Posteado por: M | 21 junio 2016

La campaña tóxica del Brexit

La campaña del referéndum en el Reino Unido, sobre el abandono de la Unión Europea, volvió a plantear el tema de singularidad inglesa en el conjunto de los pueblos europeos. La virulencia de la retórica de los partidarios del Brexit, espoleada por la xenofobia y la demagogia de los periódicos populares, alimentó muchas reflexiones y especulaciones gratuitas sobre el supuesto carácter inglés y las divergencias observables en su comparación con otras sociedades del continente. Un viejo tópico, aunque refrendado por Churchill. La teoría de los caracteres nacionales es una superchería, de manera que puede asegurarse que el mal británico, sin duda agravado por el comportamiento del primer ministro, David Cameron, se extiende por el continente y amenaza el proyecto de una unión cada día más estrecha entre los ciudadanos europeos.

En el “Epílogo para ingleses” que Ortega y Gasset añadió en 1938 a su Rebelión de las masas puede leerse: “El pueblo inglés es, en efecto, el hecho más extraño que hay en el planeta”, una fórmula hiperbólica para expresar su sorpresa y azoramiento ante la singularidad e insularidad, ante el hecho de que “Inglaterra –su gobierno y su opinión pública— se ha embarcado en el pacifismo.” La reflexión está datada en París en abril de 1938, cinco meses antes de que los jefes de gobierno de Gran Bretaña y Francia capitularan ante los dictadores Hitler y Mussolini al firmar los acuerdos o pacto de Múnich (30 de septiembre de 1938) que apuñalaron por la espalda y mutilaron a Checoslovaquia, entregando el territorio de los Sudetes a la voracidad nazi, en la creencia de que así garantizarían la paz en Europa.

El Pacto de Múnich figura en los anales como símbolo nefasto del pacifismo, el entreguismo y el apaciguamiento ante la agresión o la osadía de las fuerzas del mal. En el debate en la Cámara de los Comunes, el 5 de octubre siguiente, con los diputados entregados al opio del pacifismo, el primer ministro, el conservador Arthur Neville Chamberlain, se vanaglorió de haber logrado “la paz para nuestro tiempo”, pero su correligionario Winston Churchill, clarividente, le replicó con unas palabras premonitoras y sombrías, en medio del abucheo de la mayoría pacifista en ambos lados del rectángulo parlamentario: “You were given the choice between war and dishonour (…) you chose dishonour and youy will have war.” (“Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra (…) elegisteis el deshonor y tendréis la guerra.” Un año después, Alemania y la URSS invadieron Polonia y desencadenaron la Segunda Guerra Mundial.

Viene a cuento este recordatorio porque, une vez más, como le ocurrió a Ortega en ocasión tristemente memorable, nos tropezamos aparentemente con la singularidad y el rechazo británicos, que se expresan con una mezcla de patriotismo exacerbado (jingoismo) –refugio de los canallas, según el apotegma de Samuel Johnson–, xenofobia, antieuropeísmo, populismo, neonazismo y “la política del odio”, según la expresión de Daniel Trilling, autor de un libro reciente con título estridente: Blody Nasty People, the Rise of Britain Far Right (“Gente sangrienta y repugnante, el ascenso de la extrema derecha en Gran Bretaña”). El pacifismo de entonces generó muchos males, el euroescepticismo de ahora es una amenaza constante para la integración y la cohesión europeas.

La víctima propiciatoria de esa abominación antieuropea fue la diputada laborista Jo Cox, defensora valiente de los menesterosos, de la diversidad y la inmigración, vilmente asesinada por un partidario del “Britain first” (“Gran Bretaña ante todo”), el lema de los antieuropeos que es también el nombre de un grupo de extrema derecha relacionado con la neonazi Alianza Nacional norteamericana. Una tragedia que vino a confirmar los peligros de la Brexosis, acrónimo de Bret y neurosis, inventado por Ferdinand Mount para denunciar “la enfermedad mental” de los jingoistas, en un artículo publicado en la London Review of Books.

La singularidad británica, empero, está en franco retroceso y la rebelión del hombre masa se articula en torno a los movimientos populistas, en toda Europa, empeñados en una revuelta frontal contra las élites y los partidos políticos tradicionales. Las diferencias entre los británicos de 1938 y los de ahora son abismales, no sólo por la pérdida del imperio, la inmigración multirracial, el abandono geopolítico y la integración europea, sino, ante todo, porque las naciones no son organismos naturales e inmutables, como suponen muchos nacionalistas, ni de creación divina, como creía el obispo catalán Torras y Bages, sino productos de la historia y de la evolución constante de las sociedades. El mismo Ortega en el libro ya citado escribió que “el carácter nacional se va haciendo y deshaciendo y rehaciendo en la historia”.

La quimera de la plena soberanía

Los más radicales partidarios del Brexit actuaron en la campaña bajo el impulso emocional de una quimera: la imposible restauración de la plena soberanía. No obstante, la ilusoria y romántica pretensión nacionalista cuenta con innumerables imitadores en la Europa continental. Los nacionalistas británicos de extrema derecha, desde luego, no tienen la exclusiva de “la política del odio”. El virus está muy extendido, como lo estaban el pacifismo y la no intervención en los años 30 del pasado siglo. Se trata, en verdad, de una mala hierba, la cizaña que brota por doquier y se aclimata en ambientes ideológicamente dispares, a derecha e izquierda, unas corrientes de opinión que oscilan entre la islamofobia y la islamofilia, entre la xenofobia recalcitrante del nacional populismo y el irenismo de los bienpensantes que tergiversan y se resisten a denunciar el proyecto totalitario del islamismo radical y los males que aprisionan el orbe musulmán y sus sociedades cerradas y retardatarias; entre el activismo generoso de Jo Cox, en fin, y el egoísmo frenético de los militantes del “Britain first”.

Los británicos no son tan excéntricos o singulares como pudiera pensarse después de oír las soflamas de algunos políticos como Nigel Farage, líder del United Kingdom Independence Party (UKIP), Partido de la Independencia del Reino Unido, o el ex alcalde de Londres, Boris Johnson, del mismo Partido Conservador que el primer ministro. La pandemia de la demagogia se extiende por todo el continente, de Tallin a Lisboa, y se disfraza en cada país con los oropeles nacionales y los acentos regionales. En 1938, Chamberlain estuvo acompañado en la vergonzosa rendición de Múnich por el jefe del gobierno francés, Édouard Daladier, y ahora se olvida con frecuencia que Francia y Holanda rechazaron el proyecto de Constitución europea en sendos referendos (29 de mayo y 1 de junio de 2005, respectivamente), cuando los nacionalistas también llamados soberanistas hicieron causa común con la extrema derecha y la extrema izquierda antisistema para asestar un duro golpe al proceso de la federalización europea.

Winston Churchill abogó por “los Estados Unidos de Europa” en su célebre discurso de Zúrich (1946), pero no incluyó al Reino Unido en ese proyecto pacificador que debía descansar sobre el entendimiento de Francia y Alemania. En 1953 insistió: “Estamos con Europa, pero no somos Europa. Estamos vinculados, sin estar atados.” Una frase pensada en el momento en que Gran Bretaña seguía manteniendo posiciones al este de Suez, cuando Churchill creía que la relación especial con Estados Unidos, el arma atómica y la Commonwealth otorgaban a su país una posición geopolítica especial. Ese pensamiento geoestratégico carece hoy de cualquier fundamento.

El antieuropeísmo, en cuanto movimiento contra la Unión Europea realmente existente, su teoría y su práctica, suscita múltiples adhesiones en la Europa continental, a derecha e izquierda, por causas diversas y a veces contradictorias. La xenofobia y la retórica contra la inmigración son palpables en el norte de Europa, ya se trate de los Verdaderos Finlandeses, el Partido Popular Danés, los Demócratas Suecos, el Partido de la Libertad de Austria (FPO), el Partido de la Libertad holandés y hasta la Liga Norte italiana. En la Europa del sur, la izquierda populista y ex comunista de Syriza (Grecia), Podemos y el Bloco de Esquerda (Portugal), con una retórica antisistema, centra su propaganda en la crítica de la austeridad, denuncia los excesos del capitalismo y aboga por un socialismo de contornos imprecisos. El Frente Nacional francés, que estaba favor del Brexit, tiñe con acentos anticapitalistas y nacionalistas su xenofobia tradicional.

Un sector del antieuropeísmo británico, el menos inflamable, los llamados euroescépticos, viene denunciando y censurando desde hace muchos años la supuesta deriva burocrática, antiliberal y antidemocrática de la UE, la rígida estructura supranacional de Bruselas, la hipertrofia reglamentaria e intervencionista, la voracidad regulatoria, desde los cultivos y la comida al ocio y las películas, en perjuicio del criterio de la subsidiariedad; el gasto excesivo y la falta de control democrático, el desdén y la distancia de las élites de los Estados miembros que se adueñaron de las instituciones comunitarias no elegidas, contribuyendo a cavar una fosa entre las clases políticas nacionales y los ciudadanos. “El gentil monstruo de Bruselas”, la distopía burocrática sobre la que Hans Magnus Enzensberger, alemán de izquierdas y europeísta, escribió un brillante ensayo.

La mayor diferencia que observo a ambos lados del canal se exacerba en los medios de comunicación, pues el fenómeno de la prensa popular británica, ferozmente antieuropea, no tiene parangón en el continente. El diario The Sun, el más difundido de todos los tabloides, con casi dos millones de ejemplares, llegó a titular: “La Unión Europea es un cáncer en fase terminal” que es preciso abandonar sin demora, según la opinión del editorialista Tony Parsons: “El tumor europeo ha sufrido una metástasis para transformarse en un Superestado con una administración superpletórica que no nos aporta prosperidad, ni seguridad, ni libertad.” La metáfora tumoral no es una reflexión ni un análisis, sino un denuesto envuelto en un grito de alarma.

Los defensores a ultranza del Brexit fueron tildados de “desenfrenados, irreflexivos, implacables y xenófobos” por la cronista Polly Toynbee, del proeuropeo y liberal The Guardian. El semanario liberal The Economist fue tajante en su titular –“Divided we fall” (“Divididos, caemos”) y advirtió de que “un voto para abandonar la Unión Europea causaría un grave y duradero daño a la política y la economía de Gran Bretaña”. Pero un cronista del semanario conservador Spectator, Alex Massie, se esforzó en ensayar el funambulismo entre partidarios y adversarios del Brexit para no ahondar en la división de los tories que forzó la promesa del primer ministro, David Cameron, de convocar el referéndum. En opinión de Massie, el dilema era “entre una pesadilla exagerada [la campaña contra el Brexit] y un sueño quizá imposible [la campaña en favor]”, lo que explica que “la campaña anti-Brexit es en gran parte infantil, histérica y condescendiente, pero que la campaña pro-Brexit es lo mismo.”

La demagogia de Cameron

La mayor divergencia política con la Europa continental está concentrada en el Partido Conservador, la única formación política de centro-derecha, moderada, que no pertenece al Partido Popular Europeo, el conglomerado que se reparte con los partidos socialdemócratas el poder y la iniciativa en las instituciones de la UE. El referéndum es un arma de dos filos, técnicamente rechazable para asuntos tan complejos como el del Brexit, incongruente con el sistema británico, en el que la Cámara de los Comunes mantiene una soberanía irrestricta y “puede hacerlo todo menos un hombre de una mujer”. Para yugular la revuelta dentro de su propio partido, Cameron se lanzó a una arriesgada aventura.

El historiador y economista francés Nicolas Baverez, en un resonante artículo publicado en el semanario Le Point, lo expresó con contundencia: “El recurso del referéndum constituye un desafío insensato en una coyuntura dominada en el Reino Unido por el resentimiento contra la austeridad, la crisis de la siderurgia y la onda de choque de los Panamá Papers. En un período en que las democracias están desestabilizadas por los populismos, por el desconcierto de las clases medias y las perturbaciones identitarias, David Cameron ha hecho todo lo posible para convertirse en la primera víctima de su demagogia.”

Desde una posición muy distinta, luego de una requisitoria contra la estructura y los procedimientos de Bruselas, el periódico británico online Spiked, que se confiesa proeuropeo, pero en contra de la Unión Europea, llegó a una conclusión similar a la de Baverez en cuanto a la campaña y el comportamiento del primer ministro: “Si Cameron tiene razón en cuanto a las consecuencias de un Brexit, entonces su decisión de organizar el referéndum es un acto más bien irresponsable.”

La campaña del referéndum resultó ser un espectáculo deplorable, entre las mentiras, las sospechas de conspiración, las pasiones de unos y los fríos cálculos de los otros, como si los electores no estuvieran capacitados para distinguir entre los hechos y los engaños, entre la realidad y sus recuerdos imperiales, entre la emoción y el interés. Sin duda, los partidarios del Brexit estaban más implicados que sus adversarios, más excitados en sus reflejos primarios, sus prevenciones migratorias y su nacionalismo de campanario. “Están animados por una verdadera pasión y profundas convicciones”, nos reveló The Sun. En su furor antieuropeo y xenófobo, Boris Johnson comparó las ambiciones de la Unión Europea con las de Hitler y se refirió con desdén al presidente Obama, de quien dijo que “su aversión por el imperio británico” podía explicarse por el origen africano de su padre.

Los más importantes líderes del mundo occidental –los presidentes Obama y Hollande, la cancillera Merkel– y los representantes de las principales instituciones –el Fondo Monetario Internacional, la OCDE, la OTAN– descendieron al campo de batalla para subrayar los riesgos del Brexit, entre ellos, el empobrecimiento impepinable de Gran Bretaña, el batacazo de la esterlina y un retroceso del crecimiento económico que hubiera alcanzado el 7,5 % en un horizonte de 15 años. La situación de la City londinense como primera plaza financiera de Europa se hubiera visto comprometida en beneficio de Francfort y París.

El periodista Neal Ascherson advirtió de las irrefrenables tensiones centrífugas, sobre todo, en Escocia, que desencadenaría el Brexit: “From Great Britain to Little England.” (“De la Gran Bretaña a la Pequeña Inglaterra”). Según todas las encuestas, una abrumadora mayoría de los escoceses desea permanecer en la Unión Europea. Ascherson se mostró persuadido de que el Brexit “es una idea inglesa, no británica”, el último y nostálgico impulso del nacionalismo inglés. En el bien entendido que los ingleses suman el 84 % de la población de Gran Bretaña.

 

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