Posteado por: M | 2 julio 2016

Turquía entre la guerra, el terror y la dictadura

De ser un modelo de democracia, liberalismo económico y estabilidad para el orbe musulmán, Turquía se ha convertido en menos de un lustro en un país desgarrado, violento y altamente peligroso bajo una doble amenaza terrorista: la del autoproclamado Estado Islámico (EI, ISIS o Daesh), asentado en los territorios fronterizos de Siria e Iraq, y la del separatismo crudelísimo del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) y sus franquicias, cuyos comandos tienen el santuario en el sureste del país donde la población es mayoritariamente de origen kurdo. Mientras los esbirros del califato son suicidas y atacan en los lugares turísticos, para concitar la mayor atención internacional posible, los del PKK utilizan el coche bomba o la emboscada contra los militares y las fuerzas del orden, probablemente para subrayar la opresión que padecen los kurdos, enconada desde que se rompió la tregua en 2014.

Tras cinco años de complacencia cuando no de apoyo logístico de los grupos salafistas en Siria, de colusión fronteriza para el paso de los yihadistas, Turquía sufre ahora las consecuencias de una estrategia dislocada y se debate entre el terror, el fanatismo y la dictadura, en una situación de endiablada complejidad. El ataque en el aeropuerto de Ataturk, en Estambul, el 28 de junio, entraña una escalada del terror, no sólo por el aumento del número de víctimas (44 muertos y más de 200 heridos), sino también por la procedencia y osadía de los atacantes, el lugar elegido y la ejecución meticulosa, con fusiles automáticos y explosivos, como una trágica imitación del atentado en el aeropuerto de Bruselas, el pasado 22 de marzo, pese a los esfuerzos realizados en los últimos meses por el gobierno de Ankara para potenciar sus servicios de inteligencia y proteger la industria turística.

Se trata del primer ataque suicida contra el aeropuerto turco más vigilado, el de Ataturk, uno de los más transitados del mundo y el tercero de Europa (60 millones de pasajeros), por el que arriban al país la mayoría de los 30 millones de turistas que lo visitaron el año pasado, siempre bajo fuertes y ostensibles medidas de seguridad, y que acaban invariablemente gastando algunos euros en las miles de tiendas del Gran Bazar. El aeropuerto está situado en la parte europea de la ciudad, donde también se encuentran los monumentos bizantinos y otomanos.

El balance del terrorismo en Turquía resulta estremecedor. Desde los años 80 del pasado siglo, la guerra subrogada y censurada entre el Estado turco y el PKK ha causado más de 40.000 víctimas, la mayoría de las cuales eran personas de origen kurdo residentes en el sureste del país, pero también numerosos militares y miembros de los cuerpos de seguridad. El PKK, fundado en 1978 como un partido marxista-leninista, empezó a cometer actos terroristas en 1984. La facción más extremista y sanguinaria de la insurgencia nacionalista opera con el nombre de Halcones Kurdos de la Libertad (TAK). El líder separatista kurdo y presidente del PKK, Abdulá Ocalam, fue detenido en 1999, juzgado y condenado a pena de muerte, luego conmutada por la de cadena perpetua, y está confinado en una isla del mar de Mármara.

Según los cálculos de la prensa local, unas 300 personas resultaron muertas y más de 1.000 heridas en los 17 atentados producidos en los últimos 12 meses. El más sangriento ocurrió en Ankara, el 10 de octubre de 2015, en plena campaña electoral, cuando varios suicidas se lanzaron contra una manifestación pacífica de un partido pro kurdo y mataron al menos a 100 personas. Fue el atentado más mortífero en la historia reciente y casi todas las víctimas eran de origen kurdo. Nadie se atribuyó la masacre, pero el gobierno la adjudicó al Daesh, a pesar de que éste suele hacer una morbosa propaganda de sus crímenes, incluidos los que se cometen en su nombre por terroristas autónomos. El 12 de enero de este año, un terrorista suicida hizo estallar sus explosivos en una zona concurrida del barrio del Sultanahmet de Estambul, donde radican los principales monumentos, cerca de la ex basílica patriarcal de Santa Sofía y la mezquita Azul, y mató a 12 turistas extranjeros, la mayoría alemanes, un ataque cuya autoría sí fue reclamada por el EI.

Apertura diplomática hacia Jerusalén y Moscú

La matanza del aeropuerto se produjo en un momento especialmente relevante para el gobierno otomano, que acababa de culminar una ofensiva diplomática de gran calado hacia Jerusalén y Moscú, un retroceso táctico de la ideología islamista en aras del pragmatismo. Fue el mismo día en que Turquía e Israel firmaron el acuerdo que selló el restablecimiento de las relaciones entre los dos países, interrumpidas desde que la marina israelí abordó en aguas internacionales un buque de bandera turca que formaba parte de la flotilla fletada por una organización pacifista que se proponía burlar el bloqueo israelí de la franja de Gaza para entregar ayuda humanitaria, una operación en la que murieron 10 turcos (31 de mayo de 2010). Una de las cláusulas del acuerdo, motivo de polémica en Israel, prevé una indemnización de unos 20 millones de dólares paran las familias de las víctimas.

A las pocas horas, el presidente Putin anunció que se proponía levantar paulatinamente las sanciones económicas y turísticas ordenadas contra Turquía después de que la aviación turca derribara un caza-bombardero ruso en noviembre de 2015, en la frontera de Siria, alegando que había violado su espacio aéreo. No obstante, mientras el Kremlin insistió en que Erdogan había enviado una carta en la que se disculpaba por el derribo del aparato, Ankara aclaró que simplemente expresaba sus condolencias a los familiares del piloto ruso que pereció en el incidente. Muy mal momento, en cualquier caso, para promocionar el regreso de los cinco millones de rusos que viajaban anualmente a Turquía antes de que se decretaran las restricciones.

El presidente Erdogan también pretende mejorar las relaciones con su homólogo egipcio, el general Abdel Fatah el-Sisi, con el que estaba enemistado desde que éste dirigió el golpe de Estado militar contra el presidente civil Mohamed Morsi, miembro de los Hermanos Musulmanes, derrocado el 3 de julio de 2013. Erdogan, ideológicamente próximo a los padrinos de Morsi, se había negado insistentemente a reconocer la legitimidad del régimen de Sisi, aunque éste fue confirmado en las urnas; pero ahora parece dispuesto a practicar una mayor flexibilidad diplomática, aplicando la vieja máxima de “ningún problema con los vecinos”, única forma de que El Cairo actúe como puente con el resto de África y suministre un balón de oxígeno a la estancada economía.

El viraje diplomático de Ankara se hizo oficial después de que Erdogan despidiera a su primer ministro, Ahmet Davutoglu, que se había opuesto a los planes para modificar la Constitución y crear un régimen presidencialista. El nuevo primer ministro, Binali Yildirim, está considerado como el más fiel colaborador del presidente tanto en el gobierno como en el partido AKP, de manera que su nombramiento refleja bien la concentración del poder y el autoritarismo. La prensa gubernamental turca condenó el atentado como un intento de sabotear la apertura diplomática, pero la oposición replicó denunciando los fallos de seguridad y subrayando el desastre de la estrategia de Erdogan en la guerra de Siria. En cualquier caso, resulta obvio que el ataque del aeropuerto fue planeado mucho antes de que Ankara se reconciliara con Jerusalén y Moscú.

El asalto del aeropuerto Ataturk fue perpetrado en un día especialmente señalado para los guerreros del Estado Islámico, coincidiendo con el segundo aniversario de la proclamación del califato, anunciada el 29 de junio de 2014, en una mezquita de Mosul, al norte de Iraq, por el iraquí Abu Bakr al-Bagdadi, cuyo nombre secular es Ibrahim Ali al Badri, émulo de Osama Bin Laden y ex militante de Al Qaeda. Por este motivo, y a la espera de que el EI se atribuya la carnicería, la prensa otomana describe como una venganza y una siniestra conmemoración el ataque de los suicidas contra la terminal aérea, aunque también puede interpretarse, desde luego, como una intimidación contra todas las potencias que bombardean y hostigan a los yihadistas. Los atentados del Daesh suelen tener una repercusión global.

El hecho de que los tres terroristas que se suicidaron en el aeropuerto, según la identificación de la policía turca, fueran originarios de Uzbekistán, Kirguizistán y la región rusa de Dagestán, fronteriza con Chechenia, confirman el polvorín del Cáucaso norte y la internacionalización de las huestes del Daesh, cuyo zona de reclutamiento se extiende desde la frontera china con Pakistán a las grandes urbes de la Europa occidental, pasando por las repúblicas ex soviéticas de Asia Central. La policía turca sospecha que el ataque fue planeado con los dirigentes del Daesh en la localidad de Raqqa, capital de facto del Estado Islámico en Siria.

Desde que Ankara empezó a colaborar con la coalición dirigida por EE UU contra el Daesh, hace aproximadamente ocho meses, los yihadistas lograron establecer una eficiente red terrorista en Estambul, que es la que preparó el atentado del aeropuerto. La semana anterior al ataque contra el aeropuerto, el director de la CIA, John O. Brenan, reconoció la cooperación de Ankara con la coalición internacional, por permitir que los aviones norteamericanos utilizaran los aeródromos turcos, y declaró en una entrevista con Yahoo News: “Existen muchos motivos por los que Daesh desearía lanzar una operación de represalia.” El negro presagio se cumplió en la terminal del aeropuerto Ataturk.

Una doble maldición terrorista

 Bajo una doble maldición terrorista, disminuidos drásticamente los ingresos turísticos –el lucro cesante superará los 15.000 millones de dólares en 2016, según las previsiones de la Asociación de Inversores Turísticos–, la economía turca, que forma parte de las llamadas emergentes, atraviesa por muy graves dificultades. La guerra de Siria y sus secuelas se mezcla con el irredentismo y el terrorismo kurdos para crear una situación tan peligrosa como inextricable, de manera que la oposición laica e izquierdistas multiplica las reflexiones y las advertencias sobre la guerra civil larvada que se recrudece en el sureste del país o denuncia los vínculos ideológicos de Erdogan y su partido con el EI y otros grupos salafistas que combaten al régimen de Asad en Siria.

Tras la matanza del aeropuerto, el presidente del Partido Republicano del Pueblo (CHP), Kemal Kiliçdaroglu, el principal de la oposición, teórico heredero del laicismo progresista de Ataturk, reprochó al gobierno y al partido del que depende, el derechista e islamista AKP, que “proteja y trate en los hospitales a los miembros heridos del ISIS” o que “apoye a los grupos yihadistas no sólo en Turquía, sino también en Siria, a los que envía camiones con armas y otros pertrechos”, probablemente a cambio de petróleo. El líder de la oposición se quejó de que el jefe de Daesh en Turquía, conocido por todo el mundo, “se pasee libremente por el país”, y preguntó: “¿Quién protege a esa persona?” Kiliçdaroglu, al final de su conferencia de prensa, acusó abiertamente al AKP de tener “una afinidad ideológica” con el grupo terrorista. Según informaciones del The Soufan Group, una organización norteamericana que facilita servicios de inteligencia a los gobiernos, Turquía es el país que aporta más combatientes al EI, unos 2.000.

La connivencia inicial con el Daesh, empero, parece haber evolucionado hacia la guerra sin cuartel. La hostilidad criminal de los yihadistas del califato crece desde que Erdogan, bajo presión de EE UU y otros aliados de la OTAN, abandonó parcialmente su connivencia en nombre de la unidad suní y de algunos intereses inconfesables: Turquía era la puerta de entrada de los milicianos extranjeros que llegan desde Europa y Asia central para incorporarse a las brigadas internacionales del EI, pero también el territorio propicio para el contrabando de petróleo y la venta de antigüedades cuyos ingresos son cruciales para el esfuerzo bélico. El ataque contra el aeropuerto de Estambul sugiere que la ambigüedad se ha terminado y que Erdogan se encuentra con un doble frente terrorista interno. Los pronósticos del “Estado fallido” se confunden ahora con las veleidades autoritarias y panislámicas del presidente turco.

La prensa turca conoce sus peores momentos desde la dictadura militar. El redactor jefe del diario Cumhuriyet, Can Dundar, y su corresponsal en Ankara, Erdem Gul, fueron encarcelados desde noviembre de 2015 a febrero de 2016 por haber revelado que los servicios de inteligencia turcos estaban entregando armas a los grupos salafistas en Siria. En marzo último, el diario Zaman, el de mayor circulación del país, fue secuestrado por orden judicial, asaltado por la policía y entregado a los amigos del gobierno. Amnistía Internacional, en su informe global de 2015, señaló que “el gobierno turco sometió a los medios de comunicación a una presión sin precedentes”, de manera que “la libertad de expresión dentro y fuera de Internet se resintió de forma significativa”.

Desde que tomaron el poder en 2002, el AKP y Erdogan pusieron en marcha su proyecto de reislamización del país, completado ya en las zonas rurales, pero que encuentra resistencia en las principales ciudades y algunos cuerpos de la administración. Los dos pilares del kemalismo –los militares y la judicatura— están sometidos a purgas, traslados forzosos y presiones de toda índole, y los tribunales penales y de primera instancia están bajo el control creciente del ejecutivo. Sigue abierto el proceso conocido con el nombre de Ergenekon, dirigido contra altos jefes militares, jueces y policías, acusados de conspirar para derribar al gobierno. En abril de este año, el más alto tribunal de apelación anuló muchas de las sentencias de los tribunales inferiores por falta de pruebas, poniendo de relieve la paranoia o mala fe del gobierno.

Un modelo agotado

“¿Qué pasó con el modelo turco?”, se preguntó el analista turco Mustafá Akyol en un artículo publicado en el New York Times. Le respondió otro compatriota también afincado en EE UU, Soner Cagaptay, que escribió en el U. S. News & World Report: “En el interior, la contrarrevolución de Erdogan, que ha hecho del islam el epicentro de la política turca, parece kafkiana. Tras los cambios en el sistema educativo secular del país, un creciente número de alumnos están siendo forzados a estudiar en escuelas islámicas de secundaria. Recientemente, el nieto del rabino jefe de Turquía y muchos cristianos fueron matriculados en una escuela islámica.”

Erdogan, el islamista supuestamente moderado y liberal, elogiado sin tasa en Washington y las principales capitales europeas, adalid de la Alianza de Civilizaciones, bendecida por la ONU, que recorría los foros internacionales de bracete con el presidente español Rodríguez Zapatero, ha arrojado el espejo y se ha quitado la máscara, de manera que todas las especulaciones relativistas y buenistas del retroprogresismo occidental sobre la confluencia del islam con la democracia han sido puestas en entredicho. Los teóricos de la democracia islamista se han quedado sin modelo. Turquía ya no es una democracia homologable, sino una dictadura en ciernes, un régimen ideológicamente islamista y autoritario que se desangra entre la guerra y el terrorismo. La implicación personal de Erdogan en la guerra de Siria, obsesionado por la caída del dictador Asad, acaba de volverse contra él.

Erdogan asegura contra toda evidencia que “los terroristas del aeropuerto no son musulmanes” y niega que él sea un dictador cuando la verdad es que ha ganado sin trampa todas las elecciones desde 2002. Muchos hechos lo contradicen, desde la reislamización rampante, las pretensiones de instaurar un régimen presidencialista y la enemiga contra la prensa. En 1915, los jueces y fiscales ya depurados cerraron 15 canales de televisión, cinco periódicos, una emisora de radio y una revista, todos ellos “por difundir propaganda terrorista”, acusación genérica e imprecisa para encubrir una campaña islamista y conservadora contra las élites que siguen fieles al legado europeizante de Ataturk.

¿Qué hacer con un aliado de la OTAN que está gravemente enfermo, como ya lo estuviera el Imperio otomano en los años que precedieron a la Gran Guerra que aceleró su liquidación? Erdogan ya no está en medio de la escena internacional, cortejado por los poderes occidentales, sino orgullosamente aislado en su megalómano palacio de Ankara (unas mil habitaciones), entre la nostalgia del sultanato y el prurito de convertirse en el líder del mundo suní, pero con el país en ebullición, agobiado por la guerra siria, el separatismo kurdo y el aluvión de refugiados, un verdadero descenso a los infiernos, según sus cada día más numerosos adversarios y víctimas. Después de 13 años en el poder, Erdogan ha perdido la aureola de “islamista demócrata” y tropieza una y otra vez con unos pronósticos bastante sombríos.

En cuanto a la adhesión de Turquía a la Unión Europea, las negociaciones están prácticamente estancadas ante las exigencias europeas para que Erdogan corrija la legislación antiterrorista, fuertemente restrictiva de las libertades, y asegure los derechos de expresión y reunión gravemente cercenados, requisitos inexcusables para que los ciudadanos turcos puedan viajar por Europa sin necesidad de visado, una concesión derivada de la alarma ante la oleada inmigratoria pero que varios gobiernos europeos desean revisar o anular. En las circunstancias creadas por el triunfo del Brexit, y ante la oposición tenaz de algunos países, con Francia a la cabeza, perece muy poco probable que la Turquía de Erdogan puede adherirse al club de Bruselas.

 

 

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