada, ‘la centralidad del tablero’, permitiendo a Podemos el conquistar las instituciones”.

El mexicano Jesús Silva-Herzog, en su recensión del libro de Laclau (Letras Libres, junio de 2006), denunció la impostura: “Los populismos contemporáneos pueden ser paraguas multiclasistas, pero coinciden en la búsqueda de firmeza frente a la angustia de la incertidumbre.” Los populismos pueden aparecer como “el síndrome de una democracia incompetente”, pero en Europa carecen de una fórmula razonable para la acción política, como confirma la deplorable experiencia de Syriza en Grecia. El discurso antieuropeo y antiausteridad –más gasto público sin saber quién va ser el prestamista— junto con las promesas celestiales se desvanecen tan pronto como los cajeros automáticos de los bancos dejan de entregar dinero.

“El engaño populista”

Para curarse de la aparatosa tentación populista, la mejor medicina es el libro que acaban de publicar el chileno Axel Kaiser, jurista y analista político, y la guatemalteca Gloria Álvarez, politóloga y periodista, titulado El engaño populista. Por qué se arruinan nuestros países y cómo rescatarlos (Editorial Planeta, 2016), con un combativo prólogo del profesor Carlos Rodríguez Braun, en el que cita al economista liberal Friedrich Hayek para sostener que el populismo “no es más que una variedad del socialismo de todos los partidos”, es decir, del antiliberalismo.

populista

El libro contiene un análisis lúcido e implacable del populismo y sus diversas manifestaciones. Un primer capítulo, con el epígrafe de “Anatomía de la mentalidad populista”, disecciona las cinco características o desviaciones esenciales que configuran la mentalidad populista: el odio de la libertad y la idolatría del Estado; el complejo de víctima, para echar la culpa a los otros de cuanto malo nos ocurre; la paranoia antineoliberal, como si los perjuicios económicos surgieran del liberalismo, cuando la experiencia histórica demuestra de manera incontrovertible que el socialismo está estrechamente emparentado con la miseria y el despotismo; la pretensión democrática y la presunción de actuar en nombre del pueblo; por último, la obsesión igualitaria, “que se utiliza como un pretexto para incrementar el poder del Estado” y cercenar la libertad de los ciudadanos.

El segundo capítulo –“La hegemonía cultural como fundamento del populismo”— está dedicado a estudiar los orígenes intelectuales del populismo contemporáneo, a partir de las ideas y propuestas del comunista italiano Antonio Gramsci, que teorizó sobre la hegemonía cultural, los intelectuales orgánicos y el bloque hegemónico como la punta de lanza del movimiento revolucionario, en paralelo –se supone– con el desarme ideológico y el desistimiento de los adversarios. “El combate filosófico por las palabras como parte del combate político”, según enseñó Louis Althusser, pasa por alto las terribles secuelas de la invención de la neolengua (“la libertad es la esclavitud”), el arma infalible del “ministerio de la Verdad” que George Orwell colocó en el centro de su célebre distopía.

Los populistas tienen muy interiorizado el principio gramsciano de que la toma del poder será el corolario de la hegemonía ideológica, pero como bien señalan Kaiser y Álvarez, la propagación del mensaje exige la colaboración de “los distribuidores de segunda mano”, según la expresión de Hayek, como periodistas, artistas, escritores y otros creadores de opinión que abonan y preparan el decisivo terreno de la batalla cultural, arropan a los populistas y les ceden la plataforma catódica. En su libro Disputar la democracia (2014), Pablo Iglesias se mostró como un genuino epígono de Gramsci, reconociendo una deuda intelectual de segunda mano –a través de Laclau– que encuentra una praxis interesada en su incesante desfile por los medios, sobre todo, la televisión.

No obstante, la faramalla comunista que aparece en el libro de Iglesias –“la hegemonía es el poder cultural del que goza la clase dominante”— ha sido edulcorada por su conversión socialdemócrata, por la mudanza desde la cólera revolucionaria a la suavidad untuosa y socialdemócrata del aspirante a la Moncloa. Como si la devoción por Gramsci hubiera sido reemplazada por la del revisionista y “renegado” Eduard Bernstein, padre intelectual de la socialdemocracia europea.

La alternativa que preconizan Kaiser y Álvarez es la del “republicanismo liberal”, cuyos orígenes y principios rastrean más en los países de tradición anglosajona (EE UU y Reino Unido), con regímenes fundados en el individualismo, el rule of law y el respeto de las libertades, que en la tradición cultural afrancesada, deudora del Estado fuerte, con el mayor poder posible, y benefactor, pero que coarta la autonomía de los ciudadanos. Y concluyen: “Para lograr romper el engaño populista del que nuestros países son víctimas, necesariamente debemos trabajar en la construcción de un sentido común opuesto al que ha prevalecido. En otras palabras, debemos lograr que ciertas ideas y ciertos conceptos que hoy no parecen ser populares lleguen a serlo.”

En suma, un llamamiento para el rearme ideológico y moral en sentido liberal y democrático frente a los cantos de sirena del Estado interventor y el colectivismo. Los liberales en las barricadas, sin complejos.

 

 

 

 

Anuncios

Responses

  1. He llegit les 100 primeres pàgs. de “El engaño populista”. Crec que el tractament que dona als fets de Xile -només esmenta de passada el cop militar de Pinochet passant per alt les terribles tragèdies que s’hi van viure-, no anima precisament a seguir amb la lectura. A la portada trobo que hi falten les fotografies de Rajoy i Susana Díaz. En opinió meva el discurs de Rajoy la nit electoral va ser un exemple del populisme més barroer. I el PSOE andalús de la senyora Díaz és tota una antologia de populisme nacionalista ètnic. Comparat amb aquestes demostracions, l’independentisme català és, si se’m permet l’exageració, un joc de nens. És clar que m’adono que el llibre ve d’abans.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: