Posteado por: M | 26 junio 2016

Tras el Brexit, hacia un nuevo orden en Europa

En sus 60 años de vida, el proyecto de la integración europea, surgido de las ruinas calcinadas de la Segunda Guerra Mundial, superó crisis innumerables, desde el sillón vació del general De Gaulle a las turbulencias del euro, pero probablemente ninguna tan grave y sorprendente como la desencadenada por el adiós británico a Bruselas, el alejamiento de las Islas Británicas del continente, el planteamiento del divorcio entre recriminaciones e incertidumbre. El 24 de junio, el día en que se conoció el resultado del referéndum del día anterior sobre el Brexit, favorable al abandono de la Unión Europea por el Reino Unido, figurará en los anales como un viernes negro para los ideales del europeísmo, el día de la perfidia de Albión, el epicentro de un seísmo económico, cultural y geopolítico de consecuencias tan dramáticas como imprevisibles. El comienzo de un proceso que cambiará la faz de Europa.

Por primera vez, los ciudadanos de un Estado miembro de la Unión Europea (UE), arrastrados por el euroescepticismo nacional-populista, el malestar económico y las pulsiones identitarias, en contra de la opinión de sus élites e incluso de sus intereses inmediatos, decidieron abandonar la organización supranacional cuyas principales instituciones residen en Bruselas. Cuatro puntos (52 % por el abandono, 48 % por la permanencia) y 1,2 millones de votos de diferencia certifican la amplitud de la victoria de los antieuropeos, el furor popular contra el ogro burocrático, la emoción ciega de los nacionalistas, tan fanáticos como falsarios, la xenofobia ambiental, el rechazo de la inmigración y el triste papel desempeñado por las élites mundiales que aconsejaron o imploraron al mantenimiento de Gran Bretaña en la Unión Europea (UE).

Todos los grandes de Occidente (Obama, Merkel, Hollande), el Fondo Monetario Internacional (FMI), los partidos políticos tradicionales (conservadores o socialdemócratas), la City londinense, los periódicos más sesudos, los bancos y las grandes empresas multinacionales hicieron declaraciones y publicaron editoriales o informes en contra del Brexit. Su fracaso, a la postre, resultó estruendoso y aleccionador. Espoleados por la prensa antieuropea, un poco más de la mitad de los ingleses decidió achicarse y replegarse, fortificarse en las islas, con la ilusoria pretensión de proteger la identidad y restablecer la plena soberanía, huir de la austeridad y recuperar la fortuna de unos años, ¡ay!, que no volverán, todo un programa nostálgico e impracticable. Fue el triunfo melancólico de la Pequeña Inglaterra (Little England) con resabios imperiales.

Fue “la furia contra el establishment”, como señaló el semanario liberal londinense The Economist, la revuelta contra el statu quo, y también la instintiva maniobra de defensa contra un supuesto enemigo exterior, causante de todos los males. El desenlace de un psicodrama nacional. El señuelo del muy divulgado “take back control”, de recuperar el control de sus destinos. ¡Vana ilusión! Otro de los grandes periódicos humillados, el socialdemócrata Financial Times, influyente en toda Europa, diagnosticó “una insurgencia contra las élites” y vaticinó que “las repercusiones políticas de esta revuelta contra el antiguo régimen se dejarán sentir más allá de las costas británicas. Es un duro golpe para Europa y una advertencia para los partidos consolidados de las democracias liberales.” ¿Qué se esconde detrás de la alusión peyorativa al antiguo régimen? Un completo desastre, desde luego, y varias amenazas.

Visto desde Washington, a través de la revista Time, “el Brexit es un nuevo hito en la guerra global contra las élites”, ante el pavor de que sea el presagio desagradable del triunfo improbable de Donald Trump en las elecciones presidenciales del 7 de noviembre próximo. Estaríamos, pues, ante el primer éxito relevante de esa insurgencia contra el orden global, contra las élites adineradas y que viven aparentemente de espaldas a las miserias del mundo. No es cierto que la pobreza avance, como sostienen los demagogos de toda laya; pero muchos europeos de clase media tienen esa devastadora impresión. Trump, que se encontraba precisamente en Escocia, jugando al golf, se apresuró a exclamar: “El Brexit es magnífico. Están enfadados con el problema de las fronteras.” Una manera de simplificar, marca de la casa, que nos advierte de que el prurito de castigar a Europa no es sólo cosa de pobres o afligidos aupados por el nacionalismo, sino igualmente de un multimillonario norteamericano.

Varios columnistas de la otra orilla del Atlántico creyeron asistir al acontecimiento más importante en Europa desde la caída del muro de Berlín. El reputado analista Richard Haass, del Council of Foreign Relations, descalificó “el trágico legado de David Cameron, cuya decisión de convocar un referéndum sobre las relaciones del Reino Unido con la Unión Europea se recordará como uno de los grandes desatinos (blunders) de la historia”. Frente a la euforia de Trump y sus aliados, los partidarios izquierdistas de Bernie Sanders, el socialista del Partido Demócrata que compite con Hillary Clinton, creen que “el programa de austeridad de las élites políticas preparó el escenario para el Brexit” (The Nation). Otra simplificación para consumo de electores dislocados.

Como ya escribí en un artículo anterior sobre el mismo tema, creo que los británicos no son muy distintos del resto de los europeos, a juzgar por la frustración de las clases medias, el rescoldo identitario y los avances impetuosos del nacional-populismo en todo el continente. La flema y el pragmatismo del tópico fueron arrinconados por la pasión y el resentimiento. Un británico muy europeo, el profesor Timothy Garton Ash, que se declara desgarrado y pesimista por lo ocurrido, confirmó mi opinión en un elocuente artículo publicado en The Guardian: “No es un caso de excepcionalismo británico: es la variante británica de un fenómeno que ocurre en toda Europa y, en algunos aspectos, en todo el Occidente.”

En efecto, los euroescépticos y populistas de derecha prosperan en Francia, Dinamarca, Austria, Hungría, Polonia, Suecia, Países Bajos, Finlandia, mientras que los de izquierdas lo hacen en Grecia, España, Italia, Portugal. El aumento de las desigualdades económicas, el deterioro del nivel de vida de amplios sectores de la población, los temores que suscita la inmigración, con más de un millón de solicitantes de asilo en 2015; el terrorismo islamista, el choque cultural y la xenofobia son problemas europeos con raíces y secuelas similares en todos los países, algunos de ellos con reminiscencias de los demonios que se adueñaron del continente en los años 30 de la pasada centuria. Como ya deploró Stefan Zweig en sus memorias, “el nacionalismo envenena la flor de nuestra cultura europea”. Los nacionalistas (jingoistas) de Inglaterra son los pioneros en la revuelta general, pero cuentan con numerosos émulos en el continente.

La líder del Frente Nacional francés, Marine Le Pen, se congratuló del resultado con una frase ingeniosa: “Hoy, el Brexit, mañana el Frexit”, y se apresuró a reclamar la celebración de un referéndum. Desde que un referéndum precipitó la retirada del general-presidente De Gaulle (1969), los franceses saben que esas consultas plebiscitarias son una peligrosa arma de dos filos, campo propicio para la cizaña de la demagogia. En parecidos términos se manifestó Geert Wilders, líder del Partido de la Libertad holandés, situado en cabeza de los sondeos electorales, que se pronunció a través de Twitter: “Ha llegado el momento de organizar un referéndum en los Países Bajos.” La economía neerlandesa es una de las más estrechamente vinculadas con la británica, con importantes empresas binacionales.

Doble fractura geográfica y social

El Reino Unido queda profundamente dividido en dos mitades de difícil conciliación, como se desprende del resultado. Una doble fractura social y geográfica. Las tensiones territoriales –en Escocia, en Irlanda del Norte— se solaparán con las sociales para crear un escenario de crisis prolongada. “Creo que éste es el preludio del fin del Reino Unido”, escribió hiperbólicamente Garton Ash en el artículo antecitado. No creo que vaya a cumplirse tan lúgubre profecía, pero la fractura social será duradera y ya aparece en todas las manifestaciones tras la pesadilla del resultado inesperado, entre los más de un millón de ciudadanos que firmaron en pocas horas una petición a la Cámara de los Comunes para que legisle y organice un nuevo referéndum con requisitos más estrictamente democráticos: el 60% de los votantes para decidir y una participación del 75 % como mínimo. ¿Para cuándo el arrepentimiento?

Los votantes del Brexit lograron su objetivo de romper con Europa, pero probablemente no reflexionaron suficientemente sobre la inestabilidad social y política que acompañará desde ahora a su empresa en solitario. La jefa del gobierno regional de Escocia, Nicola Sturgeon, advirtió de inmediato: “La cuestión de un segundo referéndum debe estar sobre la mesa”. En septiembre de 2014, los escoceses rechazaron la independencia, pero ahora el 62 % de los electores votaron ahora contra el Brexit. En Irlanda del Norte, el 55,8 % de los electores se pronunciaron por seguir en la UE y los nacionalista irlandeses (Sinn Fein), por su parte, desean aprovechar la oportunidad para la definitiva reunificación de la isla.

Las líneas de fractura son evidentes y sólo auguran desasosiego e incertidumbre. Según la radiografía que ofrecen los datos oficiales, los triunfadores son los más viejos, los más pobres y los menos instruidos en las provincias rurales y postindustriales de Inglaterra y Gales, afiliados de las Trade Unions, más patéticos que insolentes, mientras que los vencidos se concentran en el Gran Londres, urbano y cosmopolita, una de las grandes capitales de la globalización financiera, donde el 60 % de los electores votaron contra el Brexit. Otras áreas metropolitanos como Manchester y Liverpool también se pronunciaron por Europa, lo mismo que las dos regiones históricamente conflictivas, Escocia e Irlanda del Norte. Según precisa el diario The Guardian, el 75 % de los jóvenes entre 18 y 24 años votaron por Europa, un porcentaje que disminuye hasta el 39 % entre los mayores de 65 años. El choque generacional se adivina en las papeletas.

Los dos grandes partidos tradicionales, el conservador y el laborista, salen malparados del referéndum, en crisis. La dimisión aplazada de Cameron, hasta la conferencia del partido en octubre, no le libra de aparecer como el villano de la farsa, el aprendiz de brujo, el pragmático completamente desorientado e incompetente, pero confirma el desgarro interior entre euroescépticos, tibios o indiferentes y proeuropeos, una pugna intestina entre los tories que se viene arrastrando desde la revuelta que provocó la dimisión de Margaret Thatcher en 1990, con John Major en el papel de Bruto, y luego la estrepitosa derrota electoral ante el Nuevo Laborismo de Tony Blair (1997) y los 13 años de oposición.

Cuando Cameron recuperó el poder, tras su frágil victoria en las elecciones de 2010, el problema europeo volvió a plantearse con inusitada virulencia, con la prensa dizque popular en posición de disparo. Cinco años de gobierno de coalición con los europeístas liberal-demócratas sólo sirvieron para poner sordina a las reclamaciones de los conservadores más intransigentes. Ante las elecciones de mayo de 2015, en las que el Partido Conservador obtuvo una sorprendente mayoría absoluta, Cameron se sacó de la manga la infausta promesa del referéndum. El primer ministro creyó que la consulta pacificaría al partido, pero sólo ha servido para certificar su prematura muerte política. Los satíricos se ensañan con el ángel caído, al que presentan como “un ludópata de las urnas”, aunque sería más exacto retratarlo como el hombre de los referendos, salvado in extremis en Escocia, pero ahora hundido por sus correligionarios y algunos de sus ministros.

La crisis arrolla igualmente al líder del Partido Laborista, el muy izquierdista Jeremy Corbyn, elegido en unas elecciones primarias en septiembre de 2015, que en muy pocos meses pasó de denigrar con virulencia el proyecto europeo a mostrarse partidario de la permanencia en el club de Bruselas, aunque con escaso entusiasmo. Sus adversarios dentro del laborismo le acusan de “no haber tenido un mensaje claro” ante los electores del partido, de haberse reconvertido a regañadientes al europeísmo y de haberse negado por motivos sectarios a hacer campaña junto con Cameron y otros dirigentes liberales y conservadores en favor de la permanencia. “Yo tampoco soy un enamorado de la UE”, recordó Corbyn en plena campaña. Un prodigio de incomunicación y un gafe. Millones de tradicionales votantes laboristas desafiaron la posición proeuropea de su partido.

Cuando el euroescepticismo y hasta la hostilidad hacia Bruselas crecen y se expanden por todo el continente, los máximos dirigentes de la UE han dado la impresión de que no tenían respuesta para el tremendo desafío. Insinuaron que no existía un plan B, pero es muy mal momento para confiar en la prudencia, el pragmatismo y la ilusión popular de que no hay mal que por bien no venga, porque “lo que no te mata te fortalece”, como declaró, optimista con exceso, el polaco Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo. Los líderes europeos pidieron a Londres, aunque en orden disperso, que acelere los trámites para el divorcio, en unas negociaciones de dos años, según el artículo 50 del tratado de Lisboa, o “cláusula de retirada”, que se prevén borrascosas.

Los ingleses, según todos los indicios, no tienen prisa, como recalcó el más excéntricos y oportunista de los vencedores, el ex alcalde de Londres, Boris Johnson, al que los mentideros periodísticos señalan como el próximo líder del Partido Conservador y primer ministro, aunque hay otros aspirantes. La convención del partido que deberá elegirlo no está prevista hasta principios de octubre próximo. Tres meses de demora, trámites e incertidumbre, con un gobierno condenado por las urnas. Además, como el resultado del referéndum no es jurídicamente obligatorio, deberá ser validado por la Cámara de los Comunes, titular de la soberanía, antes de ser trasladado oficialmente a las autoridades comunitarias.

Desde siempre, las relaciones del Reino Unido con Bruselas y los socios comunitarios estuvieron presididas por el regateo, las reclamaciones, las excepciones, el opting out, el quedar fuera o al margen, que culminaron con la negativa a aceptar el euro como moneda única, según lo previsto en el tratado de Maastricht (1992). Unas relaciones conflictivas, de hostilidad declarada en algunos momentos, que ahora llegan al divorcio. Las manifestaciones de esa hostilidad siguen pesando en la memoria de los eurócratas.

La primera piedra en el camino del obstruccionismo británico fue la Asociación Europea de Libre Comercio (AELC o EFTA), creada por Londres y sus socios del norte de Europa como competidora de la Comunidad Europea, cuyo fracaso abrió la puerta para el ingreso del Reino Unido, Irlanda y Dinamarca en el club de Bruselas (1973). A partir de ese momento, el gobierno británico fue un socio incómodo, un adalid del libre cambio, pero un enemigo contumaz del federalismo, del euro y de la unión política, de la política exterior y de seguridad común. Ante ese freno constante para la integración, algunos estrategas sostuvieron la consigna de unja Europa a la carta, de varias velocidades, que ahora adquiere nuevos bríos ante la defección definitiva de los británicos. ¿Cuál debe ser la respuesta de una UE debilitada?

Debilitada, desde luego, porque el Reino Unido es la segunda economía del continente, la sede de la primera plaza financiera (la City), una potencia nuclear, miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU y de la OTAN, un estrecho aliado de EE UU, con el mayor presupuesto militar en Europa, un abogado tenaz del libre cambio y el liberalismo político frente al dirigismo socialdemócrata y burocrático que prevalece en Bruselas, un contrapeso y un acicate para la locomotora averiada franco-germana. Como señala Steven Erlanger en el New York Times, “el resultado [del referéndum] es un desastre que suscita varias cuestiones sobre la dirección, cohesión y futuro del bloque, sobre sus valores liberales y de soberanía compartida que forma, junto con la OTAN, un componente vital de la estructura posbélica de Europa”.

La consumación del divorcio

 Si el divorcio se consuma, incluso con previsibles aunque laboriosos arreglos económico-financieros –unión arancelaria entre el Reino Unido y la UE, permanencia en el llamado Espacio Económico Europeo, como Noruega–, y habida cuenta el duro golpe asestado a su credibilidad global, el proyecto paneuropeo deberá reorganizarse y consolidarse, aunque por el momento no se sabe en qué dirección ni sobre qué principios. Una reorganización que entrañará lógicamente la modificación del orden geopolítico establecido en Europa y el mundo tras la caída del muro de Berlín (1989). La coincidencia del repliegue de EE UU completado por Obama, que augura el fin de la pax americana, con el imprevisto aislacionismo del Reino Unido, modificará el equilibrio de poderes dentro de la Unión Europea, en detrimento del bloque liberal, y planteará un doble desafío, europeo y global.

Lo más probable es que volvamos a oír los cantos de sirena del federalismo como panacea de todos los males. Otra simplificación para escolares deslumbrados, que tendría por efecto el engrosar las filas de los nacional-populistas. El referéndum británico confirma, entre otras cosas, que por el momento es impracticable la construcción de un nuevo orden europeo sobre el desistimiento de los Estados-nación, la apertura de las fronteras del espacio común e incluso una nueva ampliación del club como la poco meditada que se produjo en 2004. El acervo comunitario, cultural y de valores y principios, no debe dilapidarse ni ponerse en almoneda.

Las debilidades y disfunciones del euro deberían corregirse lo más rápidamente posible mediante la convergencia fiscal y social o la coordinación de las políticas económicas. Un programa de mínimos, en fin, pero coherente con el designio del tratado de Lisboa: hacer de la zona euro la más competitiva del mundo. La libre circulación de personas entre los Estados miembros no pueden confundirse con el desmantelamiento de las fronteras exteriores que tanto ha contribuido a la exasperación de los ciudadanos ante la oleada inmigratoria, uno de las causas principales de la xenofobia reinante en el Reino Unido y otros países.

Frente a los federalistas que claman por “más Europa”, un sector importante de la opinión europea, que hasta ahora encabezada el Reino Unido, preconiza una racionalización de las competencias europeas, es decir, la devolución de poderes a los gobiernos nacionales, en aplicación del principio de subsidiariedad, para evitar la hipertrofia de la burocracia bruselense. La Comisión y el Consejo Europeo tratan de conciliar, a veces de manera acrobática, la democracia y la gestión burocrática, las exigencias de los Estados-nación con las de una superestructura que restringe la soberanía. La democracia y la legitimidad son indirectas aún, lo que origina un permanente déficit de participación difícil de corregir.

Se espera y se desea, pues, una reforma, que evite el avance del nacional-populismo y la dislocación de las estructuras comunitarias. La reforma fue históricamente un muro de contención, una garantía de mesura y preservación de los bienes adquiridos, que no son pocos.

 

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